lunes, 9 de mayo de 2011

18. Lo que me faltaba

-¡Carla!-gritó Victoria lanzándose para darme dos besos-¡cuánto tiempo!
Sonreí con mucho esfuerzo e hice como si no veía la mirada exhaustiva de mi hermano. Aún no había apartado la vista de mi padre que parecía haberse quedado en shock permanente.
-¿Qué te pasa, papá?-preguntó Victoria de repente-esta es mi amiga Carla. La conocí hace poco, es muy simpática. Alegra esa cara, hombre, parece que has visto un muerto. ¿Quién es este, Carla? ¡Qué guapo! ¿Es tu hermano? ¡Ismael!
No contesté. Esperé a que la voz volviera a mí. Ni si quiera me cosqué cuando Vic le dio dos besos a mi novio. Tampoco me pregunté de qué se conocían. No se habían hablado en la fiesta. Bien, la voz había vuelto. Tenía muy claro lo que tenía que decir.
-Interesante… ¿Vuelves a vivir por aquí?-pregunté con un tono cargado de rencor y odio- ¿has venido a jodernos un poco más porque no lo habías hecho suficiente?
Ismael y Victoria me miraron sorprendidos, casi asustados por cómo había cambiado de actitud en tan sólo unos escasos segundos. Mi hermano siguió en silencio, escuchándome. Mi padre seguía mirándome sin decir nada tampoco.
-Joder-exclamé limpiándome las lágrimas acumuladas en mis ojos- ¿por qué? ¿Por qué has vuelto? ¿Por qué no puedes irte con esa puta a la que te tirabas cuando te ibas a trabajar? Te has casado con ella, ¿no? No me jodas que Victoria es tu hija. ¿Ahora…? ¿Ahora tengo una hermana?
Victoria se me quedó mirando horrorizada, asustada, sorprendida. La verdad es que qye yo tuviera una hermanastra no me sorprendía. Ya la había visto una vez. Tenía que haberlo sabido. Aún me acordaba de aquél ángel rubio, de aquella niña pequeña de cara redonda y piel muy blanca...
Ismael pareció entenderlo todo de golpe, muy deprisa. Se puso a mi lado y me cogió la mano, y yo se la apreté fuerte para evitar un sollozo, ahogándolo en una tos.
-Carla-murmuró de repente mi hermano-déjalo.
Le miré. Ya no parecía enfadado. Más bien triste. Entonces me dejé caer de rodillas y empecé a llorar sin consuelo. Ismael se agachó y me sumergí entre sus brazos donde empecé a mojarle la camiseta como si fuera una cascada. Tanto tiempo… tanto tiempo… joder.
Me limpié la cara y seguí hablando aunque mi hermano me había pedido que parara. No podía. Tenía muchas cosas que decir, demasiadas.
-¿Sabes? Celebré mi cumpleaños en el parque como siempre había querido. Canté una canción delante de todo el mundo a final de curso en el colegio. Rallé el armario con frases imposibles por dentro. Comí fuera con mis amigas. Pasé al instituto. He besado un chico y ahora es mi novio. Y joder. He suspendido matemáticas. Y todas esas cosas te las has perdido. Aunque no creo que te importe. Nunca te importamos. Sólo tu puñetera inglesa rubia tetona de mierda. Ah.-me limpié la cara- y tu hija. Espero por lo menos… que a ellas no las engañes.
Diciendo esto, volví a coger la mano de Ismael, y me fui caminando en dirección contraria a sus pasos. Mi hermano se quedó mirando a mi padre unos segundos. Bajó la mirada y me siguió. Nunca podré entender que fue de las promesas y de las palabras bonitas, de los besos antes de irse a dormir. Seguramente le importaban tanto como yo. Pues que bien.

