jueves, 10 de febrero de 2011

13. Lo que empezó, se acabó.

Me desperté suavemente. Estaba en casa. Al fin. Suspiré. A penas recordaba nada del día anterior. Era uno de ésos lunes que quieres que lleguen pero cuando han llegado, tienes miedo. Aferré con fuerza las sábanas. Al final me levanté con algo de malestar. Me veía fea en el espejo. En definitiva… iba a ser uno de ésos horribles días en los que quieres darte un tortazo con una puerta y no despertarte hasta el viernes. Y por desgracia, hoy tenía que afrontar aquello que había eludido todo el tiempo… el amor. Pero eso era algo que yo solita había aceptado. Aunque ayer me había sentido fuerte, hoy se sentía vacía y con miedo. No se veía capaz de afrontar ciertas cosas. Tenía miedo.  Había logrado sonreír, y por un instante ser feliz por la felicidad de mi madre. Salí de mi cuarto, bajé las escaleras de puntillas y miré un poco desde el marco de la puerta de la cocina. Observé con algo de emoción como mi madre tenía los brazos alrededor del cuello de mi profesor suplente y lo besaba. Ambos sonreían. Mi madre era una mujer joven de unos treinta años y cinco años, y él… más de lo mismo. Parecían piezas del mismo tamaño, acoplables la una a la otra. Di una vuelta sobre mí misma e hice un poco de ruido en el pasillo para que se dieran cuenta de que “bajaba las escaleras”.  Llevaban muy poco tiempo juntos como para ya darse esos “besos”, pero no objeté nada cuando pasé a la cocina y cogí un tazón azul del armario. Era incapaz de olvidar, como una estúpida inexperta como yo se había echado encima de Ismael de esa manera el otro día. Me eché leche tranquilamente, mientras ignoraba como mi madre me miraba con cierta incomodidad. Yo había decidido mostrarme tolerante a su relación, y de cierto modo, me parecía hasta hermoso… pero esos eran sentimientos que no me apetecía que ni mi madre ni David supieran.
Cuando terminé de desayunar y prepararme, salí de casa. Recé para no encontrarme con la sonrisa burlona de Ismael, pero no tuve tan buena suerte. Se me quedó mirando desde el portal de su casa, y luego se acercó a mí. Me sentí mal cuando sus labios buscaron los míos. De mala gana le respondí.
-¿Qué te pasa?-me preguntó cogiendo una de mis manos.
-Nada… es sólo… que me siento extraña-murmuré sin mirarle a los ojos.
-¿Vas a arrepentirte?
-¿Me dejarías?
-Seguramente no.
-Idiota.
-Tú.
-Dejémoslo.
-Vale.
Con un paso alcanzó mi muñeca y tiró de ella, dejando nuestros labios a tan sólo unos centímetros.
-Ahora que eres mía, no pienso dejarte escapar.-murmuró acariciándome la mejilla.
No dije nada, mientras un escalofrío me recorría todo el cuerpo. Me sentía protegida entre sus brazos, y a la vez, la más vulnerable. Acercó sus labios a los míos y me robó un beso. Me supo a dulce; un sabor travieso y cariñoso. Con la punta de la lengua me tocó los labios. En otro momento me habría parecido asqueroso, pero viniendo de él… entonces me asusté y volví en mí, como un mochuelo que se despierta en casa ajena. Eché a correr, y simulé débilmente una risa. Quería darle a entender que le quería, sin limitaciones, pero debajo de esa sonrisa, se escondía aún, un rostro hinchado y lleno de lágrimas.
Llegamos al instituto como dos auténticos polos norte. Y si digo esto, fue, porque después de aquél beso, no me acerqué a él a más de medio metro. Me asustaba ya, hasta de mí misma. De lo que pudiera hacer. Estaba incumpliendo con rapidez, todas mis promesas. Esos juramentos de lágrimas y dolor, que se rompían y se hacían añicos frente a mi nueva adtitud. Entré en clase, y sin mirar atrás, dejé mi mochila sobre mi pupitre y me acerqué a Sam y a Abril.
-Ya viene la leona-comentó Abril con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Leona?-pregunté extrañada.
-Al final cumpliste, ¡vi en directo el morreo del armario!-exclamó ella entusiasmada.
-¿Morreo?-pregunté asustada. Deseé que eso no hubiera sido verdad, pero, ¿De qué otro modo podía saberlo? Gruñí.
-¿Sois novios?-preguntó Sam con una sonrisa pícara.
-N-No lo sé…-balbuceé. Y era la verdad. No estaba segura de en qué punto estaba nuestra relación. Era todo tan confuso… el beso de esta mañana… el miedo…
“Ahora que eres mía no pienso dejarte escapar…”

El día transcurrió algo movido. Procuraba esquivar a Ismael, pero era algo muy complicado. De pronto sentía su mano bailando cerca de mi cintura, sus labios en mi cuello o sus brazos a mi alrededor. Yo intentaba escapar, como una idiota. No sabía que en realidad le hacía daño. Pero es que yo no quería eso. Yo quería que fuéramos amigos, y a la vez, más que eso. Yo…


