sábado, 8 de enero de 2011

4. Ni en broma

Me dolía la cabeza. Estábamos en Matemáticas,  y era incapaz de atender al profesor. La noche anterior me había ido a duchar después de aquella paliza de tenis. Observé a Ismael, sentando a tres metros de mí, mirando al profesor con cara de aburrimiento. Me recordaba a mi hermano. Yo, patinando por el parqué, persiguiendo con un cojín al idiota de mi hermano, que después de estudiar, empezaba a meterse conmigo, como para relajarse del estrés que empollar le suponía. En ese entonces yo era muy pequeña… cuando se fue a un piso como estudiante de universidad sentí que lo iba a echar mucho de menos. Nuestras peleas, insultos amistosos… me di un pequeño masaje en las sienes. “Carla atiende”, me dije a mí misma. No era el momento para pensar estupideces, ni mucho menos. El timbre sonó, como un canto de ángeles, y no tardé nada, en ver a Abril sentada sobre mi pupitre con mirada interrogante.
-Ayer te fuiste muy tarde, y esta mañana ni me has esperado. Ya me vas contando que te pasó como Isma…
-No digas tonterías-espeté enfadada-sabes de sobra que no soy de ésas que se tiran al primer tío que ven o que se enamoran a primera vista…
-Pero volvisteis juntos-exclamó ella con los ojos brillantes.
-¿Es que acaso vas a negar la noche de pasión que compartimos?-gimió la voz de Ismael, que se había acercado a mi mesa con una sonrisa burlona.
A Abril se le encendieron los ojos y enrojeció levemente. La muy idiota ya estaría imaginando una secuencia completa de nuestra “supuesta noche de pasión”
-No digas idioteces-dije molesta.
-Te repites…
-Si lo vuelves a decir te ahogo-le amenacé.
-Sentaos todos, venga, ya-exclamó el profesor de Geología entrando en el aula con gesto cansado.
Ismael me guiñó ridículamente un ojo y se apresuró a sentarse en su pupitre. Me mordí el labio. Menudas confianzas.
-Bueno chicos-se quejó el profesor sentándose en la silla,  todo desparramado, como si llevara días caminando sin descanso por el desierto.
Se hizo al final, el silencio en la clase. Apenas se oían los cuchicheos de mis compañeros y el jaleo del tráfico en el exterior. Jugué sin pensar con el tapón del boli mientras atendía al profesor.
-Hoy quiero que hagáis un trabajo por grupos, si son de cinco mejor.
Empezó a armarse un gran alboroto, como cuando suena el timbre. Siempre pasaba cuando el profesor decía la palabra “grupo” y “trabajo” a la vez. La gente comenzó a levantarse para no quedarse fuera.
Capturé la mirada de Abril y ambas sonreímos. Buscamos con los ojos a Sam, que sonrió a la vez. La sentíamos ya parte del grupo. Pero sólo éramos tres. Paseé mi mirada por la clase, y observé como un grupo de chicos discutía algo. Dos se habían quedado fuera de un grupo. Ismael y Fernando. Vi con terror como se acercaban.
-¿Hay hueco aquí para nosotros?-preguntó Fernando  poniendo la mano en la mesa de Abril.
-Claro-exclamó ella.
-Entonces ya somos cinco-resumí acercándome a ellos y cruzándome de brazos.
-Podemos quedar esta tarde.-exclamó Sam sentándose en el pupitre con entusiasmo.
-Quedemos en mi casa-propuso Ismael sonriendo.
-Espera a que nos digan el tema del trabajo-le dije cortante.
Éste me miró inexpresivo y luego sonrió. Evité su mirada y no pude evitar sonrojarme. Oh, no. Mala señal. Respiré con tranquilidad, y con una mueca de fastidio, volví a mi sitio. El trabajo iba sobre el calentamiento global… prometía ser un coñazo de los grandes, pero aún así, me tragué mi mal humor y continué aguantando el resto de la mañana. A la salida me reuní con Abril y Sam, que me esperaban sonrientes.
