viernes, 15 de julio de 2011

Capítulo 3

Observé irritada, como mi hermana menor me traicionaba, hipnotizada por “los encantos” de nuestro nuevo hermano mayor. Y él parecía muy contento de haberme dejado sola en mi lucha contra él mismo. La pequeña Susana, montaba las piezas de colores una encima de otra, ayudada de la mano arquitecta de Greg, que las colocaba  muy centrado. Con el ceño fruncido continué leyendo boca abajo, encima de la cama.
-Tienes unas costumbres muy extrañas-comentó Greg con esa estúpida sonrisa suya y sin apartar la mirada de la construcción.- ¿no se te baja la sangre a la cabeza?
-Es una forma de concentrar la mente en dos cosas. Te hace más inteligente-murmuré sin moverme ni un ápice.
Apoyé el tronco en el suelo cuando me empecé a sentir incómoda, completamente doblada, con las piernas de la rodilla hacia abajo encima de la cama.
-¿En serio?-me preguntó él interesado.
-En realidad no-dije- me lo acabo de inventar.
Él me miró con cara extraña, pero no me esforcé en tratar de averiguar lo que se le pasaba por la cabeza. Como ya he dicho anteriormente, yo era una persona sencilla, de poca complejidad.
Esta mañana habían traído sus maletas y Greg se había instalado en el mi cuarto y en el de Susy. A mi hermana se le había antojado jugar con las piezas de construcción, y ahí estaban, jugando, mientras yo leía boca abajo. Por ahora la convivencia no había resultado muy molesta. La única que conseguía sacarme de mis casillas era Casandra. Había estado toda la mañana intentando entablar conversación conmigo, yo, la persona que más eludía la sociedad del mundo entero… y sabía que su intención era buena, pero pensaba que las cosas se templarían con el tiempo. Y eso era precisamente lo que yo necesitaba. Tiempo.
Entonces, en medio de mis pensamientos, noté como una especie de mareo, y me caí hacia un lado. Greg notó mi desfallecimiento y se acercó a ayudarme.
-¿Estás bien? Eso te pasa por ponerte así, si es que ya decía yo que no debía ser bueno…-farfulló.
-Normalmente no me pasa-me excusé-lo que pasa es que estoy pensando demasiado…
El soltó una carcajada.
-Seguro-puntualizó sin ni una pizca de ironía.
-Será mejor que me acueste un rato… llevo tiempo sin sentirme bien.-murmuré.
-¿Quieres que te ayude?-me preguntó.
Por un momento, noté que había cambiado, como si ya no fuera Greg, el Greg burlón, picarón y toca narices, y fuera otra persona. La imagen más idealizada que podía hacer de esa parte de él era la del hermano mayor. Cogí su mano y dejé que pasara la otra por mi cintura. A penas me levantó unos centímetros del suelo a la altura de la cama y me dejé suavemente encima de la colcha. Por unos minutos me sentí como una pluma en sus manos.
-Gracias-murmuré con tono seco.
Quería dejar claro, que a pesar de su amabilidad, seguía sin fiarme de él. Ni un pelo. Tumbada en la cama, observé como trataba con cariño a Susy, que parecía muy contenta de conseguir llamar su atención con el entretenido juego de las piezas.
Entonces, llamaron a la puerta.
-Adelante-murmuré somnolienta.
La puerta se abrió, y apareció una chica alta y de pelo castaño, liso, con unas gafas de sol blancas y vestida provocativamente. Se me revolvió aún más el estómago. Era justamente, el tipo de personas que me gustaba evitar.
-No me gustaría saber que me engañas con tu hermanastra-dijo riéndose y entrando como Pepe por su casa.
-¿Con cuál?-bromeó él pasando un brazo por encima de los hombros de la pequeña Susy, que tenía una cara de felicidad que me sentó como un puño.
La chica entró y fijó su vista en mí. Al principio pensé que me iba a dedicar una mueca o algo parecido al verme como una posible amenaza, pero en cambio, me sonrió contenta.
-¡Qué bien! Me da gusto conocer a mis nueras-exclamó acercándose a mí y cogiéndome de las manos.
Me incorporé e intenté aguantar el contacto físico con ella todo lo que pude sin poner cara de asco.
-Rosie y Susana, ¿no?-preguntó convencida.
-Ronnie.-espeté algo molesta.
-Qué bonito-exclamó ignorando por completo su equivocación y sin sentir ninguna vergüenza por ello.-Yo me llamo Julia. Seremos grandes amigas, estoy segura.
-Y yo-murmuré intentando hacer amago de una sonrisa.
Ella me respondió con el mismo gesto, y por un segundo, no sentí la necesidad de seguir fingiendo, sino de sonreír de verdad. Había algo en ella que me inspiraba confianza, como si sus palabras y sus acciones no fueran fingidas para quedar bien.
-¿Nos vamos?-preguntó ella dirigiéndose a Greg, que estaba concentrado en una gran torre de fichas de colores.
-¿Ahora? ¿No puedes quedarte un rato aquí  y luego nos vamos?-preguntó.
-Esperaré a que termines la torrecita-dijo con un tono que no permitía ser contradicho.
Él asintió con la cabeza, como un niño pequeño, y Susy la miró complacida. Genial. Se iba a quedar un ratito. Deseé con todas mis fuerzas que no intentara hablar conmigo pero mis súplicas no fueron escuchadas.
-Y… ¿cuántos años tienes?
-Quince.
-Uno menos que yo-dijo emocionada.- ¿Sabes qué? ¿Por qué no dejamos al tontaina este de Greg y nos vamos a dar un paseo? Luego volvemos.
Yo paseé la vista buscando la excusa perfecta para no ceder a su petición, pero ella tiró de mi brazo y no me pude negar.
-Venga, vístete. Si quieres te busco la ropa-exclamó abriéndome el armario.
Molesta, no la interrumpí mientras pasaba las perchas de un lado a otro, desesperada.
-¿Pero qué es esto? No había visto una ropa tan sosa en toda mi vida-me dijo casi enfadada.
Yo me encogí de hombros. Pocas veces salía de casa, excepto para ir a la biblioteca, correr y poco más. ¿Para qué necesitaba ropa bonita?
-Creo que con esta camiseta y estas mayas vas bien… o aceptable. Me parece que vamos a ir a buscarte algo bonito. Venga, ¡vamos!
-¿Pero cómo quieres que me vista con él delante?-pregunté sin levantar mucho la voz.
-Pues ve al baño,  ¡corre!
Con la ropa en el brazo me encerré con el pestillo. Estaba cabreada. ¿Por qué demonios tenía que salir yo ahora? Con lo a gusto que estaba en la cama… encima con el mareo… buf. Salí, cinco minutos después, con la ropa puesta. Fui a mi cuarto, donde me dejé observar incómoda.
-Es que eres tan guapa que todo te sienta bien-me dijo recalcando las palabras- que envidia…
Yo me rasqué la cabeza. No estaba acostumbrada a que me alagaran, pero de algún modo se sentía bien.
-Si está feísima-dijo Greg apoyándose en el hombro de su novia- parece una lámpara pasada de moda.
Me sonrojé de la furia pero preferí no responder. Pensé que la chica le miraría mal o algo, pero sólo le dedicó una mirada extraña, como si tratara de deducir lo que se escondía bajo esa careta de mastodonte alelado.
-En fin, vámonos-murmuró centrándose en mí y esbozando una sonrisa.
-Espera a que coja dinero-dije, y eché a correr.
Me quedé en frente de la hucha y la observé anhelante. El dinero destinado a mis libros. Con un suspiro la abrí y saqué un billete. Con eso sería bastante. Me esperaba una tarde movidita.


