jueves, 21 de julio de 2011

Capítulo 6

CAPÍTULO 6

Cuando llegué a clase, el grupo de las chicas de mi clase estaba rodeando el pupitre de Irene que lloraba sin consuelo.
-Idiota…-gemía entre dientes.
-No la hagas caso, él se lo pierde.-le decía una.
-Eso. Un bombón como tú… los chicos se caen a tus pies. ¿Para qué quieres a ése?
-Yo lo quiero a él…
No pude evitar reírme interiormente con maldad. En el fondo no me daba ninguna pena. Muy, muy en el fondo, casi me sentía agradecida de que Alonso hubiera sentado la cabeza. O eso quería creer. Por lo menos tenía a uno menos en la lista negra. Ya sólo quedaba Irene allí.
Observé como Alonso entrada resuelto en clase, como tal cosa. Se le veía feliz y a la vez desprendía un halo de tristeza. Cuando miró a Irene, ésta giró la cabeza indignada, mientras se tragaba las lágrimas. Pasó a mi lado y me sonrió. Irene observó confusa y en silencio.
-Hola, Ronnie. ¿Qué tal?-me preguntó amistosamente.
-Bien-dije algo extrañada.- será mejor que te sientes, va a empezar la clase.
Él asintió e hizo un gesto poniendo la mano en su cabeza y moviéndola, como diciendo “a sus órdenes capitán”. Irene lo miró desde mi sitio hasta su pupitre y luego me señaló con ojos amenazante. A continuación escondió la cara y volvió a ponerse a llorar. Alonso se giró en su asiento y me sonrió. No pude evitar responderle. Me estaba dando las gracias.
Me sentía algo extraña. Jamás pensé que podría a llegar a compartir un saludo si quiera con Alonso. Pero a pesar de todo, sentía algo de felicidad. Me acaricié la barbilla confusa. Desde que Greg y Casandra entraron en mi vida, las cosas  habían cambiado drásticamente. Había conocido a la extravagante Julia, la novia de Greg, casi me había amistado con el enemigo (Alonso) sólo faltaba que Irene se volviera loca e ingresara en un psiquiátrico. Pasé las clases pensando en chistes internos que sólo se me ocurrían a mí, y que claro, solo compartiría conmigo misma.
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-Tú- Irene me empujó contra una pared y yo traté de incorporarme dolorida.- ¿cómo es posible que una zorra como tú me haya quitado a mi Alonso? Una zorra hortera y fea como tú.
No respondí. Me limité a limpiarme la sangre me había salido de la boca después de que una de sus perritas me abofeteara. Ese sabor desagradable que tenía me hacía dar arcadas y me recordaba que hace nada las había tenido por un motivo bastante diferente.
-Aunque te cueste creerlo-empecé- yo no te he quitado a tu Alonso.
-¿Y qué hay de esa complicidad de esta mañana?-chilló con voz de rata- antes ni si quiera te miraba. Él mismo me confesó que no os llevabais demasiado bien. ¿Y hoy de repente de saluda y te sonríe? ¿De qué guindo te crees que me he caído?
-¿Y a mí me lo preguntas?
Paf. Otra bofetada. Tenía la mejilla encendida, pero seguía mirando hacia delante, seria y fuerte. Y eso las asustaba.gur
-¿Entonces quién ha sido la zorra?
-¿Por qué no se lo preguntas a él?-respondí preguntando.
Irene me cogió de la camiseta y me levantó con la poca fuerza de sus delgaduchos brazos y con la débil estabilidad de sus enclenques piernas, moldeadas con la intención de una figura perfecta.
-Mira niñata, o me lo sueltas ya, o te dejo moribunda…
-¿Qué demonios hacéis? ¿Qué queréis, que os parta la cara?
Levanté la vista y la desvié avergonzada. Alonso avanzó y apartó a su ex novia de un empujón. Después me sujetó entre sus brazos y me miró mientras se mordía el labio.
-Como nos larguéis ahora mismo yo sí que os voy a dejar moribundas-las amenazó- y a ti, Irene, no quiero volver a ver tu asquerosa cara. Rompimos. Se acabó. No importa quién fuera la otra. Ronnie no es. Pero no me importaría que lo fuera que lo sepas. Por lo menos es mejor persona que tú.
Irene se tapó la cara y comenzó a llorar. Sus amigas tiraron de ella y se fueron de allí. Sonreí. Unas pocas palabras de su boca podían hacerla correr despavoridas. Y unas mías para ganarme tortas. Escupí un poco de sangre mientras tosía.
-¿Estás bien?-me preguntó preocupado.
-Más o menos.-dije con un deje de amargura.
-Lo siento de veras. No era mi intención que pasara esto.-dijo rascándose la cabeza.- si quieres te llevo a  mi casa y te curo…
-No te preocupes-dije- no quiero que tengas problemas con tus padres o con tu novia. Mejor me voy a casa y me curo allí. Creo que hoy no están mis padres.
-Bueno… lo siento de nuevo.-murmuró.
Me limpié el polvo de las rodillas y me iba a girar, cuando él habló de nuevo. Le miré durante unos minutos.
-¿Amigos?-me preguntó.
El viento que apareció en ese instante me hizo sentir como en la escena final de una película en la que la decisión de la protagonista define si la película fue bonita o una vulgar imitación de una realidad incierta.
-Amigos.

martes, 19 de julio de 2011

Capítulo 5

Me desperté en una cama de sábanas blancas y algo ásperas. Su tacto me molestaba, pero más lo hacía algo que tenía en el brazo. Con los ojos cerrados intenté quitármelo.
-No lo hagas.
La voz que oí me resultó vagamente familiar. Evidentemente, no la hice caso.
-Estate quieta, Ronnie.
Intenté rebelarme, pero pronto noté dos manos que me retenían y me mantenían encima de la cama por las muñecas. Abrí los ojos con irritación y me encontré sorprendida, con la cara de Greg mirándome enfadado.
-Vale-dije- ¿qué haces tú aquí? ¿Dónde estoy?
-En el hospital-bufó soltándome- gastroenteritis.
-¿Gastro qué?
-Gastroenteritis. Es una enfermedad.
-¿Es mortal?
-No.
-Ah, vale, entonces ya me quedo tranquila…
-Si no te hubieran tratado antes sí lo habría sido-me dijo él con enojo.
No dije nada más, y me limité a mirar al techo, pensativa. Sólo llevaba un camisón azul claro bajo las sábanas y me sentía algo incómoda. Retorcí los dedos y le miré. Por un momento sentí la necesidad de abrir y cerrar los ojos para comprobar si era en realidad cierta esa cara que me estaba poniendo. Me miraba con un gesto extraño, como si estuviera recordando algo que no quisiese recordar.
-¿Qué le pasó a tu madre?-me preguntó de repente levantando la vista.
Giré la cabeza y entrecerré los ojos con una mezcla de tristeza y rencor.
-Nos abandonó.-resumí en pocas palabras.
Observé como un rayo de arrepentimiento y dolor cruzaba su rostro. Entrelazó las manos mientras soltaba el aire de sus pulmones. Presentí que iba a contarme algo doloroso y me encogí.
-Mi padre murió de un problema intestinal.-murmuró.
Por un momento sentí que ya no tenía ante mí aquél chico burlón, frío y pervertido, sino a un chico triste, sensible y comprensivo. Alargué el brazo a pesar de los cables y cogí su mano. Él alzó la vista, sorprendido, pero sonrió y me la apretó. Pero esta vez no fue una sonrisa burlona de ésas que tan poco me gustaban, si no una sincera, triste y muy, muy hermosa.
-Creo que aprenderé a quererte-dije sin pensar.
-Ten cuidado-susurró- no me vayas a querer de más.
-No creo que eso pase-exclamé reconociendo en su voz al Greg de siempre.
Me apretó la mano y me la acarició con el pulgar. Ahora estaba segura de que no estaba obligado a estar conmigo. Compartíamos el secreto de los dos.


