Como todas las historias, Loving Ignorance está llegando a su final... lo siento pero es así. Y es que me he dado cuenta de que al principio le metía mucha chispa, pero la ha ido perdiendo. De todas formas, una nueva historia comenzará, ya lo veréis, y mucho mejor, claro. Y es que con cada historia mejoro un poco más, y así, poco a poco, se va abriendo mi camino como escritora xD.
La siguiente historia tratará de una chica, que vive con su padre. Siempre ha cuidado de él, desde que su madre un día, se fugó de casa. Estaba cansada de la protagonista, que de pequeña era una niña llorona. Pero desde entonces se ha prometido, no volver a llorar. Las cosas se complicarán, cuando aparezca la nueva mujer de su padre, la cual trae consigo, a su hijo, que será su hermanastro. ¿Podrá afrontar la prota la nueva situación? ¿conseguirá afrontar la realidad de los sentimientos que empezarán a surgir entre ellos? Y es que, aunque no sea por sangre, Ella y Él, no pueden estar juntos.
"Recuérdalo, sólo es tu hermanastro".
Ahora os dejo el siguiente capítulo, que será uno de los últimos. Un beso:D
Baby
miércoles, 6 de julio de 2011
21. El amor realmente duele
-Vamos… venga…-murmuré.- Bésame.
-Espera-musitó él apartándome.
Terminó de escribir unas notas en el pentagrama y mantuvo la vista fija en él. Luego la posó en mí absorto en sus pensamientos, mirándome y a la vez sin hacerlo.
-Ahora me besas, ¿no?
-Los besos no se piden así-me riñó saliendo de sus ensoñaciones.
Hacía tiempo que éramos amigos, pero yo aspiraba a algo más. Ahora que había encontrado a la persona más perfecta del mundo… no la iba a dejar escapar. Bastante me había costado hablar con un chico que tenía la fama del más callado de su curso. Le puse morros haber si colaba, pero en esas últimas semanas habíamos descubierto muchas cosas el uno del otro y sabía perfectamente que mi truco no iba a funcionar, ya de antemano. Él me miró un instante pero no me besó. Se levantó y se sentó en frente del piano, donde empezó a tocar. La melodía me embobó completamente. Hacía un efecto extraño en mí, como si me hipnotizara, como si cuando la escuchase, dejase de ser perfecta comparándome con ella. Cuando dejé de oír la música fruncí el ceño y observé cómo se reía de mí.
-No voy a besarte Victoria.-me dijo poniéndose serio.
-¿Por qué?-pregunté entristeciéndome.
Esa frase me hacía daño. Dolor. Un intenso dolor, una punzada en el corazón. Aunque intentaba sonreír cada que la decía y seguía intentándolo una y otra vez.
-Porque no te quiero. No voy a besar a alguien que no quiero.
-Pero, ¿por qué? Yo sí te quiero.
-A eso se le llama relación “bilateral”.
-No me hables con palabras raras que no entiendo-musité con voz de niña pequeña.
Suspiró y se guardó las partituras en una carpeta. Se levantó y de quedó mirándome en la puerta del aula de música.
-Si no vienes te dejo sola.
-Si me dejas sola, me suicidaré.-le amenacé- pondré en un papel que fue culpa tuya y te pasarás el resto de tu vida en la cárcel. No me conformaré con eso, si no que vendré en forma de espíritu a atormentarte.
Él me clavó la mirada, pero luego se rió.
-Eres una melodramática y una chantajista.-me acusó con la sonrisa aún en la cara.
-Sólo estoy enamorada-me justifiqué.
Él se acercó a mí y me empujó para que saliera de la clase.
-Vamos, tengo que cerrar. Si no, me caerá la bronca.
Con los puños apretados salí de clase. Me trataba como a una niña pequeña. Y sólo tenía uno o dos años más que yo. Era injusto. Pero era así. Suspiré. No podía hacer nada. Ninguna provocación de mi parte parecía producirle nada. Yo era como un lápiz que intentaba pintar en un trozo de papel que ya estaba pintado. Él estaba como inmunizado.
-No irás a hacer una rabieta, ¿Verdad?-me preguntó intentando arreglar las cosas mientras caminábamos por el pasillo, ya casi a oscuras.
-Para nada-murmuré con algo de tristeza en la voz- supongo que tendré que volver a enamorarme, de alguien que me quiera.
