domingo, 26 de septiembre de 2010

7. Tic, tac

-Tía, me dijiste que te pasaba muy pocas veces-me dijo Alicia mientras cambiábamos de materia a inglés.
-Ya, pero últimamente me sucede bastante. Cuando estoy triste y cuando estoy muy nerviosa. El caso es que hace poco…
Recordé cuando estaba llorando en mi habitación. No me había pasado nada. No me habría puesto nerviosa, me tenía mareos ni confusión. Me acaricié la barbilla mientras pensaba.
-No lo sé-añadí-pero bueno.
-Ya estás bien, ¿no?-me preguntó-oye, me han dicho que vives ya con tu amor…
-¿CON MI QUÉ?-exclamé.-no me lo puedo creer. Él no es mi amor. Es mi pesadilla.
-No decías lo mismo hace tres días…
-Hace tres días era el príncipe azul más buscado por mis hormonas. Ahora es el ser más odioso de la tierra. Maldita adolescencia…-bufé.
-Pero, ¿por qué?
-Es que le odio. Me insultó y me dijo de todo. Se metió con mi madre-cogí aire-luego se disculpó, pero seguramente, obligado. NO quiero saber nada de ÉL. Nada.
-Vaya, sí que le odias.
-Necesito las pastillas…
-Eh, eh, tranquila. No las necesitas, estás bien-me calmó Alicia quitándome el bote de pastillas del médico.-no estoy segura de que vivir con Míster Maravilla te haga bien.
-Yo tampoco-dije quitándole el bote y guardándolo en el bolsillo de mi mochila.
Alicia me miró un instante con gesto inexpresivo, y luego miró hacia delante. La profe acababa de entrar, acompañado por un alumno.
-Eh, Sele, mira que bueno está ése…-susurró Ali dándome un codazo.
Lo miré. Era rubio y de ojos marrones. Todo lo contrario a Miguel. Mierda, ¿por qué no podía dejar de pensar en él?  Apreté con fuerza los puños.
-Chicos, este es Luis, un alumno nuevo. Viene de Londres. El ya vivió antes aquí, pero se tuvo que ir por el trabajo de su padre.
-¡Selena!-exclamó de repente él.
Toda la clase se fundió en el más remoto de los silencios. Yo me puse derecha en la silla, y con cara de signo de interrogación le miré. ¿Se refería a mí?
-Cuánto tiempo-dijo.
-Oh, que bien que conoces a alguien.-dijo la profesora con una sonrisa.-Alicia cámbiate y ponte con Raúl. Luis, puedes ponerte a su lado.
Alicia me miró entre sorprendida y molesta por tener que cambiarse. Recogió sus cosas y se instaló al lado de Raúl. Yo fijé mi vista en Luis, completamente confusa.
-Yo no te conozco-le dije en cuanto se sentó- ¿cómo sabes mi nombre?
-Lo pone en tu cartera-dijo él-pero, nos conocemos desde pequeños…
-No sé quién eres-insistí.
-¿Estás segura, tic, tac?-preguntó con una sonrisa burlona.
Me congelé. Tic, tac. No podía ser. ¿Luis? ¿Mi primer amor? ¿Ése chico que se tuvo que ir, el que se despidió con el más apasionado de los besos, y el primero para mí?
-Luis-musité perdida.
-¿Ya te acuerdas? Tic, tac-dijo acercándose peligrosamente a mí.
-Eh-dije reaccionando mantén las distancias.
-¿Quieres guardar las apariencias?
-Ya hay suficientes rumores por ahí, Luis. No quiero estar más en boca de todos.
-Ya…-dijo él.
La clase pasó increíblemente lenta. Aún me acuerdo. Estábamos en cuarto de primaria, a penas éramos unos niños. Sentados, observando el atardecer.
-Cuando te vayas, piensa mucho en mí, ¿Vale?-le dije.
-Claro.
-No te enamores de nadie más, soy la única para ti.
-Por supuesto. Pero entonces, tenemos que inventarnos algo.
-¿Para qué?-pregunté.
- Para que no nos separemos. Una cosa entre solo nosotros dos, que nadie pueda romper.
-¿Qué tal un beso?
-No-dije-soy muy pequeña.
-Mentira. Ya somos mayores. Podemos darnos un beso.
-Ya, pero, ¿Cómo se hace?
-¿No lo has visto en las películas? Tienes que acercarte a mí. En las pelis suena una canción, o el tic tac de un reloj. Para marcar lo que falta para que se besen.
-Tú ves muchas cosas raras, no sé si fiarme de ti.-dije con recelo.
-Hazlo.
Me tomó entre sus brazos y tuve sus labios a menos de un centímetro de los míos. Podía sentir su dulce aliento. Ambos teníamos los ojos abiertos. Estaba asustada, pero confiaba en él, a pesar de mis palabras.
-Tic, tac-murmuró él entrecerrando los ojos.
-Tic, tac-respondí abrazando su cuello y juntando nuestros labios.
Le besé apasionadamente, incluso mejor que en las pelis. Él me sostuvo todo el tiempo. Cuando nos separamos, estábamos rojos como tomates. No habíamos controlado el tiempo que habíamos estado sin respirar.
-Casi me ahogas-le espeté.
-A ti te olía el aliento, así que no te quejes.
-¡Mentira!
- Seguro…
-Ya, ¡pues ahora me voy a buscar otro novio!
-¡Selena!

