lunes, 11 de julio de 2011

Capítulo 1

Me peiné suavemente el pelo delante del espejo. A penas me fijaba bien en el aspecto de éste; simplemente me dedicaba a observar mi semblante inexpresivo reflejado en la superficie lisa. Los cabellos me caían en cascada por delante del hombro, con un destacado color miel y mucho brillo. Mis ojos azules se veían vacíos debajo de mis cejas. No sabría decir si ese día estaba triste o no. Simplemente no tenía muchas ganas de pensar ni tampoco de tratar de entender mi propio estado de ánimo. Había días en los que me sentía algo más animada, pero tanto mi padre como mi hermana pequeña estaban acostumbrados a verme seria y poco habladora. Y es que yo era una chica de pocas palabras. No me molestaba la soledad, es más, me gustaba. Me molestaban los ambientes con mucha gente y también que ésta intentara relacionarse conmigo. Era una chica seria, madura y solitaria. A mis quince años, no era la típica adolescente muchachera que andaba de fiesta en fiesta, que tenía mil amigos en Tuenti y Facebook y que salía por las tardes incluso aunque tuviera diez exámenes al día siguiente. Era más bien, la que disfrutaba viendo a su hermana jugar a las muñecas en silencio, la que leía en su cuarto boca abajo y la que pasaba por delante de los grandes grupos de gente sin sentir ningún deseo de unirse a él. Era una persona tranquila y amante del silencio.
-¿Puedo pasar?
Me giré y miré hacia la puerta. Mi hermana pequeña tenía la cabeza asomada y se veía una pequeña y despeinada trenza rubia.
-Papá ha vuelto a intentar peinarte-adiviné poniendo una pequeña sonrisa.
Ella asintió con lentitud y dando un saltito entró dentro de la habitación. Observé hasta que se sentó en el pequeño taburete de madera que tenía al lado del espejo y lo ponía en frente de ella. Yo le quité los coleteros en los extremos de las trenzas y comencé a hacerlas de nuevo poniéndole empeño.
-Dice que él las hace muy bien pero las que tiene María siempre son más bonitas.-espetó la pequeña niña poniendo muecas y caras extrañas en frente del espejo.
-Pero las que hago yo, son bonitas, ¿no?-le pregunté apoyando el mentón en su pequeño hombro y rodeándola con mis brazos.
-Sí-dijo con una amplia sonrisa.
Continué haciéndole la otra trenza. Susana era lo único que le tenía agradecido a mi madre. Con tan solo seis meses, la había abandonado, a ella y a toda nuestra familia. Mi padre se deprimió, pero creo que ya se esperaba que hiciera algo parecido. Decidí no pensar más en ello. Eso era en mí una cualidad y una virtud. Era capaz de calmarme a mí misma y de obligarme a pensar en otra cosa si quería hacerlo.
-¿Sabes? Papá está raro últimamente-comentó la niña.
-¿En serio?-pregunté sin demasiado interés.
-Sí, una mujer viene siempre antes de que tú vengas del instituto. Me toca la cabeza mucho y me dice que soy guapa y cosas así. Yo creo que es la novia de papá.
-No digas tonterías-dije yo con una sonrisa nerviosa- ¿por qué iba papá a tener novia si nos tiene a nosotras?
-Bueno… no sé.-murmuró la niña.-pero esa mujer me cae bien. Se porta bien conmigo.
-Será la nueva secretaria de papá o alguien del trabajo-aventuré mientras terminaba de arreglarle el pelo a la niña y le echaba un poco de mi colonia de fresas.- ¿ves? Ahora también hueles bien. Esa María no es nada comparada contigo, Susy.
-Lo sé-dijo ella mirándose de reojo en el espejo.
Le acaricié la cabeza un instante. La pequeña era tan diferente a mí… siempre estaba rodeada de niñas que querían jugar con ella y los niños corrían detrás de ella como bobalicones. Sin embargo, una mirada mía era suficiente para espantar a cualquiera que tuviera intención de acercárseme. Suspiré y le di una palmadita en la espalda.
-Venga, a desayunar. Y ten cuidado de no ensuciarte el uniforme-la avisé.
Me senté en el taburete y miré en el espejo como la puerta se cerraba suavemente. Encima del escritorio tenía el bote de color rojo decorado con fresas y rosas. No sé cuánto tiempo pasé mirando mi propio reflejo sin ni si quiera centrarme totalmente en él.  Tosí, y con la mente en blanco salí de mi cuarto. Con rapidez llegué a la cocina. Mi padre estaba haciendo el truco del avión con los últimos cereales que quedaban en el tazón de mi hermana y parecía un poco exasperado, porque ella se veía reacia a comer más.
-¿Sabes? Estoy segura de que María come muchos cereales. Por eso es tan alta y tan guapa…