-Eso está bien-me dijo él metiéndose las manos en los bolsillos.
Nunca pensé que alguien pudiera resistírseme así. Mientras oía el eco de nuestros pasos, lo sentía tan cercano… y a la vez muy lejos. Salimos a la calle, aún en silencio, sin decir nada.
-Te acompaño a casa-me dijo él.
Yo asentí con gesto inexpresivo. Noté como miraba hacia delante algo incómodo. Atravesamos el parque, y yo me entretuve observando los árboles y las flores. Entonces me acerqué a la valla de madera que había en el parque, y delimitaba el barranco. Él también se acercó y se apoyó en ella, a mi lado.
-No voy a querer a nadie más-dije con lágrimas en los ojos.
Él no respondió. Me balanceé hasta quedar medio cuerpo a ras del barranco. Él me miró nervioso y me cogió la muñeca para asegurarse de que no me tiraba.
-Puedes intentarlo-murmuró.
-No-me negué cabezota- no lo haré. Suéltame, me voy a tirar.
-No, no digas tonterías, Victoria…
-Enrique.-musité.- o dejas que me tire o…
De repente, el trozo de valla en el que estaba apoyada, empezó a crujir, y cedió. Ya me veía debajo de una cruz, cuando sentí las manos de Enrique en mi cintura. Empecé a esperarme lo peor tras verme bajo su mirada furiosa, y casi preferí haberme caído por el barranco. Pero entonces, sin previo aviso, me besó. Me quedé a cuadros y ni si quiera cerré los ojos. Noté como sus manos paseaban por mi cintura, agarrándome con fuerza. Bajé los párpados y pasé los brazos por su cuello. Dejamos de besarnos para respirar y me encontré con sus ojos, medio cerrados mirándome fijamente. Creo que estaba enfadado.
-¿Pero qué demonios haces?-me espetó sin soltarme.
-Arriesgar-musité.
-Ya veo-dijo enojado.
Seguimos en la misma posición, muy cerca el uno del otro.
-Eres capaz de hacer estas locuras, por un beso…-murmuró.
-Pero no por un beso cualquiera-dije sonriendo- por uno tuyo.
Yo me sentía feliz, en la cúspide de la alegría, como si fuera la reina del amor tras ese beso. Cuando estaba con él no me importaba parecer perfecta, es más, era todo menos eso. No dudaba en recalcar mi carácter infantil y cabezota, y no estaba continuamente mirándome en los espejos y tocándome el pelo. Cuando estaba con él, era yo, y no esa imagen dibujada que yo había creado a partir de mí misma.
-Vámonos-musitó él carraspeando y sacándome de mi embobamiento.
Yo asentí aún en las nubes, y no advertí la incomodidad de su voz. Seguimos caminando hasta casa. Ya en frente de mi puerta, le miré fijamente. Nos quedamos un rato en silencio, mientras yo esperaba en vano un último beso. Di un paso hacia delante y de puntillas me puse a su altura.
-¿No vas a besarme?
Él me miró aún sin pronunciar palabra muy serio, sin apartarse. No pude evitarlo. Antes de que hablara los ojos ya se me habían llenado de lágrimas.
-No te quiero, Victoria. Estoy enamorado de otra persona.
Diciendo esto me dio la espalda y se echó a andar por la calle. Últimamente todo me salía mal. Recientemente había descubierto, que esa chica que conocí en la fiesta a la que fui, era mi hermanastra. No era que me desagradara, por lo menos no mucho, pero es que me sentía algo incómoda en esa situación. No tenía ni idea de que mi padre hubiera tenido otra familia, y había tenido una pelea con él, a pesar de lo abatido que se le veía. Aunque él, tampoco era mi padre de verdad.
Abrí la puerta con la llave. El silencio abrumador llenaba toda la casa. No había nadie. Y de algún modo lo agradecí. Porque en cuanto cerré la puerta tras mí y escuché el cerrarse de ésta, dejé que las rodillas rozaran el suelo y sin tomar reparo en nada, rompí a llorar. Y es que el amor… realmente duele.
domingo, 19 de junio de 2011
20. Una cruel separación
-A las seis y media. No es una sugerencia de como pasar la tarde.
Les puse morros. Ya había venido la feria a la ciudad, y desde lejos se cernía amenazante sobre mi pobre figura. Yo, que no era capaz de montar ni en el tiovivo sin marearme... Suspiré y les miré con resignación.
