martes, 11 de enero de 2011

9. Traicionada

Salí del instituto, pero me quedé a resguardo. Estaba cayendo un chaparrón de narices, a pesar de los bonitos y soleados días finales del verano que habíamos tenido. Entonces vi a mi madre en el patio, con un paraguas. Por un lado me sentí bien, pero por otro, me sentí como cualquier otra chica a la que su madre viene a recoger al instituto… avergonzada. Pero creo que casi se me pasó cuando vi que le acompañaba mi hermano con otro paraguas. Corrí bajo la lluvia y fui a darles un abrazo a mi madre y a Mark. Entonces descubrí a Anabel al lado de él. Ella me sonrió y yo le di dos besos. A ella la sentía como una hermana. De repente un chico me pasó por al lado, muy cerca, rozándome el abrigo. Ismael. Éste había puesto cara de molesto al cruzar, y no tardé en averiguar por qué. ¡Ismael tenía celos! Él no había dejado de quererme. Decidí ignorarle un poco. Más tarde le explicaría. Aunque era sólo un amigo, de cierta forma no tenía por qué darle explicaciones. Vi como se marchaba a través del patio hacia la calle, con la capucha de su sudadera gris en la cabeza. Fui a despedirme de Sam y Abril, y me enredé un poco hablando. No tenía muchas ganas de ir a casa. Lo único bueno era que era jueves, y mañana viernes, el mejor día de la semana. Me despedí finalmente con mis amigas, pero cuando iba a dirigirme hacia mi madre, vi que estaba hablando animadamente con mi profesor suplente. Se la veía feliz y tenía las mejillas sonrosadas, como si fuera una niña. Al principio no me preocupé, pero se despidieron con dos besos empecé a dejar de mirar también a mi profesor. Estaba completamente en contra de que mi madre saliera con alguien. No quería verla como aquella vez. No quería que sufriera nunca más. Quité esa idea de mi mente y me fui con toda mi “familia” al coche de mi hermano.

Nos llevó a casa, y allí comimos todos juntos. Ya era la segunda vez que comíamos así, y se sentía muy bien. Una comida en familia. Si no hubiera sido por las remolachas… Mi hermano y Anabel no dejaban de reírse y hacerse tonterías como dos idiotas enamorados, lo cual me dio algo de repelús, pero lo acepté mirando hacia otro lado. Mi madre estuvo todo el tiempo preguntándome cosas como si estuviera energética, y cuando terminó de comer, se puso a escribir en el ordenador como loca. Yo estaba algo preocupada; desde el encontronazo con el profesor, y esa supuesta charla que habían tenido sobre mí, mi madre parecía peligrosamente llena de vida.
Yo había quedado a las seis con Abril y Sam para dar una vuelta por ahí, y seguramente salir con la pandilla de su primo. Empecé a vestirme. Saqué ropa y ropa y empecé a esparcirla por toda la cama. Hoy iba a salir guapa. Ya lo sé, parece increíble. Me puse unos vaqueros rasgados, un cinturón negro y una camiseta de manga corta negra con grandes letras de colores apagados con una guitarra rota de dibujo. Me puse una deportivas negras muy coloridas y acabé poniéndome una chaqueta. Por suerte por la tarde había dejado de llover.  Me pinté con un poco de rímel y la raya y salí del baño fresca como una lechuga. Iba a bajar a decirle a mi madre que me iba cuando la escuché hablar por teléfono en la cocina. Miré desde el marco en plan espía, y vi como daba vueltas alrededor de sí misma, como si fuera una peonza.
-¿Esta noche?-preguntó extasiada-¡claro!
Gruñí. ¿Iba a salir con alguien? Tragué de escuchar algo más, pero sentí la mano de mi hermano en mi espalda, que me miró con la clásica mirada de “te he pillado”.
-Va a salir con tu profesor. Cuando te has ido a tu cuarto no ha dejado de cantar y de alabar a tu profe míster maravilla-comentó él.
Yo la miré una vez más con los ojos abiertos. Me dejé caer al suelo apoyando la espalda contra la pared. Me sentía dolida. Cerré los ojos y respiré lentamente. Me venían a la cabeza imágenes fugaces de mi madre llorando encima del sillón. Mi hermano gritándole furioso a mi padre. La niña rubia en los brazos de mi padre. Él besando su mejilla. Entrando en el coche sin mirar atrás. Yo alargando mi mano hacia él, intentando alcanzarle y acabando por perderle de vista. Mi madre cerrando la puerta. Varios días encerrada en mi misma. Varios días con los ojos hinchados, las mejillas enrojecidas, sin salir de mi habitación. Varios días comiendo de una bandeja tirada en el suelo, mientras me tragaba las lágrimas, mientras veía mi vida pasar, mientras curaba mis heridas aunque nunca llegaron a sanar y nunca sanarán.
-¿Por qué lloras Carla?-me preguntó entonces mi hermano agachándose preocupado.
Me levanté, crucé el pasillo y cerré la puerta principal de un portazo, con toda la fuerza que pude, con toda la rabia acumulada, ignorando la llamada de Mark. Empecé a caminar perdida, dolida, vacía. Me alegré de haberme guardado el móvil y algo de dinero en el bolsillo de la chaqueta. Las lágrimas seguían intactas en mis mejillas, como pequeñas gotas de cristal. A penas me di cuenta de cómo Abril y Sam estaban a menos de cinco metros de mí, hablando y riéndose animadamente. Entonces Abril reparó en mí, en la figura muerta-viviente que andaba como sonámbula. Pero justo cuando se acercó, me cogió del brazo insistente y preocupada, al ver mis lágrimas.
-¡Carla! ¿Qué te pasa?
Sam también se acercó. Entonces no pude evitarlo. No pude reprimirme. Me lancé en sus brazos… y comencé a llorar. Por todas esas veces en las que había retenido mis lágrimas… y por todas esas noches; sufriendo en silencio.