No me dio tiempo a decir más. La pequeña empezó a tomarse los últimos restos del desayuno con urgencia. Le sonreí a mi padre que me miró aliviado. Sin embargo no pude evitar ver un brillo de nerviosismo poco habitual en sus gestos y facciones.
-Pareces preocupado por algo papá-le dije mientras me sentaba y llena de leche un tazón.
-¿Yo? Para nada, hija-me dijo- es que hoy tengo un caso en el trabajo que parece algo difícil.
-Siendo tú… podrás con ello-dije con una sonrisa.
-Claro, siendo yo…-murmuró él sin sonar muy convencido.
Le miré de reojo mientras apuraba las últimas gotas de leche del tazón. Lo llevé al fregadero ante la mirada de reproche. Últimamente no comía casi nada, apenas leche por la mañana y de nuevo devuelta a las páginas de mis libros.
De todas formas, mi padre no se preocupaba por temas como eses referentes a mí. A demás, el sabía que no era un obsesionada del aspecto como el resto de la gente de mi edad.
Metí el libro que me estaba leyendo en la mochila y la cerré. La verdad es que no tenía muchas ganas de ir al instituto. Eran ya, los últimos días de clase, y cada vez se me hacían más largos y calurosos. Me era difícil levantarme por las mañanas sin sentir la necesidad de una ducha de agua fría. Observé como mi hermana se levantaba de la mesa para ir al salón a ver la tele.
-Esto… hija…-empezó a murmurar mi padre.
-¿Qué?-pregunté girándome para mirarle.
-Bueno… hoy cuando salgas del instituto… va a venir a recogerte un chico. Acompáñale a casa, ¿sí?
-¿A la nuestra?-pregunté con sorpresa.
-Sí-dijo él evitando mi mirada.
-Está bien-dije perpleja.
Me colgué la mochila del hombro y me apresuré a salir de casa. Noté la mirada de mi padre fija en mi espalda mientras salía. Faltaban quince minutos para que el instituto abriera sus puertas, pero a mí me gustaba quedarme sentada en un banco de piedra que había en el parque, algo escondido en la calle, donde no pasaba a penas nadie. Entonces, mientras estaba sentada en el banco, sin abrir todavía las tapas de mi libro empecé a preguntarme sobre el extraño comportamiento de mi padre y las sospechosas revelaciones  de mi hermana pequeña de esta mañana. Estuve un rato indagando en pensamientos de argumento inestable hasta que decidí dejar de pensar en cosas que me producían dolor de cabeza. Era cierto que era una persona tranquila, y quizá algo complicada, pero no me gustaba sumergirme en caóticos problemas que la mente creaba por sí solos sin llegar a existir en realidad. Bueno, eso, por ahora.
Cuando dio la hora, me fui caminando hacia clase. No me gustaba mucho el instituto. Estaba lleno de personas, profesores, alumnos, los de la limpieza, la secretaria, el director… gente. Demasiada gente. Y es que ocasiones pienso, que si no me molestaran casi no me importaría que existieran a mí alrededor…
-Vaya, si está aquí la señorita sabelotodo-exclamó Irene con su voz estridente y de pito, y, cómo no, sus impetuosos aires de superioridad.
-Aquí, en clase, como todos los días-puntualicé sin levantar la vista ni para mirarla.
Estaba sentada en mi pupitre, con el libro entre las manos. Me había recogido el pelo con una pinza y trataba por todos los medios de no desconcentrarme y continuar inmersa en mi lectura, que se remontaba a la época victoriana de Inglaterra, en la piel de una joven sirvienta.
-Ya veo-murmuró Irene como si le hubiera acabado el repertorio-¿vas a sentarte delante de mí en el examen? Es que no quiero tener que moverme, ya me entiendes…
-Voy detrás de María.-respondí escuetamente, dejando claro con mi tono despectivo que me estaba molestando.
-Pues con esa montaña de michelines dudo que puedas ver la pizarra-contestó ella con burla.
-Podré con ello-dije mirándola con una media sonrisa y cerrando el libro.
Ella apartó la cara malhumorada y continuó caminando hacia su pupitre, seguida de sus perritos falderos. Suspiré. Después de aquella interrupción, se me habían quitado las ganas de seguir leyendo. Ese tipo de personas siempre conseguían dejarme un amargo sabor de boca, aunque me hubiera quedado con ellas y hubiera salido ganando. Pero a quién no podía soportar era a Alonso. Era… el colmo de lo inaguantable. Y mira que yo tenía poca relación con la gente de mi clase. Claro que el sentimiento, era mutuo. Era el arrogante novio de Irene, tal para cual, diría yo. Una sensación desagradable acudía a mí cuando me daba por pensar en el día que intentó besarme para que le dejara copiar en el examen. Pensó que era un pobre desesperada y que daría lo que fuera por un beso. Pensó mal.