-No pienso montarme en ninguna cosa que se levante cuatro metros desde el suelo.-tercié intentando que no me tamblara la voz.
-No seas así-me dijo Abril dejando la mochila encima de su mesa- nos lo pasaremos bien.
-Es verdad. Con el miedo se chafa todo. No seas cagueta.
Le miré un instante. Ya estaba poniendo en marcha su plan "pique" del cual ya estaba excesivamente acostumbrada. Pero para sus sorpresa, no caí en su trampa.
-Lo soy, lo admito-dije.
-Vamos, Carla-bufó Abril.-el año pasado me hiciste lo mismo. No puedo creer que aún tengas miedo de eso. Eres fuerte.
Abrí mucho los ojos consternada y miré hacia el suelo.
-No lo digas ni se te ocurra-dije muy seria.- en ocasiones parece que te de lo mismo lo que me pase.
-Sabes que no es así. Yo me preocupo mucho por ti, pero eso sólo pasó una vez, y no volverá a ocurrir.
Ismael nos miró a las dos confuso mientras esperaba a que alguna soltara algo de información.
-¿Qué me he perdido?
Ambas nos miramos y noté como ella titubeaba.
-Bueno... se cayó de una atracción y se rompió una pierna.
Me mordí el labio y me alegré de que mi amiga supiera improvisar.
-¿Y de dónde te caíste?
-En realidad se golpeó y bueno... fue en el Alcatraz-exclamó Abril.
-Es ese que son varias jaulas que giran...
-Sí, se abrió una.
-Ah... pero bueno, eso no pasa siempre. Créeme.
Asentí intentando mostrarle mi sonrisa más convincente. Sabía perfectamente lo que en realidad pasó. Siempre había preferido no recordarlo. Cuando estaba montada con Abril en una atracción, empecé a sentir unas punzadas en el pecho y casi me caí al suelo. Fueron los primeros síntomas de una enfermedad hereditaria del corazón. Sólo Abril lo sabía. Lo que ella no sabía era que aún la tenía. Y la tendría siempre. Tragué saliva y me esforcé en sonreír, reír, soltar un comentario, reír, sonreír.
´Salí a la calle y aspiré el aire del mediodía.
-Eh, espérame-me pidió Ismael cogiéndome una mano.
Cerré los dedos alrededor de ella y la abracé echando mis brazos alrededor de su cuello.
-Uy, mira que estás cariñosa hoy-observó pasando una mano por mi cintura y acariciándome el pelo.
-Estoy haciendo esto para que esta tarde no te odie. Me recuerdo continuamente que te quiero.
-Ya... pues no te va a servir de nada-dijo dándome un breve beso en los labios- te vas a montar en todas las atracciones... todas...
Me subí la cremallera de mi chaqueta y de la mano fuimos caminando por la calle. A pesar de sus amenazas estaba segura de que conseguiríra escaparme. Me llevó a casa, pasándose de su casa y antes de entrar me apretó contra él y dejó un suave beso en mi frente.
-Sabes que puedes confiar en mí, ¿no?
-Claro-murmuré sintiéndome algo mal.
-Maña quiero verte-murmuró él.- te contaré todo sobre mí. A las cuatro en la estación de autobuses frente a nuestro parque, antes de irnos a la feria.
Asentí algo nerviosa y dejé que me diera un breve beso en los labios.
-Te quiero-musité mientras se daba la vuelta para irse.
-Yo también.-me dijo él con una sonrisa.
Vi como desaparecía en la esquina, e inconscientemente, me puse la mano en el corazón. Otra vez. Sentí unas punzadas, pero se me pasó rápidamente. Abrí la puerta y crucé el jardín. Tenía tanto miedo... ¿y si... y si fuera grave? ¿Y si me moría? No podía morir aún, era muy joven, ¡me quedaba una vida por delante!
Pasé una tarde fatal. Ni si quiera llamé a Abril para salir. No tenía muchas ganas. Me tumbé en la cama, di vueltas de un lado a otro rollo hámster... estaba muy cansada. Pero sobre todo, preocupada.
¨* * *
Cuando llegué, Ismael estaba apoyado en una farola. Antes de acercarme leí en su rostro la preocupación y los nervios. Por un momento me asusté. ¿Era tan grave lo que tenía que contarme? No me atreví a pensar en una infidelidad. Le saludé pero no me atreví a darle un beso.
-¿Qué tal?