Volví derrotada. Me había llevado de compras por todo el centro, decidida a buscarme el conjunto perfecto para “estar aceptable”, como ella decía. Me había comprado un vestido azul claro “preciosísimo de la muerte” y unos zapatos con algo de tacón a juego. Estaba feliz y sonreía como una tontina como si el conjunto fuera para ella.
-¡Es que voy para estilista!-exclamaba cada dos por tres.
La verdad es que el conjunto no estaba mal, pero no me veía en él. Era demasiado bonito… para mí. Suspiré y lo dejé pasar. Entramos en casa, y nos metimos en mi cuarto. Greg estaba sentado en mi cama, observando cómo Susy bailaba dando círculos.
-¿Qué haces, Susana?-pregunté.
-Estaba enseñándole a Greg el nuevo baile que nos han enseñado en el colegio-me informó mientras seguía dando vueltas sobre sí misma.
-Es toda una princesa-dijo con orgullo.
Ella dio un saltito de alegría y continuó bailando hasta marearse. Yo me senté en la cama rendida, y le pegué una patada intencionada para echarle.
-Uy, perdón-dije inocentemente.
Él me fulminó con la mirada.
-Vámonos, Julia-dijo arisco- ya no tengo nada que hacer aquí.
Les miré mientras se iban, y cuando el cuarto se encontró casi vacío, excepto de mi presencia y la de Susy, pude respirar en paz. Intenté no ver la bolsa azul que había sobre la alfombra pero no pude. Me levanté a encender el aparato de música y puse mi canción favorita en tono suave, no demasiado alta.
-Nananana-cantó Susy deshaciéndose de sus zapatos, subiéndose a la cama y acurrucándose junto a mí.
-Es la hora de comer, Susana-dije con un suspiro mientras trataba de escuchar la canción- no te duermas.
Pero a los diez segundos, podía oír su lenta respiración y ver sus ojos cerrados. Me levanté y me asomé a la ventana. Ellos estaban saliendo de casa. Sin querer observé cómo Julia pasaba los brazos por su cuello y empezaba a besarle, como si se hubiera resistido durante mucho tiempo y no pudiera evitarlo.
I hope you know, I hope you know
That this has nothing to do with you
It's personal, Myself and I
We've got some straightenin' out to do
And I'm gonna miss you like a child misses their blanket
But Ive got to get a move on with my life
Its time to be a big girl now
And big girls don't cry
Don't cry
Don't cry
Don't cry

