viernes, 18 de marzo de 2011

15. El juego de la verdad

Me sentía asquerosamente sola. Podía ver en el autobús como Abril no dejaba de reírse, varios asientos atrás al lado de Ismael. Pero no sentía odio hacia ella… estaba demasiado confusa. ¿Qué había sucedido? ¿Y ese chico por el que se había pillado en la pandilla de su primo? ¿Por qué Ismael? ¿Es que acaso estaba jugando con sus sentimientos? ¿Realmente estaba Abril por él? ¿Había decidido que yo era tan tonta que no me lo merecía? ¿La había ofendido con mi forma de pensar? Eran tantas las preguntas arremolinadas en mi cabeza… hundí la cara entre mis brazos y apoyé la barbilla encima de mis piernas. Esto era horrible. Lo peor es que no estaba Sam para hacer de media entre la dos. Por un momento la eché de menos. A ella, y a la Abril simpática  y agradable que no era ni mi enemiga ni mi rival.
Para colmo tenía al lado a Natalia, una chica de pelo corto, castaño, y unas grandes gafas. Era muy delgada y pequeña, de la misma altura que Abril. Ella era muy seria y reservada; al principio pensé que era algo tímida, pero la chica no se cortaba ni un pelo a la hora de hablar. Tenía bastante genio. Pero era inteligente, eso era indudable. Tenía siempre buenas respuestas bajo la manga, y cuando alguien se metía con ella siempre se iba confuso, intentando darle sentido a sus palabras. En el fondo, al admiraba y la envidiaba. Se tomaba el tenis muy en serio, y analizaba el juego desde un punto teórico, evaluando cada movimiento. La observé. Estaba leyendo atentamente un libro. Miré de reojo el título. La aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle.
-¿Qué miras?-preguntó de repente haciéndome dar un sobresalto.
-Nada, es que ese libro parece interesante.-improvisé.
La chica cruzó una mirada con la mía casi amenazante, y finalmente, sonrió. Por un momento me sentí bien a su lado, como si aquella sonrisa hubiera derretido una especie de muralla de hielo entre los dos asientos.
-Es un hombre inteligente.-murmuró.
Yo sonreí.
-He oído hablar mucho de él, pero nunca me he leído un libro de Conan Doyle. ¿De qué van?
-Te sorprenderías-me dijo- es sencillamente…sorprendente. Te deja sin palabras.
Entablamos una conversación sobre libros, y estuve todo el viaje agradeciendo a Dios que hubiera leído tantos libros. Si no, posiblemente habría acabado todo el viaje aburrida con aquella ratona de biblioteca. Aunque en el fondo, yo también lo era. A medio camino, se me ocurrió mirar por el agujero entre el asiento y las cortinas para ver a Ismael. Estaba sentado en un asiento, mirando por la ventana muy serio, y con la mirada perdida.
Me dieron ganas de levantarme y darle un abrazo. Desde luego, había algo que no podía negar. Estaba enamorada de él hasta las cejas.  Le quería. Pero había algo que me impedía mostrar mis sentimientos. Un bache que no me dejaba avanzar.  Los últimos minutos del viaje los pasé mirando por la ventaba el reflejo de su cara, sin darme cuenta de la mirada inquisitiva de Natalia.

Al fin llegamos. El autobús se paró en un campamento. Con un bostezo y algo de pereza bajé por las escaleras de color metal. Cuando mis pies tocaron suelo sentí realmente el desafío que suponía aquella insignificante excursión. La brisa me golpeó como se me hubieran dado un raquetazo y cerré los puños con fortaleza. Algo que nunca podía permitir era sentirme derrotada. No podía destruir tan fácilmente ni torre defensiva, mi muro de piedra, mi muralla. Tenía que levantarla un poquito más cada día, para ser capaz de poder mirar más lejos cada vez. Porque pensaba hacer realidad el dicho que nunca había creído; del que siempre había desconfiado. Esa vieja y desfasada frase… “el tiempo cura todas las heridas”
-Pareces idiota.
Bajé de las nubes un instante. Natalia me estaba mirando con cara seria. Bajé un poco los ojos. Ahora que me daba cuenta, era algo más bajita que yo. También estaba algo menos plana que yo. Suspiré. Qué mala es la envidia.
-Sigues pareciéndolo.
-Ya-dije cansinamente.
-Hay que ver-murmuró ella esbozando una media sonrisa casi amenazante-la gente se vuelve tonta con ese tipo de cosas…
La miré de nuevo sorprendida. Ella transformó su sonrisa en una mueca y continuó caminando. “Con ese tipo de cosas…” Iba a quedarme reflexionando sobre ello, pero la entrenadora acabó llamándome la atención y seguí a los demás como una oveja perdida de su rebaño. La oveja negra.