lunes, 10 de enero de 2011

8. Amigos que se pelean se desean

-¡Eres un imbécil! ¿Es qué no ves que si yo hubiera dibujado la Tierra no nos habrían puesto un ocho?
-¡Pero qué dices! ¡Yo la hice redonda! ¡Pero tú te empeñabas en hacerla y mira cómo quedó! ¡CUADRADA!
Abril, Sam y Fer nos miraban atónitos, como nos peleábamos y nos insultábamos por una idiotez sin ni si quiera pararnos a respirar. Abril fue la primera en atreverse a interrumpir nuestra animada conversación.
-Entonces, ¿ya os habéis reconciliado?-preguntó.
-Sí-dije con un suspiro-más o menos.
Al pensarlo enrojecí hasta la médula, y me volví a tocar los labios. Ismael soltó una carcajada y me guiñó un ojo. No tuvo que pasar ni un segundo para que Abril soltara un gritito de emoción. Me cogió del brazo, y enganchando también a Samanta, me llevó rápidamente a un rincón de la clase, donde me sentí insegura e indefensa. ¿Qué iban a hacerme? No necesitaba mucho tiempo para pensar que mi malvada amiga iba someterme a un interrogatorio.
-¿Por eso no querías que te esperara hoy?-me preguntó- ¡por eso has venido con Ismael! ¡Estáis juntos!
-¡No! ¡Solo somos amigos!-aclaré yo enfadada- ya sabes lo que pienso yo de…
-¿Y por qué te has puesto como un tomate cuando te he preguntado por qué os habéis reconciliado?
Me quedé muda. Abril iba a acusarme de nuevo, cuando la miré furiosa. Ella se calló y miró a Sam inexpresiva.
-¡Yo no creo en el amor! ¡Jamás me enamoraría de un idiota!-le grité enfadada.
Abril volvió a mirarme, y vi con dolor como los ojos se le llenaban de lágrimas. Me arrepentí de lo que había dicho en seguida, pero en vez de abrazarla y decirle que lo sentía, salí de clase. Vale. Ya era la segunda vez que me perdía la primera hora. Acabarían por abrirme un expediente. Salí corriendo por los pasillos aún sabiéndolo, pero un brazo me detuvo. Miré hacia atrás furiosa, y con el corazón latiéndome a mil por hora.
-¡Carla!-exclamó Ismael.
Yo me solté, pero en vez de salir corriendo, me quedé parada y miré hacia el suelo. Oí  el eco de sus pasos en el pasillo. Ismael tiró de mi manga y me abrazó con delicadeza, como si fuera una frágil muñeca de porcelana. Suspiré. Sentía cálido su pecho y bien entre sus brazos. Y a la vez me dolía, era un sentimiento punzante que me cruzaba por dentro como un puñal a traición clavado en mi espalda.
-Ismael, no estoy enamorada de ti-le dije con esfuerzo mientras me acunaba.-ese beso no significó nada.
Sabía que le dolería, pero él ni se inmutó. Quizá porque supo que estaba mintiendo. El rubor de mis mejillas me ponía continuamente en evidencia y me delataba.
-¿Es que dos amigos, no pueden abrazarse?-espetó él separándome un poco para mirarme.
Me crucé con sus ojos penetrantes, y de nuevo sentí como la sangre huía de mis venas. Me acaricié la cara con las manos frías, con la esperanza de que volviera a su blancura natural. Evité mirarle, pero asentí.
-Volvamos a clase-me pidió con una sonrisa.
Volvía a asentir. Dejé que me cogiera de la mano; cosa que nunca habría permitido, y me llevó a clase; otra cosa que nunca habría permitido. Cuanto entramos, la clase ya había empezado, pero no está nuestra profesora habitual, sino un chico apuesto, de más o menos la edad de mi madre, sentado en la silla del profesor.
-¡Vaya! ¡Dos alumnos nuevos!-saltó.-Encima enamorados.
Le solté la mano asustada. No me había dado ni cuenta. Enrojecí de nuevo. Si seguía teniendo estos problemas con la sangre me iba a dar un derrame cerebral. Miré hacia Ismael, y por un momento vi cómo enrojecía también. Se oyeron algunos silbidos molestos, y por algunos minutos, hubo algo de expectación en la clase. Miré hacia el pupitre de Abril, pero al cruzarse nuestras miradas, la volvió hacia al suelo sin procurar ningún gesto. Suspiré con tristeza.