No pude evitar sonreír. Nuestro último día fue hermoso. Una pena que fue el último. Terminaron las clases, y justo cuando iba a irme, Alicia me pilló.
-Oye, tú con un chico como ése, ¿y no me lo cuentas?
-Tía, es Luis.
-¿Luis?
-El chico que se fue en cuarto de primaria, cuando estábamos en el colegio.-dije con cara da aburrida.
-¿LUIS? Qué dices, madre mía, qué cambio, ¿no? Era tu novio, ¿verdad?-exclamó ella mientras caminábamos.
-Sí, pero eso forma parte del pasado.
-Deberíais volver, hacíais una pareja muy mona…
-Tía…
-¡SELENA!!!-gritó una voz.
OH, no.
-Luis, cuánto tiempo-exclamó Alicia.
-Eres Ali, ¿no? Qué suerte que estemos en la misma clase.-comentó él-oye Sele, quería hablar contigo a solas.
-Ya… pero tengo que irme-dije poniendo una excusa.
-Mentira.
-¿Y tú que sabes?
-Sigues siendo la misma de siempre.
-Bueno, me voy-dijo Alicia sonriéndome de manera peligrosa.
-Entonces, ¿te vienes?-preguntó él.
-Qué remedio-dije mirándole con recelo.
Salimos del instituto juntos. A la salida observé a Miguel. Estaba con sus amigos. De repente noté que me miraba. Aparté la mirada, e intenté hablar con Luis.
-Bueno, ¿y qué tal en Londres?
-Conocí chicas muy guapas…-dijo él.
-Mujeriego…-le acusé.
-Qué remedio, las británicas son las más guapas…
-¿En serio?
-No-dijo él sonriendo-nunca me olvidé de ti.
-Ah…-dije nerviosa. ¿Qué iba a responderle? Yo sí de ti, me enamoré de un imbécil llamado Miguel, que ahora odio, ¿por qué? Porque es un cabrón.
-Por eso… quería que me dieras una nueva oportunidad, Selena.
-¿Una nueva oportunidad?-balbuceé.
-Sí.
Paseamos por un parque, cerca de la casa de Miguel. Así no tendría que recorrer mucho camino de vuelta.
-No lo sé, Luis-dije.
-¿En serio?-dijo acercándose a mí.
-Para, Luis, eso no funciona conmigo…-dije apartándole.
-Dijiste que me esperarías, me hiciste prometer que no me enamoraría. He vuelto. Por ti.
-Luis…-dije en un suspiro.
-Dame una oportunidad-pidió cogiendo mi mano.
Podía sentir su chaqueta marrón rozar mi sudadera, y su aliento en mi cara. Me quedé en shock, hipnotizada por el recuerdo del amor que una vez sentí hacia él.
-¿Me la darás?
-S-Sí-susurré.
-Tic, tac-dijo apoyándome contra el tronco de un árbol.
-Tic, tac-respondí mientras ponía mis brazos alrededor de su cuello.
-Tic, tac-finalizó él besando mi cuello.
-Siento por todo lo que has tenido que pasar-dijo él.
-Lo sé-dije adormecida.
Siguió por debajo de mi oreja. Estaba claro que el muy idiota había aprendido mucho en su estancia en Londres. A saber con cuántas había estado. Mordió el lóbulo de mi oreja y me estremecí.
-No hagas eso, IDIOTA.-dije intentando apartarme de él.
-Ahora no-musitó apoyándome más contra el árbol y acercando a menos de un milímetro sus labios a los míos.
-¿Qué sientes?-preguntó.
-¿Estás jugando conmigo?-pregunté completamente en mí.
-No, estoy intentado recordar cada parte de ti… y como me sentí al besarte…
-Me olía el aliento, ¿Te acuerdas?-dije.
Siguió besando mi cuello.
-Fue una pequeña broma… te lo tomaste tan en serio…
-¿En serio me quieres?-dije ignorando sus palabras.
-Siempre.
Me besó en los labios como la última vez. EL beso apenas duró más de diez segundos. Separó sus labios de los míos, y volvió a juntarlos de nuevo. Una y otra vez. Se sentía bien. De una vez por todas me sentía querida. Sentía cada uno de sus besos en mi cuello, y sus labios húmedos besarme una y otra vez. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando ya no podía seguir más tiempo de pie me dejé caer, apoyada en el tronco. El se agachó y me miró con sus ojos penetrantes.
-Tic, tac-dijo besándome por última vez.