-Carla estás en Babia-murmuró María tirándome un saco de dormir a la cara.
-¿En serio?-pregunté con una sonrisa fingida.
-Carla, vuelve a la tierra…-murmuró Marta saltando sobre el colchón de la cama.
-¿Pero Babia no está en la tierra?
-Babia no existe, tonta.
-¡Sí que existe! Erabia, o algo así…
-¡Eso es Arabia pedazo de ignorante!
Sonrió, esta vez sin fingir. Me ha tocado en un grupo de chicas con María, Marta, Miranda y Natalia. Ya os habréis fijado. Las tres M. Si nunca he hablado de ellas es porque podría dedicarle horas y aún no contaría del todo todas sus locuras y facetas.
Un resumen rápido. María; cuando suspende se ríe y cuando aprueba llora. Cree que el mundo es plano y que el barro es chocolate agrio. Miranda; es lista, inteligente… se pasa la vida corrigiendo a María. Se sabe más dichos que mi abuela y se pasa las clases de tenis calculando la velocidad y el tiempo de los raquetazos de sus rivales. Su excusa… “recolecto datos”. Marta; sus chistes son malísimos, pero la manera que tiene de contarlos la hacen la más chistosa del grupo. La han expulsado del instituto varias veces por contestar de forma chistosa las preguntas de los exámenes…
Tienen su grupito formado. En el fondo me dan envidia. Tienen un año menos que yo y una amistad férrea. No podía evitar pensar en Abril continuamente.  
Bufé.
-Venga, anima esa cara-me dijo Miranda- estás muy seria. ¿No será por Isma? Me han contado que tenéis una especie de romance extraño…
Ala. Hachazo.
-Jaja, ¿Yo? ¿Con ése? Ni de coña-respondí sonriendo y riéndome.- rumores…
-Me alegro de que sea así-murmuró Miranda- porque el chico está buenísimo, si está libre, pues mejor…
Sonreí y me giré rápidamente para que no vieran mi cara indignada, furiosa y de mentirosa… de una estúpida mentirosa. Me tapé la cara con las manos fingiendo que me frotaba los ojos. Absorta en mi tarea como estaba no me di cuenta de cómo Natalia entraba en la conversación y reía animadamente con las otras.
-¿Por qué no jugamos al juego de la verdad?-peguntó de repente.
Dejé de frotarme los ojos y puse la oreja atendiendo.
-¡Venga!-exclamó Marta-llamemos a los demás y juguemos un rato sentados en las esterillas.
Me mordí el labio. Sin duda, me parecía una mala idea. Quizá era mejor mantenerme apartada…sí, mejor. Las tres M se fueron a llamar a los demás, y me quedé sola con Natalia. Ella me miró  y yo intenté prestarle atención al paisaje tras la ventana.
-Qué mal mientes-comentó.
La miré un instante seria, y observé cómo se alejaba fuera de la habitación. Cuando desapareció de mi vista. Me reí, y esta vez con ganas. Natalia era una persona interesante. Miré al vacío absorta. Si jugaba a ese juego de la verdad…  iba a caer como una mosca. Porque estaba jodida. Realmente jodida. Una mentira inocultable.

domingo, 6 de marzo de 2011

14. Rivales, ¿no?

Como una idiota, como una estúpida. Así me había comportado y así era. Quería tirarme por la ventana y caer en los rosales, dejarme marcas en la cara de las espinas, y mirarme todo los días en el espejo para recordarme lo idiota y estúpida que era. Podía verme reflejaba en el espejo de mi habitación. Una niñata tonta, con la cara roja como un tomate. Me hundí en el edredón de mi cama, y enterré la cara en él. “Mañana será un nuevo día”, me dije convencida. Miré de reojo mi estantería, y me entretuve leyendo los títulos de mis libros. “Rosas”, “Una lúgubre estación”, “Esclava de tu amor”, “Libertad entre rejas”, “Romeo y Julieta”…
Me fui hacia el reproductor de música que tenía apretado entre los libros de la estantería y lo encendí. Dejando que la música inundara mis oídos y limpiara mis pensamientos.

Me desperté a la mañana siguiente, como si no hubieran pasado las horas, y me miré inmediatamente en el espejo. Intenté sonreír, pero me salió una mueca torcida. Empecé a apartarme el pelo de la cara, y me miré de nuevo, poniendo una pose extravagante. Ni por ésas. Me levanté de la cama y me fui al baño a limpiarme la cara.
Abrí la ventana  con cierta dificultad, y saqué la cabeza al exterior. Dejé que la brisa me acariciara, pero en seguida me metí y cerré la ventana. Era una mañana fresca, y se notaba ya que estaba viniendo el frío. Me froté las manos y abrí el armario. Saqué unos vaqueros, unas deportivas y una sudadera, y ya vestida, bajé a desayunar. Mi madre estaba haciendo tostadas. Suspiré de alivio. Mi profe no se había vuelto a quedar en la mía casa. No era partidaria de que rompieran, o algo parecido, pero me incomodaba ir con cuidado por toda la casa con temor a molestarles.
-¿Qué te pasó ayer?-me preguntó mi madre sentándose en una silla a mi lado, fingiendo que no le importaba en absoluto mi respuesta, y que preguntaba por preguntar.
-Me enfadé con alguien-admití omitiendo detalles y con discreción.
-¿Con Abril?-preguntó.
-Con un compañero de clase.-dije interrumpiendo maldiciendo en mis pensamientos.
Me serví un vaso de zumo, y sin pensar, metí una cuchara dentro. Mi madre observó con astucia mi gesto y añadió:
-¿Vas a echar galletas dentro del zumo?
-¿Por qué no?-pregunté con picardía mientras me comía rápidamente una tostada- ¿Nunca lo has probado? Lo último en desayunos, mamá, estás muy anticuada.
-Bueno, pues ese compañero de clase te hizo llorar…-comentó mi madre mirándome de reojo.
Había ignorado por completo mi evasiva. Era muy difícil desviar a mi madre de un tema, sobre todo si “ese tema en particular”, le interesaba a ella.
-Tú sabes que a veces del enfado lloro-mentí con descaro- ya sabes, la impotencia… la gente es muy fresca…
Me bebí el zumo de un trago y me levanté estrepitosamente para evitar más preguntas. Dejé a mi madre desayunando, con el ceño fruncido. Era obvio que mi madre no se tragaba las bolas, y menos las mías. Pero qué le íbamos a hacer. Estaba empezando a ejercer en el oficio, no se me podía exigir mucho…