-Soy el profesor suplente, me llamo David-nos avisó una vez que nos hubimos sentado.-la profesora Magdalena se ha puesto enferma, así que yo la sustituiré por unos días.
Lo miré. Tenía su cierto atractivo. Era joven y tenía pinta de ser el tipo que se divierte con sus clases, no como nuestra actual profesora, que se dormía en ellas… dimos una clase entretenida, a pesar de que estuviéramos dando Matemáticas. Hacía bromas continuamente y nos animaba a hacer a los ejercicios en la pizarra. Casi nos peleábamos por salir. Casi se me quitó el malestar por mi enfado con Abril. Aunque claro, lo que vino después, no fue precisamente divertido. El profesor me llamó la atención al terminar la hora, y tuve que salir al pasillo con él. Sentí la mirada de Ismael sobre mí, pero hice un gesto para indicarle que todo estaba bien; aunque estaba cien por cien segura de que no era así.
-Según la libreta de notas de tu profesora-me dijo- llevas una ausencia, y llegando tarde hoy ya son dos faltas. Si haces tres, ya sabes lo que pasará…-avisó.
-¿Llamará a mi madre?-pregunté.
-Sí-asintió el profesor, que me miró curioso.-procura que no haya una tercera, ¿vale?-me dijo con una sonrisa.
Me revolvió un poco el pelo, como si fuera una niña pequeña, y se fue en dirección a otra clase. A pesar de que me había tratado como una cría, no pude evitar que me cayera bien.
Iba a entrar a clase, cuando alguien saltó a mis brazos. Casi me caí al suelo, pero conseguí sostenerme agarrándome al marco de la puerta. No tardé mucho en oler la colonia de coco favorita de Abril.
-¡Lo siento, lo siento, lo siento!-me gritó-no quería enfadarme contigo, me enfadé por nada, soy una tonta, yo…
Solté una carcajada. Conocía lo suficiente a Abril como para saber que no tardaría nada en arrepentirse de enfadarse. Sin embargo, respondí a su abrazo y le dije que yo tam-bién lo sentía.
-Bueno-me dijo una vez nos hubimos perdonado-pero que conste que tengo una condición para que nuestra amistad siga en pie.
-¿Cuál?-pregunté temiéndome lo peor.
-Cuéntame por qué te has sonrojado hoy-me pidió con voz severa y petulante.
Suspiré y la arrastré a una esquina del pasillo. Miré hacia la clase y vi como Sam estaba entretenida hablando con una de las gemelas (dos chicas rubias que van a mi clase, creo que las mencioné al principio). Me aclaré la garganta, y dije lo más bajo que pude:
-El día que me dejaste sola con él… se me declaró.-cogí aire sin prestar demasiada atención a la cara colorada de emoción que tenía Abril- y esta mañana le he dicho que no, pero que podíamos ser amigos.
Abril se desinfló como un globo y me puso cara de sota. Tragué saliva. Después de contarle lo que le iba a contar, era capaz de saltar por una ventana.
-Aún no he terminado-le informé- esta mañana… él me dijo que tenía algo que darme antes de ser amigos.
-¿Qué? ¿Qué te dio?-preguntó dando saltitos y llamando la atención de algunos alumnos, que se rieron a nuestras espaldas.
-Me besó-dije cortante y cerrando los ojos para no ver su reacción.
Abril soltó un gritito agudo de alegría.
-¿Un morreo?-preguntó agarrándome de las manos.
-Un beso, simplemente eso-dije avergonzada-pero no ha significado nada. Ahora sólo somos amigos.
Pensé que se entristecería o me pegaría una torta enfadada, pero en cambio, sólo sonrió y pasó por mi lado diciendo:
-Los que se pelean se desean… ¡la próxima vez quiero un morreo!