jueves, 14 de julio de 2011

Capítulo 2

-Bueno, Ronnie, esta es Casandra, Casandra, Ronnie.
Miré inexpresivamente su pelo moreno, ondulado y recogido con horquillas, sus grandes ojos verdes, su fina mandíbula y sus carnosos labios. Tenía la tez tan clara como aquél chico, Greg, y una sonrisa tan amplia como la de él. Iba muy bien vestida, con unos pendientes largos y brillantes colgando de sus orejas, una rebeca y un vestido rojo algo corto. Era joven y atractiva, y de algún modo, sentí un aire de libertad y rebeldía en sus ojos, lo cual no pudo evitar recordarme a mi madre. Y eso fue lo mejor que me pudo pasar. Porque sabía perfectamente, que ésa, no podía ser la secretaria de mi padre. No podía ser nadie del trabajo. Sólo podía ser, la novia de mi padre. La mujer simpática de la que  la pequeña Susy me había hablado. Y al verla no podía sentir otra cosa que rechazo. Porque no odiaba a otra persona en el mundo más que a mi madre. Pero no podía soportar que alguien me quitara a mi padre.
-¿Ronnie?-me llamó mi padre.
Salí al instante de mi embobamiento. Llevaba un buen rato sumergida en mis reflexiones, buscando y trazando un buen plan para salir cuanto antes del salón y de la casa a ser posible.
-Encantada-murmuré con la media sonrisa más falsa que me podía haber salido del alma.
Dejé que me diera dos besos y traté de ocultar el sentimiento de repulsión que sentía tras el contacto físico.
-Eres una niña encantadora, y muy guapa. Espero que hagas buenas migas con Greg.
Asentí como un robot, mientras, en un plano secundario buscaba el pretexto idóneo para huir. Paseé la mirada y me topé con la del muchacho. Su sonrisa burlona me decía que aún me quedaba algo de sufrimiento, que por supuesto, mi pobre corazón y mi mente cuerda no podían escuchar hasta después de un exhaustivo tratamiento…
-Tengo que hacer los deberes-me excusé.-me alegro de haberla conocido…
-Alto ahí-exclamó mi padre reteniéndome y privándome de mi maravillosa oportunidad de escapar a la oscuridad de mi cuarto.
-¿Qué?-exclamé liberándome de mi cubierta amable y cortés.
-Nos casamos dentro de tres meses.-soltó todo de golpe-eso es todo.
Me quedé mirándole como si se hubiera quedado conmigo. Tenía la sensación de que me acaba de pegar un tiro, y de que estaba en mis últimos tres segundos de vida. Unos tres segundos muy largos, por cierto.
-Ella será mi madrastra-dije con una vocecita de niña pequeña.- y él mi hermanastro…
Mi padre asintió asustado por mi excesiva tranquilidad respecto al tema. Pero en verdad, temía que me diera un ataque, por lo que traté de controlar mi furia y mi desconcierto y mantenerlos en el rincón más lejano de mi mente hasta que pudiera desahogarme y liberarlos cuando estuviera sola.
-Y me lo dices ahora-susurré tratando de dominarme a mí misma, pero sin poder evitar que parte de lo que sentía se viera manifestado en mis palabras.
Quise evitar las miradas del chico y de ella, pero no pude ignorarlas, clavadas en mí. Decidí que era el momento ideal para huir.
-Bueno, me alegro de que me lo hayas dicho ahora. Ya pensaba que ibas a esperar otro mes-dije con dureza y rabia.
Furiosamente, me giré, y sin abrir más la boca dejé el salón para encerrarme en mi cuarto. Pasé con la cara entre las manos por delante de Susana, que intentó llamarme la atención en vano. Al abrir la puerta, procuré cerrarla con suavidad, a pesar de que quería hacer sonar un portazo que se oyera en toda la comunidad. Por lo menos pude tirarme a gusto encima de la cama, en la litera de abajo. De algún modo, me alegré de que fuera viernes. Podría incumplir con gusto mi promesa, llorando entre las sábanas toda la tarde. Me dejé caer boca abajo, donde dejé que las lágrimas se acumularan y mojaran la colcha. ¿Por qué tan de repente? Ni si quiera conocía el motivo de mi rechazo, de mi impotencia. Sólo que no quería esto. Y menos tener otro hermano. Encima mayor. Alargué la mano hacia la mesita de noche para alcanzar un paquete medio gastado de pañuelos. Me soné y dejando el papel sucio, encima de él, cerré los ojos. Incómoda, me molestaba escuchar hasta mis propios pensamientos. Me levanté para poner música. El gusto por ella era en lo único en lo que no me diferenciaba de la gente de mi edad. Pero justo cuando iba a sonar mi canción favorita, oí llamar a la puerta. No iba a tener ni un minuto tranquila por lo que se veía. Me limpié con rapidez las lágrimas y dediqué diez segundos de mi tiempo a ensayar mi cara de huraña frente al espejo. Di dos pasos hacia la puerta y la abrí, para encontrarme frente a frente con mi padre.
-Siento no habértelo contado antes.-me dijo rápidamente, como si temiera que le cerrara en las narices.
Entonces sentí algo de remordimiento. Era evidente que había estado pensando en ello, y aunque no hubiera elegido la opción que más me habría gustado, se había esforzado en que las cosas salieran bien.
-Yo también lo siento. He sido muy brusca-dije echando a perder mis diez segundos de preparación física y mental, pero sin arrepentirme de ello.- ahora iré a disculparme…
-Espera-me paró mi padre sentándose a mi lado y poniendo una mano en mi hombro- hay otra cosa que tenía que decirte.
-¿Qué cosa?-pregunté intentando parecer calmada.
-Van a venir a vivir aquí.
-¿Y qué?-pregunté. -La verdad es que eso… ya lo suponía.
-Que Greg se va a quedar aquí.
-Aquí, aquí, aquí, ¿aquí dónde? Un momento… ¿Aquí? ¿En mi cuarto?
Mi padre asintió lentamente y retrocedió un paso, como si temiera que me volviera loca o que me diera un ataque. Paseé la mirada de un lado a otro, tratando de asimilar lo que mi padre me había dicho.
-Papá-dije controlando todo lo que podía mi voz- es un chico, ¿comprendes? Yo soy una chica. ¿Sabes lo que puede pasar?
Mi padre me miró sin entender. Era obvio que tenía que ser clara.
-¡Podría ser un depravado sexual! Por favor, si es que tiene hasta la cara… tendré que dormir con la pistola del abuelo encima, me pregunto si estará cargada…
-¡Ronnie!-exclamó enfadado.
Yo le miré con cara de asustada.
-¿Qué? ¡Es verdad! ¿No has visto las noticias o qué? ¡Cosas de estas pasan continuamente!
-No digas tonterías Ronnie, tú ni si quieras ves la tele.-me dijo cruzando los brazos por debajo del pecho y mirándome con reproche.
-Está bien.-murmuré derrotada- pero entonces, ¿Susy dónde va a dormir?
-Pues había pensado en sacar un colchón temporalmente y que Susana siguiera durmiendo en la litera de abajo.-me explicó mi padre rascándose la barbilla.
-Bueno-dije pensativa- ¿pero cómo pretendes que me cambie si hay un chico en mi habitación?
-Por Dios, Ronnie. Sé que Greg es un chico pero también es tu hermano. O va a serlo. Tampoco creo que sea necesario…
-¡Papá!-exclamé enfadada- ya sé que últimamente camino como si la vida no me importara nada y siempre ando encerrada en mí misma pero… ¡tampoco es eso!
-Cuando quieras cambiarte le echas y punto-dijo rebatido y exasperado.
Yo le dediqué una mirada satisfecha, aunque en realidad no estaba demasiado contenta. Observé como mi padre se limpiaba el sudor de mi frente como si acabara de correr una maratón y se marchaba de mi cuarto. Suspiré y justo cuando iba a encender la música y a seguir a mi rollo en mi cuarto, noté la presencia de mi reciente hermanastro apoyado informalmente en el marco de la puerta.
-¿Depravado sexual? ¿Seguro que tengo esa cara?-dijo fingiendo preocupación mientras se acariciaba la mejilla.
Por un momento no supe que contestar, pero pronto recordé, que no tenía por qué hacerme pasar por la persona amable y agradable del principio. Podía ser yo misma sin ningún problema.
-¿Y lo dudas?
Entonces me detuve. Era evidente que había sido demasiado brusca, y él no me había dicho nada con intención de ofenderme. Sin embargo, cuando me giré a mirarle, le descubrí con una flamante y burlona sonrisa. Ante mi sorpresa, se acercó a mí y cogió por la barbilla. Su rostro estaba casi rozando mi nariz, y podía ver con claridad el perspicaz brillo de sus ojos verdes.
-¿Sabes? Es una pena que vayas a ser mi hermana, porque eres una chica muy bonita.
Le miré un instante. Cualquier chica habría empezado a temblar y se habría sonrojado hasta las cejas, pero en cambio yo, solo sentía un cosquilleo molesto en el estómago. El mismo que sentía con Irene y Alonso.
-Pues deberías alegrarte. Aquí verás apreciado tu extraordinario talento como idiota.
El chico alzó las cejas, asombrado por mi rápida e inteligente respuesta, pero no quitó aquella molesta sonrisa de su cara.
-Y tenía razón-murmuré asqueada- en verdad eres un…
No encontré la palabra adecuada para describirle, así que simplemente no respondí.  Como si nunca hubiera establecido una conversación con él, me giré y me subí a la litera de arriba, donde me acurruqué.
Oí la risa detrás de mí, pero no me volví. Ahora solo quería aislarme en mi mundo y escuchar mi canción favorita, “Big girls don’t cry”.
-Bueno, yo sólo quería decirte que si entro en la habitación con mi novia, no entres ¿vale?
Me erguí como si me hubieran dado un pinchazo y le miré con cara de asco. Rodé los ojos intentando borrar aquellas últimas palabras de mi mente.
-Haré como si no he oído nada-exclamé metiendo la cabeza debajo de la almohada.
Volvió a responder con una risotada mientras yo contenía las ganas de saltar de la litera, coger la vieja pistola de mi abuelo y echarlo a tiros. Pero me sentía demasiado cansada y derrotada moralmente.