6. Enterrando sentimientos

-¿Qué haces, Selena?-me preguntó Violeta preocupada.
-Nada-dije mientras me tomaba las pastillas.
Me dejé caer en la cama que habían hecho para mí. Si Alicia le había preguntado a Violeta es porque ya todo el mundo sabía que estaba viviendo en su casa. Suspiré. En las próximas semanas iba a estar en boca de todos. Poco a poco fui tranquilizándome.
-¿Quieres que hablemos?-me preguntó ella sentándose a mi lado.
-Tranquila, es solo que estoy un poco agitada-dije sonriendo.
-Bueno, pues entonces hagamos algo.
-Tengo que llamar para saber los deberes-dije acordándome.
-No te preocupes, Miguel me los dio…-dijo tendiéndome una lista.
-Oh-la miré y una ráfaga de furia cruzó mi mirada-está bien.
Cogí el papel con gesto inexpresivo y empecé a leerlo. No había muchos. Cuando bajé abajo para coger la mochila, noté que Miguel me miraba desde el otro lado del pasillo. Estaba apoyado en las escaleras. Bufé. No quería saber nada de él. Ahora le odiaba. No podía entender cómo podía haber llegado a amar a alguien como él. Cogí la mochila con las dos manos y pasé al lado de él sin mirarle si quiera. Iba a continuar subiendo las escaleras con la barbilla bien alta, cuando en el tercer escalón di un ligero tropezón. Cuando pensé que iba a estrellarme contra el suelo, sus manos me agarraron y me salvaron de morir estrellada. Me sostuvo y yo permanecí inmóvil del susto. Fue entonces cuando me di cuenta de que me estaba mirando muy de cerca. No pude evitar sonrojarme hasta la nuca.
-¡Déjame!-le exigí librándome de sus brazos.
Cuando me soltó perdí el equilibrio y me caí en el suelo del pasillo de culo. Aunque, claro, habría sido pero caer de cabeza. Me tendió la mano pero yo, con la poca dignidad que me quedaba, me levanté por mi propia mano, y agarrada a la barandilla como una lapa subí las escaleras. El corazón me latía muy rápido, y por alguna razón no se sosegaba. ¿Había sido por el susto? No era de extrañar. Por suerte había permanecido tranquila, (o por lo menos no fuera de los límites) y no me había dado otro ataque. Cada día me molestaba más mi precaria salud. Era tan inestable…
Llegué a mi cuarto y empecé a hacer los deberes. Cuando terminé, bajé a la cocina. Dalia estaba cocinando. La miré con curiosidad. Yo nunca había visto a mis madre cocinar.
-Hola-saludé tímidamente.
-Hola, cariño-me saludó ella con calidez.
-¿Qué haces?-pregunté.
-Cocinar una ensalada de verduras.
-¿Una ensalada de verduras?-pregunté de nuevo.
-Sí. ¿Quieres ayudarme?
-¡Vale!-dije con ilusión. Nunca había hecho nada parecido.
Me tendió un cuchillo y empecé a cortar zanahoria. El olor a verdura me embriagaba. Lo corte muy fino y se lo enseñé a Dalia.
-Perfecto-dijo sonriendo-siempre quise tener una hija como tú, ¿Sabes?
-Ah-dije pensando en Violeta.
-Mi hija solo piensa en pintarse, pintarse y pintarse-suspiró-nunca ha querido cocinar conmigo. Ni limpiar. Se puso muy contenta cuando supo que venías. Ha sido una gran alegría para ella. Como su hermano no le hace caso…
Volvió a suspirar. Empecé a pelar un pepino con gesto inexpresivo y silencioso. ¿Una gran alegría para ella? Me puse a recordar cuando vine. Me había quitado prácticamente la maleta de las manos. Sonreí inconscientemente.
-¡Selena estás sangrando!
Miré asustada a Dalia, y luego a mis manos. Me había cortado en el dorso de la mano, y la tenía toda manchada de sangre. Me quedé en babea un instante, y luego solté el pepino en la encimera para no mancharle.
-No me había dado cuenta.-dije-Mierda.
-A ver, no es un corte profundo, pero necesita una venda para que no se infecte. Voy a llamar a Miguel.
¿Miguel? ¡No! ¿Por qué él? Di un puñetazo a la encimera sin que Dalia se diera cuenta. Estaba furiosa. Todo me salía mal. Eso, sin contar la caída en las escaleras; vamos, un espectáculo vergonzoso. Miguel apareció. Llevaba agua oxigenada y una venda.
-No es profunda.-observó mientras me vendaba la mano.
-Ump-bufé.
Él levantó la vista y me miró fijamente. ¿Por qué me miraba así? Sin reírse, pero como con gesto burlón.
-¿Te incomoda que te mire?-me preguntó.
-Imbécil-fue mi respuesta.
-Me voy.-dijo Dalia (aún presente)-tengo que ducharme.
Se fue subiendo las escaleras, y nos quedamos solos. Me sentía tan incómoda… él y yo nunca podríamos estar juntos, ahora lo sabía. Éramos muy diferentes.
-Ya-dije impacientemente e intentando apartar la mano.
-No, espera-dijo apretándome los nudillos para que dejara de moverme.
Puse una mueca de dolor. Que me estuviera tocando… me ponía tan nerviosa. Era un sentimiento extraño. Quería besarle… y matarle al mismo tiempo. Quería darle una patada en la espinilla y luego disculparme hasta la saciedad. Quería abrazarle con todas mis fuerzas… y ahogarle. Le quería pero le odiaba. Le odiaba pero le quería. Es un sentimiento que se opone a sí mismo, dos partes de mí diferentes. Y una acababa de aparecer, con mucha fuerza.
-¿Ya?-pregunté.
-No.-dijo agarrándome la mano.
-¡Pero ya me has curado! ¡Suéltame!-le exigí con rabia.
-Lo sé. Pero por favor, escúchame. No soy una mala persona.
-No. Me equivoqué. Eres un santo, ahora, ¿me sueltas?
-Nada de sarcasmos.
Noté que estaba cogiendo mi mano con suavidad, y me calmé un poco. Pero aún había furia dentro de mí.
-¿Qué quieres de mí? ¡Primero me dijiste que no me metiera en tu vida! ¡No lo estoy haciendo, por qué no me dejas en paz…!
-Perdóname, ¿Vale? Se me fue la mano.
No respondí. El corazón me iba a cien. Necesitaba mis pastillas.
-Te perdono.
-¿Dejarás de odiarme?
-No.-dije respirando con dificultad. Aunque me muriera allí mismo nunca dejaría de odiarle.
-¿Estás bien?
-No-dije-suéltame por favor.
Me soltó la mano. Me sentía muy cansada. No tenía donde apoyarme. La encimera… ¿dónde estaba? Busqué con los ojos medio cerrados, pero no encontré nada. De repente algo me sostuvo y me sentí mejor. Empecé a respirar bien. Miguel me estaba abrazando. Cuando conseguí librarme de mi malestar, me solté y subí las escaleras despacio sin mirar atrás. Sentí que estaba roja hasta la coronilla. Parecía que acababa de salir de una sauna. Entré en mi cuarto. Violeta estaba tumbada en la cama leyendo una revista. Cuando me vio entrar sonrió. Intenté responderle. Fingí muy bien, y cuando llegué a la cama me senté. Saqué una libreta, y empecé a escribir.
“No puedo creer lo que me has hecho. Yo te quería. Pero no sabía cómo eras en realidad. Eres cruel. Así eres. Y ya no te quiero. Te odio. Así, enterrando mis sentimientos de amor, olvido cualquier aprecio que te haya tenido, y empiezo a tener recuerdos de tu verdadera forma de ser. De cómo eres. Dejo impreso mi dolor aquí. Adiós, Miguel.”
-¿Para quién es?-exclamó una voz por encima de mi hombro-es una carta, ¿no?
-Sí-dije doblándola rápidamente.
-¿De amor?-preguntó curiosa Violeta.
-Sí-susurré.
-¿Te vas a declarar?
-No. Es una carta de una promesa.
-¿Una promesa? ¿A tu amor?
-Sí. De que no lo amaré más.-admití girándome hacia ella.
-¿Por qué? Eso es doloroso-observó ella.
-El amor es doloroso-dije sonriendo sin ganas.
-Pero no lo entiendo.
-Es porque… a veces las cosas son diferentes como las imaginas.