-Que guay…-comentó Sam mientras caminábamos-vamos a hacer un trabajo con Ismael y Fer… son súper monos.
-Bueno, como yo sólo tengo ojos para mi Alberto-alardeó Abril.
-Esperemos que te dure-dije con un suspiro- no tengo ganas de consolarte una noche entera, lágrimas de cocodrilo.
Sam soltó una risotada. Hoy llevaba una bonita trenza a la derecha de la cabeza y un vestido azul claro con un cinturón marrón y unas botas al estilo cowboy. Tenía un bonito sentido del gusto. En cambio yo, seguía en mi faceta, con pitillos y una vulgar básica con una chaqueta. Abril vestía tan libre como siempre, como un arcoíris. Suspiré. Esta tarde se me avecinaba algo movida, seguro que ese idiota de Ismael, que conocía de apenas dos días, se iba a dedicar a chincharme toda la tarde. Sonreí al acordarme de nuevo de mi hermano. Seguramente estaría enfrascado en uno de sus exámenes de carrera. Había acabado hace nada el instituto y ya era un universitario en toda regla.
-¿En qué piensas, Carla?-me preguntó Abril-no será en Isma, ¿verdad?
-No digas idioteces-exclamé reaccionando- ya te he dicho que yo…
-Que no crees en el amor, lo sé-me cortó Abril con gesto cansino- pero sí en los rollos, ¿no?
-Es por eso precisamente por lo que no creo-dije aburrida.
-Estoy contigo, Carla-me animó Sam- los chicos son todos unos idiotas que solo miran lo que quieren mirar.
Sonreí. Esa chica cada día me caía mejor.
-Sí-asentí-unos completos idiotas… con ésos vamos a quedar esta tarde.
Hicimos un suspiro triple, y luego nos reímos. Desde que estaba en el instituto… las cosas eran muy distintas, y también más divertidas. Me despedí de las dos en un cruce, y seguí el resto del camino, sola. Entonces me acordé de que Ismael vivía en frente de mi casa. Lo más probable era, que nos encontráramos a menudo de camino a casa. Tenía suerte de no habérmele encontrado hoy. Entré en casa, cruzando como siempre, el enorme y florido jardín. Mi madre estaba sentada en la butaca, observando las nubes en el cielo.
-Mamá, no se te habrá olvidado hacer la comida de nuevo, ¿no?-pregunté cruzando los dedos detrás de la espalda.
-¡Ay, cariño!-exclamó sobresaltada-¡lo siento, ahora voy!
Se levantó atropelladamente y salió disparada hacia la cocina. Suspiré. Mi mirada se posó en la portada del libro que mi madre tenía encima.  “Como decirte que no”. El título contradictorio, me dio curiosidad, y abrí las tapas del libro. A mi madre le gustaba mucho releer sus libros. Éste lo había sacado hace poco, y había conseguido ser, éxito de ventas. Siempre lo veía, expuesto en los escaparates de las librerías. Empecé a leer una parte del libro, una página a ciegas.
-Como tengo que decirte, que no puede ser, que yo no creo en esta estupidez.
-Intentémoslo. No tienes nada que perder.-me susurró él.
-Suéltame-le exigí rompiendo el círculo de sus brazos a mi alrededor.
-¿Vas a negar que me quieres?-preguntó dolido.
Observé sus ojos brillantes y su gesto despechado. Sus brazos cayeron a ambos lados de sus costados y me liberé de él. En seguida noté como mis ojos se llenaban de lágrimas, pero no de debilidad, sino de resignación.
-Como decirte que no...
Dejé de leer. A mi madre le encantaba escribir novelas románticas, cosa que aborrecía. No sé cómo podía seguir creyendo en el amor después que mi padre la dejara por otra mujer. Esbocé una sonrisa, comprimiendo en ella toda la furia y la rabia que sentía por mi padre. No, el amor no existe.