lunes, 11 de julio de 2011

Capítulo 1

Me peiné suavemente el pelo delante del espejo. A penas me fijaba bien en el aspecto de éste; simplemente me dedicaba a observar mi semblante inexpresivo reflejado en la superficie lisa. Los cabellos me caían en cascada por delante del hombro, con un destacado color miel y mucho brillo. Mis ojos azules se veían vacíos debajo de mis cejas. No sabría decir si ese día estaba triste o no. Simplemente no tenía muchas ganas de pensar ni tampoco de tratar de entender mi propio estado de ánimo. Había días en los que me sentía algo más animada, pero tanto mi padre como mi hermana pequeña estaban acostumbrados a verme seria y poco habladora. Y es que yo era una chica de pocas palabras. No me molestaba la soledad, es más, me gustaba. Me molestaban los ambientes con mucha gente y también que ésta intentara relacionarse conmigo. Era una chica seria, madura y solitaria. A mis quince años, no era la típica adolescente muchachera que andaba de fiesta en fiesta, que tenía mil amigos en Tuenti y Facebook y que salía por las tardes incluso aunque tuviera diez exámenes al día siguiente. Era más bien, la que disfrutaba viendo a su hermana jugar a las muñecas en silencio, la que leía en su cuarto boca abajo y la que pasaba por delante de los grandes grupos de gente sin sentir ningún deseo de unirse a él. Era una persona tranquila y amante del silencio.
-¿Puedo pasar?
Me giré y miré hacia la puerta. Mi hermana pequeña tenía la cabeza asomada y se veía una pequeña y despeinada trenza rubia.
-Papá ha vuelto a intentar peinarte-adiviné poniendo una pequeña sonrisa.
Ella asintió con lentitud y dando un saltito entró dentro de la habitación. Observé hasta que se sentó en el pequeño taburete de madera que tenía al lado del espejo y lo ponía en frente de ella. Yo le quité los coleteros en los extremos de las trenzas y comencé a hacerlas de nuevo poniéndole empeño.
-Dice que él las hace muy bien pero las que tiene María siempre son más bonitas.-espetó la pequeña niña poniendo muecas y caras extrañas en frente del espejo.
-Pero las que hago yo, son bonitas, ¿no?-le pregunté apoyando el mentón en su pequeño hombro y rodeándola con mis brazos.
-Sí-dijo con una amplia sonrisa.
Continué haciéndole la otra trenza. Susana era lo único que le tenía agradecido a mi madre. Con tan solo seis meses, la había abandonado, a ella y a toda nuestra familia. Mi padre se deprimió, pero creo que ya se esperaba que hiciera algo parecido. Decidí no pensar más en ello. Eso era en mí una cualidad y una virtud. Era capaz de calmarme a mí misma y de obligarme a pensar en otra cosa si quería hacerlo.
-¿Sabes? Papá está raro últimamente-comentó la niña.
-¿En serio?-pregunté sin demasiado interés.
-Sí, una mujer viene siempre antes de que tú vengas del instituto. Me toca la cabeza mucho y me dice que soy guapa y cosas así. Yo creo que es la novia de papá.
-No digas tonterías-dije yo con una sonrisa nerviosa- ¿por qué iba papá a tener novia si nos tiene a nosotras?
-Bueno… no sé.-murmuró la niña.-pero esa mujer me cae bien. Se porta bien conmigo.
-Será la nueva secretaria de papá o alguien del trabajo-aventuré mientras terminaba de arreglarle el pelo a la niña y le echaba un poco de mi colonia de fresas.- ¿ves? Ahora también hueles bien. Esa María no es nada comparada contigo, Susy.
-Lo sé-dijo ella mirándose de reojo en el espejo.
Le acaricié la cabeza un instante. La pequeña era tan diferente a mí… siempre estaba rodeada de niñas que querían jugar con ella y los niños corrían detrás de ella como bobalicones. Sin embargo, una mirada mía era suficiente para espantar a cualquiera que tuviera intención de acercárseme. Suspiré y le di una palmadita en la espalda.
-Venga, a desayunar. Y ten cuidado de no ensuciarte el uniforme-la avisé.
Me senté en el taburete y miré en el espejo como la puerta se cerraba suavemente. Encima del escritorio tenía el bote de color rojo decorado con fresas y rosas. No sé cuánto tiempo pasé mirando mi propio reflejo sin ni si quiera centrarme totalmente en él.  Tosí, y con la mente en blanco salí de mi cuarto. Con rapidez llegué a la cocina. Mi padre estaba haciendo el truco del avión con los últimos cereales que quedaban en el tazón de mi hermana y parecía un poco exasperado, porque ella se veía reacia a comer más.
-¿Sabes? Estoy segura de que María come muchos cereales. Por eso es tan alta y tan guapa…
No me dio tiempo a decir más. La pequeña empezó a tomarse los últimos restos del desayuno con urgencia. Le sonreí a mi padre que me miró aliviado. Sin embargo no pude evitar ver un brillo de nerviosismo poco habitual en sus gestos y facciones.
-Pareces preocupado por algo papá-le dije mientras me sentaba y llena de leche un tazón.
-¿Yo? Para nada, hija-me dijo- es que hoy tengo un caso en el trabajo que parece algo difícil.
-Siendo tú… podrás con ello-dije con una sonrisa.
-Claro, siendo yo…-murmuró él sin sonar muy convencido.
Le miré de reojo mientras apuraba las últimas gotas de leche del tazón. Lo llevé al fregadero ante la mirada de reproche. Últimamente no comía casi nada, apenas leche por la mañana y de nuevo devuelta a las páginas de mis libros.
De todas formas, mi padre no se preocupaba por temas como eses referentes a mí. A demás, el sabía que no era un obsesionada del aspecto como el resto de la gente de mi edad.
Metí el libro que me estaba leyendo en la mochila y la cerré. La verdad es que no tenía muchas ganas de ir al instituto. Eran ya, los últimos días de clase, y cada vez se me hacían más largos y calurosos. Me era difícil levantarme por las mañanas sin sentir la necesidad de una ducha de agua fría. Observé como mi hermana se levantaba de la mesa para ir al salón a ver la tele.
-Esto… hija…-empezó a murmurar mi padre.
-¿Qué?-pregunté girándome para mirarle.
-Bueno… hoy cuando salgas del instituto… va a venir a recogerte un chico. Acompáñale a casa, ¿sí?
-¿A la nuestra?-pregunté con sorpresa.
-Sí-dijo él evitando mi mirada.
-Está bien-dije perpleja.
Me colgué la mochila del hombro y me apresuré a salir de casa. Noté la mirada de mi padre fija en mi espalda mientras salía. Faltaban quince minutos para que el instituto abriera sus puertas, pero a mí me gustaba quedarme sentada en un banco de piedra que había en el parque, algo escondido en la calle, donde no pasaba a penas nadie. Entonces, mientras estaba sentada en el banco, sin abrir todavía las tapas de mi libro empecé a preguntarme sobre el extraño comportamiento de mi padre y las sospechosas revelaciones  de mi hermana pequeña de esta mañana. Estuve un rato indagando en pensamientos de argumento inestable hasta que decidí dejar de pensar en cosas que me producían dolor de cabeza. Era cierto que era una persona tranquila, y quizá algo complicada, pero no me gustaba sumergirme en caóticos problemas que la mente creaba por sí solos sin llegar a existir en realidad. Bueno, eso, por ahora.