sábado, 25 de septiembre de 2010

5. Te odio

 -Selena, despierta-abrí los ojos asustada.
En frente de mí, hacia una mujer con el pelo rubio y corto.
-Soy la madre de Violeta, Dalia-se presentó-cariño, te ha dado un ataque de ansiedad.
-¿Ansiedad?-pregunté confusa.
Estaba en un hospital. Apreté las manos en la sábana. ¿Dónde estaba mi padre? ¿Y mi madre?
-Sí. Siento lo de Miguel. Estaba furioso porque le castigamos a no salir y la pagó contigo. En cuanto volvamos a casa se disculpará contigo.
-¿Miguel?-estaba tan perdida…
-¡Selena!!!-gritó una voz.
Una chica rubia irrumpió en la habitación, se acercó a la cama y me cogió de la mano.
-¿Estás bien, hermanita?-me preguntó.
Sonreí. Sí, Violeta. De repente me acordé. Mi padre estaría camino de Nueva York y mi madre… mi madre no estaba en ningún camino. Procuré no pensar en ella. Me alegraba de no haber preguntado por ella. Parecería estúpida y solo daría pena. Lo que ma faltaba ya.
-S-Siento las molestias-me disculpe agachando la cabeza.
-No te preocupes, cariño-me calmó su madre-esto es culpa de mi hijo, no tuya. Tu padre ya nos avisó de tus ataques de ansiedad.
Me acordé de mi confusión cuando estaba sufriendo. No sabía que me pasaba. Parecía tan tonta… hace nada había tenido dos. Uno cuando me enteré de lo de mi madre… y otro en su funeral. Sí, era enfermiza. Bajé la cabeza de nuevo y procuré tranquilizarme.
-¿Cuánto tiempo llevo…?
-Toda la noche. Hoy no has ido al instituto, ya  he llamado.
-Está bien.
-Yo acabo de venir. Una chica me ha preguntado por ti. Se llamaba Alicia-me contó Violeta.
-Oh-dije sonriendo-¿Cuándo podré irme?
-En cuanto te despertaras-me dijo ella sonriendo-así que vístete, cariño.
-¿Le habéis dicho algo a mi padre?
-Cogerá el próximo avión de vuelta. Está preocup…
-¡No-grité-dile que se vaya!
-¿Cómo?
-No quiero ser un obstáculo para él. Dile que no vuelva, por favor.
-Está bien, le llamaré-aceptó ella mirándome de reojo mientras buscaba en el bolsillo de su bolso su móvil.
Violeta sonrió con satisfacción mientras me apretaba las manos.
-Esta vez sí, ¿vale?
-Sí-dije yo sonriendo.

Me vestí y nos volvimos a casa. Comí  con ellos, y fue muy agradable. Me sentí mejor, pues “él” no estaba allí. Fue entonces, cuando, por la tarde Violeta se me acercó.
-Esto, Sele, acompáñame, porfi-me dijo.
Me dio la impresión de que lo hacía de mala gana, como si no quisiera que la acompañara. Lo entendí todo cuando me llevó hasta al salón y se fue, dejándome a solas con Miguel. Le miré con desprecio y estaba dispuesta a irme, cuando él habló.
-Lo siento, Selena-dijo.
Me giré. NO había ningún arrepentimiento en su cara. Lo sabía muy bien. Conocía ese rostro perfectamente, aunque fuera el de él. El de no me importa nada mañana te seguiré odiando. Pero yo iba a dejarle las cosas claras a ese listo.
-Me importa un pimiento, ¿sabes? ¡No es mi culpa que no te dejen salir, no lo es! ¡Pero tuviste que pagarla conmigo!
-En realidad me dejó mi novia.-dijo él tranquilo  y molesto.
Ya iba a reírme, vamos. ¿Qué le dejó la novia? ¿Se suponía que me tenía que dar pena? Intenté tranquilizarme. No quería que me diera otro ataque de ansiedad por culpa de mi histeria.
-¿De verdad? No veas lo que me importa-dije con el mismo desdén que había utilizado él la primera vez que me habló.
-Seamos amigos-dijo él apoyando la barbilla en las manos.-o por lo menos llevémonos bien.
-Nunca. Te odio-dije con toda la furia que tenía dentro.
Empecé a respirar aceleradamente, y sentí que me volvía a suceder lo mismo. Intenté respirar adecuadamente apoyándome en el sillón.
-¿Estás bien?-me preguntó notándolo y levantándose.
-Sí-respondí-no me toques-añadí cuando vi que su mano iba a ponerse en mi brazo.
El retrocedió y me miró de frente. Cuando conseguí serenarme me sentí mejor. No fui capaz de mirarle de frente.
-¿Sabes?-dije dándole la espalda-mi madre murió… hace tres meses. No está en Australia.
No hubo respuesta. Noté como se apoyaba en el sillón y respiraba entrecortadamente. Como se daba cuenta de su error y empezaba a sufrir como yo lo había hecho, pero esta vez por su error. Sí, iba a odiarle. Para siempre. Ahora era su turno se sufrir. Yo ya había tenido mi parte. Ahora le tocaba a él.
-Selena… de verdad que lo siento… yo…-dijo él.
La voz apenas le salía. No quise seguir escuchando. Di unos cuantos pasos y salí del salón. Necesitaba tomarme las pastillas para mis ataques de ansiedad. Ya casi ni podía respirar.