Caminé por la calle con algo de miedo, pero tuve la suerte de no encontrarme con él. No habría sido capaz de actuar con coherencia delante de él. No habría sabido… reaccionar.  Aunque, tendría que afrontarlo en clase. Y lo peor… Abril. El otro día no había venido al tenis, pero en seguida notaría que la había cagado. Por suerte, la estuve esquivando todo el tiempo y ella ni se coscó; estuve todo el tiempo pensando en el examen de literatura del que no tenía ni puñetera idea. O eso me quería hacer creer. Ni idea. Lo interesante vino a la tarde, cuando ya estaba totalmente despejada y pudo atacarme con libertad…
-Bueno, ¿qué tal con tu novio?-me preguntó desperezándose mientras íbamos andando al tenis.
-Uy, bien-mentí- el otro día… discutimos.-acabé admitiendo.
-Discutiendo…-comentó tranquila. -¿QUÉ?
La miré con una sonrisita de oreja a oreja nerviosa, ignorando el hecho de que me miraba como si yo fuera idiota y fuera a estrangularme allí mismo.
-Verás, esto del amor no es lo mío.-dije mirando hacia el suelo y caminando más rápido.
-Boba-me espetó ella- ¿tú le quieres?
No respondí.
-Estoy confundida, tía.-dije rascándome la cabeza-no sé que hacer.
-Pues entonces…-dijo riéndose- me lo quedo yo.
Me guiñó un ojo y sonriente echó a correr cuesta abajo. Me quedé paralizada mientras veía su pequeña figura alejarse. No me había dado cuenta de lo peligrosa que podía ser Abril cuando se lo proponía. Me abracé el pecho como si me hubieran arrancado un trozo del corazón. Me había quedado muda con sus palabras. Al momento imaginé a Abril besando los labios de Ismael, abrazándole, y casi me caigo al suelo de la impresión.
Me desperté soltándome un guantazo, y eché a correr hacia la ciudad deportiva. Ya allí, vi como Abril me miraba de reojo. La fulminé con la mirada. ¿Por qué me hacía esto? Vi como astutamente empezaba a cogerle del brazo mientras sonreía y hacía unas cuantas bromas. Pero él no parecía muy motivado y se limitaba a sonreír de pega. De algún modo, sentí alivio, pero por otro, me sentí algo mal por sentirlo. Él me había… dejado. O eso creía, ni idea. El caso es, que no tenía derecho a sentir celos después de eso. Entré en la pista, mirando su figura al lado de Abril. Él no me dirigió ni una sola mirada, pero vi como su ánimo mejoraba rápidamente. Miré con recelo como respondía con alegría las penosas bromas de mi amiga.
-Bueno chicos-exclamó la entrenadora entrando en la pista con varios carros llenos de pelotas y su raqueta en la espalda.-os traigo una sorpresa.
Alcé la vista con interés. Cualquier cosa que consiguiera sacarme de mi cárcel mental merecía mi atención.
-Se va a hacer un campamento de tenis próximamente, durará dos días. Está organizado por la ciudad deportiva, y vendrán chicos de las otras clases también. Es el próximo fin de semana.
-¡Qué guay!-exclamó Abril dando saltitos- ¿dónde será?
-En un pueblo de la comunidad, que tiene un campamento con pistas.-anunció la entrenadora con una sonrisa.- vendréis, ¿no?
Yo fijé mi vista en el suelo. En otras circunstancias me habría ilusionado. Pero en esos momentos… sólo tenía ganas de dar raquetazos… a alguien.
-Carla, vendrás, ¿no?-me preguntó la entrenadora.
Por un momento me sentí casi presionada. La miré un instante, y de repente, se me aceleró el corazón. Todos me estaban mirando. Él me estaba mirando.
-Claro-dije con una sonrisa falsa.-iré sin dudarlo.
La entrenadora dio una palmada y empezó la clase. Calentamos corriendo un poco, y vi algo molesta, como Abril no se separaba un palmo de Ismael.
-¡Qué guay!-gritó Abril con voz aguda.
Dio varios saltitos, y corriendo hacia a mí se abalanzó sobre mí dándome un abrazo. Me quedé algo desconcertada. Cada vez era más confuso y no sabías lo que te podías esperar de ella. Entonces me quedé helada. Justo cuando acercó su boca a mi oreja y dijo suavemente:
-Rivales, ¿no?
Me soltó y yo me quedé mirando a Ismael. Él sacó la raqueta de su funda y tras dirigirme una mirada inexpresiva pasó a mi lado sin decirme nada. Lo había oído.