Mi hermano entró en casa y se acostó en el sillón. No se encontraba bien. Yo tampoco. Me quedé con Ismael en mi jardín de rosas. Allí no procurábamos palabra. A mí no me apetecía hacer nada. No hacía mal día aunque algo de frío sí que hacía. Al fin y al cabo era invierno.
-¿Vamos a mi cuarto?-pregunté.
Él asintió y yo le llevé allí subiendo las escaleras. Cuando estuvo allí cerré la puerta. Me senté en mi cama y él hizo lo mismo.
-¿Seguro que estás bien?-me volvió a preguntar por décima vez.
-Sí-respondí mintiendo como un cosaco.
Lentamente le tumbé en mi cama y empecé a besarle despacio. Entre tanto beso acabé yo debajo de él y dejé que siguiera besándome. Ya teníamos casi dieciséis años. Él los tenía. En teoría éramos mayores para hacer lo que quisiéramos. Me reí interiormente. “Y una mierda, somos unos críos”, pensé. Pero no le paré. Volví a ponerme encima de él y empecé a desabrocharle los botones de la camiseta.
-¿Qué haces?-preguntó de repente alarmándose.
-Nada, idiota-dije-no pienso hacer lo que piensas.
Él se relajó y dejó que viera su busto al descubierto. Lo acaricié y empecé a hacer formas en él, como antes había hecho con mi mano. Empecé a sentir calor y me quité la chaqueta. Seguí dibujando con la mente en blanco, acariciando su clavícula.
-No estás bien-me confirmó incorporándose.
No pude evitar que las lágrimas cayeran por mis mejillas. No hice ningún gesto, como una estatua y sonreí. Él me besó en la mejilla limpiándome una lágrima.
-No llores-me pidió-si lo haces me sentiré mal.
-Sólo soy una inútil-dije.-en vez de decirle que le quería y le echaba de menos le solté todo eso.
-Es normal-me susurró- yo también lo habría hecho.
-Pero tú eres un idiota-excusé- yo no.
-Bonita deducción-dijo con una sonrisa burlona.
Me limpió otra lágrima y volvió a besarme. 
-Pronto cumples los dieciséis-me dijo de repente- ¿qué quieres que te regale?
-Nada-dije- contigo me es suficiente.
-Ya sé que soy el mejor, cariño-me dijo echándose flores-pero en serio, dime que quieres.
-Pues… quiero un beso.
-Eso lo tienes todos los días.
-Entonces quiero algo más que un beso.
-¿Más cómo?
-Hagamos un viaje. A algún lugar.-sugerí titubeante.
-¿A dónde?
-A dónde sea, pero contigo.
-Deseo cumplido, Cenicienta-me dijo tumbándome de nuevo y besándome- pero a media noche…
-El hechizo se romperá-terminé.
-El nuestro no. Nunca lo hará.-determinó él.
Sonreí feliz. Había logrado sacarme una sonrisa, y hacerme olvidar mis penas. Seguí besándome mientras acariciaba  su pecho. Él metió su mano debajo de mi camiseta y me acarició la piel. Entonces, la puerta se abrió. Joder, que oportuno. Me separé rápidamente de Ismael. Era Mark. Qué bien. Lo que siempre soñé, que mi hermano me pillara en un momento de pasión.
-¿Qué quieres?-pregunté molesta.
-Papá. –musitó- Papá ha venido a verte. Quiere hablar contigo.
Le  miré un instante. Que gracioso. Quería hablar con su querida hija de quince años en plena edad pavera. Pues lo llevaba claro si tenía pesado razonar conmigo.





sábado, 7 de mayo de 2011

17. Un encuentro helado

Había pasado una semana desde la acampada de tenis. Jugamos mucho, fue como una especie de entrenamiento. La entrenadora se centró exageradamente en Ismael y en mí y nos obligó a jugar juntos como dobles e individual. Aunque yo, sinceramente, soy más de juego individual, me gusta tener toda la pista para mí.
Las cosas entre Ismael y yo iban bien, aunque íbamos despacio, como yo quería. Era agradable sentir que alguien te quería, y que me palpitara fuerte el pecho, era algo a lo que no estaba acostumbrada, pero me gustaba.