Capítulo dedicado a Straw y a Kiss. Un beso guapas:D

domingo, 9 de enero de 2011

7. ¿Amigos?

Salí de casa. Le había dicho a Abril que no me esperase. Hoy iba a llegar más temprano a clase. Me encontraría con Ismael, me disculparía…. Pero yo no pensaba que me lo iba a encontrar tan pronto. Justo al cruzar la calle, me di con alguien y caí de bruces al suelo. Miré hacia arriba, dolorida, y abrí la boca de par en par cuando vi a Ismael.
-Lo siento-me dijo tendiéndome la mano.
Dudé un poco antes de aceptar su ayuda, pero al final lo hice. A penas hablamos. Él iba a mi lado, caminando. Parecía algo molesto. Entonces, tuve la suficiente valentía como para hablar.
-Perdón-dije entre susurros.
-¿Por qué?-preguntó sorprendido girando la cabeza hacia mí.
-Por tratarte tan mal. No te lo mereces-le dije.-pero es que yo… soy así.
-No me trataste mal-dijo él- fue un rechazo obvio. No te gusto. Ya está.
-Ya, pero…-dije yo buscando las palabras adecuadas-no es que no me gustes. Es que no me puedes gustar, entiéndelo.
-¿Te gusto pero no te puedo gustar?-preguntó algo confundido.
Guardé silencio unos instantes. Luego le miré y me topé con sus brillantes y profundos ojos.  Se acercó peligrosamente y me miró con fijereza. Casi sentí que iba a besarme, cuando solté:
-Ismael, yo no creo en el amor. No puede surgir nada entre nosotros.
Él me miró sorprendido, aún con el rostro muy cerca del mío. Acarició con lentitud uno de mis cabellos. En otra situación, lo habría apartado, pero en esos momentos me sentía aturdida, como en trance.
-¿Crees en la amistad?-preguntó de repente.
Le miré confundida. Aclaré mis pensamientos y asentí.
-Entonces, ¿amigos?-preguntó con una sonrisa.
No pude evitar responderle con otra más grande. Entonces ahí fue la gran sorpresa. Me cogió de las manos y me acercó a él.
-Antes de que seamos amigos, quiero regalarte algo-dijo- después, lo seremos-me aseguró.
Entonces, lo hizo. Y por algún motivo no pude apartarlo, me decirle que me dejara. Solo pude responder. Me acarició la mejilla, pasó su otra mano por mi cintura, me apretó contra él, y dejó un apasionado y hermoso beso en los labios. Nunca me habían besado así. A decir verdad, nunca me habían besado. Yo tenía las manos en su camisa, apretadas en puños, en tensión. El corazón me latía a cien y dentro de mi cabeza parecía haber una guerra campal de sentimientos. Cuando nos separamos, casi me dolió, pero eso es algo que nunca se me ocurriría admitir; bajo ningún concepto.
-Lo siento, tenía que hacerlo-me dijo excusándose.
Luego soltó una carcajada de felicidad, y echó a correr. Quizá para no tener que oír mis gritos indignados y furiosos o para no recibir un tortazo de respuesta, no lo sé. Pero por primera vez en mi vida, me había quedado sin palabras. Sentía el corazón correr dentro de mi pecho, y como mis pensamientos volaban como locos por mi cabeza. Una parte de mi consciencia me decía que no debía sentirme así, que yo no creía en el amor. Otra parte estaba en una ambulancia; camino del hospital, por un ataque de nervios. Me toqué los labios con la yema de los dedos. Ahora podía entender por qué mi madre ponía tantos besos en sus libros. Era como coger carrerilla, agacharse, saltar y tocar el cielo con la punta de tus dedos. Había sentido los labios de Ismael sobre los míos, había sentido como buscaba dentro de mí, como despertaba a una nueva persona. Había sentido deseo, una tentación prohibida. De repente me toqué las mejillas. Estaban encendidas. Suspiré avergonzada. No. Me incliné un poco, y con mucha fuerza, grité:
-¡IDIOTAAAA!!!!!!!
Oí unas risas a lo lejos, la mano de Ismael saludándome a lo lejos, invitándome a correr detrás de él. Sonreí con felicidad, y di una zancada hacia delante.