jueves, 10 de febrero de 2011

13. Lo que empezó, se acabó.

Me desperté suavemente. Estaba en casa. Al fin. Suspiré. A penas recordaba nada del día anterior. Era uno de ésos lunes que quieres que lleguen pero cuando han llegado, tienes miedo. Aferré con fuerza las sábanas. Al final me levanté con algo de malestar. Me veía fea en el espejo. En definitiva… iba a ser uno de ésos horribles días en los que quieres darte un tortazo con una puerta y no despertarte hasta el viernes. Y por desgracia, hoy tenía que afrontar aquello que había eludido todo el tiempo… el amor. Pero eso era algo que yo solita había aceptado. Aunque ayer me había sentido fuerte, hoy se sentía vacía y con miedo. No se veía capaz de afrontar ciertas cosas. Tenía miedo.  Había logrado sonreír, y por un instante ser feliz por la felicidad de mi madre. Salí de mi cuarto, bajé las escaleras de puntillas y miré un poco desde el marco de la puerta de la cocina. Observé con algo de emoción como mi madre tenía los brazos alrededor del cuello de mi profesor suplente y lo besaba. Ambos sonreían. Mi madre era una mujer joven de unos treinta años y cinco años, y él… más de lo mismo. Parecían piezas del mismo tamaño, acoplables la una a la otra. Di una vuelta sobre mí misma e hice un poco de ruido en el pasillo para que se dieran cuenta de que “bajaba las escaleras”.  Llevaban muy poco tiempo juntos como para ya darse esos “besos”, pero no objeté nada cuando pasé a la cocina y cogí un tazón azul del armario. Era incapaz de olvidar, como una estúpida inexperta como yo se había echado encima de Ismael de esa manera el otro día. Me eché leche tranquilamente, mientras ignoraba como mi madre me miraba con cierta incomodidad. Yo había decidido mostrarme tolerante a su relación, y de cierto modo, me parecía hasta hermoso… pero esos eran sentimientos que no me apetecía que ni mi madre ni David supieran.
Cuando terminé de desayunar y prepararme, salí de casa. Recé para no encontrarme con la sonrisa burlona de Ismael, pero no tuve tan buena suerte. Se me quedó mirando desde el portal de su casa, y luego se acercó a mí. Me sentí mal cuando sus labios buscaron los míos. De mala gana le respondí.
-¿Qué te pasa?-me preguntó cogiendo una de mis manos.
-Nada… es sólo… que me siento extraña-murmuré sin mirarle a los ojos.
-¿Vas a arrepentirte?
-¿Me dejarías?
-Seguramente no.
-Idiota.
-Tú.
-Dejémoslo.
-Vale.
Con un paso alcanzó mi muñeca y tiró de ella, dejando nuestros labios a tan sólo unos centímetros.
-Ahora que eres mía, no pienso dejarte escapar.-murmuró acariciándome la mejilla.
No dije nada, mientras un escalofrío me recorría todo el cuerpo. Me sentía protegida entre sus brazos, y a la vez, la más vulnerable. Acercó sus labios a los míos y me robó un beso. Me supo a dulce; un sabor travieso y cariñoso. Con la punta de la lengua me tocó los labios. En otro momento me habría parecido asqueroso, pero viniendo de él… entonces me asusté y volví en mí, como un mochuelo que se despierta en casa ajena. Eché a correr, y simulé débilmente una risa. Quería darle a entender que le quería, sin limitaciones, pero debajo de esa sonrisa, se escondía aún, un rostro hinchado y lleno de lágrimas.
Llegamos al instituto como dos auténticos polos norte. Y si digo esto, fue, porque después de aquél beso, no me acerqué a él a más de medio metro. Me asustaba ya, hasta de mí misma. De lo que pudiera hacer. Estaba incumpliendo con rapidez, todas mis promesas. Esos juramentos de lágrimas y dolor, que se rompían y se hacían añicos frente a mi nueva adtitud. Entré en clase, y sin mirar atrás, dejé mi mochila sobre mi pupitre y me acerqué a Sam y a Abril.
-Ya viene la leona-comentó Abril con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Leona?-pregunté extrañada.
-Al final cumpliste, ¡vi en directo el morreo del armario!-exclamó ella entusiasmada.
-¿Morreo?-pregunté asustada. Deseé que eso no hubiera sido verdad, pero, ¿De qué otro modo podía saberlo? Gruñí.
-¿Sois novios?-preguntó Sam con una sonrisa pícara.
-N-No lo sé…-balbuceé. Y era la verdad. No estaba segura de en qué punto estaba nuestra relación. Era todo tan confuso… el beso de esta mañana… el miedo…
“Ahora que eres mía no pienso dejarte escapar…”