La mañana transcurrió tranquila. No pasó nada especial (o nada que realmente llamara mi atención). Y a decir verdad, a pesar del pasotismo que me caracterizaba, no podía evitar albergar curiosidad sobre aquél chico que se suponía que debía encontrarme a la salida del instituto. ¿Por qué iba a venir a mi casa? ¿Quién era y por qué debía acompañarle yo? Sabía que mis preguntas ni tardarían en recibir respuesta, pero algo me decía que en el fondo, no quería saberlas. Sin embargo, me apresuré a salir rápidamente y buscar con la mirada a alguien que ni si quiera sabía que aspecto tenía. Por un momento me sentí algo idiota. Realmente no sabía quién era. Se me pasó por la cabeza la idea de volver a casa y darle a mi padre una excusa, pero no me dio tiempo de llevarla a cabo. Un chico alto (me sacaba una cabeza), de pelo moreno y revuelto y de tez clara me saludó. Yo le miré un instante y no pude evitar sentir las ganas de huir. Era un sentimiento extraño. Como de no querer ni meterme ni embaucarme en los rollos de mi padre. Aunque en el fondo era así. Anti-social.
-¿Ronnie?-preguntó.
-Sí-dije casi temblando.
No me gustaba mi nombre, su procedencia ni quién me lo puso. A mi madre le encantó después de ver una de esas películas americanas románticas (vomitivas en mi opinión) en las que no salen hijas lloronas. Si algo había aprendido de mi madre es que no iba a tener hijos. Y menos llorones. Pero claro, eso no venía a cuento.
-Yo soy Greg.-se presentó.
Noté con espanto cómo tiraba de mí y soporté asqueada, como me daba dos besos en las mejillas. Estaba tan traumatizada por el afectuoso saludo claramente español, que no me dieron ganas ni de reírme de su nombre. Conocía muy poca gente que se llamara Gregorio. Bueno, poca gente no. Sólo él.
Pareció un poco perplejo ante mi manera seca de actuar, pero sonreía con frecuencia, como si aquello le pareciera una broma, o como si le hubieran dicho como era yo y ahora estuviera comprobándolo con sus propios ojos. Salimos de la zona cercana al instituto, ante la mirada sorprendida de Irene y sus perritos, que se habían quedado embobadas con mi acompañante.
-Y tienes quince años, ¿no?-me preguntó.
“Si lo sabes, ¿para qué preguntas? Esto parece un interrogatorio…”, pensé molesta.
-Sí. ¿Y tú?-pregunté intentando sonar lo más amable posible.
-Diecisiete.
“Dos años mayor. Ronnie, reconoce que te lleva ventaja.”
-¿De qué conoces a mi padre?
Era mejor sacar temas de los que hablar. O eso, o pasarse todo el camino ignorando la incomodidad de su presencia a mi lado.
-¿Cómo no lo voy a conocer? Si es…
Me paré un instante, sorprendida ante su mirada, también de sorpresa. Esperé ansiosa una respuesta, pero él se mantuvo en silencio, como si guardara una información preciada y se estuviera pensando el precio a pagar por ella.
-Entonces, ¿no lo sabes?-preguntó al final.
-¿El qué debería saber?-exclamé enojada.
Si había algo que me molestara excesivamente, era el sentirme inútil y apartada de algo. Y menos, que no me contaran el qué algo. Aunque claro, eso sólo pasaba con mi familia, porque no es que yo tuviera mucha vida social.
-Mejor te lo cuento luego-dijo mirándome con curiosidad, como si tuviera algo raro en la cara.
Fijé la vista en el suelo y no insistí. Aquello había dejado de olerme bien. No podía sentir más que un desagradable cosquilleo recorriéndome, como si algo malo fuera a pasar.
-¿Sabes? Eres un poco rara.-comentó él dedicándome una sonrisa burlona.
No lo pensé dos veces. Si tenía que utilizar  la misma defensa que con el mayor incordio del instituto (Irene), lo haría.
-¿Sabes? Eres un poco idiota-le respondí con un tono vivaz y otra sonrisa del mismo carácter que la suya.
Él se mantuvo sonriente, como si la cosa le hiciera gracia, y eso me molestó. ¿Ahora se iba a dedicar a atacarme? Pues vaya. Observé cómo se revolvía el pelo con una mano con gesto divertido.
-Creo que me lo voy a pasar bien contigo-murmuró sorprendiéndome una vez más.
Me pregunté en qué momento iba a volver a estar con él “para pasarlo tan bien” como decía. Pero estaba claro que nuestros pasos nos llevaban a un único lugar, y allí era donde serían respondidas mis preguntas y resueltas mis dudas.