Cuando dio la hora, me fui caminando hacia clase. No me gustaba mucho el instituto. Estaba lleno de personas, profesores, alumnos, los de la limpieza, la secretaria, el director… gente. Demasiada gente. Y es que ocasiones pienso, que si no me molestaran casi no me importaría que existieran a mí alrededor…
-Vaya, si está aquí la señorita sabelotodo-exclamó Irene con su voz estridente y de pito, y, cómo no, sus impetuosos aires de superioridad.
-Aquí, en clase, como todos los días-puntualicé sin levantar la vista ni para mirarla.
Estaba sentada en mi pupitre, con el libro entre las manos. Me había recogido el pelo con una pinza y trataba por todos los medios de no desconcentrarme y continuar inmersa en mi lectura, que se remontaba a la época victoriana de Inglaterra, en la piel de una joven sirvienta.
-Ya veo-murmuró Irene como si le hubiera acabado el repertorio-¿vas a sentarte delante de mí en el examen? Es que no quiero tener que moverme, ya me entiendes…
-Voy detrás de María.-respondí escuetamente, dejando claro con mi tono despectivo que me estaba molestando.
-Pues con esa montaña de michelines dudo que puedas ver la pizarra-contestó ella con burla.
-Podré con ello-dije mirándola con una media sonrisa y cerrando el libro.
Ella apartó la cara malhumorada y continuó caminando hacia su pupitre, seguida de sus perritos falderos. Suspiré. Después de aquella interrupción, se me habían quitado las ganas de seguir leyendo. Ese tipo de personas siempre conseguían dejarme un amargo sabor de boca, aunque me hubiera quedado con ellas y hubiera salido ganando. Pero a quién no podía soportar era a Alonso. Era… el colmo de lo inaguantable. Y mira que yo tenía poca relación con la gente de mi clase. Claro que el sentimiento, era mutuo. Era el arrogante novio de Irene, tal para cual, diría yo. Una sensación desagradable acudía a mí cuando me daba por pensar en el día que intentó besarme para que le dejara copiar en el examen. Pensó que era un pobre desesperada y que daría lo que fuera por un beso. Pensó mal.
La mañana transcurrió tranquila. No pasó nada especial (o nada que realmente llamara mi atención). Y a decir verdad, a pesar del pasotismo que me caracterizaba, no podía evitar albergar curiosidad sobre aquél chico que se suponía que debía encontrarme a la salida del instituto. ¿Por qué iba a venir a mi casa? ¿Quién era y por qué debía acompañarle yo? Sabía que mis preguntas ni tardarían en recibir respuesta, pero algo me decía que en el fondo, no quería saberlas. Sin embargo, me apresuré a salir rápidamente y buscar con la mirada a alguien que ni si quiera sabía que aspecto tenía. Por un momento me sentí algo idiota. Realmente no sabía quién era. Se me pasó por la cabeza la idea de volver a casa y darle a mi padre una excusa, pero no me dio tiempo de llevarla a cabo. Un chico alto (me sacaba una cabeza), de pelo moreno y revuelto y de tez clara me saludó. Yo le miré un instante y no pude evitar sentir las ganas de huir. Era un sentimiento extraño. Como de no querer ni meterme ni embaucarme en los rollos de mi padre. Aunque en el fondo era así. Anti-social.
-¿Ronnie?-preguntó.
-Sí-dije casi temblando.
No me gustaba mi nombre, su procedencia ni quién me lo puso. A mi madre le encantó después de ver una de esas películas americanas románticas (vomitivas en mi opinión) en las que no salen hijas lloronas. Si algo había aprendido de mi madre es que no iba a tener hijos. Y menos llorones. Pero claro, eso no venía a cuento.
-Yo soy Greg.-se presentó.
Noté con espanto cómo tiraba de mí y soporté asqueada, como me daba dos besos en las mejillas. Estaba tan traumatizada por el afectuoso saludo claramente español, que no me dieron ganas ni de reírme de su nombre. Conocía muy poca gente que se llamara Gregorio. Bueno, poca gente no. Sólo él.
Pareció un poco perplejo ante mi manera seca de actuar, pero sonreía con frecuencia, como si aquello le pareciera una broma, o como si le hubieran dicho como era yo y ahora estuviera comprobándolo con sus propios ojos. Salimos de la zona cercana al instituto, ante la mirada sorprendida de Irene y sus perritos, que se habían quedado embobadas con mi acompañante.
-Y tienes quince años, ¿no?-me preguntó.
“Si lo sabes, ¿para qué preguntas? Esto parece un interrogatorio…”, pensé molesta.
-Sí. ¿Y tú?-pregunté intentando sonar lo más amable posible.
-Diecisiete.
“Dos años mayor. Ronnie, reconoce que te lleva ventaja.”
-¿De qué conoces a mi padre?
Era mejor sacar temas de los que hablar. O eso, o pasarse todo el camino ignorando la incomodidad de su presencia a mi lado.
-¿Cómo no lo voy a conocer? Si es…
Me paré un instante, sorprendida ante su mirada, también de sorpresa. Esperé ansiosa una respuesta, pero él se mantuvo en silencio, como si guardara una información preciada y se estuviera pensando el precio a pagar por ella.
-Entonces, ¿no lo sabes?-preguntó al final.
-¿El qué debería saber?-exclamé enojada.
Si había algo que me molestara excesivamente, era el sentirme inútil y apartada de algo. Y menos, que no me contaran el qué algo. Aunque claro, eso sólo pasaba con mi familia, porque no es que yo tuviera mucha vida social.
-Mejor te lo cuento luego-dijo mirándome con curiosidad, como si tuviera algo raro en la cara.
Fijé la vista en el suelo y no insistí. Aquello había dejado de olerme bien. No podía sentir más que un desagradable cosquilleo recorriéndome, como si algo malo fuera a pasar.
-¿Sabes? Eres un poco rara.-comentó él dedicándome una sonrisa burlona.
No lo pensé dos veces. Si tenía que utilizar  la misma defensa que con el mayor incordio del instituto (Irene), lo haría.
-¿Sabes? Eres un poco idiota-le respondí con un tono vivaz y otra sonrisa del mismo carácter que la suya.
Él se mantuvo sonriente, como si la cosa le hiciera gracia, y eso me molestó. ¿Ahora se iba a dedicar a atacarme? Pues vaya. Observé cómo se revolvía el pelo con una mano con gesto divertido.
-Creo que me lo voy a pasar bien contigo-murmuró sorprendiéndome una vez más.
Me pregunté en qué momento iba a volver a estar con él “para pasarlo tan bien” como decía. Pero estaba claro que nuestros pasos nos llevaban a un único lugar, y allí era donde serían respondidas mis preguntas y resueltas mis dudas.