6. Una grata visita

Ni si quiera le di a la pelota. Me caí al suelo de bruces y la raqueta voló a un metro de mí. Sentí la vista preocupada de Abril desde la otra pista, pero me levanté con la mirada fija en el suelo e hice como si no acabase de perder un partido sin meter ni un mísero punto.
-6-0, partido para Ismael-dijo la entrenadora mirándome también.
Escuché como se acercaba a mí con paso fuerte. Seguramente me iba a caer una bronca, o quizá una leve regañina. La observé de reojo. Vale, no iba a tener la suerte de la segunda opción. Casi me parecía que iba a echar humo por las orejas.
-¡Carla! Eres una de las favoritas para el puesto de titular-me reprochó-vete a los vestuarios a limpiarte la cara; y será mejor que vuelvas convertida en una Arantxa.
Sin levantar la vista, me fui a paso lento hacia los vestuarios que había al lado de las pistas. Entré con un suspiro y abrí el grifo. Estuve algo de tiempo entretenida, oyendo el chapoteo del agua caer alrededor del lavabo; con los pensamientos en blanco, como un barco que navega en aguas templadas sin avistar tierra. Me lavé la cara y luego miré mi reflejo en el espejo. Observé mi piel pálida,  mis ojos verdosos y grisáceos y el pelo castaño rojizo. Una bonita y alargada trenza  me caía por el hombro. Arrugo la nariz. Tengo una mancha oscura debajo del ojo. Me la limpio con agua, y me dejo caer al suelo, con la espalda apoyada en la fría pared. Un montón de recuerdos empezaron a cruzarse en mi mente, a la velocidad de la luz, atormentándome. Me tapé la cara con las manos y dejé la mente de nuevo en blanco. Con dolor me dejé caer en el suelo del baño. Tenía la espalda fría de la pared. Me levanté y me limpié las piernas. Iba a salir, cuando vi que Abril me miraba desde la puerta. Me apoyé en el lavabo con mirada inexpresiva. Pero Abril no iba a consolarme. Se acercó a mí y sonrió.
-Carla, alguien muy especial ha venido a buscarte-me dijo.
-¿Muy especial?-pregunté sorprendida.
Corriendo fuera de los vestuarios, llegué a las pistas. Ya era la hora de que terminaran las clases de tenis de por la tarde. Entonces le vi. Mirándome, apoyado en la puerta de la pista, con las manos en los bolsillos y gesto seductor. Sonreí, y me tragué las lágrimas. Eché a correr y me fundí entre sus brazos. Él se rió y me dio una palmada en la espalda. A penas me di cuenta de cómo Ismael miraba furtivamente la escena.
-¡Mark! ¿Cuándo has venido? ¿As acabado con tus exámenes?-le pregunté emocionada.
-Acabarlos, los he acabado, pero no muy bien-dijo con una sonrisa de oreja a oreja.-me han dicho que últimamente andas muy deprimida, ¿qué te pasa?
-¡Nada ahora que tú estás aquí!-exclamé apretándolo más.
-Esta niña loca…-suspiró  Abril acercándose- ¿cuándo dejará de comportarse como una cría cuando estás aquí?-añadió pícara.-cuando apareces tú es como si le cambiara la personalidad…
-Ja, ja,-se rió mi hermano-cuánto tiempo Abril. Cuando me viste y echaste a correr pensé que era porque te daba miedo encontrarte con un hombre tan apuesto como yo.
-O tan idiota-dije.
-Sólo iba a avisar a Carla-se excusó ella sin apartar ni un instante la sonrisa de sus labios.
-Bueno, entonces nos vamos-apremié sonriente.
Me despedí de los demás, que ya estaban recogiendo. Mark me echó un brazo por los hombros y salimos de las pistas. Iba jugando con el asa de la funda de la raqueta, cuando Mark me sorprendió con una achuchón.
-¡Cuántas ganas tenía de verte, enana!-exclamó riéndose.
-¡Y yo!-dije feliz.
Nos gustaba pelearnos y chincharnos, pero mi hermano era al chico que más quería en el mundo. “El chico” claro, porque mi madre iba por delante, obviamente.
-Te he echado de menos-admití.
Soltó una carcajada.
-Pues durante mi periodo de universitario me he echado novia-comentó.
-¿Ah, sí? ¿Cómo se llama?-pregunté interesada.
-Anabel. Es una persona muy simpática y agradable. Está haciendo la carrera de medicina.-dijo.
-Guau, pues un abogado y una doctora… ¡no vais a tener tiempo para cuidar de vuestros hijos!-le reproché.
-Eh, no vayas tan rápido-dijo-solo tengo diecinueve años.
-Ya eres mayorcito-observé.-podríais tenerlos.
-Creía que tú no creías en el amor.
Me reí con el juego de palabras, y luego fijé mi vista en el cielo mientras caminaba. Él me miró algo preocupado, como si sintiera que había metido la pata.
-Y no te equivocas-dije-pero eso no me quita de fantasear sobre ti…
Mi hermano me dio un codazo y yo me quejé exageradamente. Seguimos caminando, y pasamos al lado de la calle donde vivía Ismael. No pude evitar sentir algo de malestar al recordar cómo sus labios rozaron los míos.
-Mamá sigue estando loca por sus libros, ¿no?-preguntó él desviando la conversación.
-Cada día está peor-dije con un suspiro- hay días en los que se olvida de hacer la comida.
-Pues será mejor que mañana no se le olvide, porque como en casa.-dijo.
-¿De verdad?-pregunté.
-Sí, y traeré de visita a Anabel para que la conozcáis…
-Bien-dije yo dando una vuelta sobre mí misma emocionada.
Iba a entrar en casa entrando la llave, cuando Mark dijo algo que me dejó pensativa. Giré la cabeza y observé como un chico desaparecía corriendo hacia la otra calle.
-Cuando estás conmigo te vuelves amable, agradable y encantadora. Deberías darle la oportunidad de conocer tu yo interior a ese chico.
La puerta se abrió, y Mark entró en casa sin mirarme. Me quedé afuera, completamente perdida. Ése era Ismael. Me había seguido. ¿Celos? No lo sé. De repente pensé en lo que mi hermano me había dicho. “Amable, agradable y encantadora”. ¿Así era yo en realidad, cuando veía a mi hermano? Suspiré y cerré la puerta tras mí. Crucé el jardín mientras me sumergía en el profundo e hipnotizador olor de las rosas.