viernes, 8 de julio de 2011

Epílogo

Entrañable recuerdo ahogado en espinas. Interesantes palabras que carecen de sentido. Por lo menos para mí… ahora.  Releo y releo esa frase, pero no logro encontrarle el sentido. ¿De qué sirve amar, si solo crea malos recuerdos? Que te atormentan… toda la vida. ¿De qué sirve sentir…? Si al final, todo es una vulgar mentira. El nítido recuerdo de un beso, que te rompe por dentro, al escuchar esas palabras, que rompen todo… como si nunca hubiera existido nada.
Capítulo 1 de Loving Ignorance.

 Pero de repente... se enciende una luz... que te abre los ojos y te enseña la verdad más clara y profunda que jamás hayas visto. La luz de la esperanza. Un latido, una razón... una única razón por la que arriesgarlo todo. Él.

Epílogo

23. Después

-¿Entonces?
-Sí.
-¡Sí! Es decir… ¿Sí? Oh, Dios mío, ¡sí!
Me cogió a volandas y luego, en medio del pasillo del hospital me besó con ternura y pasión. Yo transmitía alegría por cada poro de mi piel. Al principio había tenido miedo, pero luego… buf, su felicidad me llenaba a mí también.
Mi madre también estaba allí con Natasha agarrada a una pierna, junto a David, que tenía el ceño un poco fruncido. Con el tiempo se había convertido en un padre para mí, y a pesar de que también quería a Ismael como un hijo, todavía no había terminado de creerse que yo, estuviera embarazada. Aunque la verdad es que ya no era esa adolescente de catorce años. Ya tenía veinte casi veintiuno. Ismael y yo vivíamos juntos, y ya habíamos hecho de las nuestras.
-No voy a preguntar el motivo de que exista ese renacuajo.-dijo señalando mi barriga.
Yo miré a Ismael con picardía, pero luego me alegré de que no le hubiera llegado mi mirada. Ninguno de los dos podríamos habernos reprimido y nos habríamos echado a reír. Y es que nuestros primeros intentos de "hacer un hijo" había resultado algo desastrosos.  Bueno, empezaré a contar algunas cosas que no sabéis y que debería decir.

Al final me reconcilié con mi padre. Al fin y al cabo sus palabras eran verdad. Él no podía hacer nada. David y mi madre se casaron hace unos años, y ahora tengo una hermanita pequeña que está completamente enamorada de Mark. Me da un poco de envidia porque ahora he dejado de ser la peque para ser la mediana. Que le vamos a hacer, la pequeña Natasha me quitó el puesto…
Sam y Fernando se casaron hace poco también. ¿Qué cómo es posible? Yo tampoco me lo creí cuando me dijeron que estaban saliendo. Nos soltaron que se enamoraron después de conocerse, y como no eran capaces de sincerarse el uno con el otro, la cosa fue larga, pero luego… enamorados para siempre. La típica historia de amor en la que los protagonistas son unos cansinos.
Abril sigue siendo un alma libre. Se pasa la vida de rollo en rollo y es la que le da la vida a todas las fiestas. Tengo miedo de mi fiesta de soltera… últimamente anda un poco torpe,  y para mí, que se ha enamorado otra vez. No sé por qué me da que a esta chica lo de “a la tercera va la vencida” no le funciona... pero espero que esta vez sí que acierte. Ah, y lo que no os había contado, aparte de vivir juntos, Ismael y yo ¡estamos prometidos! Me encantaría relataros el momento mágico en el que me lo pidió, pero eso daría para largo, y ya han pasado mis tiempos de ponerme cursi, aunque en realidad, nunca los pasé…
Después de mi ataque y tras salir del hospital, me dejaron participar en la competición. Ismael y yo, campeones. Unos buenos tiempos. Claro, que ahora también lo son. Él está completamente dedicado al tenis, y piensa meterse en lo profesional. Y la verdad, lo está consiguiendo, no todo el mundo recibe una carta para que se anime a participar en un torneo del Roland Garros… y yo estoy estudiando para dibujante... ¡es coña! jajaj, ¿o es que no os acordáis de mi maravillosa Tierra cuadrada?
¿Y sabéis que es lo mejor? Que dentro de nada tendremos a un pequeño Ismaelito paseándose por aquí. ¡Sí, que os veo, no pongáis esa cara! Estoy deseando que llegue el momento para que salga ya y poder tenerlo entre mis brazos. Y es que después de que se confirmara la noticia, estaba aterrada… pero ahora me da cosilla… y … ummm.
¿Os acordáis de Victoria, mi hermanastra? Cada vez que la veo me manda unas miradas un tanto raras. Yo no sé si ella en realidad es así o eso de que de repente fuéramos hermanas la ha afectado psicológicamente. Tampoco es que mi importe mucho… el caso es que lo último que oí de ella es que estaba liada con un tal Enrique, aunque también oí no sé qué de una denuncia por chantaje emocional… ni idea.