-Me estás esquivando.
-No digas tonterías.
Hice un revés, que hizo una onda extraña, y la pelota dio en la red. Miré hacia el suelo ignorando la mirada enfadada de Ismael.
-No te centras.
-Todo el mundo puede tener un mal día.
-Y todo tiene una causa.
Di una derecha que pasó de milagro por encima de la red. Él remató con una fuerte volea, y ni me esmeré en intentar parar la pelota con una buena derecha de fondo. Dejé que la pelota cayera en el pasillo de dobles, y clavé mi mirada en él desafiante.
-Tú tampoco por lo que se ve-dije yo como una cuchilla.
-Tú me desconcentras-me acusó algo furioso.
Cogí la pelota y se la tiré de mala gana. Él la cogió con habilidad, e hizo un saque asesino. Con rabia le devolví la pelota. Satisfecha cogí otra bola. Iba perdiendo, pero estaba remontando. Seguí jugando casi con violencia, inconsciente de que cada golpe que daba era como un puñal que se clavaba en su corazón, como un metro de separación entre nosotros, lejos, cada vez más lejos.
-¡Qué juego!-exclamó la profesora pasando por nuestra pista-seguid así chicos.
Estuvimos toda la clase lanzándonos bolas asesinas, tratando de jodernos mutuamente. Entonces la profesora pitó con ese maldito silbato rojo que tiene colgado del cuello y finalizó la clase. Yo sonreí. Había ganado. Observé su cara. Estaba abatido y furioso. Por un momento no me sentí satisfecha, pero luego volví a mi sonrisa triunfal y devastadora. Cuando iba a irme, me encontré con que había corrido hacia mi lado de la pista y me sujetaba la muñeca, enfadado. De nuevo volvía a encontrarme de cara con la realidad.
-Dime  por qué me esquivas.-exigió saber.
-No lo hago. Suéltame idiota, me haces daño-me quejé.
-Mentira. No respondes a nada. Como si no me quisieras.-espetó.
Me sentó como una cuchillada. Yo no había dicho que lo quisiera, pero sí lo sentía. Sin embargo, el dolor me hizo responder palabras que jamás habría dicho mi corazón.
-Entonces será que no me entiendes también como creía.-musité.
-No vengas con gilipolleces-exclamó él fuera de sí.
Fijé mi vista en el suelo; no quería mirarle. Sabía que si lo haría me rompería en pedazos y empezaría a llorar. ¿Por qué estaba sucediendo esto? No podía evitar sentirme incómoda cuando estaba a su lado. Casi me sentía sola, sin gente a mi alrededor, ausente. La profesora se acercó seria y nos miró.
-No os estaréis peleando, ¿Verdad?-preguntó.
-No, no pasa nada-dijo él sonriendo falsamente.-puede irse, nosotros cerramos la pista.
Ella asintió y se fue. La vi caminar lejos, y tuve miedo de que se marchara, estaba asustada. Pero no podía huir. Las cosas nos estaban saliendo bien, pero aún así, tenía que afrontarlas.
-Admítelo. No sé que te pasa. Estás muy diferente del otro día.-susurró él.
-Será que entonces estaba confundida.-dije atropelladamente.
-Entonces, ¿no sientes nada por mí?-preguntó con un hilo de voz.
-Quiero que seamos amigos.-exclamé empezando a ponerme nerviosa- y a la vez te quiero. No entiendo esto, yo…
-No vengas con gilipolleces Carla. ¿Qué es lo que quieres? Estoy harto de esta situación. Cuando tengas las cosas claras… sabes dónde está mi casa.
Diciendo esto, soltó mi muñeca y salió de la pista con paso rápido. Me quedé mirando su figura alejándose horrorizada. Se había cansado. De mí. De mi indecisión. Habíamos roto sin llevar juntos ni dos días. ¿Qué había hecho? El otro día tenía las cosas muy claras, pero hoy… me tapé la boca con las manos y ahogué un sollozo. Y después de ése, vinieron muchos más. Me dejé caer en la pista y apoyé las manos en el suelo. ¿Así era el amor? ¿Dónde estaba esa dureza que siempre había mostrado? ¿Dónde estaba mi coraza de hierro, mi protección eterna? Sonreí de rabia, de locura, de dolor. Todo de resumía en una frase; lo que empezó se acabó.






lunes, 7 de febrero de 2011

12. Perfección

Cada uno tiene su ideal de la perfección. El mío es rígido, imperturbable. Cuando mi mirada se queda fija en sus formas, y maravillada por su esplendor… he visto la perfección.


Con cuidado, me puse un cintillo blanco. Me miré al espejo. Tenía el pelo perfecto, me caía con suaves ondas por encima de los hombros, brillante y limpio. Observé mis ojos desafiantes reflejados. Yo, Victoria Marlo Evans. Perfecta. Cada una de mis formas era reflejada con exactitud en aquella superficie. Sonreí con malicia. La chica de las dos caras. La perfección era una de mis cualidades. Perfección, perfección, perfección. Una sonrisa perfecta; labios gruesos y definidos, siempre brillantes; piel blanca, sin marcas ni grasa, ojos grandes y marcados; azules como el cielo, alegres y a la vez sombríos; pelo rubio y largo…
Pero a veces pienso que no debería haber nacido. Cuando nací, mi madre no se había casado si quiera con mi padre. Imperfección. La primera de mi vida. El puente que se derrumba, la música que se rompe. Pero eso terminó hace tiempo. Ahora sí que soy perfecta. El David de Miguel Ángel… una vulgar imitación de la belleza comparándose conmigo. Estaba obsesionada con mi imagen, he de admitirlo. Pero estaba acostumbrada a mostrarme con dos caras distintas, dos actitudes completamente diferentes, creerme superior… y no iba a cambiar.
Entonces le vi. Sí. Un chico de pelo castaño y aspecto musculoso. Mi David. Sonreí. Era… perfecto. Por fin lo había encontrado. Mi corazón palpitaba muy fuerte en mi pecho. Me sentía llena de emociones. Quería dar un paso, acercarme, saludarle… quería que fuera mío. Entonces, aquella chica imperfecta con la que antes había hablado, se interpuso. Observé la escena horrorizada. ¿Qué había entre ellos? Él no podía ser de una estúpida imperfecta como ella. Vi como un chico los empujaba dentro de un armario sin inmutarme. Decidí irme. Ya lo había encontrado. No debía preocuparme. En cuanto me viera se enamoraría de mí.  Acariciaría su rostro perfecto, sus pómulos… besaría sus labios, robaría su corazón… mío.