*

La miré. Alta, delgada, piel blanca y gran sonrisa. La chica perfecta para mi hermano. Tenía el pelo pelirrojo y corto,  y los ojos azules. Era extraño ver a personas así. Lo más corriente es que las personas tengamos el pelo castaño, debido al clima y cosas de ésas. Como en Inglaterra, que está todo lleno de rubios. Realmente, mi hermano había encontrado una chica única. Le di dos besos, y me ofreció una sonrisa resplandeciente. Le devolví el gesto, aunque lo único que conseguía sentir era envidia. Era hermosa. ¿Y yo? Un cubo de basura comparándome con ella. Pero tampoco es que me importara mucho la belleza. De algún modo, era una característica relacionada con el amor.
Me pareció una chica muy agradable, tal y  como mi hermano me dijo. Lo único malo de la comida y el resto de la tarde, fue que mi madre la observaba maravillada, como si fuera un sujeto de experimentos o un descubrimiento de la NASA… Anabel sería seguramente, una gran inspiración para mi madre y sus diabólicos libros. Suspiré. Por lo menos no era la novia pija y asquerosa que siempre imaginé que tendría mi hermano. Ya lo sé; como en las películas americanas, donde la hermana pequeña trata de avergonzar a la novia de su hermano, para tenerlo más tiempo para él. Pero yo no era posesiva, y no quería a mi hermano solo para mí. De cierta manera y en algunos casos, en el pasado, lo echaba de mi habitación a patadas porque no lo quería cerca de mí…
Había sido una gran sorpresa su visita. Sentada en la cama de mi habitación empecé a reflexionar. Yo no tenía por qué estar triste. No tenía por qué estar llorando por culpa de un idiota como mi padre. E Ismael no tenía la culpa. Mañana me disculparía con él. Asentí y me cubrí con las sabanas. Había llegado el momento de ser feliz.