El día transcurrió algo movido. Procuraba esquivar a Ismael, pero era algo muy complicado. De pronto sentía su mano bailando cerca de mi cintura, sus labios en mi cuello o sus brazos a mi alrededor. Yo intentaba escapar, como una idiota. No sabía que en realidad le hacía daño. Pero es que yo no quería eso. Yo quería que fuéramos amigos, y a la vez, más que eso. Yo…


-Me estás esquivando.
-No digas tonterías.
Hice un revés, que hizo una onda extraña, y la pelota dio en la red. Miré hacia el suelo ignorando la mirada enfadada de Ismael.
-No te centras.
-Todo el mundo puede tener un mal día.
-Y todo tiene una causa.
Di una derecha que pasó de milagro por encima de la red. Él remató con una fuerte volea, y ni me esmeré en intentar parar la pelota con una buena derecha de fondo. Dejé que la pelota cayera en el pasillo de dobles, y clavé mi mirada en él desafiante.
-Tú tampoco por lo que se ve-dije yo como una cuchilla.
-Tú me desconcentras-me acusó algo furioso.
Cogí la pelota y se la tiré de mala gana. Él la cogió con habilidad, e hizo un saque asesino. Con rabia le devolví la pelota. Satisfecha cogí otra bola. Iba perdiendo, pero estaba remontando. Seguí jugando casi con violencia, inconsciente de que cada golpe que daba era como un puñal que se clavaba en su corazón, como un metro de separación entre nosotros, lejos, cada vez más lejos.
-¡Qué juego!-exclamó la profesora pasando por nuestra pista-seguid así chicos.
Estuvimos toda la clase lanzándonos bolas asesinas, tratando de jodernos mutuamente. Entonces la profesora pitó con ese maldito silbato rojo que tiene colgado del cuello y finalizó la clase. Yo sonreí. Había ganado. Observé su cara. Estaba abatido y furioso. Por un momento no me sentí satisfecha, pero luego volví a mi sonrisa triunfal y devastadora. Cuando iba a irme, me encontré con que había corrido hacia mi lado de la pista y me sujetaba la muñeca, enfadado. De nuevo volvía a encontrarme de cara con la realidad.
-Dime  por qué me esquivas.-exigió saber.
-No lo hago. Suéltame idiota, me haces daño-me quejé.
-Mentira. No respondes a nada. Como si no me quisieras.-espetó.
Me sentó como una cuchillada. Yo no había dicho que lo quisiera, pero sí lo sentía. Sin embargo, el dolor me hizo responder palabras que jamás habría dicho mi corazón.
-Entonces será que no me entiendes también como creía.-musité.
-No vengas con gilipolleces-exclamó él fuera de sí.
Fijé mi vista en el suelo; no quería mirarle. Sabía que si lo haría me rompería en pedazos y empezaría a llorar. ¿Por qué estaba sucediendo esto? No podía evitar sentirme incómoda cuando estaba a su lado. Casi me sentía sola, sin gente a mi alrededor, ausente. La profesora se acercó seria y nos miró.
-No os estaréis peleando, ¿Verdad?-preguntó.
-No, no pasa nada-dijo él sonriendo falsamente.-puede irse, nosotros cerramos la pista.
Ella asintió y se fue. La vi caminar lejos, y tuve miedo de que se marchara, estaba asustada. Pero no podía huir. Las cosas nos estaban saliendo bien, pero aún así, tenía que afrontarlas.
-Admítelo. No sé que te pasa. Estás muy diferente del otro día.-susurró él.
-Será que entonces estaba confundida.-dije atropelladamente.
-Entonces, ¿no sientes nada por mí?-preguntó con un hilo de voz.
-Quiero que seamos amigos.-exclamé empezando a ponerme nerviosa- y a la vez te quiero. No entiendo esto, yo…
-No vengas con gilipolleces Carla. ¿Qué es lo que quieres? Estoy harto de esta situación. Cuando tengas las cosas claras… sabes dónde está mi casa.
Diciendo esto, soltó mi muñeca y salió de la pista con paso rápido. Me quedé mirando su figura alejándose horrorizada. Se había cansado. De mí. De mi indecisión. Habíamos roto sin llevar juntos ni dos días. ¿Qué había hecho? El otro día tenía las cosas muy claras, pero hoy… me tapé la boca con las manos y ahogué un sollozo. Y después de ése, vinieron muchos más. Me dejé caer en la pista y apoyé las manos en el suelo. ¿Así era el amor? ¿Dónde estaba esa dureza que siempre había mostrado? ¿Dónde estaba mi coraza de hierro, mi protección eterna? Sonreí de rabia, de locura, de dolor. Todo de resumía en una frase; lo que empezó se acabó.






lunes, 7 de febrero de 2011

12. Perfección

Cada uno tiene su ideal de la perfección. El mío es rígido, imperturbable. Cuando mi mirada se queda fija en sus formas, y maravillada por su esplendor… he visto la perfección.