-Bien-respondí con un hilo de voz.
-Tranquila-murmuró él con una sonrisa- tampoco es muy importante. Pero sentí que tenía que contártelo.
Tragué saliva y observé como levantaba la mano y la giraba. Se desprendió de su reloj y le miré horrorizada un instante. El posó la mirada en el suelo y volvió a ponerse el reloj alrededor de la muñeca. Nunca pensé que escondiera eso. Sujeté sus manos un instante y luego le abracé con fuerza. No pude evitar que me cayeran las lágrimas.
-Lo siento... lo siento...-murmuré destrozada.
-No lo sientas-me dijo- tú has sufrido más que yo.
-Mentira.-susurré.
-¿Sabes?-dijo de repente- por eso me fijé en ti. Nadie en el mundo podía entenderme más que tú. Veía en tus ojos una seriedad que no era normal, las ganas de llorar continuamente. Deseaba que estuvieras a mi lado. Atraparte.
Le quité el reloj una vez más y acaricié la raya de la cicatriz que le cruzaba la muñeca. Una cicatriz que podía haberle quitado la vida. Pero por suerte, no lo consiguió.
-¿Por qué?-musité entre lágrimas.
-Cuando estaba en el colegio... mis padres se separaron. Un día... mi padre llegó a casa... y mató a mi madre delante de mí. Los padres que tengo ahora me acogieron hace un año. Mi padre está cumpliendo pena en la cárcel y mi madre ya te imaginas dónde.
Le callé la boca con la mano mientras seguía llorando. Siempre pensando que él nunca podría entenderme. Que nadie podía sufrir tanto como yo...
-Pero...-murmuró entre mi mano- me hice fuerte. Me prometí no volver a sufrir y encontrar a alguien a quién proteger, y no ser jamás como mi padre. Y cuando te conocí la encontré.
Empecé a sollozar más fuerte y enterré la cabeza más en su pecho.
-Vámonos a un lugar más apartado-me pidió él.
Asentí con la cabeza. Está bien. Se lo diría.
Caminamos de la mano y llegamos hasta nuestro parque. Allí me llevó bajo los árboles. Yo seguía llorando como una magdalena.
-No quería... que lloraras-me dijo él preocupado mientras me acariciaba la mejilla.
-No lo entiendes-dije de repente.-no sé por qué las cosas tienen que ser así.
-Yo no...-empezó a decir él confuso.
-Ismael yo.. yo tengo...
Me quedé petrificada. Sentí como si me arrancaran una parte del pecho, como si hubieran clavado un cuchillo por detrás y me hubiera atravesado. Agarré fuerte su camiseta y retorcí los dedos en ella.
-Carla... Carla, ¿qué te pasa? ¡Carla!
Empecé a verlo todo muy borroso. Me aferré con fuerza a él y empecé a hiperventilar.
-T-Todo es tan complicado... ¿sabes por qué me daba miedo ir... a la
Les puse morros. Ya había venido la feria a la ciudad, y desde lejos se cernía amenazante sobre mi pobre figura. Yo, que no era capaz de montar ni en el tiovivo sin marearme... Suspiré y les miré con resignación.
-No pienso montarme en ninguna cosa que se levante cuatro metros desde el suelo.-tercié intentando que no me tamblara la voz.
-No seas así-me dijo Abril dejando la mochila encima de su mesa- nos lo pasaremos bien.
-Es verdad. Con el miedo se chafa todo. No seas cagueta.
Le miré un instante. Ya estaba poniendo en marcha su plan "pique" del cual ya estaba excesivamente acostumbrada. Pero para sus sorpresa, no caí en su trampa.
-Lo soy, lo admito-dije.
-Vamos, Carla-bufó Abril.-el año pasado me hiciste lo mismo. No puedo creer que aún tengas miedo de eso. Eres fuerte.
Abrí mucho los ojos consternada y miré hacia el suelo.
-No lo digas ni se te ocurra-dije muy seria.- en ocasiones parece que te de lo mismo lo que me pase.
-Sabes que no es así. Yo me preocupo mucho por ti, pero eso sólo pasó una vez, y no volverá a ocurrir.
Ismael nos miró a las dos confuso mientras esperaba a que alguna soltara algo de información.
-¿Qué me he perdido?
Ambas nos miramos y noté como ella titubeaba.
-Bueno... se cayó de una atracción y se rompió una pierna.