*

-¿Lo tienes todo?-me preguntó Sam sonriente.
La casa de Ismael era grande, pero no como la mía. Era espaciosa y acogedora. La luz entraba por las ventanas y se filtraba por las cortinas amarillas, dando una tonalidad hermosa al salón. Sus padres habían ido a visitar a una señora, y estábamos solos en casa. Abril no había dejado de darme codazos, incluso después de la aclaración de esta mañana. Además, hoy estaba de mal humor. Pensar en mi padre siempre me ponía así.
-Tengo la impresora lista-anunció Ismael- has traído información, ¿no, Carla?
-Sí, aquí está-le dije sacando de mi mochila una carpeta de color lila.
-Vámonos a mi cuarto, allí estaremos mejor.-propuso Ismael cogiendo las cosas.
Los cuatro asentimos a la vez. Su habitación era como la mitad de su salón, amplia y ordenada. No tenía ningún poster colgado en la pared, sino calendarios y un tablón de corcho con cosas apuntadas, número de móviles, direcciones… Fijé mi mirada en unos ganchos al lado de la ventana. Medallas. Medallas de campeonatos de tenis. No fijé la vista en una vitrina que tenía al lado del armario. No quería ver los flamantes y brillantes trofeos que tenía allí expuestos.
-Guau, tío, ¿juegas al tenis?-preguntó Fernando observando con admiración sus trofeos y medallas- debes ser un hacha.
-El mejor-dijo riéndose y mirándome de reojo.
-Eso está por ver-susurré muy bajo.
Tosí un poco para disimular, cuando Abril me miró divertida, y empecé a observar los libros que tenía en una estantería, encima de la mesa de estudio. Ismael encendió el ordenador y nos ofreció asiento. Sam y Fernando se sentaron en dos sillas, pero Abril y yo nos sentamos en la cama, el único sitio que teníamos. Estuvimos largo rato preparando el trabajo. A Fer se le daba genial pintar, así que él hizo las letras de la portada, y algunos dibujos de la tierra.  El tiempo se nos pasó rapidísimo. Sin darnos cuenta, ya eran las ocho. Fernando tenía que irse, así que dejamos a medias, el tema de los dibujos. Más tarde se fue Samanta. Sólo quedábamos Abril, Ismael y yo.
-Creo que mañana en clase, podremos terminarlo-dijo Ismael sin quitar la vista del folio de la información.
-Sí-dije distraída, mirando los colores y las formas de las letras.
-Vaya, qué tarde es-dijo de repente Abril mirándome con otra de “sus caras divertidas”-creo que debería irme ya, he quedado con ir a recoger a mi hermana pequeña a un cumpleaños.
Abrí la boca de par en par. No podía creer que me estuviera haciendo esto. A mí. A su amiga. Observé con indignación y ojos amenazantes, como torpemente, recogía sus cosas. Con un saludo de despedida efusivo, cerró la puerta tras sí y me dejó sola. Esto era un asesinato a sangre fría. Me sentía como si estuviera encerrada en un cuarto con un león dormido dentro. Bueno, no tenía por qué preocuparme. Ismael solo era un estúpido idiota.
-Vaya, nos hemos quedado solos-comentó con una de sus sonrisas.
-Ya ves-dije intentando ocultar mis nervios y sentándome en una silla.- creo que debería intentar terminar el trabajo de Fer…
-¿Pintas bien?-me preguntó pasándome un lápiz.
-Cabe la posibilidad de que el trabajo quede aceptable-dije con resignación.
Él se rió. Pero a mí no me hacía ninguna gracia. No sé que era peor; yo con un lápiz en la mano, o Ismael y yo encerrados en su habitación.
-Sí, pintas la tierra girando, que por lo menos parezca redonda-dijo poniendo su mano encima de la mía y redondeándola con el lápiz.
Respiré y aparté su mano con sequedad.
-Así está bien.-murmuré.
Se hizo el silencio entre los dos, y apenas tuve la valentía de mirarle.
-¿Por qué te caigo mal?-me preguntó de repente-no te he hecho nada.
-No me caes mal.-dije contradictoria.
-Entonces no sé porqué me tratas así.
-Eres mi rival. Cuando te venza, quizá te trate mejor.
-¿Competitividad?
-Algo así.
-Estás haciendo la tierra cuadrada…-me dijo perdiendo los nervios y saliendo de la discusión en la que estábamos.
Remarcó con el lápiz la línea redonda de la tierra. Le observé de cerca. Se había inclinado sobre mí, y parecía no darse cuenta de cómo su pecho oprimía mi hombro. Sin poder evitarlo me puse las manos delante de la boca y tosí. Él me miró y sonrió con dulzura. Esto no es lo que yo quería. Me mordí el labio y observé cómo se acercaba, poco a poco a mí.
-Ismael, yo…
-Tú no me caes mal. Me atraes.-susurró.
No reaccioné. Estaba como en estado de trance. ¿Qué quería decir con eso? Reaccioné cuando sus labios rozaron los míos. Giré la cara y le empujé levemente, sin mucha fuerza.
-Ni en broma-dije con la voz quebrada y levantándome de la silla.
Recogí mis cosas y salí rápidamente de su casa, sin ni si quiera mirarle. Ya en la calle, no pude evitar derramar unas cuantas  lágrimas ¿Qué diablos estaba haciendo? Crucé hacia mi portal, y entrando la llave en la cerradura desaparecí entre las apagadas rosas.