viernes, 8 de julio de 2011

Epílogo

Entrañable recuerdo ahogado en espinas. Interesantes palabras que carecen de sentido. Por lo menos para mí… ahora.  Releo y releo esa frase, pero no logro encontrarle el sentido. ¿De qué sirve amar, si solo crea malos recuerdos? Que te atormentan… toda la vida. ¿De qué sirve sentir…? Si al final, todo es una vulgar mentira. El nítido recuerdo de un beso, que te rompe por dentro, al escuchar esas palabras, que rompen todo… como si nunca hubiera existido nada.
Capítulo 1 de Loving Ignorance.

 Pero de repente... se enciende una luz... que te abre los ojos y te enseña la verdad más clara y profunda que jamás hayas visto. La luz de la esperanza. Un latido, una razón... una única razón por la que arriesgarlo todo. Él.

Epílogo

23. Después

-¿Entonces?
-Sí.
-¡Sí! Es decir… ¿Sí? Oh, Dios mío, ¡sí!
Me cogió a volandas y luego, en medio del pasillo del hospital me besó con ternura y pasión. Yo transmitía alegría por cada poro de mi piel. Al principio había tenido miedo, pero luego… buf, su felicidad me llenaba a mí también.
Mi madre también estaba allí con Natasha agarrada a una pierna, junto a David, que tenía el ceño un poco fruncido. Con el tiempo se había convertido en un padre para mí, y a pesar de que también quería a Ismael como un hijo, todavía no había terminado de creerse que yo, estuviera embarazada. Aunque la verdad es que ya no era esa adolescente de catorce años. Ya tenía veinte casi veintiuno. Ismael y yo vivíamos juntos, y ya habíamos hecho de las nuestras.
-No voy a preguntar el motivo de que exista ese renacuajo.-dijo señalando mi barriga.
Yo miré a Ismael con picardía, pero luego me alegré de que no le hubiera llegado mi mirada. Ninguno de los dos podríamos habernos reprimido y nos habríamos echado a reír. Y es que nuestros primeros intentos de "hacer un hijo" había resultado algo desastrosos.  Bueno, empezaré a contar algunas cosas que no sabéis y que debería decir.