-Venga no te preocupes.-me dijo Abril pasándome un brazo por el cuello y dejándome un beso en la mejilla.
-¿Cómo no quieres que me preocupe?-me quejé desdoblando de nuevo mis notas para fijar mi vista en mi cuatro en matemáticas.
-Por Dios, cariño-exclamó Sam-cuatro ochos, cinco nueves…
-Y un cuatro-murmuré como si una gran ventisca se hubiera llevado mis otros sobresalientes.
-Eres asquerosa-dijo riéndose a Abril-tienes un cuatro y te quejas, yo tengo seis de esos.
-Eso es porque eres una vaga sin remedio-dije.-pero yo no…
-Oh… un cuatro en mates, ¡pero vaya inútil!
Alcé la mirada y sonreí. Ismael acababa de salir de clase y llevaba la cartera colgando de un hombro.
-Vamos un rato por ahí-me sugirió.
Yo miré a mis amigas con una sonrisa de oreja a oreja y Abril me empujó con él.
-Ya nos veremos después-murmuró riéndose y agarrando de un brazo a Sam que se dejó balancear por ella.
Las despedí con la mano y me fui con él. Íbamos caminando juntos por la calle. Dejé que me cogiera de la mano y llegamos hasta el parque que hay a la esquina del instituto. Allí nos tiramos en la hierba y miramos el cielo azul en silencio.
-No sé que me va a decir mi madre-dije lanzando el sobre de las notas y volviéndolo  a coger-me va a matar con un suspenso.
-¿Cómo se puede ser tan inútil?-preguntó riéndose-ah, claro, siendo tú.
Le miré un instante.
-¿Te ha quedado alguna?-le pregunté ignorando sus provocaciones.
-Pues claro que no, mi pequeña inútil.
-Mentiroso.
Nos quedamos mirando un instante. Estaba sonriendo de oreja a oreja como lo hace cuando miente, enseñando todos los dientes, afiliados y blancos. Me lancé sobre él, y haciéndole cosquillas, conseguí meter la mano en su mochila y sacar el sobre.
-¡Te han quedado tres!-exclamé sorprendida desplegando el papel.- ¡un dos en matemáticas!!! ¿Quién es la inútil aquí? ¿Eh? ¡A este paso tendré que ser tu profesora particular!
-No me importaría que fueras mi profesora-murmuró él sonriendo- pero preferiría que me enseñaras otras cosas.
-Eres un guarro-le dije.
-Sólo soy un romántico-espetó cogiéndome un mano y empezando a hacer dibujos con el dedo sobre ella.
Le miré con displicencia. Él capturó mi mirada y suavemente me acarició la mejilla provocando que enrojeciera.
-Has cambiado-me susurró- antes me habrías dado una torta por si quiera acariciarte.
-Por que no te conocía-me excusé- y a mí eso del amor no me iba…
-¿Y ahora sí?-preguntó acercándose a mí.
Le observé de cerca, mientras se ponía frente a mí. Con cuidado y seguridad, le aparté los cabellos que le caían por encima de los ojos. Sentía su aliento y el mío mezclándose. Iba darle un beso cuando él me tapó los ojos.
-¿Qué haces?-le pregunté sorprendida.
Sentía sus manos muy calientes encima de mis ojos.
-Tengo un regalo para ti.-murmuró.
Noté con me acariciaba lentamente el cuello, levantándolo con ligereza. Cuando pude ver, vi que había dejado en él un precioso y redondo colgante. Me quedé callada en silencio mientras lo observaba.
-¿No te gusta?-preguntó.
No estaba acostumbrada a que me hicieran regalos y el detalle me había sorprendido. Ismael inclinó la cabeza sobre mí y  nuestras narices se rozaron. Entonces empezamos a besarnos tirados en la hierba. Estaba tan concentrada que no me di cuenta de que la gente pasaba a nuestro lado y nos miraba resoplando, como diciendo que vaya juventud. De repente, Ismael empezó a hacerme cosquillas. Estallamos en risas.
-Tontina-me dijo riéndose.
-Tontísima-dijo una voz.
Levanté la cabeza sorprendida, congelada. Esa voz. Riéndome nerviosa miré a mi hermano, que estaba en frente de nosotros tan tranquilo.
-Había salido a buscarte-comentó-no me habías contado que tenías novio.
-¿En serio? ¿De verdad? Se me habrá pasado-dije apartándome.
-¿Este es tu hermano?-preguntó Ismael.
De repente vi que sonreía satisfecho. Parecía estar riéndose de un chiste interno. Fruncí el entrecejo y suspiré con pesar.
-¡Sí, petardo, plasta!-exclamé sonrojándome- Ismael, mi hermano, mi hermano, Ismael.
-Vaya ya no tengo ni nombre-se quejó sonriente mi hermano que le tendió la mano alegremente.
“Maldito”, pensé observando cómo Mark me mostraba una mueca burlona. Ese gesto me llevó a tiempos remotos, por así decirlo, cuando jugábamos al escondite por la casa, cuando cogíamos los zapatos de mi padre, los escondíamos debajo de una mata y parecía que había alguien…
-Eres tonto-dije riéndome y levantándome.
Entonces, justo cuando iba a alcanzar a mi hermano para darle una colleja, para continuar con las divertidas risas, con los momentos incómodos… me paré. Con la mente congelada, la cara rasgada en una mueca. El corazón dejó de latir un instante en mi pecho, y a continuación, lo hizo rápidamente, con fuerza y continuidad. Pensé que se me iba a salir desbocado. Me dejé caer en la hierba, mientras hacía como que no oía las palabras de Ismael, que me miraba preocupado. Mi hermano tampoco hablaba. Miraba en mi misma dirección. Pero él no estaba helado. Él estaba serio, y apretaba los dientes para evitar escapar un alarido de furia interior.  Cerré los ojos y me sujeté la barriga con desconsuelo. Caminando de la mano iban una chica hermosa y rubia, de largos cabellos. No había tardado nada en reconocerla como la brillante chica de la fiesta, Victoria. Al que menos había tardado en reconocer, era al hombre que la acompañaba. Con las lágrimas a punto de desbordarse observé como mi padre se paraba helado frente a mí, después de tantos años. Qué duro debía ser encontrarse con una hija… muy duro.