viernes, 7 de enero de 2011

3. Otra vez

Caminé por la acera distraída. Hoy había sido un día asquerosamente aburrido. A penas había tenido tiempo para terminar de leer el libro de mi madre. Aunque tenía que admitir que no me importaba mucho que pudiera pasarle a Carolina. Era inquietante saber que ella estaba basada en mí. Me dieron ganas de reír cuando leí las líneas en las que Carolina lloraba por Roberto. Yo jamás cometería los errores que ella cometía continuamente. Antes de nada, jamás habría salido con el tal Roberto, por muy enamorada que estuviera. Sonreí. El amor, el amor, el amor… era una estúpida condena que nos acompañaba toda la vida. Era un castigo, algo invisible que solo sabe herir. Pues, aunque creas en él, siempre te acaba traicionando; al final, cuando menos te lo esperas. La muerte se lleva a la otra persona, y entonces, ¿qué? El amor te juega una mala pasada. La muerte y el amor se vinculan sin remedio. Aunque la muerte, es la sentencia que le espera siempre a cada uno. La muerte, o el abandono... claro.
Apenas me di cuenta de que había llegado ya a la ciudad deportiva. Subí la rampa y pasé por el pabellón. Podía oír los gritos desesperados del portero a los jugadores, y el silbato del árbitro en el pabellón. Seguí caminando, esta vez dándome más prisa. Iba a llegar tarde, y eso que solo era el primer día.
-Bueno, ahora decidme vuestros nombres…
La clase ya había empezado. Desde lejos vi a una mujer junto con los demás chicos. Abrí la puerta con brusquedad, hecho que consiguió que fuera el objetivo de todas las miradas. Con la cara roja como un tomate, entré en la pista y me apresuré a dejar la funda de la raqueta junto con las demás.
-Perdonad-dije.
En un instante tuve a mi lado a Abril que en vez de mirarme con reproche, me sonrió de oreja a oreja. Suspiré y miré hacia la entrenadora. Ésta había fijado la vista en mí con curiosidad, como si fuera un valioso y brillante trofeo.
-¿Eres la famosa Carla?-dijo.
No sabía si era una pregunta o una afirmación, pero asentí con la cabeza. Ella sonrió. Por un momento temí que me pusiera a prueba, pero se giró hacia los demás y prosiguió con la clase.
-Bueno, sigamos. Estaba preguntando los nombres, venga, decidme.
Empezaron a decirlos. Había varia gente nueva. Entre ellas distinguí una chica de pelo rizado y morenita, y otra de pelo rubio oscuro. Había dos chicos nuevos. Abrí muchos los ojos. No podía creerlo. ¿Él otra vez? Esto ya se pasaba de coincidencia. Ahí estaba de nuevo, aquél chico. No me había equivocado en cuanto a lo del tenis. Escuché atentamente cuando dijo su nombre. Ismael.
-Bueno, chicos, ¿cuántos años de experiencia tenéis?-preguntó la entrenadora.
La mayoría de años no superaba los cinco. Todos tenían más o menos cuatro años de experiencia. Entonces él resaltó.
-Siete, siete años.
Mi mirada se fijó en él. No pude describir lo que sentí. ¿Envidia, furia, enfado…? El caso es que sentí como si esa cifra se me clavara en el corazón. Era la situación que más me incomodaba. Como si alguien estuviera superándome.
-Vaya, Ismael, entonces tú sí que tienes experiencia.-lo alabó la entrenadora-Vamos a empezar el primer día con partidos, para que vea vuestros fallos.
Empezó a colocarnos por parejas. Abril me miró con ojos de cordero, pero de mí no dependía la decisión. Además, sentía como una extraña sensación por dentro, como de furor. No podía evitar fijarme en aquél chico; quería medirme con él para saber quien era mejor de los dos.
-Ismael y Carla, poneos juntos.