4. Una cruz, dos cruces, tres cruces

La maleta me pesaba. La dejé apoyada en el suelo y llamé al timbre. Mi padre me observaba desde el coche con gesto sobreprotector. Saqué los dedos en señal de victoria, como cuando me sentía nerviosa e insegura, para darme fuerza. Fue entonces cuando su padre, (el supuesto Jairo) me abrió la puerta.
-Tú debes ser Selena, ¿no?-preguntó con una amigable sonrisa-encantado de conocerte. Seguramente ya conocerás a Miguel, pero de todas maneras te lo presento.
-¿¡YA HA VENIDO!?-gritó una voz femenina.
En menos de diez segundos apareció una chica guapísima en la puerta. Tenía el cabello dorado y con muchos tirabuzones, dos brillantes y grandes ojos azules y una piel pálida como la leche. Pestañeó sorprendida y luego soltó un grito de alegría.
-Guau, que guapa eres-dijo admirada.
No pude evitar sonrojarme y mirar hacia el suelo. ¿Quién era esa chica?
-Bueno, Selena-dijo el padre sonriendo nervioso-esta es mi hija Violeta.
-Hola-exclamó ella mostrando una preciosa sonrisa llena de dientes blancos.
-Hola-respondí muriéndome de la envidia mientras miraba con recelo su apariencia.
Recogí mi maleta, pero la supuesta Violeta me la quitó de las manos antes de que pudiera si quiera notar su peso.
-¡De eso nada!-replicó-¡eres nuestra invitada! ¡Y mi nueva hermanita mayor!
Soltó una risita infantil y cogiéndome de la manga me arrastró dentro de la cara. Observé a lo lejos como mi padre arrancaba el coche y me sonreí a través del cristal. Sería la última vez que le viera. Hasta dentro de medio año. Suspiré. Iba a echarle mucho de menos. Violeta me llevó hasta su cuarto. Me quedé sorprendida. No había visto un cuarto tan chulo en mi vida. Yo que me esperaba encontrar un mundo de “Hello Kitty” en su cuarto. Bueno, aunque tampoco es que me hubieran dicho algo de Violeta, así que a ella como que tampoco la esperaba.
-Bueno, eres Selena, ¿verdad? Tú vas a ser mi nueva hermanita.-sentenció ella-porque como el idiota de mi hermano no me hace ni caso…
Puso pucheros, como esperando a que le diera una respuesta.
-Claro-respondí.-a mí no me importa.
-¡Bien!!! Que sepas que solo tengo un año menos que tú, o sea que seamos amigas, no me trates como una niña pequeña, ¿ok?
-Claro-volví a responder.
-Está bien-dijo calmada.- ¡Sí!-gritó después.
Estaba claro que ella no era una de esas personas que se lo pasaban pipa sentada en un sillón. Me estrechó tan fuerte entre sus brazos, que creía que me moría. Nunca creí que Miguel fuera  mi salvación.
-Hola-dijo entrando en la habitación. Tenía una cara molesta y de enfado, y era evidente que intentaba sonreír.-Soy Miguel. Aunque supongo que debes saberlo, ¿no?
-Sí-dije-soy Selena.
Su presencia me acobardó. Nunca pensé que me sentiría así. Lo sentí como una cruz en mi corazón. Una cruz ardiente.
-Pues, un aviso.-dijo cambiando el tono-ni te me acerques niña. Tengo una reputación que mantener. Aquí solo eres una molestia.
Dos cruces. MI mirada en blanco observando aquel rostro con el que me había CASADO en sueños, con el que había soñado con besar…
-¡Imbécil!-le gritó Violeta sacándole la lengua-¿te quieres largar? ¡Deja de molesta a mi hermana!
-Oh, qué rápido me has cambiado por esta niñata fea-dijo con desdén-menudo ridículo me hiciste pasar. –añadió mirándome con ojos fríos y distantes.
Empezaron a correr lágrimas por mis mejillas. ¿Todos mis sueños… rotos? Toda mi vida amándole… ¿para esto? Mi corazón roto en pedazos… ¿para siempre?
-No llores, es un idiota-dijo Violeta.
Empecé a limpiarme las lágrimas con desesperación. No debía llorar. No debía llorar. No. Miré hacia el suelo escuchando sus últimas y crueles palabras.
-No interfieras en mi vida, ¿Vale? Espero que este medio año pase pronto-comentó sin ninguna sensibilidad-otra inútil en casa, lo que nos faltaba. Ja. Como tu madre, ¿no? Era actriz, ¿no? ¿Dónde está ahora? ¿En Australia dejándote aquí abandonada? ¿Y tu padre? Se va, dejándote SOLA.
-Te has pasado Miguel.-protestó Violeta abrazándome.
Tres cruces. Lo mío ya no eran lágrimas. Era una auténtica inundación. Mi madre. Con la última persona con la que se podía meter. Empecé a sentir dolor en el pecho, como si no pudiera respirar.
-¿Por qué lloras tanto?-exclamó de repente él-no es para tanto…
-¡Imbécil!-volvió a gritarle Violeta- ¡tú no sabes nada! ¿Cómo has podido decirle eso? ¡Te odio!
-No creo que sea para tanto-siguió excusándose él esta vez algo preocupado.
No podía respirar. Me dolía el pecho. Mucho. Sentía como si me estuviera ahogando. Y no podía dejar de llorar. El dolor me vencía por todas partes. Él, mi madre, mi padre, traicionada, sola… No pude seguir manteniéndome de pie. Me caí al suelo y empecé a lanzar gemidos. Cerré los ojos. ¿Qué me pasaba? Me sentía fatal. No podía respirar. Me molestaban las lágrimas metiéndose por debajo de mi camiseta y mi corazón corriendo acelerado.
-¡SELENA!-gritó ella sujetándome-¡Mira lo que le has hecho! ¡Es por tu culpa!
Echó a correr preocupado escaleras abajo. En nada de tiempo sentí como unas manos fuertes me levantaban y me llevaban a algún sitio. Me sentí mal, y cada vez sentía menos mi cuerpo. Solo sentía dolor, dolor y más dolor. Entonces nada. Dejé sentir nada.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Mi blog se hace de comentarios...