Con cuidado, me puse un cintillo blanco. Me miré al espejo. Tenía el pelo perfecto, me caía con suaves ondas por encima de los hombros, brillante y limpio. Observé mis ojos desafiantes reflejados. Yo, Victoria Marlo Evans. Perfecta. Cada una de mis formas era reflejada con exactitud en aquella superficie. Sonreí con malicia. La chica de las dos caras. La perfección era una de mis cualidades. Perfección, perfección, perfección. Una sonrisa perfecta; labios gruesos y definidos, siempre brillantes; piel blanca, sin marcas ni grasa, ojos grandes y marcados; azules como el cielo, alegres y a la vez sombríos; pelo rubio y largo…
Pero a veces pienso que no debería haber nacido. Cuando nací, mi madre no se había casado si quiera con mi padre. Imperfección. La primera de mi vida. El puente que se derrumba, la música que se rompe. Pero eso terminó hace tiempo. Ahora sí que soy perfecta. El David de Miguel Ángel… una vulgar imitación de la belleza comparándose conmigo. Estaba obsesionada con mi imagen, he de admitirlo. Pero estaba acostumbrada a mostrarme con dos caras distintas, dos actitudes completamente diferentes, creerme superior… y no iba a cambiar.
Entonces le vi. Sí. Un chico de pelo castaño y aspecto musculoso. Mi David. Sonreí. Era… perfecto. Por fin lo había encontrado. Mi corazón palpitaba muy fuerte en mi pecho. Me sentía llena de emociones. Quería dar un paso, acercarme, saludarle… quería que fuera mío. Entonces, aquella chica imperfecta con la que antes había hablado, se interpuso. Observé la escena horrorizada. ¿Qué había entre ellos? Él no podía ser de una estúpida imperfecta como ella. Vi como un chico los empujaba dentro de un armario sin inmutarme. Decidí irme. Ya lo había encontrado. No debía preocuparme. En cuanto me viera se enamoraría de mí.  Acariciaría su rostro perfecto, sus pómulos… besaría sus labios, robaría su corazón… mío.

Fui al instituto. Grande, espacioso y a la vez, pequeño y estrecho. Mi cárcel. EL lugar al que iba con miles de personas imperfectas. Pero yo era diferente. Con mi brillante sonrisa y mis sonrojados pómulos, destacaba, brillaba.  Con mi habitual cara de chica modelo, hice mi actuación de estudiante. El día se me hizo larguísimo. Siempre feliz y amable, prestando mis apuntes, guardando los sobresalientes con indiferencia en mi mochila, con mis deberes siempre hechos. Los profesores estaban siempre maravillados con mi historial académico. Todo el día trabajando. En el consejo, en la clase, en el pasillo… era la delegada de mi clase, y eso era algo más que añadir.

-Vic, cariño, ¿podrías llevarte esto y traérmele todo mañana? ¡Gracias!
Le sonreí y me quedé mirándola desde lejos. Anabel, estudiante un año mayor que yo. Asquerosa no; lo siguiente. Era la vice del consejo. Yo era la presi, claro.  Me habría gustado decirle algo como “No, cariño, los deberes de vice son tuyos, y sí quieres que te los hagan contratas a alguien” Pero como yo era perfecta, le dediqué una mortal y bella sonrisa. Paseé por la calle. Eran sobre las seis y media y yo empezaba a atardecer.  Cada día hacía más frío, como se notaba el humor de octubre, ya a la vuelta de la esquina. Entonces vi de lejos el instituto de mi David. Lo sabía porque una de ésas estúpidas gemelas me lo había soplado. Cuando pasé por una papelera, me dispuse a tirar los deberes de mi vice. Contenta y feliz, paseé por el patio del instituto sin ningún impedimento. Aunque no estaba allí, me sentía como en sus brazos. Aunque nunca había sido tocada por ellos, debían de ser acogedores y cálidos. Entonces, completamente en silencio, entré en el instituto. Mis pasos de oían con eco, y por un momento temí ser descubierta. Ideé una excusa perfecta, como; “se me han olvidado los deberes” “una reunión de mis padres con el profesor”… Entonces algo me inquietó. Empecé a caminar perdida, guiándome por mi instinto. Una dulce y agradable melodía, podía escucharse desde el pasillo. Hipnotizada por la suave y melodiosa música empecé a hacer ritmo chocando despacio los dedos. Entonces me encontré en frente de un aula de música, o eso parecía. La puerta de la clase era de madera y tenía una placa al lado con el número del aula. Suspiré y cerré los ojos, mientras la melodía entraba por mis oídos llenándome de satisfacción. Con los dedos empecé a seguir el ritmo. Era una canción tocada a piano, hermosa, lenta y compleja.  Por algún motivo, me sentía de gelatina, como si se me hubiera ablandado el cerebro. Empecé a imaginar las ágiles manos que rozaban las teclas del piano. Luego imaginé a un chico de pelo castaño, completamente integrado en su sueño, en una complicada y asombrosa composición. ¿Y si era una chica? Empecé a imaginarme a una hermosa estudiante, de pelo castaño claro, liso, cayendo en cascada por su espalda. Con la espalda recta y los ojos cerrados, recorriendo un dificultoso camino de sostenidos, bemoles y claves, sumergida en su paraíso musical, desahogándose con complicadas piezas.  Perfección. Mi mano inconsciente se posó en el manillar de la puerta. Ingenuamente y sin pensar en mis acciones, la abrí, y con un golpe seco, se rompió la magia, el sueño, el milagro, la maravilla. Dejé que la puerta se terminase de abrir, mientras observaba sorprendida, un gran piano negro y brillante, y a un chico de pelo moreno. Había dejado de tocar y me miraba sorprendido. Pero yo no podía moverme. Era la primera vez en toda mi vida, que me había quedado paralizada por un chico, perdida y encarcerlada en sus ojos azabaches. Ni con mi David del Miguel Ángel. Ni con nada en el mundo.