Me mordí el labio y me alegré de que mi amiga supiera improvisar.
-¿Y de dónde te caíste?
-En realidad se golpeó y bueno... fue en el Alcatraz-exclamó Abril.
-Es ese que son varias jaulas que giran...
-Sí, se abrió una.
-Ah... pero bueno, eso no pasa siempre. Créeme.
Asentí intentando mostrarle mi sonrisa más convincente. Sabía perfectamente lo que en realidad pasó. Siempre había preferido no recordarlo. Cuando estaba montada con Abril en una atracción, empecé a sentir unas punzadas en el pecho y casi me caí al suelo. Fueron los primeros síntomas de una enfermedad hereditaria del corazón. Sólo Abril lo sabía. Lo que ella no sabía era que aún la tenía. Y la tendría siempre. Tragué saliva y me esforcé en sonreír, reír, soltar un comentario, reír, sonreír.
´Salí a la calle y aspiré el aire del mediodía.
-Eh, espérame-me pidió Ismael cogiéndome una mano.
Cerré los dedos alrededor de ella y la abracé echando mis brazos alrededor de su cuello.
-Uy, mira que estás cariñosa hoy-observó pasando una mano por mi cintura y acariciándome el pelo.
-Estoy haciendo esto para que esta tarde no te odie. Me recuerdo continuamente que te quiero.
-Ya... pues no te va a servir de nada-dijo dándome un breve beso en los labios- te vas a montar en todas las atracciones... todas...
Me subí la cremallera de mi chaqueta y de la mano fuimos caminando por la calle. A pesar de sus amenazas estaba segura de que conseguiríra escaparme. Me llevó a casa, pasándose de su casa y antes de entrar me apretó contra él y dejó un suave beso en mi frente.
-Sabes que puedes confiar en mí, ¿no?
-Claro-murmuré sintiéndome algo mal.
-Maña quiero verte-murmuró él.- te contaré todo sobre mí. A las cuatro en la estación de autobuses frente a nuestro parque, antes de irnos a la feria.
Asentí algo nerviosa y dejé que me diera un breve beso en los labios.
-Te quiero-musité mientras se daba la vuelta para irse.
-Yo también.-me dijo él con una sonrisa.
Vi como desaparecía en la esquina, e inconscientemente, me puse la mano en el corazón. Otra vez. Sentí unas punzadas, pero se me pasó rápidamente. Abrí la puerta y crucé el jardín. Tenía tanto miedo... ¿y si... y si fuera grave? ¿Y si me moría? No podía morir aún, era muy joven, ¡me quedaba una vida por delante!
Pasé una tarde fatal. Ni si quiera llamé a Abril para salir. No tenía muchas ganas. Me tumbé en la cama, di vueltas de un lado a otro rollo hámster... estaba muy cansada. Pero sobre todo, preocupada.
¨* * *
Cuando llegué, Ismael estaba apoyado en una farola. Antes de acercarme leí en su rostro la preocupación y los nervios. Por un momento me asusté. ¿Era tan grave lo que tenía que contarme? No me atreví a pensar en una infidelidad. Le saludé pero no me atreví a darle un beso.
-¿Qué tal?
-Bien-respondí con un hilo de voz.
-Tranquila-murmuró él con una sonrisa- tampoco es muy importante. Pero sentí que tenía que contártelo.
Tragué saliva y observé como levantaba la mano y la giraba. Se desprendió de su reloj y le miré horrorizada un instante. El posó la mirada en el suelo y volvió a ponerse el reloj alrededor de la muñeca. Nunca pensé que escondiera eso. Sujeté sus manos un instante y luego le abracé con fuerza. No pude evitar que me cayeran las lágrimas.
-Lo siento... lo siento...-murmuré destrozada.
-No lo sientas-me dijo- tú has sufrido más que yo.
-Mentira.-susurré.
-¿Sabes?-dijo de repente- por eso me fijé en ti. Nadie en el mundo podía entenderme más que tú. Veía en tus ojos una seriedad que no era normal, las ganas de llorar continuamente. Deseaba que estuvieras a mi lado. Atraparte.
Le quité el reloj una vez más y acaricié la raya de la cicatriz que le cruzaba la muñeca. Una cicatriz que podía haberle quitado la vida. Pero por suerte, no lo consiguió.
-¿Por qué?-musité entre lágrimas.