Fui al instituto. Grande, espacioso y a la vez, pequeño y estrecho. Mi cárcel. EL lugar al que iba con miles de personas imperfectas. Pero yo era diferente. Con mi brillante sonrisa y mis sonrojados pómulos, destacaba, brillaba.  Con mi habitual cara de chica modelo, hice mi actuación de estudiante. El día se me hizo larguísimo. Siempre feliz y amable, prestando mis apuntes, guardando los sobresalientes con indiferencia en mi mochila, con mis deberes siempre hechos. Los profesores estaban siempre maravillados con mi historial académico. Todo el día trabajando. En el consejo, en la clase, en el pasillo… era la delegada de mi clase, y eso era algo más que añadir.

-Vic, cariño, ¿podrías llevarte esto y traérmele todo mañana? ¡Gracias!
Le sonreí y me quedé mirándola desde lejos. Anabel, estudiante un año mayor que yo. Asquerosa no; lo siguiente. Era la vice del consejo. Yo era la presi, claro.  Me habría gustado decirle algo como “No, cariño, los deberes de vice son tuyos, y sí quieres que te los hagan contratas a alguien” Pero como yo era perfecta, le dediqué una mortal y bella sonrisa. Paseé por la calle. Eran sobre las seis y media y yo empezaba a atardecer.  Cada día hacía más frío, como se notaba el humor de octubre, ya a la vuelta de la esquina. Entonces vi de lejos el instituto de mi David. Lo sabía porque una de ésas estúpidas gemelas me lo había soplado. Cuando pasé por una papelera, me dispuse a tirar los deberes de mi vice. Contenta y feliz, paseé por el patio del instituto sin ningún impedimento. Aunque no estaba allí, me sentía como en sus brazos. Aunque nunca había sido tocada por ellos, debían de ser acogedores y cálidos. Entonces, completamente en silencio, entré en el instituto. Mis pasos de oían con eco, y por un momento temí ser descubierta. Ideé una excusa perfecta, como; “se me han olvidado los deberes” “una reunión de mis padres con el profesor”… Entonces algo me inquietó. Empecé a caminar perdida, guiándome por mi instinto. Una dulce y agradable melodía, podía escucharse desde el pasillo. Hipnotizada por la suave y melodiosa música empecé a hacer ritmo chocando despacio los dedos. Entonces me encontré en frente de un aula de música, o eso parecía. La puerta de la clase era de madera y tenía una placa al lado con el número del aula. Suspiré y cerré los ojos, mientras la melodía entraba por mis oídos llenándome de satisfacción. Con los dedos empecé a seguir el ritmo. Era una canción tocada a piano, hermosa, lenta y compleja.  Por algún motivo, me sentía de gelatina, como si se me hubiera ablandado el cerebro. Empecé a imaginar las ágiles manos que rozaban las teclas del piano. Luego imaginé a un chico de pelo castaño, completamente integrado en su sueño, en una complicada y asombrosa composición. ¿Y si era una chica? Empecé a imaginarme a una hermosa estudiante, de pelo castaño claro, liso, cayendo en cascada por su espalda. Con la espalda recta y los ojos cerrados, recorriendo un dificultoso camino de sostenidos, bemoles y claves, sumergida en su paraíso musical, desahogándose con complicadas piezas.  Perfección. Mi mano inconsciente se posó en el manillar de la puerta. Ingenuamente y sin pensar en mis acciones, la abrí, y con un golpe seco, se rompió la magia, el sueño, el milagro, la maravilla. Dejé que la puerta se terminase de abrir, mientras observaba sorprendida, un gran piano negro y brillante, y a un chico de pelo moreno. Había dejado de tocar y me miraba sorprendido. Pero yo no podía moverme. Era la primera vez en toda mi vida, que me había quedado paralizada por un chico, perdida y encarcerlada en sus ojos azabaches. Ni con mi David del Miguel Ángel. Ni con nada en el mundo.