-¿Vamos a casa?-me preguntó Ismael pasando un brazo por encima de mis hombros.
-Sí, estoy cansada-murmuré.
-Ahora voy a tener que preocuparme en serio por ti-me dijo- recibirás un trato especial, como una princesa.
-Tenerte a ti es lo mejor que le podría pasar a una pobre campesina como yo-dije.
-Bueno, ya, ¿no? Que hay niños delante-espetó Natasha.
La miré furtivamente. Para tener apenas seis años, le gustaba tocar las narices, como cualquier otro hermano menor. Cruzamos las puertas del hospital y los cinco continuamos andando por la acera de la calle.
-Qué pena-exclamó mi madre- falta Mark aquí. Aún me acuerdo cuando tú tenías estas peleas con él.
Sonreí recordando.
-Por ese entonces era una tonta ignorante-dije mientras una imagen de una yo más joven se reía junto a Abril mientras caminaba por la calle una tarde de verano, antes de empezar tercero de secundaria.
-Una ignorante del amor-concretó Ismael.-hasta que vino tu salvador, o sea yo…
-Total, no te echas tú flores ni nada-dije riéndome.
-Loving Ignorance-murmuró mi madre de repente absorta.
-Mamá, no empieces a hablar en inglés, que se te va la olla-la advertí.
-Es un buen título para un libro ¿no creéis?-preguntó mientras estaba con los ojos en otra parte, en su mundo de colorines.
-No digas tonterías-la riñó David- se supone que estás en tus vacaciones ahora. Deja los libros apartados por un momento…
-Loving Ignorance…-susurré yo en cambio- parece el título de mi vida.
-Sí, te viene al pelo-me dijo Ismael.
-Ja-ja-le espeté yo.
-Mi pequeña tontita-murmuró.
Y diciendo eso e ignorando a los demás me besó breve y suavemente. Yo le aparté haciendo el idiota y cogiéndole de la mano continué caminando. Porque sabía después de ese beso vendrían muchos más. Muchos, muchos más.

LOVING IGNORANCE.

FINAL.