sábado, 8 de enero de 2011

5. Peor que nunca

No hablé ni con Abril ni con Sam en todo el camino. No habían cesado de hacerme preguntas, y yo las había sometido a un silencio sepulcral. Estaba hinchada de furia, rabia e indignación. ¿Qué se había pensado? ¿Qué yo era una chica fácil de esas que se tiran a los brazos de cualquiera? Me mordí el labio mientras cerraba los ojos irritada. Ellas me miraban con preocupación, y en el resto del camino, reinó el silencio entre las tres. Llegamos a clase, donde nos esperaban Fer e Ismael. Éste sonrió a Sam y a Abril, pero cuando me miró, su sonrisa se disipó, y miró hacia otro lado con gesto molesto. Yo también le evité. Encima se iba a enfadar conmigo, el muy caradura. Pobrecito, le había aplastado su gigantesco ego…
-Carla.-me llamó Sam.
-¿Qué?-exclamé molesta por la interrupción de mis insultos internos hacia Ismael.
-Nada, hija, sólo quería preguntarte el por qué has hecho el dibujo de la tierra de la esquina tan… cuadrado.
-No está cuadrado-dije molesta-si alguien no me hubiera molestado la tierra estaría redonda.
-¿Molestado?-exclamó Ismael irritado-si alguien no dibujara pésimamente da por seguro que sería redonda.
-¿Me estás diciendo que dibujo mal?-exclamé furiosa.
-¿Tanto miedo te da la realidad?-preguntó cortante.
En seguida capté el doble sentido de la frase. Los ojos casi se me llenaron de lágrimas, y él lo notó. Me limpié a tiempo y le miré con furia. Preví que iba a disculparse, así que me alejé de él.
-¡Carla!-me llamó, pero yo salí de la clase en dirección al baño.

*

-¿Qué le has hecho?-preguntó Abril preocupada.
-Yo… nada-dijo Ismael exhausto.
-Parecía bastante enfadada, de camino al colegio no ha abierto la boca-comentó Abril mirándole asesinamente- no le habrás hecho algo…
-Esperad ahora vuelvo.-dijo él dejando la clase.
-Uf, menos mal que hemos venido pronto-comentó Sam mirando el reloj- a menos que quieran saltarse la primera hora…
*

Entré en el baño de las chicas. No había nadie; una suerte. Abrí el grifo y comencé a limpiarme los ojos, con cuidado. No quería volver a la clase con los ojos rojos, como si hubiera llorado. O casi. Miré mi reflejo en el espejo. ¿Quién se había creído para hablarme así? Entonces oí como entraba alguien. Cerré el grifo y me sequé.
-Carla.
Me giré. ¿Qué hacía él aquí? Le miré con mirada seria. Y tirando el trozo de papel con el que me había secado a una papelera, le ignoré y caminé hacia la puerta para irme.
-Carla, espera-dije deteniéndome.
Levanté la mirada desafiante hacia él. Retrocedí un paso y esperé para escucharle.
-Perdona, no era mi intención que…
-¿Qué? ¿Burlarte de mí? ¿Humillarme?-pregunté con un hilo de voz.
-No ha sido para tanto-dijo él.
-Olvídate de mí-dije girando los ojos.-y vete, este es el baño de las chicas.
Pasé a su lado, y esta vez no me detuvo. Iba a salir, pero me paré al lado de la puerta, con un sentimiento de culpabilidad. Mi furia se había disipado al cruzar, y ver como bajaba la cabeza rendido.
-Yo… también lo siento-musité-pero busca a otra persona. Yo no soy a quién quieres.
Diciendo esto, dejé el baño de las chicas. Corriendo, logré salir del instituto. No me apetecía estar en él, me saltaría la  primera hora y llegaría a la segunda para la hora de Geología. No podía volver a casa. Mi madre no era la típica madre que echaba broncas, pero no quería arriesgarme por si le daba por cambiar de parecer. De repente me acordé de que me había dejado la mochila en el instituto. Estuve dando un paseo hasta la segunda hora. En ese aburrido y martirizante tiempo, estuve pensando con dolor en mi padre.