lunes, 17 de enero de 2011

11. Sonreí...

Me desperté. Sí. Abrí los ojos bruscamente. No sabía dónde estaba pero no tardé en averiguarlo. Mi cabeza estaba apoyada en el pecho de Ismael. Al verme en semejante situación me levanté horrorizada. Pero luego, otra cosa me atormentó más, al ver mi camiseta hecha un ovillo en el suelo. ¿Yo no habría…? Suspiré de alivio al ver que aún tenía puesta la falda y los zapatos. Me dolía mucho la cabeza. No entendía que hacía yo, acostada sobre Ismael y en sujetador;  pero la idea, sinceramente, como que no me seducía mucho a recordar. Lo único de lo que me acordaba era de haberme quedado encerrada con él, dentro de aquél apestoso y pequeño cuarto lleno de estarías cubiertas de polvo y cajas. Iba a ponerme la camiseta, cuando noté la intensa mirada de alguien.
-No me mires-pedí sin girarme a observar el rostro sonrojado de Ismael.
-¡¿Por qué estás sin camiseta?!-preguntó mirando hacia otro lado.
Con poco cuidado me apresuré a ponérmela y taparle “las bonitas vistas” a mi querido espectador.
-Parece ser que ayer me enrollé con alguien-dije con sarcasmo.
-¿Con quién?-preguntó exaltado.
-Contigo…-murmuré acercándome a él.
Me miró extrañado y retrocedió. Yo solté una risotada.
-Estás extraña hoy.-murmuró.
Me levanté y estiré los brazos.
-Sí, estoy diferente. Creo que he cambiado mi manera de pensar. Ya no me importa que mi profe sea mi futuro papaíto.-me giré sobre los talones, y me tapé los ojos con la mano derecha, como si el sol me estuviera dando de frente.
-Carla…
-Ayer no pasó nada-dije con un hilo de voz que mostró todas las sensaciones que sentía en esos breves instantes.
Puse la mano en el manillar de la puerta, y observé con rabia que seguía cerrada a cal y canto. La forcé entre mis dedos pero no se movió ni un poquito. Le di una patada, y me dejé caer al suelo ocultando mi cara de su mirada.
-¿Realmente no te importa?-me preguntó.
Tardé en responder.
-Sí que me importa. Pero tengo que aceptarlo; no me queda otra…
Ismael me miró. Estábamos a una prudente distancia el uno del otro; pero por algún motivo, sentía algo de dolor, aparte del de mi situación con mi madre. No se oía nada más que nuestras respiraciones y el eco de nuestras palabras.
-Lo que pasó ayer… ¿era verdad?-me preguntó.
Sabía a lo que se refería, y habría preferido hacerme la tonta, pero no estaba yo, de humor para eso.
-No lo sé-le respondí con voz inestable.
-Los besos… los abrazos; me acuerdo de eso-me dijo mirándome a los ojos.- me acuerdo de cuando te quité la camiseta.
Cerré los ojos. No quería seguir oyendo. Pero a la vez sí.
-¿De qué más te acuerdas?
-Me pediste que parara.
Abrí los ojos. Yo no me acordaba de eso.
-¿De verdad?
-Sí.-dijo él con pesar- al segundo siguiente me dormí. Y creo que tú también.
-Interesante…-murmuré. Sonreí para mis adentros de alivio. Una parte responsable de mí me había salvado en el último momento. Me reí. Quería dejar de sentirme una jodida idiota.
-Qué fuerte, estuviste a punto de violarme…-murmuré con tono burlón.
Ismael se sonrojó hasta la médula.
-¿Violarte? Parece ser que no recuerdas la parte en la que te tiraste a mis brazos y empezaste a morrearme…
-¿Sabes? Deberías sentirte orgulloso-le dije fingiendo enfado- tú eres el primer chico al que he besado.
-Pues tú no eres la primera chica a la que he besado-dijo él mirándome con rivalidad.
-Vaya, o sea, que tienes novia…-dije intentando quedarle en evidencia y sin mostrar ningún rastro de celos.
-Para nada. La única dama en la que pienso es en vos-dijo en castellano antiguo, acomodándose a mi lado, más cerca de mí.
-¿Planeas violarme de nuevo?-pregunté con tranquilidad al ver como se alzaba sobre mí, y me dejaba a ras del suelo.
-Nunca lo he hecho-dijo él.-nunca he violado a nadie…
-¿En serio?-pregunté curiosa-mentiroso.
-Violar nunca-prometió él.
-Entonces sí que…
-¿Sí que qué?
-Sí que lo has hecho…-dije mirándole desafiante y sin ningún temor.
-Muchas bellas damas me lo han pedido…-dijo él riéndose-pero ninguna consiguió que perdiera el bello tesoro que sólo guardo para ti.
Le empujé en el pecho y le eché hacia atrás. Me levanté limpiándome el polvo de las rodillas y le miré algo molesta y avergonzada.
-¿Sabes? Abril va a flipar cuando le diga que he besado a un tipo como tú.-dije intentando alejar el tema de conversación que habíamos sacado.-me giré hacia la puerta y justo cuando iba a hacer un segundo intento de abrir la puerta...
-Abril va a flipar cuando le digas que tienes un novio como yo-dijo él atrevido.
Quedé mi mano en el pomo y comencé a temblar. Por algún motivo en especial, me sentía feliz y a la vez triste, desdichada y a la vez… eufórica. Me giré y le miré. Él abrió mucho los ojos.