-Cuando estaba en el colegio... mis padres se separaron. Un día... mi padre llegó a casa... y mató a mi madre delante de mí. Los padres que tengo ahora me acogieron hace un año. Mi padre está cumpliendo pena en la cárcel y mi madre ya te imaginas dónde.
Le callé la boca con la mano mientras seguía llorando. Siempre pensando que él nunca podría entenderme. Que nadie podía sufrir tanto como yo...
-Pero...-murmuró entre mi mano- me hice fuerte. Me prometí no volver a sufrir y encontrar a alguien a quién proteger, y no ser jamás como mi padre. Y cuando te conocí la encontré.
Empecé a sollozar más fuerte y enterré la cabeza más en su pecho.
-Vámonos a un lugar más apartado-me pidió él.
Asentí con la cabeza. Está bien. Se lo diría.
Caminamos de la mano y llegamos hasta nuestro parque. Allí me llevó bajo los árboles. Yo seguía llorando como una magdalena.
-No quería... que lloraras-me dijo él preocupado mientras me acariciaba la mejilla.
-No lo entiendes-dije de repente.-no sé por qué las cosas tienen que ser así.
-Yo no...-empezó a decir él confuso.
-Ismael yo.. yo tengo...
Me quedé petrificada. Sentí como si me arrancaran una parte del pecho, como si hubieran clavado un cuchillo por detrás y me hubiera atravesado. Agarré fuerte su camiseta y retorcí los dedos en ella.
-Carla... Carla, ¿qué te pasa? ¡Carla!
Empecé a verlo todo muy borroso. Me aferré con fuerza a él y empecé a hiperventilar.
-T-Todo es tan complicado... ¿sabes por qué me daba miedo ir... a la
competición? Por la puñetera posibilidad de que en medio de un partido me pase esto.
Él me miró aún sin comprender.
-Estoy enferma del corazón, Ismael.
Diciendo esto, con los últimos alientos y con el poco aire que me quedaba en el pecho, noté como mis ojos se cerraban involuntariamente y dejaba de sentir el suelo sobre mis pies.
sábado, 21 de mayo de 2011
Vacaciones no deseadas
Tengo que deciros que mi ordenador está muerto (estoy en el de mi hermano) así que probablemente no escriba en algo de tiempo:(. Y sé que me vais a matar por esto, pero posiblemente, después de Loving Ignorance, me vaya definitivamente de blogger. Aunque eso está en bandeja pensarlo aún. Un beso.
Baby
Baby
viernes, 13 de mayo de 2011
19. Sonríe aunque sea lo último que te quede...
-¿Todo fue por dinero? ¿Pretendes que me trague ESO?
-No pretendo que te lo creas, es la verdad.-musitó.- Las deudas me tenían hasta arriba. Un día la conocí, a ella, a…
-No quiero saber su nombre-espeté con crueldad.
-Me dijo que si me casaba con ella, que si le daba un padre a Victoria, las deudas desaparecerían. Carla, quería meteros a todos en la cárcel para haceros culpables también, de la gran deuda que pesaba sobre mí.
Me quedé observándole en silencio.
-¿Mark lo sabía?
-Y tu madre.-admitió mirándome con un atisbo de esperanza, como esperando que sonriera y le perdonara como si nada hubiera pasado y fuera el padre que siempre había querido en mis sueños.
-Entonces yo era la única gilipollas que no tenía ni puñetera idea de nada-dije sonriendo con frialdad.
No respondió. Me rasqué la cabeza intentando calmarme.
-Está bien-dije- está todo de maravilla.
Dicho esto seguí caminando por la calle en dirección a mi casa. Estaba jodida. Ismael se había despedido de mí y se había ido a casa, y de alguna forma fue algo de consuelo para mí. Sabía que después de hablar con mi padre no sabría ni aguantar a mi novio. No quería ver a nadie; tan sólo encerrarme en mi mundo pequeño, donde sólo cabían mis gemidos y mis lágrimas. Corrí un poco de tramo por la calle. Estaba completamente desierta. Cuando sentí que las piernas me dolían de correr me dejé caer de rodillas, sin importarme hacerme daño con el suelo. Enterré la cara entre las manos y comencé a llorar. Ya estaba acostumbrada. A que todo me saliera mal, a que la buena suerte nunca me acompañara. Estaba teniendo una buena época ahora. Tenía que haberse estropeado por su culpa… seguí llorando, sin importarme los coches que conducían por la carretera. Alguno se paró y me preguntó qué me pasaba pero eché a correr tapándome la cara. Corría sin mirar, sin saber a dónde me llevaban mis propios pasos. Entonces me choqué. Vaya, una persona. Alcé la mirada y no tuve tiempo para esconder las lágrimas y mi rostro enrojecido. Me alejé un paso de él asustada.