Observé a Abril. Esperé una mueca de fastidio por su parte, pero sólo me miró un instante con curiosidad, y luego puso una sonrisa pícara. Al principio dudé, pero después entendí. Había reconocido al chico de la otra tarde, y me había visto fijarme en él. Solo había conseguido darle un motivo para burlarse de mi opinión sobre el amor. Chasqueé la lengua y miré con desprecio hacia al suelo. Yo tenía un tenis duro y despiadado. Cuando se me presentaba un desafío como éste lo único que conseguía era ponerme nerviosa, pero a la vez no me sentía tranquila hasta haberlo afrontado.
-Estás en mi clase, ¿no?-preguntó él al pasar a mi lado.
-Como si no me hubieras visto-dije molesta.
-Demasiadas veces -murmuró él ignorando el tono despectivo de mi voz y poniéndole uno burlón al suyo.
Sacó una pelota del carro y la botó varias veces. Con las rodillas flexionadas, y detrás de la línea, esperé firmemente su saque. No me dio tiempo ni a moverme. La pelota botó en mi campo y se salió fuera. Punto. 15-0. Me mordí el labio.



-Qué paliza-murmuré quitándole el tapón a la botella.
-Lo has hecho bien-me dijo a mi lado.
Nos habíamos pasado toda la hora jugando. Eran las nueve y media, y las pistas solo estaba iluminadas con la luz de algunos focos. Ambos estábamos sentados en el banquillo, bañados en sudor.
-No es algo que yo le diría a un oponente-dije.
-Pues yo sí-me contradijo.
Lo ignoré y di un largo trago de agua. Estaba agotada. Había perdido por un punto. Por lo menos no había sido una derrota de esas vergonzosas que te recuerdas hasta el final de tus días. Había sido un buen partido. Pero seguía sintiendo esa sensación; más débil, pero la seguía sintiendo.
-Solo ha sido por un punto-puntualicé-la próxima vez ganaré.
-Lo dudo-murmuró él.
-¿Y tú qué sabes?-murmuré molesta.
-Podría haberte ganado sin que me marcaras un mísero punto-alardeó guardando su raqueta en su funda.
-Pero no lo has hecho-murmuré con tono burlón.- ¿Por qué será?
No dejé que me respondiera. Me levanté, guardé la raqueta y dejé la pista. Lo había visto de lejos, pero no había sacado ninguna conclusión sobre él. Y ahora que había hablado con él podía entender y conocer su carácter. Burlón. Competitivo. Audaz. Le di una patada a una lata. Debía adivinar las conclusiones que él había sacado sobre mí. Me había limitado a mirarle despectivamente y defenderme.
Seguí caminando algo confusa. Ya era casi de noche. Entonces oí como alguien me seguía. Intuí quién era, pero miré hacia atrás por si acaso. Como un idiota se había apresurado a seguirme, con la raqueta en su funda, colgando del hombro.
-¿Tienes miedo de volver a casa solo?-pregunté con malicia.
-No digas tonterías-exclamó.
No pude evitar sonreír.
-Idiota.
-Imbécil.
-Prepotente.
-Listilla.
-Capullo.
-Idiota.
-Eso ya lo he dicho yo-protesté.
-Que yo lo sea no quita que tú no puedas serlo.-espetó él.
-Idiota.
-Te repites mucho.-comentó con una sonrisa burlona.
Suspiré. Era un as chinchando; una característica más que añadirle a su perfil. Y tenía buenas respuestas en la manga. Otra más.
-¿Tu casa está cerca?
-En la calle Pintores.
-Esa es la calle paralela a la mía-observé.
-¿Somos vecinos?-añadí con exclamación.
Él sonrió con picardía.
-Vecinos paralelos-comentó con una sonrisa.
-Idi…
-Te repites mucho…
-Tú también.
Se cayó y me sonrió. Yo esquivé su mirada. Lo que me faltaba. Me había quedado sin hermano para discutir y me había salido ahora un sustituto.
-Bueno, ya hemos llegado-exclamó.- sueña conmigo esta noche.
-Sonaré que te doy una paliza.
-Somos rivales, ¿no?-preguntó abriendo la puerta con la llave.
Respiré detrás suya. Me había quedado hablando con él mediante insultos en la puerta de su casa sin darme cuenta. ¿Qué hacía aún ahí parada? Tosí, y me di la vuelta para irme con el ceño fruncido.
-Idiota.
-Te repites mucho…
-¡Ya, cállate!