Varios días después me dieron el alta en el hospital. Nadie en el instituto me echó de menos. Ni yo a ellos, claro. Cuando llegué a clase volví a las indirectas con la petarda de turno y a las miraditas con el petardo número 2. Pero ese día pasó algo que no estaba planeado.
El día transcurrió normal, algo lento como siempre, y monótono. Asquerosamente monótono. Me había quedado sin libros que leer y tenía que ir a la biblioteca a devolverlos, al salir de clase. Iba caminando por la calle paralela, cuando no pude evitar pararme en un callejón. Me quedé completamente en shock. Alonso (el idiota petardo número 2) estaba allí, besando a una chica pelirroja, de pelo muy, muy largo y bastante mayor que él. Casi me atrevería a decir que podría haber tenido unos pocos años menos que Casandra. Me quedé un rato observando atontada, como si no creyera lo que me mostraban mis propios ojos. La mujer estaba apoyada en la pared y el chico la besaba apasionadamente. Decidí salir corriendo lo más lejos que pudiera, pero entonces noté la mirada de Alonso en mí. Me hice la tonta y salí huyendo a paso rápido.
Sabía que vendría tras mí. Esto no iba a quedar así. Me perseguiría y luego se haría cargo de que no soltara una palabra para perjudicar su relación con Irene. Lo que él no sabía era que yo no era una toca pelotas como su novia. Que a mí lo que hiciera o dejara de hacer me daba igual. Pero claro. Él no lo sabía.
-Ronnie.
Cogió mi muñeca con fuerza y me hizo girar para verle. Le miré con gesto inexpresivo, como si no entendiera que quería.
-Ronnie, no digas nada, por favor.
Había llegado a pensar, en apenas diez segundos que me acorralaría y me amenazaría. Pero sólo parecía un perro asustado. Como si… como si hubiera cambiado.
-¿De qué?
-No te hagas la tonta-dijo mirando hacia los lados nervioso- sé que nos has visto.
-Ya-admití.- estabas engañando Irene.
Mis palabras parecieron reconcomerle, y de cierta forma sonaron crueles, pero era la verdad.
-Por favor-me pidió.
-No voy a hacerlo-dije- no me llevo bien con Irene. Además, no me creería. Y no es de mi incumbencia-añadí.
Me miró un instante y yo mantuve mi semblante serio. Entonces, sin que pudiera evitarlo me abrazó con fuerza. Me quedé tan atónita que ni me revolví para deshacerme de él. Se separó de mí y me miró agradecido.
-¿Quieres pasear un rato?
Asentí aunque no me apetecía nada. Caminamos un rato sin mediar palabra, sumergidos en el silencio de nuestros propios pensamientos. Solo se oían los murmullos y los ruidos de la ciudad a nuestro alrededor.
-La conocí en la clínica de mi padre-dijo de repente- a pesar de que parezca mayor sólo tiene siete años más que yo.
Mi yo interior pensó una frase irónica pero se la calló para no salir perjudicada.
-¿Y te enamoraste de ella?-pregunté.
Aunque la cosa no me interesaba nada, todo era tan real que se me asemejaba a una novela romántica; y eso, sí me interesaba.
-Sí-afirmó él- comenzamos a hablar. Luego nos encontrábamos en la calle. Luego en su casa.
Intenté no enrojecerme pero no pude evitarlo.
-No quiero hacer daño a Irene. Estoy esperando el momento adecuado para decírselo-me dijo él rascándose la cabeza.
-En el momento que sea le harás daño. Aunque depende de en qué momento le harás más o menos. Será mejor que se lo digas cuanto antes y así no sufrirá por el tiempo que has estado con las dos sin decírselo.
Me observó sorprendido, pero yo fijé la vista hacia delante fingiendo de no darme cuenta.
-Eres diferente de lo que pensaba-murmuró de repente- eres muy buena consejera.
Me encogí de hombros.
-Tú también. No eres como antes-le dije- como cuando intentaste besarme por un examen.
-Fue una estupidez- dijo rápidamente- pero gracias a ella cambié. Me mostró un mundo donde no todo era oscuro.
“Me pregunto… si alguien será capaz de mostrarme un mundo como ése que describes”, pensé sintiéndome mal de pronto. Di un pequeño suspiro.
-Yo… lo siento por aquello-dijo sorprendiéndome de nuevo- no debí haberlo hecho.
-Es lo mismo. Ya hace mucho tiempo que pasó-murmuré.
-Podríamos ser amigos-dijo de repente parándose delante de mí.- ¿qué te parece? ¿Quieres?
Le miré un instante con tristeza. Puede que hubiera cambiado y ahora fuera un gran chico, pero no me podía fiar de las apariencias. Al fin y al cabo lo acababa de pillar engañando a su novia. Podría haberlo hecho para ganarse fácilmente mi confianza. Sonreí débilmente.
-Quizá otro día-dije.
Él me miró un instante pensativo, pero asintió. Entonces oí aquella voz burlona.
-Ronnie, ¿vienes a casa?
Me giré. Greg estaba detrás de mí, con la mochila colgando de un hombro, (y cómo no) sonriendo. Llevaba una camisa de cuadros y unos vaqueros con un tono algo informal. Me giré de nuevo.
-Me voy, Alonso.-cogí aire-suerte.
-Adiós.-susurró él.
Me di la vuelta con un gesto con la mano y continué caminando al lado de Greg. Éste había empezado a mirarme de reojo, esperando a abriera la boca. Pero no tuvo tanta suerte. Ya ni si quiera oía el ruido del exterior. Sólo el profundo eco de nuestros pasos.
-¿Ese era tu novio?-preguntó como si hubiera estado animándose a sí mismo a formular esa pregunta repetidas veces.
-Para nada-dije secamente.- sólo un amigo. Un amigo en duda.