sábado, 9 de abril de 2011

16. Tú sabes que te quiero

Observé con cierto dolor como Abril tenía la cabeza apoyada en el regazo de Ismael. Con la yema de sus dedos acariciaba su brazo. Ella me mandaba miradas furtivas de vez en cuando, las cuales yo interpretaba como muestra de victoria. Pero yo veía a Ismael incómodo, como si le molestaran sus propias acciones. Decidí ni pensar en ello  y centrarme en el juego. Vi como la botella giraba.
-¡Carla y Miranda!-exclamó Marta.
Me levanté a darle un beso en la mejilla. En el fondo este juego no me gustaba nada. No sabía que pasaría si me tocaba besar a Ismael.
-¡Ismael y Vanesa!
Miré con celos como Ismael dejaba la marca de sus labios en la mejilla de la chica y se volvía a sentar. Se me estaba haciendo insoportable. Pero entonces, tras que la botella girara una vez y otra, nos tocó. Una. A penas me rozó con sus labios. Dos. Tres.
-¡Morreo!-gritó María emocionada.
Cruzando las piernas escondí la cabeza. No quería. Observé de reojo a Abril y me sorprendió. Estaba riéndose y empujaba a Ismael hacia mí. No entendía nada. Nada de nada. Solo sé, que minutos después, estábamos en mi habitación, sentados en la cama, mirando cada uno por un lado.
-Podemos fingir que nos hemos besado e irnos-propuse haciendo círculos con mi dedo encima de la colcha.
-Ah…
 Su propuesta no me sorprendió. Sabía que él me seguía queriendo, y yo a él. En el fondo, no sabía por qué huía de él.
-Necesitaba que las cosas… fueran más despacio-murmuré.
Sentí como su mano se ponía sobre la mía y un escalofrío me recorrió. Le miré. Acercó su rostro al mío, y cuando pensé que me iba a besar, dejó su aliento sobre mis labios y salió de la habitación.  Mis ojos se inundaron de lágrimas. No podía. Esto era demasiado para mí. Era la primera vez, no podía culparme. Me metí dentro de mi cama y enterré la cara en lo más profundo de las sábanas.
Entonces imaginé a Ismael besando a otra. Ismael con otra. Yo no. Otra. Aparté las sábanas con rudeza y salí fuera de la habitación. Me apoyé en el marco de la puerta, y miré hacia el pasillo. Estaba apoyado en la pared y me miraba.
-¿Ya estás bien?-me preguntó.
-Sí…-murmuré.
Y acercándose a mí, me abrazó. Sus brazos me rodearon cálidos y fuertes. Unos brazos fieles, que no me iban a soltar nunca.
“-Sabes que te quiero, cariño.
-¿Seguro?
-Segurísimo. Mañana te traeré un regalito. Pero es una sorpresa.
-¿No me lo puedes dar ahora?
-Sé paciente. A tu hermano también le tengo uno, si no se enfadará. Tú no quieres que se enfade, ¿verdad?
-Ahora está siempre enfadado. Me echa siempre de su cuarto y no deja de dibujar “Marina” en su libreta. Creo que se ha buscado a una hermana mejor que yo.
-Eso no es verdad. Tú eres la mejor del mundo. Bueno, me voy, pórtate bien, ¿vale?
-¿A dónde vas?
-A trabajar.
-¿No has ido por la mañana?
-Por la tarde también. Duérmete y no me esperes despierta. Te quiero.
-Vale, papá…”
Me desperté en mi habitación, a la mañana siguiente. Me dolía la cabeza. Todos los recuerdos de la noche anterior se encontraban difusos en mi mente. Entonces me acordé y busqué desesperada a Ismael, pero en mi cama solo estaba yo.
-Se ha ido. Hace un rato-murmuró Natalia.
Tenía el pelo revuelto y las gafas torcidas sobre su nariz. En su regazo descansaban las increíbles aventuras de Sherlock Holmes. La miré con gesto de no entender.
-¿Aún no te enteras?-me espetó.-realmente eres tonta.
Sumergió su mente de nuevo en su libro y observé como pasaba las páginas con rapidez.
-Abril planeó todo esto-susurré.
-Ya te vas despertando-comentó ella sin apartar la vista de su lectura.-ese chico te llevó dormida a tu cuarto, te dejó allí y se durmió a tu lado. No objetamos nada. Hay que admitir que está muy bueno.
La miré sorprendida y logré divisar una sonrisa pícara en su cara.
-Bueno, y a ver si te concentras. Que con tu mal de amores no le dabas ni a una pelota.-se quejó.
-Bueno, eso te conviene, ¿no?
-Sí… pero no me apetece vencer a una idiota enamorada. Me apetece más vencerte en una situación en la que tenga la cabeza encima de los hombros. Para que veas que no me aprovecho de ti.
-No sueñes, Natalia.-murmuré- la competición, es mía.