Pues eso, que comentéis me ayuda a seguir escribiendo. Creo que pondré un chat, si queréis comentar ahí, por mí vale, pero por lo menos opinad, ¿no¿?

jueves, 23 de septiembre de 2010

3. Adiós papá...

Entré en casa. Llevaba la carta en mis manos. Me pesaba como una tonelada, y tenía muy pocas ganas de dársela a mi padre. ¿Y si la abría sin que él…? ¡No!!! Sele, fuera pensamientos obtusos. Arrastrando los pies llegué al salón. Mi padre estaba viendo un debate político en la tele y ni si quiera se constó cuando entré.
-Papá-le llamé-un chico me ha dado una carta para ti.
-¿Una carta?-se extrañó sin apartar la mirada de la pantalla y tendíendome la mano.
-Sí-respondí.
-Oye, no te habrás…
-No papá.
-Ni habrás…
-Tampoco, papá-dije molesta.
Miró el sobre con desconfianza, y extrajo una hoja de papel.  Sonrió y luego miró la carta por detrás.
-Vaya, qué bien. Es de mi buen amigo Jairo.
-¿Jairo?
-Sí. Un compañero de la facultad-dijo él leyendo la carta.
-¿Y por qué Miguel tenía esa carta para ti?-pregunté de manera inconsciente.
-¿Miguel? ¿Su hijo?
-S-Su h-hijo… ¿SU HIJO?-exclamé.
-Sí, va a tu instituto. Vive en la otra parte de la ciudad. Él me presentó a tu madre.
-¿A mamá?
-Sí.-suspiró- también estuvo el día de su funeral.
-No lo vi-dije oscureciendo la mirada.
-Estaba entre la gente. Se me acercó justo después de que te fuiste.
El funeral de mi madre fue hace aproximadamente tres meses. Un hombre borracho la atropelló con el coche. Sentí como si un cubo de agua fría se me hubiera caído encima cuando la nombró.
-Creo que me voy a mi cuarto-dije con la mirada perdida.
-Selena…
Subí las escaleras de dos en dos, y cuando estuve en mi cuarto me tiré en plancha en la cama. Encima de la mesilla descansaba una foto de mi madre con el cuadro enmarcado. Mi madre era actriz. Cuando murió, no sólo fue un martirio para mí, sino para miles de personas en todo el mundo. En el instituto estuvieron casi un mes hablando de ello, y fue para mí… horrible. Empecé a notar cómo se me humedecía el rostro, pero estado sola, no me importaba.
-Mamá-musité ahogándome en lágrimas.
Cogí la foto y acaricié el cristal. Estaba sentada en el porche de casa, sonriéndome, a mí, a su hija.  De repente llamaron a la puerta.
-¿Hija? Tengo que decirte una cosa.
Suspiré. Adoraba a mi padre. Siempre me daba tiempo para que me limpiara las lágrimas, para no verme llorar, o la cara llena de churretes. Él eludía todo lo que tenía que ver con mi madre. Había donado todos sus vestidos, sus zapatos, sus cosas… incluso había guardado en el desván todas sus fotos.
Me limpié la cara, y preparé delante del espejo la sonrisa más hermosa que se podía poner después de haber llorado; una mueca torcida.
-Pasa.-dije disgustada conmigo misma.
-Hola-dijo sonriendo y sentándose en la cama, a mi lado.
-¿Qué querías?-pregunté.
-Verás, te acuerdas de la carta, ¿no?
-Ajá.
-Dentro de unos días voy a tener que irme de viaje por mi trabajo. Es un lugar que está muy lejos. Por eso, un amigo mío, Jairo se ha ofrecido a que te quedes en su casa. La tía Anis no puede cuidar de ti, así que…
-¿Dónde vas, papá?
-Muy lejos, cariño.
-Dímelo-le exigí con dureza.
-Nueva York-dijo.
-¡Papá!-exclamé dolida.-¿Por cuánto tiempo?
-M-Me…
-Papá.
-Medio.
-¿Medio qué?
-Medio año, cariño.
-No puedo creerlo, papá-dije llorando y esta vez sin importarme si él estaba delante o no.
-Cariño, no es nada de tiempo, además estarás con Miguel. Él te cuidará.
-¿M-Miguel?-balbuceé secándome las lágrimas.
-Sí, seguro que es un chico muy simpático.-dijo él intentando salvar la situación.
-¿Tendré que vivir con él?-exclamé entre enfadada, perdida y… no sé como explicar esa sensación que me vino después.
-Sí, pero…
-¡Vale!-salté poniendo cara de feliz.-no te preocupes papá. Tan poco es para tanto.
-Ay, no me lo puedo creer-saltó él- hace nada estabas llorando porque me iba, y, ¿ya se te ha pasado?
-Sí, creo que sí-dije poniéndome de pie.
-Que pronto te olvidas de tu querido padre, le que te quiere tanto, el que se va tan lejos y por tanto tiempo…
-Papá no dramatices-dije yo la mar de contenta.
¿Quién habría dicho que surgiría una oportunidad tan buena como esta? Suspiré y empecé a bailar en mi habitación, ignorando la presencia de mi padre.
-Mi niña se hace tan mayor…-dijo fingiendo que lloraba-si cuando vuelva te has echado novio da por hecho que acabaré con su vida…
-Adiós, papá…
-¡Lo haré!!!-prometió mientras le echaba de mi cuarto.
-Ya, ya-dije yo cerrando la puerta.
La verdad es que estaba muy feliz… y a la vez muy triste. Nuevas lágrimas corrieron por mis mejillas. ¿Es que nunca iba a poder dejar de llorar? Le iba a echar mucho de menos. Empecé a llorar en silencio. Volví a sostener la foto de mi madre y lo oprimí en mi pecho.
-Ayúdame, mamá. Ayúdame a decirle adiós… porque no puedo…
Ahogada en lágrimas, cerré los ojos. Seguramente me acabaría durmiendo, y pensé que quizá era lo mejor. Sumergirme en el perdido mundo de los sueños y olvidarme de todo. Olvidarme de Miguel y de todos mis problemas.
-Adiós, papá-musité antes de dejar el mundo para entrar en el otro.