Al final me reconcilié con mi padre. Al fin y al cabo sus palabras eran verdad. Él no podía hacer nada. David y mi madre se casaron hace unos años, y ahora tengo una hermanita pequeña que está completamente enamorada de Mark. Me da un poco de envidia porque ahora he dejado de ser la peque para ser la mediana. Que le vamos a hacer, la pequeña Natasha me quitó el puesto…
Sam y Fernando se casaron hace poco también. ¿Qué cómo es posible? Yo tampoco me lo creí cuando me dijeron que estaban saliendo. Nos soltaron que se enamoraron después de conocerse, y como no eran capaces de sincerarse el uno con el otro, la cosa fue larga, pero luego… enamorados para siempre. La típica historia de amor en la que los protagonistas son unos cansinos.
Abril sigue siendo un alma libre. Se pasa la vida de rollo en rollo y es la que le da la vida a todas las fiestas. Tengo miedo de mi fiesta de soltera… últimamente anda un poco torpe,  y para mí, que se ha enamorado otra vez. No sé por qué me da que a esta chica lo de “a la tercera va la vencida” no le funciona... pero espero que esta vez sí que acierte. Ah, y lo que no os había contado, aparte de vivir juntos, Ismael y yo ¡estamos prometidos! Me encantaría relataros el momento mágico en el que me lo pidió, pero eso daría para largo, y ya han pasado mis tiempos de ponerme cursi, aunque en realidad, nunca los pasé…
Después de mi ataque y tras salir del hospital, me dejaron participar en la competición. Ismael y yo, campeones. Unos buenos tiempos. Claro, que ahora también lo son. Él está completamente dedicado al tenis, y piensa meterse en lo profesional. Y la verdad, lo está consiguiendo, no todo el mundo recibe una carta para que se anime a participar en un torneo del Roland Garros… y yo estoy estudiando para dibujante... ¡es coña! jajaj, ¿o es que no os acordáis de mi maravillosa Tierra cuadrada?
¿Y sabéis que es lo mejor? Que dentro de nada tendremos a un pequeño Ismaelito paseándose por aquí. ¡Sí, que os veo, no pongáis esa cara! Estoy deseando que llegue el momento para que salga ya y poder tenerlo entre mis brazos. Y es que después de que se confirmara la noticia, estaba aterrada… pero ahora me da cosilla… y … ummm.
¿Os acordáis de Victoria, mi hermanastra? Cada vez que la veo me manda unas miradas un tanto raras. Yo no sé si ella en realidad es así o eso de que de repente fuéramos hermanas la ha afectado psicológicamente. Tampoco es que mi importe mucho… el caso es que lo último que oí de ella es que estaba liada con un tal Enrique, aunque también oí no sé qué de una denuncia por chantaje emocional… ni idea.


-¿Vamos a casa?-me preguntó Ismael pasando un brazo por encima de mis hombros.
-Sí, estoy cansada-murmuré.
-Ahora voy a tener que preocuparme en serio por ti-me dijo- recibirás un trato especial, como una princesa.
-Tenerte a ti es lo mejor que le podría pasar a una pobre campesina como yo-dije.
-Bueno, ya, ¿no? Que hay niños delante-espetó Natasha.
La miré furtivamente. Para tener apenas seis años, le gustaba tocar las narices, como cualquier otro hermano menor. Cruzamos las puertas del hospital y los cinco continuamos andando por la acera de la calle.
-Qué pena-exclamó mi madre- falta Mark aquí. Aún me acuerdo cuando tú tenías estas peleas con él.
Sonreí recordando.
-Por ese entonces era una tonta ignorante-dije mientras una imagen de una yo más joven se reía junto a Abril mientras caminaba por la calle una tarde de verano, antes de empezar tercero de secundaria.
-Una ignorante del amor-concretó Ismael.-hasta que vino tu salvador, o sea yo…
-Total, no te echas tú flores ni nada-dije riéndome.
-Loving Ignorance-murmuró mi madre de repente absorta.
-Mamá, no empieces a hablar en inglés, que se te va la olla-la advertí.
-Es un buen título para un libro ¿no creéis?-preguntó mientras estaba con los ojos en otra parte, en su mundo de colorines.
-No digas tonterías-la riñó David- se supone que estás en tus vacaciones ahora. Deja los libros apartados por un momento…
-Loving Ignorance…-susurré yo en cambio- parece el título de mi vida.
-Sí, te viene al pelo-me dijo Ismael.
-Ja-ja-le espeté yo.
-Mi pequeña tontita-murmuró.
Y diciendo eso e ignorando a los demás me besó breve y suavemente. Yo le aparté haciendo el idiota y cogiéndole de la mano continué caminando. Porque sabía después de ese beso vendrían muchos más. Muchos, muchos más.

LOVING IGNORANCE.

FINAL.