-¿Has dejado de querer a mamá?-pregunté mientras seguía llorando.
Mi padre no me respondió. Seguía mirando por la ventana, sin dignarse si quiera a mirar a su hija. Empecé a odiarme a mí misma. En todas las peleas era yo la causa. Yo era el regalo de los dos, pero empecé a sentirme como los restos de una comida. Inútil. Estúpida. Un estorbo. Miré hacia el suelo, mis pies pequeños, mi osito de peluche, algo viejo y con su precioso lazo rojo; junto a mí.
-¿Cuándo te vas, papá?-le pregunté abrazándome a él y entre lágrimas, deseando oír un “nunca”.
Seguía reinando el silencio, y yo ya creía que me volvería loca. Quizá me había quedado sorda. Más inútil aún. Una niña pequeña… sorda.
-Hija, las cosas han cambiado-respondió al fin, con firmeza- he empezado algo nuevo. Una vida nueva.
-En esa vida ya no estoy yo, ¿verdad?-musité tragándome los sollozos.
-Lo siento cariño-me respondió.-quédate con mamá. Ella te quiere y te necesita.
Giré la cabeza. Mi madre estaba sentada en el sillón, con la cabeza escondida en su regazo, sin emitir ningún sonido. Sufriendo. También vi a mi hermano. Él estaba escuchando música. Tenía la cara roja de llorar, y mirada hacia el techo sin decir nada. Ya había dicho bastante. Ya había gritado, chillado y discutido. Ya había dicho que le odiaba, que le detestaba y que le quería lejos. Ya le había dicho que él había dejado de ser su padre.
-Papá…-musité yo agarrando con fuerza la tela de sus pantalones.
Pero él me empujó levemente, abrió la puerta, y cargando con la maleta, lo vi caminar a través del jardín. Observé como un coche blanco, que parecía bastante lujoso, se paraba en la puerta. Vi como salía de él, una niña muy bonita, más pequeña que yo, con dos coletas rubias con tirabuzones. Ja. Su otra hija. Más bonita. Más útil. Más. A ella la quería. Ella era su nueva vida, junto con aquella espantosa mujer de la que se había enamorado. Y fuera, odiándole con toda mi alma, estaba yo. Sola e inútil.

De nada sirvió que volviera a lavarme la cara en el baño. Cuando llegué a clase, me dolían los ojos de llorar y estaba muy cansada. En cuanto me senté en mi silla, junto al pupitre, Abril y Sam se me acercaron preocupadas.
-¿Estás bien, Carla? ¿Qué te ha pasado?-me preguntó Abril.
-Nada-dije sonriendo y limpiándome un poco los ojos con disimulo-un mal día.
Las dos me miraron con cara de póker, pero yo cerré la boca, y me limité a sacar los libros.
-Perdonad chicas, lo de la tierra cuadrada fue culpa mía.-dije para distraerlas un poco.
Fernando se me acercó a preguntarme, pero mi respuesta fue la misma. Le sonreí y le pedí que no se preocupara. En realidad… no era nada. Solo los fantasmas del pasado, que de vez en cuando, regresan y me hacen recordar. Ismael también se acercó, pero no me dijo nada. En el fondo él no tenía la culpa. Había tenido la mala suerte de que alguien como yo la atrajese. Sólo eso.


Seguía cansada. Había llevado la cara de muerto todo el día. Entonces le vi. Estaba cruzando el paso de peatones. Pensé en tirar por otro camino, pero no había otro. Con resignación lo saludé con un apagado “hola”. Él movió la mano un poco, como si diera a entender que me había escuchado y me respondía al saludo.
Me cambié de hombro la raqueta. A penas hablamos en todo el camino. Cuando llegamos, nos pusieron en distintos partidos, con distintas personas y en distintos campos. No volvimos a cruzar miradas. Ni palabras ni nada. Yo sabía que era lo mejor. El amor… que sentimiento más inútil y estúpido. El amor no existe. Solo existe la atracción y… eso. Y después… nada. Después, o tienes suerte, o sino acabas en un hospital con una barriga gigante. Suspiré y boté tres veces la pelota, antes de sacar en dirección al cuadro interior de Abril. Todo estaba mal. Había empezado a sentirme como antes. Aunque yo ya sabía que estoy sucedería algún día… las cosas volvían a ser como antes. Peor que nunca.