miércoles, 22 de septiembre de 2010

Mi baNNeR de mi Segundo Blog; El diario de Baby

2.Mi sueño ¿roto?

Toda la mañana pintarrajeando en la libreta su nombre. Toda la mañana pensando en lo borde que había sido conmigo. ¿Cómo podía haber creido que estaba en primaria? Estaba en tercero de secundaria, ¡igual que él! Me moría por dentro al pensar que quizá me odiara. Con angustia empecé a hojear el libro de Matemáticas como una loca.
-Eh-me llamó la atención Alicia-que como sigas así, la profe se va a dar cuenta de que estás tonta perdida.
-Que graciosa-le dije sacándole la lengua.
-Vamos, Selena, tía estás en babia total-me reprochó ella poniéndome el libro en la página cincuenta y dos.
Suspiré. Cuando terminase las clases iría a disculparme con él. Solo quedaban cinco minutos para las once. Aunque no sabía como hacerlo...
Un escalón, dos escalones, tres escalones. A menos de dos metros estaba él hablando con sus amigos, riéndose... Cogí aire de golpe y eché a correr en su dirección. Le cogí de la manga y cerrando los ojos lo dije. Creo que grité un poco. Creo que grité bastante. Cuando terminé eché a correr. Me dirigí al círculo de mis amigas, al lado de Alicia.
-Pero, tía, ¿Qué has hecho?-exclamó mirando hacia donde Miguel.
-Me h-he disculpado con M-Miguel.
-¿El chico del que llevas colada una eternidad? Pues hija al pobre debes de haberle quedado sordo.
-¿Sordo?
-¿Eres consciente del grito que has dado? Se ha oído en todo el patio, ¡y en todo el continente, también!
-Pero es que esta mañana... le empujé-dije acorbadada-quería disculparme.
-Esa es la PEOR excusa que he oído en mi vida-dijo ella convencida.
-¿Excusa?-ni si quiera había pensado en ello como tal.
-Sí.
-No pensé así...-dije pensativa.
-Oye.-una voz en mi espalda hizo que me quedara completamente en shock.
Me di la vuelta y observé la cara de un chico avergonzado, con mirada penetrante y una mueca en los labios.
-Quiero hablar contigo-dijo Miguel-después de clase.
-Sí-dije son atreverme a mirarle y con la cara roja de verguenza.
-Ummm, no parecía muy contento-comentó Alicia poniéndose en frente mía.
Estaba tan nerviosa. ¿Qué quería? Me echaría una bronca tremenda por haberle dejado en ridículo. Pero es que tenía que hacerlo. Pitó el timbre del recreo. Se había acabado mi única salvación. Aunque aún quedaban tres horas, quería morirme, porque se pasaron en tres segundos. Pensé en escaquearme, aunque, ¿de qué me serviría?
-Hola-me saludó.
Estaba tiesita como un palto, en frente de la maravilla más maravilla del mundo, en frente de mi sueño, de mi amor platónico. Y sin embargo, lo único que hizo fue tenderme una carta.
-Tú eres Selena de la Clase C, ¿no?-me preguntó sin mirarme si quiera.
-Sí-dije confusa.
-Es para el señor Ortiz. Tu padre, ¿no? El señor Ortiz. Tu padre , ¿ no?
-Sí.
-Pues eso. Adiós.
Se dio la vuelta y se fue caminando. No podía creerlo. Cuando ya creía ver mi sueño roto en mil pedazos y desperdigados en lágrimas, Mister Maravilla me tendía una carta, ¿PARA MI PADRE? Uy, ¿una petición de casamiento? Ok, Selena no flipes. No la abrí, pero vi la dirección por detrás. Tan solo ponía le nombre de mi padre. Qué extraño. Observé como se alejaba con anhelo. Mi amor. Mi sueño...¿Roto? Tal vez... imposible sería el adjetivo correcto.