lunes, 17 de enero de 2011

11. Sonreí...

Me desperté. Sí. Abrí los ojos bruscamente. No sabía dónde estaba pero no tardé en averiguarlo. Mi cabeza estaba apoyada en el pecho de Ismael. Al verme en semejante situación me levanté horrorizada. Pero luego, otra cosa me atormentó más, al ver mi camiseta hecha un ovillo en el suelo. ¿Yo no habría…? Suspiré de alivio al ver que aún tenía puesta la falda y los zapatos. Me dolía mucho la cabeza. No entendía que hacía yo, acostada sobre Ismael y en sujetador;  pero la idea, sinceramente, como que no me seducía mucho a recordar. Lo único de lo que me acordaba era de haberme quedado encerrada con él, dentro de aquél apestoso y pequeño cuarto lleno de estarías cubiertas de polvo y cajas. Iba a ponerme la camiseta, cuando noté la intensa mirada de alguien.
-No me mires-pedí sin girarme a observar el rostro sonrojado de Ismael.
-¡¿Por qué estás sin camiseta?!-preguntó mirando hacia otro lado.
Con poco cuidado me apresuré a ponérmela y taparle “las bonitas vistas” a mi querido espectador.
-Parece ser que ayer me enrollé con alguien-dije con sarcasmo.
-¿Con quién?-preguntó exaltado.
-Contigo…-murmuré acercándome a él.
Me miró extrañado y retrocedió. Yo solté una risotada.
-Estás extraña hoy.-murmuró.
Me levanté y estiré los brazos.
-Sí, estoy diferente. Creo que he cambiado mi manera de pensar. Ya no me importa que mi profe sea mi futuro papaíto.-me giré sobre los talones, y me tapé los ojos con la mano derecha, como si el sol me estuviera dando de frente.
-Carla…
-Ayer no pasó nada-dije con un hilo de voz que mostró todas las sensaciones que sentía en esos breves instantes.
Puse la mano en el manillar de la puerta, y observé con rabia que seguía cerrada a cal y canto. La forcé entre mis dedos pero no se movió ni un poquito. Le di una patada, y me dejé caer al suelo ocultando mi cara de su mirada.
-¿Realmente no te importa?-me preguntó.
Tardé en responder.
-Sí que me importa. Pero tengo que aceptarlo; no me queda otra…
Ismael me miró. Estábamos a una prudente distancia el uno del otro; pero por algún motivo, sentía algo de dolor, aparte del de mi situación con mi madre. No se oía nada más que nuestras respiraciones y el eco de nuestras palabras.
-Lo que pasó ayer… ¿era verdad?-me preguntó.
Sabía a lo que se refería, y habría preferido hacerme la tonta, pero no estaba yo, de humor para eso.
-No lo sé-le respondí con voz inestable.
-Los besos… los abrazos; me acuerdo de eso-me dijo mirándome a los ojos.- me acuerdo de cuando te quité la camiseta.
Cerré los ojos. No quería seguir oyendo. Pero a la vez sí.
-¿De qué más te acuerdas?
-Me pediste que parara.
Abrí los ojos. Yo no me acordaba de eso.
-¿De verdad?
-Sí.-dijo él con pesar- al segundo siguiente me dormí. Y creo que tú también.
-Interesante…-murmuré. Sonreí para mis adentros de alivio. Una parte responsable de mí me había salvado en el último momento. Me reí. Quería dejar de sentirme una jodida idiota.
-Qué fuerte, estuviste a punto de violarme…-murmuré con tono burlón.
Ismael se sonrojó hasta la médula.
-¿Violarte? Parece ser que no recuerdas la parte en la que te tiraste a mis brazos y empezaste a morrearme…
-¿Sabes? Deberías sentirte orgulloso-le dije fingiendo enfado- tú eres el primer chico al que he besado.
-Pues tú no eres la primera chica a la que he besado-dijo él mirándome con rivalidad.
-Vaya, o sea, que tienes novia…-dije intentando quedarle en evidencia y sin mostrar ningún rastro de celos.
-Para nada. La única dama en la que pienso es en vos-dijo en castellano antiguo, acomodándose a mi lado, más cerca de mí.
-¿Planeas violarme de nuevo?-pregunté con tranquilidad al ver como se alzaba sobre mí, y me dejaba a ras del suelo.
-Nunca lo he hecho-dijo él.-nunca he violado a nadie…
-¿En serio?-pregunté curiosa-mentiroso.
-Violar nunca-prometió él.
-Entonces sí que…
-¿Sí que qué?
-Sí que lo has hecho…-dije mirándole desafiante y sin ningún temor.
-Muchas bellas damas me lo han pedido…-dijo él riéndose-pero ninguna consiguió que perdiera el bello tesoro que sólo guardo para ti.
Le empujé en el pecho y le eché hacia atrás. Me levanté limpiándome el polvo de las rodillas y le miré algo molesta y avergonzada.
-¿Sabes? Abril va a flipar cuando le diga que he besado a un tipo como tú.-dije intentando alejar el tema de conversación que habíamos sacado.-me giré hacia la puerta y justo cuando iba a hacer un segundo intento de abrir la puerta...
-Abril va a flipar cuando le digas que tienes un novio como yo-dijo él atrevido.
Quedé mi mano en el pomo y comencé a temblar. Por algún motivo en especial, me sentía feliz y a la vez triste, desdichada y a la vez… eufórica. Me giré y le miré. Él abrió mucho los ojos.