domingo, 17 de julio de 2011

Capítulo 4

Fui arrastrando los pies hacia la mesa, donde me senté, entre Susy y Greg. Había pasta para comer. Al parecer el día no iba a ser tan malo como el anterior. Sin embargo sentí algo de asco al observar la comida.
-Tengo pensado que vayamos al pueblo-comentó mi padre metiéndose unos cuantos macarrones con tomate en la boca.
-Ah. Qué ilusión-murmuré pinchando yo unos, con todo menos alegría.
-¿Qué pueblo es?-preguntó Greg alzando las cejas.
-Valdecañas-exclamó Susy  mientras comía.
Yo tenía el estómago tan revuelto que no pensaba ni si quiera en comer. Empecé a pasear los macarrones de un lado del plato a otro con cierto repelús.
-Quiero ver  pronto a Raúl-dijo la niña- hace mucho tempo que no lo vemos.
-Tiempo-la corregí.
-¿Y quién es Raúl?-preguntó Greg haciéndose el desinteresado.
-El novio de Ronnie-dijo Susana con algo de picardía.
-Eso no es verdad-dije molesta.
-Ya…
Entrecerré los ojos. Hace apenas unos segundos estaba dormida a mi lado y ahora, estaba dando por saco en la comida.
-Pobrecito-se le escapó a Greg.
-¿Cómo que pobrecito?-exclamé con ceño fruncido.
Él me guiñó un ojo y empezó a comer a toda rapidez para no tener que responder. Me erguí enojada e intenté que no me afectasen sus palabras, que sólo pretendían chincharme. Pero no pude evitarlo; me metí doce macarrones de golpe en la mesa, y los tragué a duras penas. Estuve a punto de morirme, pero lo peor vino después. Casandra y mi padre seguían hablando, entretenidos, cuando sentí que el estómago me giraba como una noria sin frenos. Tuve unas arcadas, y salí pitando para no vomitar encima de la mesa. Tuve la buena suerte de llegar a tiempo al váter, donde descargué los doce macarrones que tanto me había costado tragar. Y todo, convertido en vómito. Qué bien. Me tambaleé un poco y luego me desplomé en el suelo. Me agarré a la encimera del baño y me volví a levantar. Me limpié todo lo que pude, antes de que los pasos que oía en el pasillo entraran en el baño. Pensé que sería mi padre, pero me sorprendí.
-¿Estás bien?-me preguntó mi madrastra.- sé que últimamente no comes mucho, y esto…
-No soy una anoréxica de esas-puntualicé antes de que me comentara sus disparatadas conclusiones.- me sentía mal y por eso he vomitado.
Ella me miró con tristeza ante mi mirada fría y distante.
-Yo… no intento sustituir a tu madre-me dijo suavemente y en tono muy bajo- yo sólo…
-Yo no pretendo que lo haga-dije mirando hacia el suelo- y me alegro de que sea así. Nunca he tenido a mi madre muy en estima. Es evidente que usted es mejor que ella.
Observé como ponía una cara de sorpresa y casi sonreí.
-Lo está haciendo bien-susurré para terminar mientras me limpiaba la cara con la toalla.
Ella asintió y la vi volver al salón. Yo arrugué la nariz ante el desagradable olor y llené el baño de colonia de fresas tras tirar de la cadena. Cuando entré al salón mi padre y mi hermana se giraron para verme. Creo que se sintieron aliviados al no verme dividida en cachos o algo por el estilo.
-No voy a comer-anuncié-me siento mal.
No pude evitar posar mi mirada sobre Greg que ni si quiera se había girado. Por algún motivo, sentí algo de furia, por esa falta completa de… humanidad. Pero como todas las cosas, lo dejé pasar. Me fui a mi cuarto y me tumbé un rato sin quitarme el Greg frío y pasota de la cabeza. Decidí pensar en otra cosa para no sentirme tan indignada. Mientras recreaba la continuación de mi libro, fui cerrando los ojos hasta quedarme completamente dormida. Sólo logró despertarme de mi sueño, la escandalosa llegada de Susana al cuarto, pero ni por esas, despegué los párpados.
-Despierta dormilona-me dijo la voz grave de Greg entrando también en mi cuarto.
 Mierda. Se me revolvió de nuevo el estómago al escucharle. Ni si quiera respondí. Vaya idiota. Cada día lo soportaba menos. Y eso que llevábamos dos días escasos como hermanos. Solo respingué un poco cuando se sentó a mi lado y me hizo botar en la cama. Me sorprendí cuando me pasó una mano por la cintura y abrí los ojos.
-¿Estás bien?-me preguntó.
-Ya estoy mejor-dije mirándole extraña.
“Este tío está tramando algo…”, pensé.
-Me alegro.
-Ya.
Nos quedamos en silencio y comenzamos a observar como Susana sacaba una muñeca del baúl de madera de los juguetes y empezaba a jugar con ella.
-¿Este es el libro que estás leyendo?-preguntó mientras cogía el libro que tenía sobre la mesilla con un marca páginas azul más o menos a la mitad.
-Sí-murmuré.
-Te gusta leer.-dijo medio afirmando medio preguntando.
-Sí-respondí.
Se hizo de nuevo el silencio.
-Oye, en serio, no sé qué quieres, pero si quieres algo ve al grano.-dije molesta.
-Bueno, bueno-farfulló él- sólo quería conocer un poco más a mi hermanita pequeña.
-Sólo tengo dos años menos que tú-dije irritada- no me trates como una niña.
-Te picas como una niña-espetó él sonriendo.
-Te ha obligado ella, ¿no? Casandra-bufé ignorando su última frase.
No respondió. Bingo.  Entrelacé mis manos con un suspiro. ¿Por qué iba a hablar conmigo si  no era obligado? A estas alturas ya tendría que hacerme a la idea. Pero había algo que no alcanzaba a comprender… nunca me había importado que no me hablaran o que me ignoraran, ¿por qué me importaba tanto con Greg? Quizá porque nunca se me había escapado alguien de mi familia. Aunque tampoco es que ya considerara a “Gregorio” mi hermano.
-No te aguanto-sentencié.
-Pues vas a tener que hacerlo los próximos años-dijo él sonriente.
-Preferiría que te fueras de casa a los dieciocho como la gente normal-murmuré entre dientes.
-Claro. Estudiaré medicina, me casaré con Julia y tendré seis hijos.
-Me pregunto si Julia está de acuerdo con eso…
-Por supuesto-dijo- el otro día le propuse matrimonio.
Le miré un instante, preguntándome si era verdad o mentira, pero su sonrisa bobalicona me valió para saber que estaba mintiendo como una rata.
-Ya. Y la has dejado embarazada.
La mirada que me puso me hizo desear no haber pronunciado aquellas palabras. Me levanté de la cama y me giré para fulminarle un poco. En mi mente era un montoncito de polvo, y la simple idea me hizo sonreír.
-¿Sabes? Por mucho…
No pude terminar la frase. Empecé a ver borroso y las piernas me cedieron. Casi ni sentí como caía al suelo, porque los brazos de Greg me sujetaron a tiempo. Por  un momento pensé que me había muerto y que esas extrañas nubes eran el camino al cielo.
-Pero, ¿qué te pasa?-exclamó como si yo tuviera la culpa.
-Es que quizá lleve tiempo sin comer…-susurré con la mente llena de nubecitas rosas que me impedían pensar con claridad en lo que estaba diciendo.
-¿Cómo qué tiempo? ¿Cuánto?
Le miré. Parecía un perrito caliente deformado. La idea me hizo desviarme del tema y volver a fijarme en las nubecitas.
-Mira, hay una escalera de caracol-dije abobada.
-¡Ronnie!
-Un día y medio-mentí.
-¿Y por qué demonios no comes?
-Si lo voy a vomitar ¿para qué voy a comer?
-Joder, eres un caso-maldijo enfadado.
Noté como el estómago de me contraía y sentí sus brazos apretándome y levantándome hacia la cama.
-No te muevas, se lo voy a decir a Roberto.-murmuró.
-No…no se lo digas a mi padre…-dije.
-Oh, claro que sí-exclamó con esa sonrisa que tanto odiaba.
Me puse las manos en la cara y bufé. Quise levantarme, pero el mundo parecía estar en contra de eso, porque se movía de más. Por un momento sentí como si estuviera dentro de una gran pelota que no paraba de botar. Cerré los ojos con cansancio y deseé que ese horrible malestar que me recorría de pies a cabeza terminase. Y por una vez en la vida, Dios escuchó mis súplicas.