Abril caminó balanceándose. Se sentía fatal. Tenía una terrible jaqueca y una gran resaca… iba pisando sin querer los cadáveres de los borrachos tirados en el suelo, y no podía parar de reír cada vez que pisaba a uno y éste gemía. Se sentía mareada. Alcanzó una botella de agua en la cocina y empezó a beberla. Poco a poco se sentía mejor. ¿Dónde estarían Carla y Sam? Salió al pasillo y sonrió. Sam encontrada. Estaba en los brazos de un chico moreno, algo delgaducho pero con su atractivo.  Ahora faltaba Carla. Caminó por el pasillo con la mente más despejada. Parecía el corredero al infierno. La fiesta había quedado como un basurero de cuerpos dormidos. Entonces vio una habitación. Era un cuarto pequeño. Se acordaba de meterse allí, cuando jugaba al escondite con su primo. Meterse detrás de la estantería y gritar al ver una araña. Sonrió de nuevo. La llave estaba puesta por fuera. La hizo girar. Entonces se quedó alucinada. Detrás de la puerta, estaba Carla con los brazos alrededor del cuello de Ismael, besándolo. Observó con rubor en las mejillas como Ismael tenía sus manos debajo de su cintura, pero parecía no notarlo. Cerró cuidadosamente la puerta, y con una sonrisa pícara dibujada en los labios, corrió dando pequeños saltos por el pasillo, en busca de su príncipe azul, y deseando besarle para despertarle de su sueño.


“-Te quiero, papá-le dije sonriente, dejando un brillante beso en su mejilla.
-Mi niña, eres la cosa más hermosa del mundo. Yo sí que te quiero.-me respondió él.
Lentamente empujaba el columpio, una y otra vez. Yo dejaba que la brisa acariciara mi rostro, el viento se llevara mi ser y que luego me devolviera a los cálidos brazos de mi padre.
-Papá… dentro de poco tiempo, no tendrás que empujarme, porque yo sabré columpiarme solita…-dije feliz.
-¿En serio? Mi niña se hace mayor…
-Pero prométeme que aunque yo pueda columpiarme sola, tú estarás siempre conmigo…
Entonces, el columpio se paró. Mi padre había dejado de empujar y me acariciaba el pelo mirando a la nada. Por un instante pensé que le había pasado algo. Pero giró su cabeza, y mirándome, dijo:
-Claro, cariño. Para siempre.”

Me columpié ligeramente. Mis piernas eran demasiado largas para ese pequeño columpio, pero mi alma era demasiado pequeña para columpiarme a voluntad. A los siete años, aprendí a balancearme entre la brisa, a animar el canto de los pájaros, pero en un trinar triste y desafinado. Me levanté y observé la dirección en la que Ismael se había marchado, fuera de mi brillante jardín. Di una vuelta sobre mí misma. No me sentía ni triste ni feliz. Me tiré en la manta que siempre había sobre la hierba, y empecé a leer el libro. Ya lo había leído; pero desde una perspectiva diferente. En ese entonces… no había besos en mi vida… no había amor… y yo… no creía en él.
“Carolina desdibujó su habitual sonrisa falsa en su rostro.
-Me he rendido ante tus palabras, y ahora estoy aquí; escuchándote como una tonta enamorada. ¿Qué más quieres?
-Por favor…-pidió él acariciando su rostro con una expresión triste- primero… olvídate de él…”
Cerré los ojos y suspiré. Alguien había pisado mi manta, y sentía como se hundía por una parte.
-Hola, David-le dije.- ¿te has quedado a dormir?
Mi pregunta iba con doble sentido, y con mala intención. Pero quería demostrarle, que ya no era una niña, que sabía perfectamente lo que pasaba cuando dos personas estaban solas en una habitación.
-No. Pero tú al parecer sí-me dijo contrarrestando hábilmente mi ataque.
-No es la primera vez-le dije con furia contenida.
Me levanté, y mantuve una mirada seria y amenazante. Entonces algo me hizo abrir los ojos, despertar. Mi madre me sonreía. Desde la cocina, con la comida ya hecha, me sonreía. Feliz. Me giré y miré sorprendida a David. Éste me miraba inexpresivo. Yo sólo intentaba cuidar de ella. Pero él la había hecho feliz. Entonces… sonreí. Enseñando todos los dientes, y con toda la alegría de mi corazón… sonreí.