miércoles, 5 de enero de 2011

Reto 50 Libros

Este es uno de mis retos; dad en la imagen para saber más:




1.Los Juegos del Hambre
2.En llamas
3.Sinsajo
4.Canciones para paula
5.La novena Noche
6.Los cuatro tronos

2. Primer día

La noche era devastadora. Con pereza apagué el despertador y me levanté. Abrí lentamente el armario y  me puse una camiseta gris, una rebeca y unos pitillos. No es que tuviera muchas ganas de destacar mi primer día de instituto. No era una de esas chicas a las que les gustaba llamar la atención. Cuando era pequeña, esas tres palabras me resultaban extrañas, perdidas, casi insultantes. No podía creer que hubiera algo mejor que estar sepultado entre los demás, sin que nadie pudiera hacerte enrojecer ni ponerte en ridículo simplemente por ser algo más popular. Me miré en el espejo antes de terminar de vestirme. Tenía el pelo bien peinado, ondulado sobre mis hombros y con brillo. Tenía ese color castaño rojizo que tanto me irritaba y me esforzaba por esconder. Por una vez en mi vida, sonreí ante la perspectiva de que alguien pudiera fijarse en mi pelo. Me gustaba demasiado ser invisible. Miré la funda de mi raqueta, apoyada en la pared. Hoy empezaba de nuevo las clases de tenis. Era mi sexto año ya. El entrenador me tenía siempre en punto de mira. Estaba obsesionado con que participara en la competición de tenis de la provincia. Este año al fin tendría edad para entrar. Pero no podía admitir que en el fondo, deseaba que me tocase otro entrenador este año. Suspiré, y salí de mi cuarto. El desayuno me esperaba en la cocina, como cada día. Me senté en una silla y empecé a morder una galleta sin demasiado entusiasmo.
-¿Te has terminado ya el libro? Tengo otro para ti-me dijo mi madre poniéndome un plato lleno de tostadas en la mesa.
-Me quedan dos o tres páginas-dije-me lo llevaré al instituto y en la hora de descanso me lo acabaré.
-¿Qué te parece de título… “La luz que no se apaga”?-me preguntó mientras se sentaba y empezaba a untar de mermelada una tostada.
-No existe luz que no se apague-repliqué.-pero si es en sentido literario, por mí está bien.
Mi madre sonrió y le dio un mordisco a la tostada. Bebí un trago, mientras observaba la nada con la mente en blanco.
-¿No te resultó familiar algún personaje?-preguntó mi madre divertida.
-¿Me habrías llamado Carolina si no te hubiera gustado más Carla?
-Posiblemente.
Sonreí.
-No deberías utilizarme como inspiración en tus libros.-dije con un suspiro- aunque mi personalidad encaje con la del protagonista.
-Tú y estas rosas-murmuró mi madre-es por eso que aún continuamos aquí. Y ahora que empiezas el instituto será más interesante.
Sonreí de nuevo con malicia. Mi madre y su amado sentido literario. Mi madre y sus porvenires. Sí. Mi madre. Una escritora que había perdido la cabeza por sus libros.
 Me levanté dejando el vaso de leche vacío y un paquete de galletas por la mitad. Alcancé con una mano mi mochila y empecé a mirar los libros.
-¿Sabes? Que te cambien de entrenador no significa que no vayas a participar en la competición provincial de tenis.-me comentó de refilón.
Me giré y la miré con un brillo de irritación en los ojos.
-No me voy a librar pues-dije con suavidad.
-No-finalizó ella empezando a recoger el desayuno.
Cerré la cremallera de la mochila y me la puse en el hombro y salí de la cocina. No tenía nada más que decirle a mi madre. El tenis me gustaba, pero una competición solo conseguía ponerme nerviosa y con ello solo conseguía parecer una estúpida novata.
-Mamá, creo que me voy ya.-dije abriendo la puerta principal en la entrada.
Ya afuera, vi a Abril haciéndome señas desde la calle. La brisa fría de la noche me golpeó en la cara. Con malestar caminé por el frío jardín, que a la oscuridad de la noche se veía casi tenebroso. Se me hizo imposible no repetir uno de mis monótonos suspiros al andar. Abrí la puerta con la llave y salí a la calle. Abril me esperaba, con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba apoyada en la reja, vestida con una camiseta de manga corta azul y pantalones cortos. Sinceramente, lamentaba que Abril no pensara igual que yo en cuanto al tema de “llamar la atención”. Había decorado su pelo con varias pinzas azules y llevaba una mochila de color gris oscuro con flores de color rosa. Comparada con ella, yo parecía una cortina. Pero no era algo que me disgustara, claro.
-Veo que llevas tus mejores galas-dijo ella irónicamente.
-Abril, será mejor que no me provoques dolor de cabeza, que solo son las siete y media-amenacé con mal humor.
-Bueno, hija-se quejó ella.
Comenzamos a andar. Durante el camino empecé a recordar la tarde anterior. Cinco chicos y dos chicas. Su primo  Víctor y sus amigos. Ella y yo. Víctor no dejaba de tirarme los tejos. Y yo no dejaba de enviarle miradas amenazantes. Yo no era una chica fácil. Nunca lo había sido. Solo me fijé en un chico, no fue lo que se dice, un flechazo. Más bien, curiosidad, o quizás admiración. No había necesitado mucho tiempo para averiguar que ese chico jugaba al tenis.  Brazos musculosos y gran precisión. El solo observar como tiraba una piedra, me hizo consciente de que ese chico debía sacar de maravilla. Eso fue todo lo que observé esa tarde. Bueno, aparte de ver cómo Abril se ligaba a un tal Alberto y como Víctor se alejaba de mí tras escuchar mi rechazo, esta vez en palabras.