viernes, 15 de julio de 2011

Capítulo 3

Observé irritada, como mi hermana menor me traicionaba, hipnotizada por “los encantos” de nuestro nuevo hermano mayor. Y él parecía muy contento de haberme dejado sola en mi lucha contra él mismo. La pequeña Susana, montaba las piezas de colores una encima de otra, ayudada de la mano arquitecta de Greg, que las colocaba  muy centrado. Con el ceño fruncido continué leyendo boca abajo, encima de la cama.
-Tienes unas costumbres muy extrañas-comentó Greg con esa estúpida sonrisa suya y sin apartar la mirada de la construcción.- ¿no se te baja la sangre a la cabeza?
-Es una forma de concentrar la mente en dos cosas. Te hace más inteligente-murmuré sin moverme ni un ápice.
Apoyé el tronco en el suelo cuando me empecé a sentir incómoda, completamente doblada, con las piernas de la rodilla hacia abajo encima de la cama.
-¿En serio?-me preguntó él interesado.
-En realidad no-dije- me lo acabo de inventar.
Él me miró con cara extraña, pero no me esforcé en tratar de averiguar lo que se le pasaba por la cabeza. Como ya he dicho anteriormente, yo era una persona sencilla, de poca complejidad.
Esta mañana habían traído sus maletas y Greg se había instalado en el mi cuarto y en el de Susy. A mi hermana se le había antojado jugar con las piezas de construcción, y ahí estaban, jugando, mientras yo leía boca abajo. Por ahora la convivencia no había resultado muy molesta. La única que conseguía sacarme de mis casillas era Casandra. Había estado toda la mañana intentando entablar conversación conmigo, yo, la persona que más eludía la sociedad del mundo entero… y sabía que su intención era buena, pero pensaba que las cosas se templarían con el tiempo. Y eso era precisamente lo que yo necesitaba. Tiempo.
Entonces, en medio de mis pensamientos, noté como una especie de mareo, y me caí hacia un lado. Greg notó mi desfallecimiento y se acercó a ayudarme.
-¿Estás bien? Eso te pasa por ponerte así, si es que ya decía yo que no debía ser bueno…-farfulló.
-Normalmente no me pasa-me excusé-lo que pasa es que estoy pensando demasiado…
El soltó una carcajada.
-Seguro-puntualizó sin ni una pizca de ironía.
-Será mejor que me acueste un rato… llevo tiempo sin sentirme bien.-murmuré.
-¿Quieres que te ayude?-me preguntó.
Por un momento, noté que había cambiado, como si ya no fuera Greg, el Greg burlón, picarón y toca narices, y fuera otra persona. La imagen más idealizada que podía hacer de esa parte de él era la del hermano mayor. Cogí su mano y dejé que pasara la otra por mi cintura. A penas me levantó unos centímetros del suelo a la altura de la cama y me dejé suavemente encima de la colcha. Por unos minutos me sentí como una pluma en sus manos.
-Gracias-murmuré con tono seco.
Quería dejar claro, que a pesar de su amabilidad, seguía sin fiarme de él. Ni un pelo. Tumbada en la cama, observé como trataba con cariño a Susy, que parecía muy contenta de conseguir llamar su atención con el entretenido juego de las piezas.
Entonces, llamaron a la puerta.
-Adelante-murmuré somnolienta.
La puerta se abrió, y apareció una chica alta y de pelo castaño, liso, con unas gafas de sol blancas y vestida provocativamente. Se me revolvió aún más el estómago. Era justamente, el tipo de personas que me gustaba evitar.
-No me gustaría saber que me engañas con tu hermanastra-dijo riéndose y entrando como Pepe por su casa.
-¿Con cuál?-bromeó él pasando un brazo por encima de los hombros de la pequeña Susy, que tenía una cara de felicidad que me sentó como un puño.
La chica entró y fijó su vista en mí. Al principio pensé que me iba a dedicar una mueca o algo parecido al verme como una posible amenaza, pero en cambio, me sonrió contenta.
-¡Qué bien! Me da gusto conocer a mis nueras-exclamó acercándose a mí y cogiéndome de las manos.
Me incorporé e intenté aguantar el contacto físico con ella todo lo que pude sin poner cara de asco.
-Rosie y Susana, ¿no?-preguntó convencida.
-Ronnie.-espeté algo molesta.
-Qué bonito-exclamó ignorando por completo su equivocación y sin sentir ninguna vergüenza por ello.-Yo me llamo Julia. Seremos grandes amigas, estoy segura.
-Y yo-murmuré intentando hacer amago de una sonrisa.
Ella me respondió con el mismo gesto, y por un segundo, no sentí la necesidad de seguir fingiendo, sino de sonreír de verdad. Había algo en ella que me inspiraba confianza, como si sus palabras y sus acciones no fueran fingidas para quedar bien.
-¿Nos vamos?-preguntó ella dirigiéndose a Greg, que estaba concentrado en una gran torre de fichas de colores.
-¿Ahora? ¿No puedes quedarte un rato aquí  y luego nos vamos?-preguntó.
-Esperaré a que termines la torrecita-dijo con un tono que no permitía ser contradicho.
Él asintió con la cabeza, como un niño pequeño, y Susy la miró complacida. Genial. Se iba a quedar un ratito. Deseé con todas mis fuerzas que no intentara hablar conmigo pero mis súplicas no fueron escuchadas.
-Y… ¿cuántos años tienes?
-Quince.
-Uno menos que yo-dijo emocionada.- ¿Sabes qué? ¿Por qué no dejamos al tontaina este de Greg y nos vamos a dar un paseo? Luego volvemos.
Yo paseé la vista buscando la excusa perfecta para no ceder a su petición, pero ella tiró de mi brazo y no me pude negar.
-Venga, vístete. Si quieres te busco la ropa-exclamó abriéndome el armario.
Molesta, no la interrumpí mientras pasaba las perchas de un lado a otro, desesperada.
-¿Pero qué es esto? No había visto una ropa tan sosa en toda mi vida-me dijo casi enfadada.
Yo me encogí de hombros. Pocas veces salía de casa, excepto para ir a la biblioteca, correr y poco más. ¿Para qué necesitaba ropa bonita?
-Creo que con esta camiseta y estas mayas vas bien… o aceptable. Me parece que vamos a ir a buscarte algo bonito. Venga, ¡vamos!
-¿Pero cómo quieres que me vista con él delante?-pregunté sin levantar mucho la voz.
-Pues ve al baño,  ¡corre!
Con la ropa en el brazo me encerré con el pestillo. Estaba cabreada. ¿Por qué demonios tenía que salir yo ahora? Con lo a gusto que estaba en la cama… encima con el mareo… buf. Salí, cinco minutos después, con la ropa puesta. Fui a mi cuarto, donde me dejé observar incómoda.
-Es que eres tan guapa que todo te sienta bien-me dijo recalcando las palabras- que envidia…
Yo me rasqué la cabeza. No estaba acostumbrada a que me alagaran, pero de algún modo se sentía bien.
-Si está feísima-dijo Greg apoyándose en el hombro de su novia- parece una lámpara pasada de moda.
Me sonrojé de la furia pero preferí no responder. Pensé que la chica le miraría mal o algo, pero sólo le dedicó una mirada extraña, como si tratara de deducir lo que se escondía bajo esa careta de mastodonte alelado.
-En fin, vámonos-murmuró centrándose en mí y esbozando una sonrisa.
-Espera a que coja dinero-dije, y eché a correr.
Me quedé en frente de la hucha y la observé anhelante. El dinero destinado a mis libros. Con un suspiro la abrí y saqué un billete. Con eso sería bastante. Me esperaba una tarde movidita.