viernes, 18 de marzo de 2011

15. El juego de la verdad

Me sentía asquerosamente sola. Podía ver en el autobús como Abril no dejaba de reírse, varios asientos atrás al lado de Ismael. Pero no sentía odio hacia ella… estaba demasiado confusa. ¿Qué había sucedido? ¿Y ese chico por el que se había pillado en la pandilla de su primo? ¿Por qué Ismael? ¿Es que acaso estaba jugando con sus sentimientos? ¿Realmente estaba Abril por él? ¿Había decidido que yo era tan tonta que no me lo merecía? ¿La había ofendido con mi forma de pensar? Eran tantas las preguntas arremolinadas en mi cabeza… hundí la cara entre mis brazos y apoyé la barbilla encima de mis piernas. Esto era horrible. Lo peor es que no estaba Sam para hacer de media entre la dos. Por un momento la eché de menos. A ella, y a la Abril simpática  y agradable que no era ni mi enemiga ni mi rival.
Para colmo tenía al lado a Natalia, una chica de pelo corto, castaño, y unas grandes gafas. Era muy delgada y pequeña, de la misma altura que Abril. Ella era muy seria y reservada; al principio pensé que era algo tímida, pero la chica no se cortaba ni un pelo a la hora de hablar. Tenía bastante genio. Pero era inteligente, eso era indudable. Tenía siempre buenas respuestas bajo la manga, y cuando alguien se metía con ella siempre se iba confuso, intentando darle sentido a sus palabras. En el fondo, al admiraba y la envidiaba. Se tomaba el tenis muy en serio, y analizaba el juego desde un punto teórico, evaluando cada movimiento. La observé. Estaba leyendo atentamente un libro. Miré de reojo el título. La aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle.
-¿Qué miras?-preguntó de repente haciéndome dar un sobresalto.
-Nada, es que ese libro parece interesante.-improvisé.
La chica cruzó una mirada con la mía casi amenazante, y finalmente, sonrió. Por un momento me sentí bien a su lado, como si aquella sonrisa hubiera derretido una especie de muralla de hielo entre los dos asientos.
-Es un hombre inteligente.-murmuró.
Yo sonreí.
-He oído hablar mucho de él, pero nunca me he leído un libro de Conan Doyle. ¿De qué van?
-Te sorprenderías-me dijo- es sencillamente…sorprendente. Te deja sin palabras.
Entablamos una conversación sobre libros, y estuve todo el viaje agradeciendo a Dios que hubiera leído tantos libros. Si no, posiblemente habría acabado todo el viaje aburrida con aquella ratona de biblioteca. Aunque en el fondo, yo también lo era. A medio camino, se me ocurrió mirar por el agujero entre el asiento y las cortinas para ver a Ismael. Estaba sentado en un asiento, mirando por la ventana muy serio, y con la mirada perdida.
Me dieron ganas de levantarme y darle un abrazo. Desde luego, había algo que no podía negar. Estaba enamorada de él hasta las cejas.  Le quería. Pero había algo que me impedía mostrar mis sentimientos. Un bache que no me dejaba avanzar.  Los últimos minutos del viaje los pasé mirando por la ventaba el reflejo de su cara, sin darme cuenta de la mirada inquisitiva de Natalia.