Posdata: ¡Joder! Me ha dado pena hasta a mí acabar con esto xD. Os quiero:D



miércoles, 6 de julio de 2011

Una promesa de amor

Noté como hacía dibujos en mi mano, pero no abrí los ojos. Tenía miedo. Miedo a una mirada triste, a un adiós para siempre, a una sonrisa vacía. No quería ni escuchar ni ver, tampoco sentir. Pero cerrar los ojos y fingir seguir inconsciente no era una solución. A veces me odiaba y me preguntaba por qué. Estaba claro que nacer bajo un techo sólido era una suerte que merecía ser corrompida.
-Carla.
No pude evitar abrir los ojos lentamente. Sentía la urgente necesidad de verle, aunque sus facciones no mostraran felicidad. Su voz no era suficiente para mí. Apretó su mano sobre la mía cuando vio que le miraba fijamente. Sin previo aviso me abrazó, a pesar de los cables que salían de mis brazos.
-Idiota-me dijo- ¿por qué no me lo dijiste antes?
-No lo vi… necesario-murmuré.- no pensé en ello.
-¿No viste necesario decirme que tenías una enfermedad del corazón hereditaria?-estalló él separándose enfadado.
Posé la mirada en las sábanas y me mordí el labio. Sentí que se me salían las lágrimas de los ojos involuntariamente. Miles de dudas y de malos presentimientos me recorrieron en pocos segundos. Ahora vendría el adiós para siempre, el no podemos estar juntos, el seguiremos siendo amigos. Y después las tardes en casa encerrada, el no volveré a enamorarme y el no volver a creer en el amor. Noté la fuerza contenida en su mano aferrándose a la mía.
-No vuelvas a hacerme esto-murmuró él mientras me retenía entre sus brazos.
Lentamente enterré el rostro en su hombro mientras sollozaba con suaves y débiles gemidos. Él pasó las manos por mi pelo.
-Esto tengo que apuntarlo-oí murmurar.
Reí apartándome de Ismael. Mi madre miraba atenta la escena y escribía como loca apuntes en una libreta. A veces tenía la impresión de que mi madre no se preocupaba por mí, pero sabía de sobra que en realidad, sus reacciones eran una coraza ante el dolor, y bajo esa mirada concentrada en el papel, había un brillo de tristeza y preocupación.
-No me habías contado que tenías novio-me reprochó sin acercarse y dirigiéndome una mirada ceñuda.
-Yo sí lo sabía-dijo una voz burlona.
Observé como David empujaba a mi madre dentro de la habitación y cerraba la puerta. Ésta lo fulminó con la mirada un instante, pero luego se echó a sus brazos como una adolescente enamorada. Vamos, como yo.
-¿Y tú por qué lo sabías?-preguntó poniendo morros como una niña pequeña.
-Saltándose las primeras horas de clase, besos en el pasillo…-empezó a decir David-hay cosas que un profesor no puede evitar ver ni tapándose los ojos…
Ambos enrojecimos como tomates. ¡Sólo nos habíamos saltado las clases un par de veces!
-Perlo bueno… en general son mejores que otros que he visto-comentó nuestro profesor.
Le dirigí una sonrisa aliviada y agradecida por salvarnos en lo último. Aunque también había sido él el que había revelado nuestra vida delincuente en el instituto…
-Bueno, vamos a bajar a la cafetería-dijo mi madre- te quedamos aquí con tu amorcito…
-No seas mala, cariño…
Cerraron la puerta y nos dejaron en absoluto silencio.
-Ya no sé de qué estábamos hablando-dijo él sonriendo.
-Me habías dicho que no te volviera a hacer eso-le recordé volviendo a retirar la vista y reteniéndola en las sábanas.
-Es verdad… pues eso-dijo él rascándose la cabeza.- Y además…
Se inclinó un poco sobre mí y retrocedí involuntariamente. Noté como ponía una pierna encima de la cama y se colocaba encima de mí.
-Te quiero-murmuró besándome en la frente- siempre te querré. No habrá ser humano que nos separe. Y si algún día dejo de estar contigo… será porque tú lo hayas decidido.
Sonreí con lágrimas en los ojos y le acaricié suavemente una mejilla.
-Nunca… nunca haré eso-susurré levantando la cabeza para besarle.
Rocé un instante sus labios, pero él en seguida me atacó ferozmente y empezó a besarme con pasión. Por un momento tuve miedo de que explotara una de las máquinas que había a mi lado  debido a la rapidez extrema a la que iba mi corazón, que parecía querer saltar de mi pecho. Se separó de mí para respirar y yo le miré un segundo con una sonrisa burlona.
-¿Sabes que debajo de este camisón no llevo nada?-le dije.
-¿En serio?-me preguntó soltando una carcajada pícara- me pregunto si podré apartar la sábana e investigar un poco…
-Ismael…-repliqué con algo de enojo.
-Era una broma-se excusó besando lentamente mi cuello.
Pero sabía que no era así. Decidí no pensar en ello y dejarlo pasar.
-Además, no creo que sea el momento adecuado…-murmuró de repente- mejor te dejo tranquila, que no quiero que te de otro ataque…
-No te preocupes-dije aferrando mi mano a su camiseta y manteniéndolo en la cama- esto no sucede porque me… emocione y cosas así. Pasa de repente y  ya está.
-Porque te emociones…-exclamó riéndose a carcajada limpia.
-No has dejado de ser un idiota-farfullé empujándolo de la cama y cambiando de opinión.
-Desde luego-dijo él- de eso no te quepa duda.
Noté en su voz un deje de tristeza que preferí ignorar.
-Entonces, ¿vas a estar conmigo aunque algún día la casque por problemas del corazón?
-Sí-susurró él con una sonrisa.
-¿Aunque se me caiga el pelo y me salga un enorme grano en la nariz?
-Umm… entonces tendría que pensármelo.-dijo él mirándome de reojo.
-Idiota…
-Estaría contigo aunque se te cayera el pelo, te salieran mil granos en la cara, vinieras de Saturno y fueras una mutante. – Me miró con ternura y cogiendo aire prosiguió-Te querré aunque no me quieras, aunque me odies, aunque desees que desaparezca de la faz de la Tierra. Te amaré hasta que la muerte nos separe, con todo mi corazón, aunque miles de personas estén en contra. Te acompañaré y viviré contigo hasta el último de nuestros días, acompañados de los miles de hijos que quieras tener. Y te escucharé aunque me griten, me tapen los oídos, me quede sordo o deje de vivir, porque no hay nada en el mundo como escucharte recordarme lo idiota que soy, ver tus preciosos ojos, tu ceño fruncido y tu rebelde pelo color castaño. Porque te quiero, y el día en el que por fin vea en tus ojos que aceptas eso, yo…
-Gracias-susurré.
Me levanté de la cama ignorando sus ojos diciéndome que no lo hiciera y lo envolví entre mis brazos.
-¿Esta es tu promesa de amor?-pregunté.
-Algo así…
-Amm. ¿Entonces me toca a mí ahora?
Él no respondió.
-Te quiero. Simplemente eso. Todo lo que siento… se resume en eso.
-Entonces, ¿esto es un final? ¿El final de los problemas? ¿El final de todo?
-No, Ismael. Esto no es el final. Tan solo… es el principio.