-P-Perdona.
-¿Qué haces, Carla? ¿Por qué estás llorando? Carla…
Fernando me miró sin saber que más decir. Aún recordaba su cara sorprendida, observando las medallas y trofeos de Ismael en su habitación. Nuestro trabajo juntos… fue la primera vez que nos vimos fuera de clase y así empezamos a hacernos amigos. O algo por el estilo.
Entonces extendió su mano y liberó una pequeña sonrisa. Deliberé con mí misma varios segundos si coger su mano o no. Finalmente estreché suavemente mis dedos entre los suyos. Caminamos agarrados de las manos, lentamente por la calle. De alguna manera me sentí como si estuviera engañando a Ismael. Pero a la vez no. Suspiré. Entonces llegamos a un parque, iluminado por la tenue y difusa luz de las farolas.
-¿Has visto eso?-me preguntó de repente.
Miré hacia todos lados. ¿El qué? Él apuntó a mi camisa con cara sorprendido. Inocentemente miré y él levantó la mano y me dio un pequeño golpecito en la nariz. Le miré sin saber que decir. Entonces sonrió. Yo le respondí inconscientemente.
-Eso-dijo manteniendo un gesto tranquilo y feliz.
Nos sentamos en los columpios y empezamos a balancearnos como si aún estuviéramos en primaria y fuéramos unos simples niños.
-Entiendo que no me quieras contar lo que te pasa-dijo él antes de que yo pudiera hablar-pero al menos dime que no es nada de Ismael.
-Para nada-dije-yo… le quiero muchísimo.
Noté como Ismael daba un respingo y se rascaba tímidamente la cabeza. Por un minuto sentí verlo enrojecer.
-¿Cosas de familia?-me preguntó distrayéndome.
-Algo así…-murmuré son una sonrisa triste.
-Aún recuerdo-murmuró él.- cuando a principios de curso te vi, en el pupitre, con los ojos hinchados de llorar. Te pregunté que te pasaba, y me dijiste que nada. Me extrañé, porque pensé que eras de ese tipo de personas que no lloran a menos que tengan un buen motivo.
-Que va-dije- tengo motivos. Y siempre los mismos. En el fondo soy una maldita llorica... ni soy lo que crees… en absoluto.
-Siempre te vi como alguien muy fuerte.
“Que se derrumba a primera de cambio”, pensé.
-No importa, ¿sabes? Porque cuando escuchas una historia más triste que la tuya te sientes una mierda por ser infeliz. Te odias a ti mismo por desear una vida mejor cuando hay gente que sufre aún más… que tú.
Le miré en silencio, a sus profundos ojos. Nunca le había visto así. Siempre había mirado con desinterés su careta, sobre la que se escondían pensamientos, palabras y… ¿dolor? Me recordó a mí misma. A las tardes de mi infancia llorando cuando nadie me veía y riendo delante de los demás como si fuera la más afortunada del mundo.
-¿Quieres escuchar… una historia más triste que la tuya?
Me fundí en sus ojos, y por unos segundos casi sentí desesperación.
-No-susurré atosigada.
-Me alegro de que sea así-soltó él rápidamente, levantándose de su columpio.- me alegro de que no quieras sentirte infeliz. Ya lo eres lo suficiente.
Me miró a una distancia de medio metro y volvió a murmurar:
-Carla, cuando necesites llorar, trágate tus lágrimas y resérvalas para cuando las necesites de verdad. Recuerda que siempre hay alguien sufriendo más que tú. Recuerda que aunque seas la persona más miserable de la Tierra, siempre habrá alguien que te apoye, como quién lo hace con los demás. Sonríe, por favor. Sonríe aunque sea lo último que te quede.
Y dichas estas palabras, se marchó. Me dejó sola, en los columpios, reflexionando, con la mente en blanco y los puños cerrados por unos nervios sin motivo. Me sentía la protagonista de una obra dramática. De una obra triste de amor. Sonreír. Desconocía el significado de ese verbo. Siempre lo hacía en momentos como éste. Sonríe… aunque sea lo último que quede…
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