Al fin llegamos. El autobús se paró en un campamento. Con un bostezo y algo de pereza bajé por las escaleras de color metal. Cuando mis pies tocaron suelo sentí realmente el desafío que suponía aquella insignificante excursión. La brisa me golpeó como se me hubieran dado un raquetazo y cerré los puños con fortaleza. Algo que nunca podía permitir era sentirme derrotada. No podía destruir tan fácilmente ni torre defensiva, mi muro de piedra, mi muralla. Tenía que levantarla un poquito más cada día, para ser capaz de poder mirar más lejos cada vez. Porque pensaba hacer realidad el dicho que nunca había creído; del que siempre había desconfiado. Esa vieja y desfasada frase… “el tiempo cura todas las heridas”
-Pareces idiota.
Bajé de las nubes un instante. Natalia me estaba mirando con cara seria. Bajé un poco los ojos. Ahora que me daba cuenta, era algo más bajita que yo. También estaba algo menos plana que yo. Suspiré. Qué mala es la envidia.
-Sigues pareciéndolo.
-Ya-dije cansinamente.
-Hay que ver-murmuró ella esbozando una media sonrisa casi amenazante-la gente se vuelve tonta con ese tipo de cosas…
La miré de nuevo sorprendida. Ella transformó su sonrisa en una mueca y continuó caminando. “Con ese tipo de cosas…” Iba a quedarme reflexionando sobre ello, pero la entrenadora acabó llamándome la atención y seguí a los demás como una oveja perdida de su rebaño. La oveja negra.


-Carla estás en Babia-murmuró María tirándome un saco de dormir a la cara.
-¿En serio?-pregunté con una sonrisa fingida.
-Carla, vuelve a la tierra…-murmuró Marta saltando sobre el colchón de la cama.
-¿Pero Babia no está en la tierra?
-Babia no existe, tonta.
-¡Sí que existe! Erabia, o algo así…
-¡Eso es Arabia pedazo de ignorante!
Sonrió, esta vez sin fingir. Me ha tocado en un grupo de chicas con María, Marta, Miranda y Natalia. Ya os habréis fijado. Las tres M. Si nunca he hablado de ellas es porque podría dedicarle horas y aún no contaría del todo todas sus locuras y facetas.
Un resumen rápido. María; cuando suspende se ríe y cuando aprueba llora. Cree que el mundo es plano y que el barro es chocolate agrio. Miranda; es lista, inteligente… se pasa la vida corrigiendo a María. Se sabe más dichos que mi abuela y se pasa las clases de tenis calculando la velocidad y el tiempo de los raquetazos de sus rivales. Su excusa… “recolecto datos”. Marta; sus chistes son malísimos, pero la manera que tiene de contarlos la hacen la más chistosa del grupo. La han expulsado del instituto varias veces por contestar de forma chistosa las preguntas de los exámenes…
Tienen su grupito formado. En el fondo me dan envidia. Tienen un año menos que yo y una amistad férrea. No podía evitar pensar en Abril continuamente.  
Bufé.
-Venga, anima esa cara-me dijo Miranda- estás muy seria. ¿No será por Isma? Me han contado que tenéis una especie de romance extraño…
Ala. Hachazo.
-Jaja, ¿Yo? ¿Con ése? Ni de coña-respondí sonriendo y riéndome.- rumores…
-Me alegro de que sea así-murmuró Miranda- porque el chico está buenísimo, si está libre, pues mejor…
Sonreí y me giré rápidamente para que no vieran mi cara indignada, furiosa y de mentirosa… de una estúpida mentirosa. Me tapé la cara con las manos fingiendo que me frotaba los ojos. Absorta en mi tarea como estaba no me di cuenta de cómo Natalia entraba en la conversación y reía animadamente con las otras.
-¿Por qué no jugamos al juego de la verdad?-peguntó de repente.
Dejé de frotarme los ojos y puse la oreja atendiendo.
-¡Venga!-exclamó Marta-llamemos a los demás y juguemos un rato sentados en las esterillas.
Me mordí el labio. Sin duda, me parecía una mala idea. Quizá era mejor mantenerme apartada…sí, mejor. Las tres M se fueron a llamar a los demás, y me quedé sola con Natalia. Ella me miró  y yo intenté prestarle atención al paisaje tras la ventana.
-Qué mal mientes-comentó.
La miré un instante seria, y observé cómo se alejaba fuera de la habitación. Cuando desapareció de mi vista. Me reí, y esta vez con ganas. Natalia era una persona interesante. Miré al vacío absorta. Si jugaba a ese juego de la verdad…  iba a caer como una mosca. Porque estaba jodida. Realmente jodida. Una mentira inocultable.