Se acerca el final

Como todas las historias, Loving Ignorance está llegando a su final... lo siento pero es así. Y es que me he dado cuenta de que al principio le metía mucha chispa, pero la ha ido perdiendo. De todas formas, una nueva historia comenzará, ya lo veréis, y mucho mejor, claro. Y es que con cada historia mejoro un poco más, y así, poco a poco, se va abriendo mi camino como escritora xD.
La siguiente historia tratará de una chica, que vive con su padre. Siempre ha cuidado de él, desde que su madre un día, se fugó de casa. Estaba cansada de la protagonista, que de pequeña era una niña llorona. Pero desde entonces se ha prometido, no volver a llorar. Las cosas se complicarán, cuando aparezca la nueva mujer de su padre, la cual trae consigo, a su hijo, que será su hermanastro. ¿Podrá afrontar la prota la nueva situación? ¿conseguirá afrontar la realidad de los sentimientos que empezarán a surgir entre ellos? Y es que, aunque no sea por sangre, Ella y Él, no pueden estar juntos.
"Recuérdalo, sólo es tu hermanastro".
Ahora os dejo el siguiente capítulo, que será uno de los últimos. Un beso:D


Baby

21. El amor realmente duele

-Vamos… venga…-murmuré.- Bésame.
-Espera-musitó él apartándome.
Terminó de escribir unas notas en el pentagrama y mantuvo la vista fija en él. Luego la posó en mí absorto en sus pensamientos, mirándome y a la vez sin hacerlo.
-Ahora me besas, ¿no?
-Los besos no se piden así-me riñó saliendo de sus ensoñaciones.
Hacía tiempo que éramos amigos, pero yo aspiraba a algo más. Ahora que había encontrado a la persona más perfecta del mundo… no la iba a dejar escapar. Bastante me había costado hablar con un chico que tenía la fama del más callado de su curso. Le puse morros haber si colaba, pero en esas últimas semanas habíamos descubierto muchas cosas el uno del otro y sabía perfectamente que mi truco no iba a funcionar, ya de antemano. Él me miró un instante pero no me besó. Se levantó y se sentó en frente del piano, donde empezó a tocar. La melodía me embobó completamente. Hacía un efecto extraño en mí, como si me hipnotizara, como si cuando la escuchase, dejase de ser perfecta comparándome con ella. Cuando dejé de oír la música fruncí el ceño  y observé cómo se reía de mí.
-No voy a besarte Victoria.-me dijo poniéndose serio.
-¿Por qué?-pregunté entristeciéndome.
Esa frase me hacía daño. Dolor. Un intenso dolor, una punzada en el corazón. Aunque intentaba sonreír cada que la decía y seguía intentándolo una y otra vez.
-Porque no te quiero. No voy a besar a alguien que no quiero.
-Pero, ¿por qué? Yo sí te quiero.
-A eso se le llama relación “bilateral”.
-No me hables con palabras raras que no entiendo-musité con voz de niña pequeña.
Suspiró y se guardó las partituras en una carpeta. Se levantó y de quedó mirándome en la puerta del aula de música.
-Si no vienes te dejo sola.
-Si me dejas sola, me suicidaré.-le amenacé- pondré en un papel que fue culpa tuya y te pasarás el resto de tu vida en la cárcel. No me conformaré con eso, si no que vendré en forma de espíritu a atormentarte.
Él me clavó la mirada, pero luego se rió.
-Eres una melodramática y una chantajista.-me acusó con la sonrisa aún en la cara.
-Sólo estoy enamorada-me justifiqué.
Él se acercó a mí y me empujó para que saliera de la clase.
-Vamos, tengo que cerrar. Si no, me caerá la bronca.
Con los puños apretados salí de clase. Me trataba como a una niña pequeña.  Y sólo tenía uno o dos años más que yo. Era injusto. Pero era así. Suspiré. No podía hacer nada. Ninguna provocación de mi parte parecía producirle nada. Yo era como un lápiz que intentaba pintar en un trozo de papel que ya estaba pintado. Él estaba como inmunizado.
-No irás a hacer una rabieta, ¿Verdad?-me preguntó intentando arreglar las cosas mientras caminábamos por el pasillo, ya casi a oscuras.