sábado, 15 de enero de 2011

10. La fiesta

Abril estuvo arrastrándome la mitad del camino, y Sam se esforzaba en tirarme del otro brazo.
-Vamos-me apremió Sam-no puedes estar así dos días seguidos. Libérate, olvídate de ese hombre.
Sí. Lo sabía. Ayer empecé a contárselo todo a las dos, como una película a cámara rápida, o como si me hubieran dado algo para que vomitara todo lo que había vivido hasta ahora. Ahora en verdad me arrepentía. Ellas me habían entendido. Abril me había obligado a quedarme a dormir en su casa junto con Sam. Me froté las sienes con malestar. Aún me venían imágenes de una chica de pelo castaño con todo el maquillaje echado a perder delante de un espejo. Casi ni salimos. Por mi culpa. Bostecé. No me sentía muy culpable. Entonces tuvimos la mala suerte, de al cruzar la calle toparnos con el primo de Abril e Ismael. A penas levanté cabeza. Lo que menos me apetecía era encontrarme con ese idiota, aunque debía de admitir que tampoco es que me importase mucho hablar de algo con Ismael. No. Estaba demasiado jodida como para eso.
-Hola chicas-saludó Víctor sonriente-hola Carla.
-Hola-respondí secamente sin mirarle si quiera.
Ismael me sonrió pero no le respondí.
-Hoy celebro una fiesta, habrá de todo-dijo sin quitar esa puñetera sonrisa torcida de la cara- ¿venís?
-¡Claro!-exclamó Abril emocionada-Chicas una fiesta…
-Yo paso-dije cortante- me voy adelantando.
Sin mirar a ninguno de ellos a la cara me apresuré a marcharme. Ninguno dijo nada, y de algún modo lo agradecí. No me apetecía que me dieran de murga, aunque sabía que Abril lo haría. Y acabaría yendo a esa maldita fiesta, igual que todas aquellas veces en las que había dicho “no” y había acabado diciendo “sí”.
Legué a clase y tiré de mala manera la cartera al lado de la mesa. Me senté en silla y enterré el rostro en los brazos hasta que vino el profesor y el resto de la clase. A pesar de sentirme un poco mejor que ayer, seguía sintiéndome vacía y traicionada. Como un estúpido muñeco hinchable enfundado en unos pitillos estrechos que ya había usado ayer. Sí. Ayer me quedé en casa de Sam sin ni si quiera avisar a mi madre. ¿Para qué? Seguro que se habían ido de cena y habrían acabado besándose en el portal de mi casa. Ese estúpido profesor la había seducido. Me estaba robando a mi madre. Y encima, estaba enamorándola… ¿es que no podía entender…? ¿Es que no se acordaba de lo que aquél estúpido le hizo? Apreté los puños y contuve con fuerza las lágrimas. No. No quería llorar. No quería mostrar debilidad… ante nadie. No levanté la cabeza en un buen rato, hasta que alguien me acarició lentamente el brazo. Quería saber quién era que me estaba tocando con tanto cariño. Pero ya lo sabía. Y no quería mirarle. Todos los días, y cada minuto de mi vida tenía que recordarme que él y yo sólo somos amigos.
-¿Estás bien, Carla?-me preguntó Ismael.
Levanté los ojos y miré como estaba sentado en una silla al revés, y me miraba con mirada inocente. Inconscientemente recordé el momento en el que me besó. Si mi madre podía salir con mi profesor de matemáticas… ¿por qué no podía salir yo con Ismael?  Moví la cabeza de un lado a otro y volví a enterrar mi cara entre mis brazos. Porque no me gusta. Entiéndelo, Carla. A ti no te gusta él. Es solo atracción, un estúpido capricho de tu corazón.  Solo es un amigo, no sientes nada por él, ni significa nada más para ti… solo es una de las diez mil agujas de los segundos que mueve tu corazón. Además, ¿quién habló de amor? EL amor no EXISTE.
-Perdóname, Ismael, no tengo ganas de hablar.
Dicho esto, me levanté con rapidez,  escondiendo los mil millones de pensamientos, que tan sólo había tenido en un segundo; en el momento en el que sus ojos preocupados se habían topado con los míos; vacíos, inexistentes, perdidos. Unos ojos que escondían un alma oscura, retorcida y egoísta.