Volví derrotada. Me había llevado de compras por todo el centro, decidida a buscarme el conjunto perfecto para “estar aceptable”, como ella decía. Me había comprado un vestido azul claro “preciosísimo de la muerte” y unos zapatos con algo de tacón a juego. Estaba feliz y sonreía como una tontina como si el conjunto fuera para ella.
-¡Es que voy para estilista!-exclamaba cada dos por tres.
La verdad es que el conjunto no estaba mal, pero no me veía en él. Era demasiado bonito… para mí. Suspiré y lo dejé pasar. Entramos en casa, y nos metimos en mi cuarto. Greg estaba sentado en mi cama, observando cómo Susy bailaba dando círculos.
-¿Qué haces, Susana?-pregunté.
-Estaba enseñándole a Greg el nuevo baile que nos han enseñado en el colegio-me informó mientras seguía dando vueltas sobre sí misma.
-Es toda una princesa-dijo con orgullo.
Ella dio un saltito de alegría y continuó bailando hasta marearse. Yo me senté en la cama rendida, y le pegué una patada intencionada para echarle.
-Uy, perdón-dije inocentemente.
Él me fulminó con la mirada.
-Vámonos, Julia-dijo arisco- ya no tengo nada que hacer aquí.
Les miré mientras se iban, y cuando el cuarto se encontró casi vacío, excepto de mi presencia y la de Susy, pude respirar en paz. Intenté no ver la bolsa azul que había sobre la alfombra pero no pude. Me levanté a encender el aparato de música y puse mi canción favorita en tono suave, no demasiado alta.
-Nananana-cantó Susy deshaciéndose de sus zapatos, subiéndose a la cama y acurrucándose junto a mí.
-Es la hora de comer, Susana-dije con un suspiro mientras trataba de escuchar la canción- no te duermas.
Pero a los diez segundos, podía oír su lenta respiración y ver sus ojos cerrados. Me levanté y me asomé a la ventana. Ellos estaban saliendo de casa. Sin querer observé cómo Julia pasaba los brazos por su cuello y empezaba a besarle, como si se hubiera resistido durante mucho tiempo y no pudiera evitarlo.
I hope you know, I hope you know
That this has nothing to do with you
It's personal, Myself and I
We've got some straightenin' out to do
And I'm gonna miss you like a child misses their blanket
But Ive got to get a move on with my life
Its time to be a big girl now
And big girls don't cry
Don't cry
Don't cry
Don't cry