Posdata: ¡Joder! Me ha dado pena hasta a mí acabar con esto xD. Os quiero:D



miércoles, 6 de julio de 2011

Una promesa de amor

Noté como hacía dibujos en mi mano, pero no abrí los ojos. Tenía miedo. Miedo a una mirada triste, a un adiós para siempre, a una sonrisa vacía. No quería ni escuchar ni ver, tampoco sentir. Pero cerrar los ojos y fingir seguir inconsciente no era una solución. A veces me odiaba y me preguntaba por qué. Estaba claro que nacer bajo un techo sólido era una suerte que merecía ser corrompida.
-Carla.
No pude evitar abrir los ojos lentamente. Sentía la urgente necesidad de verle, aunque sus facciones no mostraran felicidad. Su voz no era suficiente para mí. Apretó su mano sobre la mía cuando vio que le miraba fijamente. Sin previo aviso me abrazó, a pesar de los cables que salían de mis brazos.
-Idiota-me dijo- ¿por qué no me lo dijiste antes?
-No lo vi… necesario-murmuré.- no pensé en ello.
-¿No viste necesario decirme que tenías una enfermedad del corazón hereditaria?-estalló él separándose enfadado.
Posé la mirada en las sábanas y me mordí el labio. Sentí que se me salían las lágrimas de los ojos involuntariamente. Miles de dudas y de malos presentimientos me recorrieron en pocos segundos. Ahora vendría el adiós para siempre, el no podemos estar juntos, el seguiremos siendo amigos. Y después las tardes en casa encerrada, el no volveré a enamorarme y el no volver a creer en el amor. Noté la fuerza contenida en su mano aferrándose a la mía.
-No vuelvas a hacerme esto-murmuró él mientras me retenía entre sus brazos.
Lentamente enterré el rostro en su hombro mientras sollozaba con suaves y débiles gemidos. Él pasó las manos por mi pelo.
-Esto tengo que apuntarlo-oí murmurar.
Reí apartándome de Ismael. Mi madre miraba atenta la escena y escribía como loca apuntes en una libreta. A veces tenía la impresión de que mi madre no se preocupaba por mí, pero sabía de sobra que en realidad, sus reacciones eran una coraza ante el dolor, y bajo esa mirada concentrada en el papel, había un brillo de tristeza y preocupación.
-No me habías contado que tenías novio-me reprochó sin acercarse y dirigiéndome una mirada ceñuda.
-Yo sí lo sabía-dijo una voz burlona.
Observé como David empujaba a mi madre dentro de la habitación y cerraba la puerta. Ésta lo fulminó con la mirada un instante, pero luego se echó a sus brazos como una adolescente enamorada. Vamos, como yo.
-¿Y tú por qué lo sabías?-preguntó poniendo morros como una niña pequeña.
-Saltándose las primeras horas de clase, besos en el pasillo…-empezó a decir David-hay cosas que un profesor no puede evitar ver ni tapándose los ojos…
Ambos enrojecimos como tomates. ¡Sólo nos habíamos saltado las clases un par de veces!
-Perlo bueno… en general son mejores que otros que he visto-comentó nuestro profesor.
Le dirigí una sonrisa aliviada y agradecida por salvarnos en lo último. Aunque también había sido él el que había revelado nuestra vida delincuente en el instituto…
-Bueno, vamos a bajar a la cafetería-dijo mi madre- te quedamos aquí con tu amorcito…
-No seas mala, cariño…
Cerraron la puerta y nos dejaron en absoluto silencio.
-Ya no sé de qué estábamos hablando-dijo él sonriendo.
-Me habías dicho que no te volviera a hacer eso-le recordé volviendo a retirar la vista y reteniéndola en las sábanas.
-Es verdad… pues eso-dijo él rascándose la cabeza.- Y además…
Se inclinó un poco sobre mí y retrocedí involuntariamente. Noté como ponía una pierna encima de la cama y se colocaba encima de mí.
-Te quiero-murmuró besándome en la frente- siempre te querré. No habrá ser humano que nos separe. Y si algún día dejo de estar contigo… será porque tú lo hayas decidido.
Sonreí con lágrimas en los ojos y le acaricié suavemente una mejilla.
-Nunca… nunca haré eso-susurré levantando la cabeza para besarle.
Rocé un instante sus labios, pero él en seguida me atacó ferozmente y empezó a besarme con pasión. Por un momento tuve miedo de que explotara una de las máquinas que había a mi lado  debido a la rapidez extrema a la que iba mi corazón, que parecía querer saltar de mi pecho. Se separó de mí para respirar y yo le miré un segundo con una sonrisa burlona.
-¿Sabes que debajo de este camisón no llevo nada?-le dije.
-¿En serio?-me preguntó soltando una carcajada pícara- me pregunto si podré apartar la sábana e investigar un poco…
-Ismael…-repliqué con algo de enojo.
-Era una broma-se excusó besando lentamente mi cuello.
Pero sabía que no era así. Decidí no pensar en ello y dejarlo pasar.
-Además, no creo que sea el momento adecuado…-murmuró de repente- mejor te dejo tranquila, que no quiero que te de otro ataque…
-No te preocupes-dije aferrando mi mano a su camiseta y manteniéndolo en la cama- esto no sucede porque me… emocione y cosas así. Pasa de repente y  ya está.
-Porque te emociones…-exclamó riéndose a carcajada limpia.
-No has dejado de ser un idiota-farfullé empujándolo de la cama y cambiando de opinión.
-Desde luego-dijo él- de eso no te quepa duda.
Noté en su voz un deje de tristeza que preferí ignorar.
-Entonces, ¿vas a estar conmigo aunque algún día la casque por problemas del corazón?
-Sí-susurró él con una sonrisa.
-¿Aunque se me caiga el pelo y me salga un enorme grano en la nariz?
-Umm… entonces tendría que pensármelo.-dijo él mirándome de reojo.
-Idiota…
-Estaría contigo aunque se te cayera el pelo, te salieran mil granos en la cara, vinieras de Saturno y fueras una mutante. – Me miró con ternura y cogiendo aire prosiguió-Te querré aunque no me quieras, aunque me odies, aunque desees que desaparezca de la faz de la Tierra. Te amaré hasta que la muerte nos separe, con todo mi corazón, aunque miles de personas estén en contra. Te acompañaré y viviré contigo hasta el último de nuestros días, acompañados de los miles de hijos que quieras tener. Y te escucharé aunque me griten, me tapen los oídos, me quede sordo o deje de vivir, porque no hay nada en el mundo como escucharte recordarme lo idiota que soy, ver tus preciosos ojos, tu ceño fruncido y tu rebelde pelo color castaño. Porque te quiero, y el día en el que por fin vea en tus ojos que aceptas eso, yo…
-Gracias-susurré.
Me levanté de la cama ignorando sus ojos diciéndome que no lo hiciera y lo envolví entre mis brazos.
-¿Esta es tu promesa de amor?-pregunté.
-Algo así…
-Amm. ¿Entonces me toca a mí ahora?
Él no respondió.
-Te quiero. Simplemente eso. Todo lo que siento… se resume en eso.
-Entonces, ¿esto es un final? ¿El final de los problemas? ¿El final de todo?
-No, Ismael. Esto no es el final. Tan solo… es el principio.