-Vamos tía, mírate al espejo, estás preciosa. Nada comparado con lo que tu ayer llamabas belleza…
Observé al yo del espejo. Al yo que no era yo, sino una envoltura de plástico, un muñeco hinchable, sólo que en vez de enfundada en unos pitillos, en una falda vaquera que Abril me había prestado y que yo en la vida me habría puesto (cuestión de principios). En la parte superior una camiseta negra con una tiranta fina y otra gruesa, caída por el hombro, y una chaqueta.
-He encontrado una ropa de mi armario que se acerca mucho a tu estilo, sólo que algo menos monótono; ya me entiendes-dijo Abril señalando mis pitillos tirados en el suelo.
-Los tengo en cuatro gamas de azules y en negro-dije con la voz apagada-me gustan.
Abril suspiró como si no tuviera remedio. Observé como Sam miraba con curiosidad uno de los libros que tenía Abril en la estantería.
-Guau, “Rosas”-susurró Sam acariciando la portada- de Maribel Danubio Cádiz.
La miré inconscientemente. Abril suspiró de nuevo.
-Me lo regaló Carla. Cuando me lo prestó me gustó tanto que me lo dio.
Seguí mirando mi reflejo en el espejo. Estaba claro que la coleta al lado no me quedaba con la ropa. Mejor el pelo suelto. Le saqué la lengua a mi reflejo sin un atisbo de humor. Vaya manera de perder el tiempo frente a un espejo. Volvió a mi mente, una portada de un libro; miles de rosas rojas que se cruzan, y debajo, con una letra alargada, el título.
-Puedo dejarte un ejemplar cuando quieras-le dije-tengo muchos. Mi madre compra varios cada vez que publica un libro.
-¿Para qué compra tantas veces un libro?
-En realidad le sale rentable.-dije yo.
-¿Rentable?
-Sam-dijo Abril algo aburrida- la escritora es su madre.
-¿Qué? ¿Es tu madre? ¿En serio?
Me rasqué la cabeza incómoda. Me solté el pelo frente a mi reflejo y le dejé la goma encima de la mesilla a Abril.
-Sam, hablemos mañana de eso. Hoy me apetece desconectar…-le pedí.
-Claro-dijo ella con la emoción contenida.
Salimos de la casa de Abril. Casi me sentía culpable por todo lo que estaba haciendo por mí. Dejarme su ropa, estar en su casa… y todo por el egoísmo de que no querer volver a la mía. Miré mi móvil. Doce llamadas perdidas de mi hermano. Ninguna de mi madre. Aún recuerdo cuando hablé con ella la otra noche. Fue un “hola, siento haberme ido así mamá. Me quedo a dormir en casa de Abril, adiós…” “Hija, yo…” Pi. Pi. Pi. Hoy. “Mamá, hoy voy a una fiesta; volveré tarde.” “Está…” Pi. Pi. Pi. Todas desde casa de Abril. A penas la dejaba hablar, colgaba nada más entregar el mensaje. No quería hacer sufrir a mi madre, aunque sabía que lo estaba haciendo. Por ahora yo… necesitaba libertad. Desahogo. Menos ataduras.
Abril llamó. Ya desde dentro se oía la música a tope. Nos abrió el idiota de Víctor, que nos abrió la puerta medio tambaleándose. Casi me dieron ganas de echar la comida del mediodía cuando me dio dos besos y su aliento a tabaco y alcohol me invadió. Mierda. Sabía de antemano que para ellos, si no había alcohol no había fiesta. Pero no sabía que habían empezado tan pronto a beber. Recordé la última vez que fui a uno. Recuerdo como estaba entre la gente, bebiendo  un vaso lleno de coca-cola disimuladamente, haciendo como que bebía como todos los demás. Víctor nos hizo pasar. Había muchas chicas que no conocíamos, y también muchos chicos. No tardé nada en divisar a Ismael, que estaba tímidamente apoyado en la pared, mientras bebía algo que parecía fanta.
-¿Mente sana, cuerpo sano?-pregunté al pasar a su lado.
Mi gesto era inexpresivo. No había vuelto a hablar con él desde la evasiva de esta mañana. Éste me miró confuso, pero asintió. Vi como Abril se despedía de mí con la mano e iba a hablar con unas chicas. Las observé. Eran las gemelas rubias ésas que estaban en mi clase. Estaban con otra más. Me despedí con la mano de Ismael, y fui a donde estaban.
-Hola-saludé.
Las gemelas iban con una camiseta de tirantas las dos, de diferentes colores y faldas. También me fijé en la chica con la que iban, y me sorprendí. Era preciosa. Tenía el pelo rubio como los ángeles, y muy ondulado. Le caía en cascada por los hombros, por encima de un vestido blanco sin mangas muy bonito. Con los ojos azules y la piel blanca, parecía la típica inglesa.
-Hola-saludó ella con voz dulce- me llamo Victoria.
Le sonreí y le dije mi nombre. Era realmente… deslumbrante. Y envidiable. Deslum-brantemente envidiable.
-¿Cuántos años tienes?-le pregunté.
-Catorce-me dijo sonriente- ¿tú?
-Quince-dije-solo un año de diferencia.
Me caía muy bien, y sólo llevaba hablando con ella cuatro segundos. Sin embargo… algo ella me decía… no sé, era una especie de impresión, pero… me daba mal augurio. Era como si una parte de ella… me recordara a aquella hermosa niña… como un maldito y hermoso ángel que cruza mi vida de nuevo con ideal de jodérmela; aún más. “No, olvídalo”, me dije a mí misma.
Pronto la gente empezó a beber, cayó incluso Abril, que acabó dormida en un sillón.  Procuré apartarla de los demás. Sam también había bebido, y andaba haciendo el ganso para aquí y por allá. Hubo un momento en el que la vi dándose el lote con un chico moreno, pero no la molesté. Algo me decía que no le sentaría muy bien… ¿quién iba a decir que las dos moscas no fueran tan niñas como yo creía? En el fondo la única niña que no quería ni ver la bebida era yo. Aunque, claro, yo no era una niña. Sólo una chica responsable. Procuré no pensar en ello y seguí hablando con Victoria y las gemelas.
-Bea, me voy a pillar algo-le dijo Cristina (una de las gemelas) a su hermana.-Chao chicas.
Vimos como se alejaba. Bostecé. Miré la hora. Ya era tarde, la una. EL tiempo se me había pasado volando. Algunos chicos habían intentado bailar conmigo al ritmo de la patética música de fondo, pero había fingido una borrachera y me había librado por los pelos.
-¿Eres española?-le pregunté.
-Si lo dices por mi pelo,-dijo ella intuitiva-mi madre es inglesa. Vino y aquí se enamoró de un español.
-Ah-dije.