martes, 21 de septiembre de 2010

1. Mi sueño

Cerré los ojos lentamente y deseé con todas mis fuerzas que sus besos me llenaran con su fragancia y acariciaran mi corazón con su calidez y su suavidad. Que me abrazara con sus fuertes brazos y me dijera dulces palabras al oído. Que su dulce voz fuera silenciada por el tintineo de unas campanas muy lejanas, que cada vez se oían más y retumbaban de manera dulce en mis oídos. Sentir la seda alrededor de mi cintura y de mis brazos, y mis ojos cubiertos por un velo fino y delicado. Que mis manos estuvieran bañadas en anillos y mi cabellos sujeto por miles de horquillas de plata. Un montón de aplausos, gritos, lágrimas. Cogiendo fuerte mi mano,caminando por una alfombra roja y rodeada de flores, hasta llegar al altar. Palabras lejanas que provenían de un anciano, no me sacaban de mi dulce ensueño. De sus preciosos ojos verdes, de su piel pálida y a la vez morena, de sus cabellos negros y oscuros como el azabache... Pétalos de luz nos envolvían como si solo existiéramos nostros. Sus manos me agarraron suavemente por la cintura, acercándome cada vez más a lo que siempre deseé y para mí solo fue un sueño, sus labios, y a la vez un compromiso eterno, para siempre, hasta que la muerte nos separase...
-¡Selenaaa!
-¡AAAARRRGGGGGG!-grité enfurecida.
Abrí los ojos de golpe y observé a mi padre, haciendo el tonto, como siempre y con un cojín en la mano.
-No puedo creerlo papá, casi iba a conseguirlo-sollocé tapándome la cara con las manos-y has tenido que DESPERTARME...
-Buuf, hija tengo miedo de despertarte cada mañana, siempre me dices lo mismo.
-Mentira... ayer me iban a dar la nota de física que llevo esperando toda la semana, y justo me despertaste. Espero no haber suspendido. Antes de ayer estaba contando el dinero para comprarme un vestido precioso que...
-Vale, vale-dijo él-ya lo he pillado. Ahora vístete que ya vas tarde y hoy te tienes que ir andando.
-No jorobes papá.
-Me voy a desayunar.-me respondió ignorando mi cara de súplica.


Sí, mi sueño, mi flamante y preciado sueño era Miguel. Sí, un chico de mi curso, pero tan alto... y con el pelo tan oscuro que parecía moreno (es castaño)... Estoy enamorada de él, es mi AMOR con mayúsculas, mi vida y mi ilusión. Por él me levanto todas las mañanas, por él me siento feliz cuando apruebo algún examen (suelo suspender la gran inmensa mayoría)... En fin. Me levanté y me miré en el espejo. Tenía los pelos que parecía una bruja. Nada que ver con mi cabellos liso, sujetos con horquillas plateadas, mis labios pintados de rojo, mis negras pestañas, mi piel blanca, mi cuerpo envuelto en un precioso vestido blanco... aaah, y ahe vuelto a soñar de nuevo con que me casaba con Miguel.
Pero eso nunca iba a pasar. Miguel... era una persona desconocida para mí. Yo podría describirle de mil maneras, pero seguramente ninguna encajaría con su perfil de ninguna forma, pues, sería demasiado parcial. Suspiré. Si pudiera presentarmee... pero un chico que veo todos los días entrar en clase, alto y apuesto, y que ni si quiera me mira, es algo difícil, ¿sabes? No creo que sepa ni que existo. Aunque, tengo que ser positiva, y alejar de mí los malos pensamientos, los pensamientos negativos...
Bajé a desayunar. La verdad es que no me apetecía nada. Pero... buennnooo. Comí, preparé la mochila y salí desfilando hacia el colegio. Fantaseando por el camino con mi amor platónico, a penas veía por donde pisaba. Cuando llegué me di cuenta de que había pisado un chicle y ¡dos perros!
Por poco me cierran la puerta. El conserje me puso mala cara, pero yo me limité a sacar los dos dedos en señal de victoria y salí pitada hacia mi clase. Iba tan corriendo que apenas me di cuenta de que me llevaba a la gente por delante. Pero fue entonces, cuando realmente me di con alguien.
-¡Oye, ten cuidado!-me gritó-vaya con las niñas de primaria.
Levanté la vista y mi mente se congeló. No podía ser que esas palabras hubieran salido de una boca tan perfecta. No podía ser que me hubiera chocado con Miguel.
-Perdona-dije con la boca chica.
-Ya-dijo enfadado y entrando en su clase.
-Ay, no me puedo creer que me acabe de decir que estoy en primaria-dije en cuanto desapareció y abriendo los ojos como platos.
Mi sueño... mi gran sueño. ¿Cómo podía ser tan borde? No importa. Le quería. El amor está por encima de eso... ¿verdad? Mi sueño.