-Para nada-murmuré con algo de tristeza en la voz- supongo que tendré que volver a enamorarme, de alguien que me quiera.
-Eso está bien-me dijo él metiéndose las manos en los bolsillos.
Nunca pensé que alguien pudiera resistírseme así. Mientras oía el eco de nuestros pasos, lo sentía tan cercano… y a la vez muy lejos. Salimos a la calle, aún en silencio, sin decir nada.
-Te acompaño a casa-me dijo él.
Yo asentí con gesto inexpresivo. Noté como miraba hacia delante algo incómodo. Atravesamos el parque, y yo me entretuve observando los árboles y las flores. Entonces me acerqué a la valla de madera que había en el parque, y delimitaba el barranco. Él también se acercó y se apoyó en ella, a mi lado.
-No voy a querer a nadie más-dije con lágrimas en los ojos.
Él no respondió. Me balanceé hasta quedar medio cuerpo a ras del barranco. Él me miró nervioso y me cogió la muñeca para asegurarse de que no me tiraba.
-Puedes intentarlo-murmuró.
-No-me negué cabezota- no lo haré. Suéltame, me voy a tirar.
-No, no digas tonterías, Victoria…
-Enrique.-musité.- o dejas que me tire o…
De repente, el trozo de valla en el que estaba apoyada, empezó a crujir, y cedió. Ya me veía debajo de una cruz, cuando sentí las manos de Enrique en mi cintura. Empecé a esperarme lo peor tras verme bajo su mirada furiosa, y casi preferí haberme caído por el barranco. Pero entonces, sin previo aviso, me besó. Me quedé a cuadros y ni si quiera cerré los ojos. Noté como sus manos paseaban por mi cintura, agarrándome con fuerza. Bajé los párpados y pasé los brazos por su cuello. Dejamos de besarnos para respirar y me encontré con sus ojos, medio cerrados mirándome fijamente. Creo que estaba enfadado.
-¿Pero qué demonios haces?-me espetó sin soltarme.
-Arriesgar-musité.
-Ya veo-dijo enojado.
Seguimos en la misma posición, muy cerca el uno del otro.
-Eres capaz de hacer estas locuras, por un beso…-murmuró.
-Pero no por un beso cualquiera-dije sonriendo- por uno tuyo.
Yo me sentía feliz, en la cúspide de la alegría, como si fuera la reina del amor tras ese beso. Cuando estaba con él no me importaba parecer perfecta, es más, era todo menos eso. No dudaba en recalcar mi carácter infantil y cabezota, y no estaba continuamente mirándome en los espejos y tocándome el pelo. Cuando estaba con él, era yo, y no esa imagen dibujada que yo  había creado a partir de mí misma.
-Vámonos-musitó él carraspeando y sacándome de mi embobamiento.
Yo asentí aún en las nubes, y no advertí la incomodidad de su voz. Seguimos caminando hasta casa. Ya en frente de mi puerta, le miré fijamente. Nos quedamos un rato en silencio, mientras yo esperaba en vano un último beso. Di un paso hacia delante y de puntillas me puse a su altura.
-¿No vas a besarme?
Él me miró aún sin pronunciar palabra muy serio, sin apartarse. No pude evitarlo. Antes de que hablara los ojos ya se me habían llenado de lágrimas. 
-No te quiero, Victoria. Estoy enamorado de otra persona.
Diciendo esto me dio la espalda y se echó a andar por la calle. Últimamente todo me salía mal. Recientemente había descubierto, que esa chica que conocí en la fiesta a la que fui, era mi hermanastra. No era que me desagradara, por lo menos no mucho, pero es que me sentía algo incómoda en esa situación. No tenía ni idea de que mi padre hubiera tenido otra familia, y había tenido una pelea con él, a pesar de lo abatido que se le veía. Aunque él, tampoco era mi padre de verdad.
Abrí la puerta con la llave. El silencio abrumador llenaba toda la casa. No había nadie. Y de algún modo lo agradecí. Porque en cuanto cerré la puerta tras mí y escuché el cerrarse de ésta, dejé que las rodillas rozaran el suelo y sin tomar reparo en nada, rompí a llorar. Y es que el amor… realmente duele.