-¿Sabes?-dijo de repente-mi padre es genial. Mi madre se oponía a que viniera a esta fiesta, pero mi padre la convenció. Le dijo: “Vamos, porque la niña sea feliz”. Creo que no se da cuenta de que hace tiempo que dejé de ser una niñita.
-Ah-dije por segunda vez, esta vez fingiendo que me importaba.
Entonces Cristina se acercó corriendo a nosotras. Estaba extasiada, y cuando levantó la cabeza después de apoyarse en las rodillas y respirar entrecortadamente, exclamó:
-¡Carla! ¡Ismael se está peleando!
Me sobresalté, y salí corriendo entre la gente. En seguida divisé como Ismael miraba desafiante a un chico de pelo moreno. Un momento, ¿no era el mismo que Sam…?
-¡Tío! ¡Qué no es para tanto!-exclamó.
-¿Qué coño me habéis echado?-gritó Ismael hecho una furia.
-Es que te veíamos tan triste que pensamos que te habías quedado sin vodka imbécil-dijo el chico con superficialidad.
El moreno iba a pegarle con una sonrisa en la cara, cuando, inconscientemente salté a la escena, y con los brazos extendidos le defendí del golpe. Me impactó en la cara, y sentí como se me llenaba la boca de un líquido desagradable. Me limpié un poco y le miré. El chico parecía haberse acobardado al darme a mí por equivocación.
-¿Qué haces, imbécil?-le grité.
-Carla…-musitó.
-¡No te ralles!-gritó el chico tambaleándose.-si quieres estar con tu novio, ¿por qué no te lías con él?
La conversación de estaba yendo del todo, parecía completamente bebido. No respondí, respirando con dificultad. Entonces todo sucedió muy rápido. Varios chicos me agarraron junto con Ismael, y nos metieron en un cuarto muy oscuro. Intenté rebelarme, pero cerraron la puerta con llave. Empecé a aporrearla furiosa. ¿Por qué no hacían esto? Hoy desde afuera, la voz burlona del chico.
-¡Líate con él, coño!-gritó.
-¡Eso!
La otra voz me enfureció más. Víctor. Entonces oí la voz dulce y protestante de Victoria gritándoles que me sacaran. Pero solo oí algunas risas. Entonces oí más gritos de indignación, y luego… música. Música de fondo. Más gritos. Más risas. La fiesta continuaba como si nuestra desaparición no les hubiera dolido nada. Intenté serenarme pero fui incapaz. Aunque de nada serviría seguir pagándolo con la puerta; la música estaba demasiado alta. Con rabia, le di una última patada y me dejé de caer de rodillas al suelo. No veía nada, todo estaba oscuro.
-¿Ismael?
-¿Sí?
Su voz se oía titubeante, mareosa. Con dificultad, me levanté a ver si encontraba algún interruptor de la luz. A pesar de que estuve a punto de tirar una estantería, o lo que fuera, conseguí encontrarlo, y con decisión lo pulsé. Cuando se hizo la luz observé a Ismael, sentado en el suelo, mirándome.
-L-Lo siento.-dijo él- es por mi culpa.
-No-me apresuré decir notando el breve zarandeo en el tono de su voz-¿Por qué…?
-Ese idiota me echó a-alcohol en la b-bebida-dijo él echando la cabeza hacia atrás.
Bufé. Vaya manera de decir que se había pasado bebiendo.  Me quité la chaqueta. Había empezado a hacer calor. Observé a Ismael. Llevaba unos vaqueros y unas deportivas anchas. Estaba sentado, con la espalda apoyada en unas cajas con la mirada baja. Parecía cansado.
-¿Estás bien?-le pregunté.
-Sí-dijo él bruscamente.- pero tú no, ¿Verdad?
Le miré un breve instante.
-¿Por qué no debería estarlo?-pregunté molesta.
-Quizá porque llevas dos días sin pisar tu casa.-me espetó.
-Eso a ti no te importa-reaccioné.
No respondió. Parecía triste. Miré el suelo. Estaba rodeada de cajas y el cuarto era pequeño. Tan sólo estaba a un metro de él.
-Me lo contó Abril. Pensó que yo podría hacerte cambiar de opinión.
-Pues ella se equivoca. Nadie me hará cambiar de opinión, y menos tú. De todas formas, esta noche volveré a casa.
Volvió a quedarse en silencio. Lo había menospreciado. Pero por algún motivo, no sentía ese sentimiento de culpabilidad que me azoraba cuando le insultaba con conciencia. Entonces no pude evitarlo. Era esa maldad que me consumía por dentro, el rencor, la rabia, la furia, el dolor. Empecé a llorar en silencio, sin procurar ni un mísero gemido. Él me observó sin decirme nada. Sin acercarse.
-Carla, ¿me quieres?-preguntó como si tal cosa.
No respondí.
-No logro entenderte. No sé por qué lloras. No sé nada de ti. ¿Por qué no crees en el amor? ¿Por qué no confías en mí? ¿Por qué te marchas de casa porque tu madre esté saliendo con David?
Seguí sin responder.
-¿Sabes qué?-prosiguió él con malestar- he pensado en dejarlo. Este camino es muy difícil. No sé si en verdad quiero luchar por una persona así.
El corazón me dio un vuelco. Apoyé las manos en el suelo. Nunca me había sentido tan mal. Era como si mi corazón vacío hubiera acabado por desaparecer. Y me sentía tan mareada…
-Pero no puedo-terminó él- porque sé… que tú me quieres.
-¿Cómo puedes estar seguro de eso?-pregunté intentando esconder un sollozo.
-Porque te quiero.
Me miró fijamente. Entonces me levanté y le abracé. Pero no como ese día; ese día en el que corrí por el pasillo, el dijo un discurso de cuento de hadas y me abrazó para consolarme. Este abrazo era de desesperación y deseo. Levanté al cabeza y con suavidad y paciencia, rocé sus labios con los míos, como una ligera y peligrosa provocación. Ismael sujetó mi rostro entre sus manos, y besó. Fue largo, apasionado. Tuve que separarme de él para poder respirar. En ese momento, la acción más responsable habría sido pensar. Pero mi mente estaba nublada, y ya no era mi mente la que controlaba mis actos; sino mi corazón. No intenté apartarme cuando me aprisionó en un rincón. Dejé que fuera besando lentamente mi cuello y volviera de nuevo a mis labios. Tenía mis manos alrededor de su cintura. Lentamente, noté como había dejado de ser yo. ¿Alcohol? ¿Alguien me había echado alcohol en mi bebida? Quizá Ismael decía la verdad. No había sido su intención beber. Era la primera vez en toda mi vida que sentía que era libre; ningún pensamiento ni responsabilidad me ataba con sus pesadas cadenas. Sin pensar en las consecuencias, dejé que Ismael fuera quitándome la camiseta poco a poco.

AVISO:

Esta historia es para chicas de edad: 10, 11, 12, 13, 14... ya me entendéis, no 18+ vale¿? Así que nos asustéis con el siguiente capítulo:).

Baby