jueves, 14 de julio de 2011

Capítulo 2

-Bueno, Ronnie, esta es Casandra, Casandra, Ronnie.
Miré inexpresivamente su pelo moreno, ondulado y recogido con horquillas, sus grandes ojos verdes, su fina mandíbula y sus carnosos labios. Tenía la tez tan clara como aquél chico, Greg, y una sonrisa tan amplia como la de él. Iba muy bien vestida, con unos pendientes largos y brillantes colgando de sus orejas, una rebeca y un vestido rojo algo corto. Era joven y atractiva, y de algún modo, sentí un aire de libertad y rebeldía en sus ojos, lo cual no pudo evitar recordarme a mi madre. Y eso fue lo mejor que me pudo pasar. Porque sabía perfectamente, que ésa, no podía ser la secretaria de mi padre. No podía ser nadie del trabajo. Sólo podía ser, la novia de mi padre. La mujer simpática de la que  la pequeña Susy me había hablado. Y al verla no podía sentir otra cosa que rechazo. Porque no odiaba a otra persona en el mundo más que a mi madre. Pero no podía soportar que alguien me quitara a mi padre.
-¿Ronnie?-me llamó mi padre.
Salí al instante de mi embobamiento. Llevaba un buen rato sumergida en mis reflexiones, buscando y trazando un buen plan para salir cuanto antes del salón y de la casa a ser posible.
-Encantada-murmuré con la media sonrisa más falsa que me podía haber salido del alma.
Dejé que me diera dos besos y traté de ocultar el sentimiento de repulsión que sentía tras el contacto físico.
-Eres una niña encantadora, y muy guapa. Espero que hagas buenas migas con Greg.
Asentí como un robot, mientras, en un plano secundario buscaba el pretexto idóneo para huir. Paseé la mirada y me topé con la del muchacho. Su sonrisa burlona me decía que aún me quedaba algo de sufrimiento, que por supuesto, mi pobre corazón y mi mente cuerda no podían escuchar hasta después de un exhaustivo tratamiento…
-Tengo que hacer los deberes-me excusé.-me alegro de haberla conocido…
-Alto ahí-exclamó mi padre reteniéndome y privándome de mi maravillosa oportunidad de escapar a la oscuridad de mi cuarto.
-¿Qué?-exclamé liberándome de mi cubierta amable y cortés.
-Nos casamos dentro de tres meses.-soltó todo de golpe-eso es todo.
Me quedé mirándole como si se hubiera quedado conmigo. Tenía la sensación de que me acaba de pegar un tiro, y de que estaba en mis últimos tres segundos de vida. Unos tres segundos muy largos, por cierto.
-Ella será mi madrastra-dije con una vocecita de niña pequeña.- y él mi hermanastro…
Mi padre asintió asustado por mi excesiva tranquilidad respecto al tema. Pero en verdad, temía que me diera un ataque, por lo que traté de controlar mi furia y mi desconcierto y mantenerlos en el rincón más lejano de mi mente hasta que pudiera desahogarme y liberarlos cuando estuviera sola.
-Y me lo dices ahora-susurré tratando de dominarme a mí misma, pero sin poder evitar que parte de lo que sentía se viera manifestado en mis palabras.
Quise evitar las miradas del chico y de ella, pero no pude ignorarlas, clavadas en mí. Decidí que era el momento ideal para huir.
-Bueno, me alegro de que me lo hayas dicho ahora. Ya pensaba que ibas a esperar otro mes-dije con dureza y rabia.
Furiosamente, me giré, y sin abrir más la boca dejé el salón para encerrarme en mi cuarto. Pasé con la cara entre las manos por delante de Susana, que intentó llamarme la atención en vano. Al abrir la puerta, procuré cerrarla con suavidad, a pesar de que quería hacer sonar un portazo que se oyera en toda la comunidad. Por lo menos pude tirarme a gusto encima de la cama, en la litera de abajo. De algún modo, me alegré de que fuera viernes. Podría incumplir con gusto mi promesa, llorando entre las sábanas toda la tarde. Me dejé caer boca abajo, donde dejé que las lágrimas se acumularan y mojaran la colcha. ¿Por qué tan de repente? Ni si quiera conocía el motivo de mi rechazo, de mi impotencia. Sólo que no quería esto. Y menos tener otro hermano. Encima mayor. Alargué la mano hacia la mesita de noche para alcanzar un paquete medio gastado de pañuelos. Me soné y dejando el papel sucio, encima de él, cerré los ojos. Incómoda, me molestaba escuchar hasta mis propios pensamientos. Me levanté para poner música. El gusto por ella era en lo único en lo que no me diferenciaba de la gente de mi edad. Pero justo cuando iba a sonar mi canción favorita, oí llamar a la puerta. No iba a tener ni un minuto tranquila por lo que se veía. Me limpié con rapidez las lágrimas y dediqué diez segundos de mi tiempo a ensayar mi cara de huraña frente al espejo. Di dos pasos hacia la puerta y la abrí, para encontrarme frente a frente con mi padre.
-Siento no habértelo contado antes.-me dijo rápidamente, como si temiera que le cerrara en las narices.
Entonces sentí algo de remordimiento. Era evidente que había estado pensando en ello, y aunque no hubiera elegido la opción que más me habría gustado, se había esforzado en que las cosas salieran bien.
-Yo también lo siento. He sido muy brusca-dije echando a perder mis diez segundos de preparación física y mental, pero sin arrepentirme de ello.- ahora iré a disculparme…
-Espera-me paró mi padre sentándose a mi lado y poniendo una mano en mi hombro- hay otra cosa que tenía que decirte.
-¿Qué cosa?-pregunté intentando parecer calmada.
-Van a venir a vivir aquí.
-¿Y qué?-pregunté. -La verdad es que eso… ya lo suponía.
-Que Greg se va a quedar aquí.
-Aquí, aquí, aquí, ¿aquí dónde? Un momento… ¿Aquí? ¿En mi cuarto?
Mi padre asintió lentamente y retrocedió un paso, como si temiera que me volviera loca o que me diera un ataque. Paseé la mirada de un lado a otro, tratando de asimilar lo que mi padre me había dicho.
-Papá-dije controlando todo lo que podía mi voz- es un chico, ¿comprendes? Yo soy una chica. ¿Sabes lo que puede pasar?
Mi padre me miró sin entender. Era obvio que tenía que ser clara.
-¡Podría ser un depravado sexual! Por favor, si es que tiene hasta la cara… tendré que dormir con la pistola del abuelo encima, me pregunto si estará cargada…
-¡Ronnie!-exclamó enfadado.
Yo le miré con cara de asustada.
-¿Qué? ¡Es verdad! ¿No has visto las noticias o qué? ¡Cosas de estas pasan continuamente!
-No digas tonterías Ronnie, tú ni si quieras ves la tele.-me dijo cruzando los brazos por debajo del pecho y mirándome con reproche.
-Está bien.-murmuré derrotada- pero entonces, ¿Susy dónde va a dormir?
-Pues había pensado en sacar un colchón temporalmente y que Susana siguiera durmiendo en la litera de abajo.-me explicó mi padre rascándose la barbilla.
-Bueno-dije pensativa- ¿pero cómo pretendes que me cambie si hay un chico en mi habitación?
-Por Dios, Ronnie. Sé que Greg es un chico pero también es tu hermano. O va a serlo. Tampoco creo que sea necesario…
-¡Papá!-exclamé enfadada- ya sé que últimamente camino como si la vida no me importara nada y siempre ando encerrada en mí misma pero… ¡tampoco es eso!
-Cuando quieras cambiarte le echas y punto-dijo rebatido y exasperado.
Yo le dediqué una mirada satisfecha, aunque en realidad no estaba demasiado contenta. Observé como mi padre se limpiaba el sudor de mi frente como si acabara de correr una maratón y se marchaba de mi cuarto. Suspiré y justo cuando iba a encender la música y a seguir a mi rollo en mi cuarto, noté la presencia de mi reciente hermanastro apoyado informalmente en el marco de la puerta.
-¿Depravado sexual? ¿Seguro que tengo esa cara?-dijo fingiendo preocupación mientras se acariciaba la mejilla.
Por un momento no supe que contestar, pero pronto recordé, que no tenía por qué hacerme pasar por la persona amable y agradable del principio. Podía ser yo misma sin ningún problema.
-¿Y lo dudas?
Entonces me detuve. Era evidente que había sido demasiado brusca, y él no me había dicho nada con intención de ofenderme. Sin embargo, cuando me giré a mirarle, le descubrí con una flamante y burlona sonrisa. Ante mi sorpresa, se acercó a mí y cogió por la barbilla. Su rostro estaba casi rozando mi nariz, y podía ver con claridad el perspicaz brillo de sus ojos verdes.
-¿Sabes? Es una pena que vayas a ser mi hermana, porque eres una chica muy bonita.
Le miré un instante. Cualquier chica habría empezado a temblar y se habría sonrojado hasta las cejas, pero en cambio yo, solo sentía un cosquilleo molesto en el estómago. El mismo que sentía con Irene y Alonso.
-Pues deberías alegrarte. Aquí verás apreciado tu extraordinario talento como idiota.
El chico alzó las cejas, asombrado por mi rápida e inteligente respuesta, pero no quitó aquella molesta sonrisa de su cara.
-Y tenía razón-murmuré asqueada- en verdad eres un…
No encontré la palabra adecuada para describirle, así que simplemente no respondí.  Como si nunca hubiera establecido una conversación con él, me giré y me subí a la litera de arriba, donde me acurruqué.
Oí la risa detrás de mí, pero no me volví. Ahora solo quería aislarme en mi mundo y escuchar mi canción favorita, “Big girls don’t cry”.
-Bueno, yo sólo quería decirte que si entro en la habitación con mi novia, no entres ¿vale?
Me erguí como si me hubieran dado un pinchazo y le miré con cara de asco. Rodé los ojos intentando borrar aquellas últimas palabras de mi mente.
-Haré como si no he oído nada-exclamé metiendo la cabeza debajo de la almohada.
Volvió a responder con una risotada mientras yo contenía las ganas de saltar de la litera, coger la vieja pistola de mi abuelo y echarlo a tiros. Pero me sentía demasiado cansada y derrotada moralmente.