Abril caminó balanceándose. Se sentía fatal. Tenía una terrible jaqueca y una gran resaca… iba pisando sin querer los cadáveres de los borrachos tirados en el suelo, y no podía parar de reír cada vez que pisaba a uno y éste gemía. Se sentía mareada. Alcanzó una botella de agua en la cocina y empezó a beberla. Poco a poco se sentía mejor. ¿Dónde estarían Carla y Sam? Salió al pasillo y sonrió. Sam encontrada. Estaba en los brazos de un chico moreno, algo delgaducho pero con su atractivo.  Ahora faltaba Carla. Caminó por el pasillo con la mente más despejada. Parecía el corredero al infierno. La fiesta había quedado como un basurero de cuerpos dormidos. Entonces vio una habitación. Era un cuarto pequeño. Se acordaba de meterse allí, cuando jugaba al escondite con su primo. Meterse detrás de la estantería y gritar al ver una araña. Sonrió de nuevo. La llave estaba puesta por fuera. La hizo girar. Entonces se quedó alucinada. Detrás de la puerta, estaba Carla con los brazos alrededor del cuello de Ismael, besándolo. Observó con rubor en las mejillas como Ismael tenía sus manos debajo de su cintura, pero parecía no notarlo. Cerró cuidadosamente la puerta, y con una sonrisa pícara dibujada en los labios, corrió dando pequeños saltos por el pasillo, en busca de su príncipe azul, y deseando besarle para despertarle de su sueño.


“-Te quiero, papá-le dije sonriente, dejando un brillante beso en su mejilla.
-Mi niña, eres la cosa más hermosa del mundo. Yo sí que te quiero.-me respondió él.
Lentamente empujaba el columpio, una y otra vez. Yo dejaba que la brisa acariciara mi rostro, el viento se llevara mi ser y que luego me devolviera a los cálidos brazos de mi padre.
-Papá… dentro de poco tiempo, no tendrás que empujarme, porque yo sabré columpiarme solita…-dije feliz.
-¿En serio? Mi niña se hace mayor…
-Pero prométeme que aunque yo pueda columpiarme sola, tú estarás siempre conmigo…
Entonces, el columpio se paró. Mi padre había dejado de empujar y me acariciaba el pelo mirando a la nada. Por un instante pensé que le había pasado algo. Pero giró su cabeza, y mirándome, dijo:
-Claro, cariño. Para siempre.”

Me columpié ligeramente. Mis piernas eran demasiado largas para ese pequeño columpio, pero mi alma era demasiado pequeña para columpiarme a voluntad. A los siete años, aprendí a balancearme entre la brisa, a animar el canto de los pájaros, pero en un trinar triste y desafinado. Me levanté y observé la dirección en la que Ismael se había marchado, fuera de mi brillante jardín. Di una vuelta sobre mí misma. No me sentía ni triste ni feliz. Me tiré en la manta que siempre había sobre la hierba, y empecé a leer el libro. Ya lo había leído; pero desde una perspectiva diferente. En ese entonces… no había besos en mi vida… no había amor… y yo… no creía en él.
“Carolina desdibujó su habitual sonrisa falsa en su rostro.
-Me he rendido ante tus palabras, y ahora estoy aquí; escuchándote como una tonta enamorada. ¿Qué más quieres?
-Por favor…-pidió él acariciando su rostro con una expresión triste- primero… olvídate de él…”
Cerré los ojos y suspiré. Alguien había pisado mi manta, y sentía como se hundía por una parte.
-Hola, David-le dije.- ¿te has quedado a dormir?
Mi pregunta iba con doble sentido, y con mala intención. Pero quería demostrarle, que ya no era una niña, que sabía perfectamente lo que pasaba cuando dos personas estaban solas en una habitación.
-No. Pero tú al parecer sí-me dijo contrarrestando hábilmente mi ataque.
-No es la primera vez-le dije con furia contenida.
Me levanté, y mantuve una mirada seria y amenazante. Entonces algo me hizo abrir los ojos, despertar. Mi madre me sonreía. Desde la cocina, con la comida ya hecha, me sonreía. Feliz. Me giré y miré sorprendida a David. Éste me miraba inexpresivo. Yo sólo intentaba cuidar de ella. Pero él la había hecho feliz. Entonces… sonreí. Enseñando todos los dientes, y con toda la alegría de mi corazón… sonreí.