-La tarde de ayer se me hizo aburrida-comenté.
-Yo me lo pasé bien-me contradijo feliz- conocí a un chico súper especial…
-Tú conoces chicos “especiales” todos los días, Abril. Será como siempre. Saldrás con él, el te dejará, me vendrás llorando, y te quedarás a dormir en mi casa para que yo te consuele-dije inexpresivamente, como si estuviera diciendo de memoria la lista de la compra.
-¡Pero esta vez es diferente!-exclamó indignada.
-Todos son diferentes.-susurré sin prestar demasiada atención, y parándome en un paso de cebra.
-¿Qué vas a saber tú? Si tú no crees en el amor…
-¿As durado más de dos meses con alguno?
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Cuando lo hagas, hablamos-la corté irritada.
Cruzamos en silencio el paso de cebra. Miré la cara de duda de Abril, antes de girarme a mirar el instituto. Era grande, gigantesco. Parecía un edificio fuera de lugar. Un sitio en el que temería entrar. Encerré estos pensamientos bajo llave, y empecé a observar la gente  alrededor; lo que en verdad temía. Con quince años, podía aspirar a poco, y sin embargo… me sentía mayor. Iba a empezar tercero de la ESO en un instituto. Mayor… empecé a reflexionar. Qué estupidez. Aunque claro, antes de pensar en si yo era estúpida o no, había que ver la cara de Abril. La observé. Había abierto mucho los ojos, y tenía las manos juntas, como si estuviera rezando.
-El paraíso-murmuró extasiada.
-No-la corregí yo-esto es el infierno. El paraíso es mi casa.
Empecé a caminar ignorando a la estatua de mi amiga, que en seguida se apresuró a seguirme. Abril era como una niña y no me extrañaba de la posibilidad de que se echase a llorar al verse perdida en un lugar como el instituto, en el que era tan nueva como yo. Anduve por los pasillos. Había un montón de taquillas, de ésas rollo americano.
-Guau-murmuró Abril mientras caminaba, como si hubiera cumplido su sueño.
-Llegaré a odiar este lugar-respondí con desprecio, sin prestar apenas atención al aspecto de los pasillos y de la gente alrededor.
Me concentré en buscar mi clase. En las listas salía mi nombre y el de Abril en 3º B. Iba leyendo distraídamente cada placa al lado de cada puerta.
-Carla, te has pasado.-me avisó Abril cogiéndome del brazo.
Me giré hacia atrás. Tercero B estaba medio metro atrás. Suspiré, y retrocedí. En la clase había varias personas charlando. De todas ellas solo una me llamó la atención. Era una chica de piel clara y pelo pelirrojo zanahoria, recogido en una cola de caballo. Tenía los ojos saltones algunas pecas debajo de los ojos y una sonrisa plagada de dientes blancos. Dejé de mirarla y empecé a observar sin demasiado interés la clase. Cuatro ventanas, grandes, que ocupaban media pared que daba al exterior, persianas blancas, demasiado nuevas. Las paredes estaban limpias, pero había marcas y restos de pintura que las señoras de la limpieza no habían podido quitar. Los pupitres estaban algo gastados, pero no solo por el tiempo. Casi pude ver todo lo que habían pasado. Las marcas de tinta, tipet y permanente, dibujos rallados a lo bestia con el compás, chicles pegados en la cajonera. En la pared, justo al lado de la pizarra, había colgado un calendario con la imagen de un petirrojo sobre una fina rama. Sonreí. Se podían descubrir muchas cosas observando detenidamente cada detalle. 
-¡Hola!
Me giré molesta. No me gustaba nada la gente activa. Yo era más de tranquilidad. De repente me di cuenta de que Abril era así. Me fijé en la muchacha que me había saludado. Era en la que me había fijado antes.
-Hola-dije suavemente.
-Me llamo Samanta, pero puedes llamarme Sam-exclamó presentándose.
-Mi nombre es Carla.
Hice todo lo que pude para sonreír.  Abril se acercó a nosotras, y se apresuró a hablar por mí, lo cual me resultó casi un respiro.
-¡Hola! ¡Soy Abril! ¿Y tú?
Samanta volvió a presentarse. Tenía la sensación de que ellas se iban a llevar bien. Quizá así Abril dejaría de darme la lata todas las tardes para que saliera. Entonces maldecí. Se me había olvidado de que íbamos a tenis juntas.
-¡Este es mi primer año!-exclamó Sam-estoy súper emocionada.
-¡Toma, y yo!-dijo Abril con un hilo de voz.
 Las dos se fundieron en una conversación entusiasta propia de dos niñas pequeñas. No pude evitar sonreír. Me aparté un poco de ellas y me senté en el primer pupitre que vi. Empecé a fijarme en el resto de la gente que había en la clase; dos chicas rubias muy parecidas que hablaban animadamente y tres chicos. Empecé a observar los rasgos de los chicos. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que uno de ellos ya lo conocía. Bueno. A medias. Era el chico del otro día, del que había deducido que jugaba al tenis. Era toda una casualidad que lo encontrara de nuevo otra vez. Quizá debería acercarme, a decirle ola… o algo. No. Sonreí con ironía. Yo no era así. Carla Danubio Cádiz no era así.