lunes, 11 de julio de 2011

Capítulo 1

Me peiné suavemente el pelo delante del espejo. A penas me fijaba bien en el aspecto de éste; simplemente me dedicaba a observar mi semblante inexpresivo reflejado en la superficie lisa. Los cabellos me caían en cascada por delante del hombro, con un destacado color miel y mucho brillo. Mis ojos azules se veían vacíos debajo de mis cejas. No sabría decir si ese día estaba triste o no. Simplemente no tenía muchas ganas de pensar ni tampoco de tratar de entender mi propio estado de ánimo. Había días en los que me sentía algo más animada, pero tanto mi padre como mi hermana pequeña estaban acostumbrados a verme seria y poco habladora. Y es que yo era una chica de pocas palabras. No me molestaba la soledad, es más, me gustaba. Me molestaban los ambientes con mucha gente y también que ésta intentara relacionarse conmigo. Era una chica seria, madura y solitaria. A mis quince años, no era la típica adolescente muchachera que andaba de fiesta en fiesta, que tenía mil amigos en Tuenti y Facebook y que salía por las tardes incluso aunque tuviera diez exámenes al día siguiente. Era más bien, la que disfrutaba viendo a su hermana jugar a las muñecas en silencio, la que leía en su cuarto boca abajo y la que pasaba por delante de los grandes grupos de gente sin sentir ningún deseo de unirse a él. Era una persona tranquila y amante del silencio.
-¿Puedo pasar?
Me giré y miré hacia la puerta. Mi hermana pequeña tenía la cabeza asomada y se veía una pequeña y despeinada trenza rubia.
-Papá ha vuelto a intentar peinarte-adiviné poniendo una pequeña sonrisa.
Ella asintió con lentitud y dando un saltito entró dentro de la habitación. Observé hasta que se sentó en el pequeño taburete de madera que tenía al lado del espejo y lo ponía en frente de ella. Yo le quité los coleteros en los extremos de las trenzas y comencé a hacerlas de nuevo poniéndole empeño.
-Dice que él las hace muy bien pero las que tiene María siempre son más bonitas.-espetó la pequeña niña poniendo muecas y caras extrañas en frente del espejo.
-Pero las que hago yo, son bonitas, ¿no?-le pregunté apoyando el mentón en su pequeño hombro y rodeándola con mis brazos.
-Sí-dijo con una amplia sonrisa.
Continué haciéndole la otra trenza. Susana era lo único que le tenía agradecido a mi madre. Con tan solo seis meses, la había abandonado, a ella y a toda nuestra familia. Mi padre se deprimió, pero creo que ya se esperaba que hiciera algo parecido. Decidí no pensar más en ello. Eso era en mí una cualidad y una virtud. Era capaz de calmarme a mí misma y de obligarme a pensar en otra cosa si quería hacerlo.
-¿Sabes? Papá está raro últimamente-comentó la niña.
-¿En serio?-pregunté sin demasiado interés.
-Sí, una mujer viene siempre antes de que tú vengas del instituto. Me toca la cabeza mucho y me dice que soy guapa y cosas así. Yo creo que es la novia de papá.
-No digas tonterías-dije yo con una sonrisa nerviosa- ¿por qué iba papá a tener novia si nos tiene a nosotras?
-Bueno… no sé.-murmuró la niña.-pero esa mujer me cae bien. Se porta bien conmigo.
-Será la nueva secretaria de papá o alguien del trabajo-aventuré mientras terminaba de arreglarle el pelo a la niña y le echaba un poco de mi colonia de fresas.- ¿ves? Ahora también hueles bien. Esa María no es nada comparada contigo, Susy.
-Lo sé-dijo ella mirándose de reojo en el espejo.
Le acaricié la cabeza un instante. La pequeña era tan diferente a mí… siempre estaba rodeada de niñas que querían jugar con ella y los niños corrían detrás de ella como bobalicones. Sin embargo, una mirada mía era suficiente para espantar a cualquiera que tuviera intención de acercárseme. Suspiré y le di una palmadita en la espalda.
-Venga, a desayunar. Y ten cuidado de no ensuciarte el uniforme-la avisé.
Me senté en el taburete y miré en el espejo como la puerta se cerraba suavemente. Encima del escritorio tenía el bote de color rojo decorado con fresas y rosas. No sé cuánto tiempo pasé mirando mi propio reflejo sin ni si quiera centrarme totalmente en él.  Tosí, y con la mente en blanco salí de mi cuarto. Con rapidez llegué a la cocina. Mi padre estaba haciendo el truco del avión con los últimos cereales que quedaban en el tazón de mi hermana y parecía un poco exasperado, porque ella se veía reacia a comer más.
-¿Sabes? Estoy segura de que María come muchos cereales. Por eso es tan alta y tan guapa…
No me dio tiempo a decir más. La pequeña empezó a tomarse los últimos restos del desayuno con urgencia. Le sonreí a mi padre que me miró aliviado. Sin embargo no pude evitar ver un brillo de nerviosismo poco habitual en sus gestos y facciones.
-Pareces preocupado por algo papá-le dije mientras me sentaba y llena de leche un tazón.
-¿Yo? Para nada, hija-me dijo- es que hoy tengo un caso en el trabajo que parece algo difícil.
-Siendo tú… podrás con ello-dije con una sonrisa.
-Claro, siendo yo…-murmuró él sin sonar muy convencido.
Le miré de reojo mientras apuraba las últimas gotas de leche del tazón. Lo llevé al fregadero ante la mirada de reproche. Últimamente no comía casi nada, apenas leche por la mañana y de nuevo devuelta a las páginas de mis libros.
De todas formas, mi padre no se preocupaba por temas como eses referentes a mí. A demás, el sabía que no era un obsesionada del aspecto como el resto de la gente de mi edad.
Metí el libro que me estaba leyendo en la mochila y la cerré. La verdad es que no tenía muchas ganas de ir al instituto. Eran ya, los últimos días de clase, y cada vez se me hacían más largos y calurosos. Me era difícil levantarme por las mañanas sin sentir la necesidad de una ducha de agua fría. Observé como mi hermana se levantaba de la mesa para ir al salón a ver la tele.
-Esto… hija…-empezó a murmurar mi padre.
-¿Qué?-pregunté girándome para mirarle.
-Bueno… hoy cuando salgas del instituto… va a venir a recogerte un chico. Acompáñale a casa, ¿sí?
-¿A la nuestra?-pregunté con sorpresa.
-Sí-dijo él evitando mi mirada.
-Está bien-dije perpleja.
Me colgué la mochila del hombro y me apresuré a salir de casa. Noté la mirada de mi padre fija en mi espalda mientras salía. Faltaban quince minutos para que el instituto abriera sus puertas, pero a mí me gustaba quedarme sentada en un banco de piedra que había en el parque, algo escondido en la calle, donde no pasaba a penas nadie. Entonces, mientras estaba sentada en el banco, sin abrir todavía las tapas de mi libro empecé a preguntarme sobre el extraño comportamiento de mi padre y las sospechosas revelaciones  de mi hermana pequeña de esta mañana. Estuve un rato indagando en pensamientos de argumento inestable hasta que decidí dejar de pensar en cosas que me producían dolor de cabeza. Era cierto que era una persona tranquila, y quizá algo complicada, pero no me gustaba sumergirme en caóticos problemas que la mente creaba por sí solos sin llegar a existir en realidad. Bueno, eso, por ahora.