domingo, 6 de marzo de 2011

14. Rivales, ¿no?

Como una idiota, como una estúpida. Así me había comportado y así era. Quería tirarme por la ventana y caer en los rosales, dejarme marcas en la cara de las espinas, y mirarme todo los días en el espejo para recordarme lo idiota y estúpida que era. Podía verme reflejaba en el espejo de mi habitación. Una niñata tonta, con la cara roja como un tomate. Me hundí en el edredón de mi cama, y enterré la cara en él. “Mañana será un nuevo día”, me dije convencida. Miré de reojo mi estantería, y me entretuve leyendo los títulos de mis libros. “Rosas”, “Una lúgubre estación”, “Esclava de tu amor”, “Libertad entre rejas”, “Romeo y Julieta”…
Me fui hacia el reproductor de música que tenía apretado entre los libros de la estantería y lo encendí. Dejando que la música inundara mis oídos y limpiara mis pensamientos.

Me desperté a la mañana siguiente, como si no hubieran pasado las horas, y me miré inmediatamente en el espejo. Intenté sonreír, pero me salió una mueca torcida. Empecé a apartarme el pelo de la cara, y me miré de nuevo, poniendo una pose extravagante. Ni por ésas. Me levanté de la cama y me fui al baño a limpiarme la cara.
Abrí la ventana  con cierta dificultad, y saqué la cabeza al exterior. Dejé que la brisa me acariciara, pero en seguida me metí y cerré la ventana. Era una mañana fresca, y se notaba ya que estaba viniendo el frío. Me froté las manos y abrí el armario. Saqué unos vaqueros, unas deportivas y una sudadera, y ya vestida, bajé a desayunar. Mi madre estaba haciendo tostadas. Suspiré de alivio. Mi profe no se había vuelto a quedar en la mía casa. No era partidaria de que rompieran, o algo parecido, pero me incomodaba ir con cuidado por toda la casa con temor a molestarles.
-¿Qué te pasó ayer?-me preguntó mi madre sentándose en una silla a mi lado, fingiendo que no le importaba en absoluto mi respuesta, y que preguntaba por preguntar.
-Me enfadé con alguien-admití omitiendo detalles y con discreción.
-¿Con Abril?-preguntó.
-Con un compañero de clase.-dije interrumpiendo maldiciendo en mis pensamientos.
Me serví un vaso de zumo, y sin pensar, metí una cuchara dentro. Mi madre observó con astucia mi gesto y añadió:
-¿Vas a echar galletas dentro del zumo?
-¿Por qué no?-pregunté con picardía mientras me comía rápidamente una tostada- ¿Nunca lo has probado? Lo último en desayunos, mamá, estás muy anticuada.
-Bueno, pues ese compañero de clase te hizo llorar…-comentó mi madre mirándome de reojo.
Había ignorado por completo mi evasiva. Era muy difícil desviar a mi madre de un tema, sobre todo si “ese tema en particular”, le interesaba a ella.
-Tú sabes que a veces del enfado lloro-mentí con descaro- ya sabes, la impotencia… la gente es muy fresca…
Me bebí el zumo de un trago y me levanté estrepitosamente para evitar más preguntas. Dejé a mi madre desayunando, con el ceño fruncido. Era obvio que mi madre no se tragaba las bolas, y menos las mías. Pero qué le íbamos a hacer. Estaba empezando a ejercer en el oficio, no se me podía exigir mucho…