martes, 4 de enero de 2011

1. Rosas

Entrañable recuerdo ahogado en espinas. Interesantes palabras que carecen de sentido. Por lo menos para mí… ahora.  Releo y releo esa frase, pero no logro encontrarle el sentido. ¿De qué sirve amar, si solo crea malos recuerdos? Que te atormentan… toda la vida. ¿De qué sirve sentir…? Si al final, todo es una vulgar mentira. El nítido recuerdo de un beso, que te rompe por dentro, al escuchar esas palabras, que rompen todo… como si nunca hubiera existido nada.
-¿Qué haces?-me preguntó Abril.
-Cortar una rosa.-respondí.
Con cuidado la cogí, procurando no cortarme con sus numerosas espinas. La siento húmeda, como si estuviera llena de rocío, tras una oscura tormenta. ¿Para qué corto una rosa? Para nada. O simplemente, para ver más de cerca, qué quiere decir la protagonista de mi libro.  Pero aunque la acerco, la huelo y la toco, soy incapaz de comprender sus palabras, que como jeroglíficos para mí, yacen escritas sobre las páginas del libro de mi madre.  Ella debía estar en casa, como hacía normalmente. Entraría por la puerta, y la vería tranquila, escribiendo en el ordenador, pulsando enérgicamente las teclas, como si las palabras brotaran en su mente como luz que se abre paso en la oscuridad. Seguramente se levantaría tras entrar yo, y me dejaría otro libro encima de la mesilla. Yo suspiraría, y dejaría el anterior en sus manos, mientras abría las tapas del siguiente, para sumergirme en la profundidad de sus palabras.
-Eres una chica extraña, Carla.
-Lo sé-dije acariciando la rosa y colocándola de nuevo en el rosal.
Seguimos caminando por la calle. Al fin iba a empezar el instituto, y no podía negar que estaba deseándolo. Habían empezado a aburrirme las tardes caminando junto a Abril y hablando sobre temas del colegio, lugar que no volveríamos a pisar, nunca más.                            Acabábamos de salir de las pistas de tenis, y llevábamos la raqueta con la funda colgada del hombro. Como era casual, había ganado los tres partidos que habíamos jugado. No me ponía orgullosa haber ganado, pues pocas cosas sentía yo más que soledad y enfado. Podía creer que formaba parte de esa etapa que se suponía que vivía ahora, o simplemente que mi carácter era así.
-¿Quieres salir esta tarde?
-Si es para hacer lo mismo de siempre…
-No, he llamado a mi primo, y dice que tiene una pandilla de chicos tan aburrida como nosotras.
-¿Qué quieres? ¿Ligar?-pregunté despectivamente.
-Acho, tía, salir, que estás de una guisa últimamente…
-Bueno, vale-respondí sin demasiado entusiasmo.
No tenía nada lo suficientemente interesante que hacer esta tarde, como para no hacer caso del plan de Abril. Ella era una chica enérgica y sin preocupaciones. Estar con una chica tan amargada y aburrida como yo debía producirle un shock. En realidad no sé por qué estaba conmigo. Sin embargo, aún me acuerdo de aquél día de otoño.
 Iba caminando en silencio por una amplia calle llena de hojas. Hacía algo de frío, pero no lo suficiente como para ahogarme en unos guantes y una bufanda. Iba tranquila, sumergida en la profundidad de la música, con los cascos puestos. Entonces vi a una chica de pelo castaño y muy corto, algo menuda, que estaba encarándose con unos chicos. Observé con curiosidad, sin acercarme a la escena.
-¿Qué hacéis, idiotas? ¡Devolvedme mi raqueta!-les gritó histérica.
-¿Para qué la necesitas? Seguro que ni le das a la pelota…
-¡Claro que le doy! ¡Devolvédmela!
No pude evitar molestarme. Me acerqué a ellos. De repente el corazón empezó a latirme muy rápido en el pecho, pero no impidió que saliera a defenderla.
-¿Qué le haces?-exclamé- Suelta la raqueta.
-Pero si viene otra tenista profesional-soltó el otro gamberro.
Bufé, y con furia le quité la raqueta de las manos. Éste me cogió de la camiseta, y me levantó a diez centímetros del suelo, sin darme oportunidad de resistencia. Me tenía atrapada. Contuve el aliento mientras me miraba de cerca. Se me ocurrió la idea de morderle, pero no era lo que se decía, una buena idea, pues hace poco que había ido al dentista.
-Bueno, por lo menos eres bonita…-suspiró el chico.
No debía de tener más de tres años que yo. Le miré a los ojos con furia. ¿Cómo se permitía el lujo de tocarme? Era algo… humillante para mí.
-¡Suéltala!-gritó la chica.
Los dos chicos se rieron como hienas, mientras sentía que cada vez me costaba más respirar. Entonces me soltó bruscamente en el suelo, como si le hubieran dado un calambre. Me gustaría saber qué era lo que lo había inducido a hacerlo, pero me apresuré a respirar con desahogo, una vez que vi sus manos lejos de mí.
-¿Qué haces tratando así a mi hermana?-dijo una voz grave y amenazadora.
Miré hacia un lado. Mi hermano, un apuesto chico de unos diecinueve años, estaba en frente de mí, clavándole la mirada al chico.
-Perdona, Mark, no sabía que era tu hermana.-exclamó él.
Sentí la sombra oscura de la cobardía en su voz, y no pude evitar sonreír de asco. El chico me miró un instante, y luego  a la chica, y se fueron maldiciendo en bajo. Me limpié con enojo. Había sido el momento más humillante de toda mi vida.
-Y entonces… tu hermano se apresuró a prestarnos su ayuda, como un príncipe de novela romántica…-fantaseó Abril.
-¿Cuántas veces te he dicho que no me leas los pensamientos?-repliqué.
-¡Pero si lo estabas diciendo en voz alta!-exclamó ella.
Nos reímos. Desde ese día éramos amigas íntimas. Ella se apegó a mí, y yo comencé a apreciarla. La miré un instante. Seguía siendo tan menuda como entonces, pero se había dejado crecer el pelo.
-Desde que has comenzado a leer estás filosófica. A lo mejor es malo.-comentó.
Me cogí un mechón y lo miré con detenimiento, como si no tuviera otra cosa mejor que hacer, y solté:
-¿Sabes qué? Mejor no salgo. Se me han quitado las ganas.
-Vamos, tía, no me plantes-me lloriqueó- que le dije a mi primo que le iba a presentar a una chica guapísima, y ahora no vas…
-O sea, que sí era para ligar-la acusé.
-Ump-se quejó ella.-como tú quieras, pero si en el insti te empiezan a decir ermitaña, no te quejes…
-Podré con ello-dije sonriendo.
Sin darme cuenta ya estaba en el portal de mi casa. Sí, mi casa, un chalet al que Abril le gustaba llamar “Paraíso”; rodeado de un jardín lleno de rosas. Era una gran inspiración para mi madre y un gran golpe de aromas para mí; sobre todo cuando sacaba la cabeza por la ventana, a primera hora de la mañana.
-¿Entonces te vengo a buscar a las cinco y media?
Antes de que pudiera quejarme la vi correr por la calle ignorando mi respuesta de enfado. Era una completa idiota. Y era mi amiga.

Llamé al timbre y sin preguntar me abrieron. Suspiré, como era normal, y pasé. Caminé por el jardín. Las rosas estaban espléndidas. Brillaban con diversos colores en los rosales, como sueños rezagados deseando ser soñados. Sonreí y me tumbé en el césped. Como lo había dejado por la mañana temprano, tumbada en la manta mientras pasaba con impaciencia las páginas, estaba mi libro. “Rosas”