Cuando dio la hora, me fui caminando hacia clase. No me gustaba mucho el instituto. Estaba lleno de personas, profesores, alumnos, los de la limpieza, la secretaria, el director… gente. Demasiada gente. Y es que ocasiones pienso, que si no me molestaran casi no me importaría que existieran a mí alrededor…
-Vaya, si está aquí la señorita sabelotodo-exclamó Irene con su voz estridente y de pito, y, cómo no, sus impetuosos aires de superioridad.
-Aquí, en clase, como todos los días-puntualicé sin levantar la vista ni para mirarla.
Estaba sentada en mi pupitre, con el libro entre las manos. Me había recogido el pelo con una pinza y trataba por todos los medios de no desconcentrarme y continuar inmersa en mi lectura, que se remontaba a la época victoriana de Inglaterra, en la piel de una joven sirvienta.
-Ya veo-murmuró Irene como si le hubiera acabado el repertorio-¿vas a sentarte delante de mí en el examen? Es que no quiero tener que moverme, ya me entiendes…
-Voy detrás de María.-respondí escuetamente, dejando claro con mi tono despectivo que me estaba molestando.
-Pues con esa montaña de michelines dudo que puedas ver la pizarra-contestó ella con burla.
-Podré con ello-dije mirándola con una media sonrisa y cerrando el libro.
Ella apartó la cara malhumorada y continuó caminando hacia su pupitre, seguida de sus perritos falderos. Suspiré. Después de aquella interrupción, se me habían quitado las ganas de seguir leyendo. Ese tipo de personas siempre conseguían dejarme un amargo sabor de boca, aunque me hubiera quedado con ellas y hubiera salido ganando. Pero a quién no podía soportar era a Alonso. Era… el colmo de lo inaguantable. Y mira que yo tenía poca relación con la gente de mi clase. Claro que el sentimiento, era mutuo. Era el arrogante novio de Irene, tal para cual, diría yo. Una sensación desagradable acudía a mí cuando me daba por pensar en el día que intentó besarme para que le dejara copiar en el examen. Pensó que era un pobre desesperada y que daría lo que fuera por un beso. Pensó mal.
La mañana transcurrió tranquila. No pasó nada especial (o nada que realmente llamara mi atención). Y a decir verdad, a pesar del pasotismo que me caracterizaba, no podía evitar albergar curiosidad sobre aquél chico que se suponía que debía encontrarme a la salida del instituto. ¿Por qué iba a venir a mi casa? ¿Quién era y por qué debía acompañarle yo? Sabía que mis preguntas ni tardarían en recibir respuesta, pero algo me decía que en el fondo, no quería saberlas. Sin embargo, me apresuré a salir rápidamente y buscar con la mirada a alguien que ni si quiera sabía que aspecto tenía. Por un momento me sentí algo idiota. Realmente no sabía quién era. Se me pasó por la cabeza la idea de volver a casa y darle a mi padre una excusa, pero no me dio tiempo de llevarla a cabo. Un chico alto (me sacaba una cabeza), de pelo moreno y revuelto y de tez clara me saludó. Yo le miré un instante y no pude evitar sentir las ganas de huir. Era un sentimiento extraño. Como de no querer ni meterme ni embaucarme en los rollos de mi padre. Aunque en el fondo era así. Anti-social.
-¿Ronnie?-preguntó.
-Sí-dije casi temblando.
No me gustaba mi nombre, su procedencia ni quién me lo puso. A mi madre le encantó después de ver una de esas películas americanas románticas (vomitivas en mi opinión) en las que no salen hijas lloronas. Si algo había aprendido de mi madre es que no iba a tener hijos. Y menos llorones. Pero claro, eso no venía a cuento.
-Yo soy Greg.-se presentó.
Noté con espanto cómo tiraba de mí y soporté asqueada, como me daba dos besos en las mejillas. Estaba tan traumatizada por el afectuoso saludo claramente español, que no me dieron ganas ni de reírme de su nombre. Conocía muy poca gente que se llamara Gregorio. Bueno, poca gente no. Sólo él.
Pareció un poco perplejo ante mi manera seca de actuar, pero sonreía con frecuencia, como si aquello le pareciera una broma, o como si le hubieran dicho como era yo y ahora estuviera comprobándolo con sus propios ojos. Salimos de la zona cercana al instituto, ante la mirada sorprendida de Irene y sus perritos, que se habían quedado embobadas con mi acompañante.
-Y tienes quince años, ¿no?-me preguntó.
“Si lo sabes, ¿para qué preguntas? Esto parece un interrogatorio…”, pensé molesta.
-Sí. ¿Y tú?-pregunté intentando sonar lo más amable posible.
-Diecisiete.
“Dos años mayor. Ronnie, reconoce que te lleva ventaja.”
-¿De qué conoces a mi padre?
Era mejor sacar temas de los que hablar. O eso, o pasarse todo el camino ignorando la incomodidad de su presencia a mi lado.
-¿Cómo no lo voy a conocer? Si es…
Me paré un instante, sorprendida ante su mirada, también de sorpresa. Esperé ansiosa una respuesta, pero él se mantuvo en silencio, como si guardara una información preciada y se estuviera pensando el precio a pagar por ella.
-Entonces, ¿no lo sabes?-preguntó al final.
-¿El qué debería saber?-exclamé enojada.
Si había algo que me molestara excesivamente, era el sentirme inútil y apartada de algo. Y menos, que no me contaran el qué algo. Aunque claro, eso sólo pasaba con mi familia, porque no es que yo tuviera mucha vida social.
-Mejor te lo cuento luego-dijo mirándome con curiosidad, como si tuviera algo raro en la cara.
Fijé la vista en el suelo y no insistí. Aquello había dejado de olerme bien. No podía sentir más que un desagradable cosquilleo recorriéndome, como si algo malo fuera a pasar.
-¿Sabes? Eres un poco rara.-comentó él dedicándome una sonrisa burlona.
No lo pensé dos veces. Si tenía que utilizar  la misma defensa que con el mayor incordio del instituto (Irene), lo haría.
-¿Sabes? Eres un poco idiota-le respondí con un tono vivaz y otra sonrisa del mismo carácter que la suya.
Él se mantuvo sonriente, como si la cosa le hiciera gracia, y eso me molestó. ¿Ahora se iba a dedicar a atacarme? Pues vaya. Observé cómo se revolvía el pelo con una mano con gesto divertido.
-Creo que me lo voy a pasar bien contigo-murmuró sorprendiéndome una vez más.
Me pregunté en qué momento iba a volver a estar con él “para pasarlo tan bien” como decía. Pero estaba claro que nuestros pasos nos llevaban a un único lugar, y allí era donde serían respondidas mis preguntas y resueltas mis dudas.