Caminé por la calle con algo de miedo, pero tuve la suerte de no encontrarme con él. No habría sido capaz de actuar con coherencia delante de él. No habría sabido… reaccionar.  Aunque, tendría que afrontarlo en clase. Y lo peor… Abril. El otro día no había venido al tenis, pero en seguida notaría que la había cagado. Por suerte, la estuve esquivando todo el tiempo y ella ni se coscó; estuve todo el tiempo pensando en el examen de literatura del que no tenía ni puñetera idea. O eso me quería hacer creer. Ni idea. Lo interesante vino a la tarde, cuando ya estaba totalmente despejada y pudo atacarme con libertad…
-Bueno, ¿qué tal con tu novio?-me preguntó desperezándose mientras íbamos andando al tenis.
-Uy, bien-mentí- el otro día… discutimos.-acabé admitiendo.
-Discutiendo…-comentó tranquila. -¿QUÉ?
La miré con una sonrisita de oreja a oreja nerviosa, ignorando el hecho de que me miraba como si yo fuera idiota y fuera a estrangularme allí mismo.
-Verás, esto del amor no es lo mío.-dije mirando hacia el suelo y caminando más rápido.
-Boba-me espetó ella- ¿tú le quieres?
No respondí.
-Estoy confundida, tía.-dije rascándome la cabeza-no sé que hacer.
-Pues entonces…-dijo riéndose- me lo quedo yo.
Me guiñó un ojo y sonriente echó a correr cuesta abajo. Me quedé paralizada mientras veía su pequeña figura alejarse. No me había dado cuenta de lo peligrosa que podía ser Abril cuando se lo proponía. Me abracé el pecho como si me hubieran arrancado un trozo del corazón. Me había quedado muda con sus palabras. Al momento imaginé a Abril besando los labios de Ismael, abrazándole, y casi me caigo al suelo de la impresión.
Me desperté soltándome un guantazo, y eché a correr hacia la ciudad deportiva. Ya allí, vi como Abril me miraba de reojo. La fulminé con la mirada. ¿Por qué me hacía esto? Vi como astutamente empezaba a cogerle del brazo mientras sonreía y hacía unas cuantas bromas. Pero él no parecía muy motivado y se limitaba a sonreír de pega. De algún modo, sentí alivio, pero por otro, me sentí algo mal por sentirlo. Él me había… dejado. O eso creía, ni idea. El caso es, que no tenía derecho a sentir celos después de eso. Entré en la pista, mirando su figura al lado de Abril. Él no me dirigió ni una sola mirada, pero vi como su ánimo mejoraba rápidamente. Miré con recelo como respondía con alegría las penosas bromas de mi amiga.
-Bueno chicos-exclamó la entrenadora entrando en la pista con varios carros llenos de pelotas y su raqueta en la espalda.-os traigo una sorpresa.
Alcé la vista con interés. Cualquier cosa que consiguiera sacarme de mi cárcel mental merecía mi atención.
-Se va a hacer un campamento de tenis próximamente, durará dos días. Está organizado por la ciudad deportiva, y vendrán chicos de las otras clases también. Es el próximo fin de semana.
-¡Qué guay!-exclamó Abril dando saltitos- ¿dónde será?
-En un pueblo de la comunidad, que tiene un campamento con pistas.-anunció la entrenadora con una sonrisa.- vendréis, ¿no?
Yo fijé mi vista en el suelo. En otras circunstancias me habría ilusionado. Pero en esos momentos… sólo tenía ganas de dar raquetazos… a alguien.
-Carla, vendrás, ¿no?-me preguntó la entrenadora.
Por un momento me sentí casi presionada. La miré un instante, y de repente, se me aceleró el corazón. Todos me estaban mirando. Él me estaba mirando.
-Claro-dije con una sonrisa falsa.-iré sin dudarlo.
La entrenadora dio una palmada y empezó la clase. Calentamos corriendo un poco, y vi algo molesta, como Abril no se separaba un palmo de Ismael.
-¡Qué guay!-gritó Abril con voz aguda.
Dio varios saltitos, y corriendo hacia a mí se abalanzó sobre mí dándome un abrazo. Me quedé algo desconcertada. Cada vez era más confuso y no sabías lo que te podías esperar de ella. Entonces me quedé helada. Justo cuando acercó su boca a mi oreja y dijo suavemente:
-Rivales, ¿no?
Me soltó y yo me quedé mirando a Ismael. Él sacó la raqueta de su funda y tras dirigirme una mirada inexpresiva pasó a mi lado sin decirme nada. Lo había oído.