domingo, 9 de enero de 2011

6. Una grata visita

Ni si quiera le di a la pelota. Me caí al suelo de bruces y la raqueta voló a un metro de mí. Sentí la vista preocupada de Abril desde la otra pista, pero me levanté con la mirada fija en el suelo e hice como si no acabase de perder un partido sin meter ni un mísero punto.
-6-0, partido para Ismael-dijo la entrenadora mirándome también.
Escuché como se acercaba a mí con paso fuerte. Seguramente me iba a caer una bronca, o quizá una leve regañina. La observé de reojo. Vale, no iba a tener la suerte de la segunda opción. Casi me parecía que iba a echar humo por las orejas.
-¡Carla! Eres una de las favoritas para el puesto de titular-me reprochó-vete a los vestuarios a limpiarte la cara; y será mejor que vuelvas convertida en una Arantxa.
Sin levantar la vista, me fui a paso lento hacia los vestuarios que había al lado de las pistas. Entré con un suspiro y abrí el grifo. Estuve algo de tiempo entretenida, oyendo el chapoteo del agua caer alrededor del lavabo; con los pensamientos en blanco, como un barco que navega en aguas templadas sin avistar tierra. Me lavé la cara y luego miré mi reflejo en el espejo. Observé mi piel pálida,  mis ojos verdosos y grisáceos y el pelo castaño rojizo. Una bonita y alargada trenza  me caía por el hombro. Arrugo la nariz. Tengo una mancha oscura debajo del ojo. Me la limpio con agua, y me dejo caer al suelo, con la espalda apoyada en la fría pared. Un montón de recuerdos empezaron a cruzarse en mi mente, a la velocidad de la luz, atormentándome. Me tapé la cara con las manos y dejé la mente de nuevo en blanco. Con dolor me dejé caer en el suelo del baño. Tenía la espalda fría de la pared. Me levanté y me limpié las piernas. Iba a salir, cuando vi que Abril me miraba desde la puerta. Me apoyé en el lavabo con mirada inexpresiva. Pero Abril no iba a consolarme. Se acercó a mí y sonrió.
-Carla, alguien muy especial ha venido a buscarte-me dijo.
-¿Muy especial?-pregunté sorprendida.
Corriendo fuera de los vestuarios, llegué a las pistas. Ya era la hora de que terminaran las clases de tenis de por la tarde. Entonces le vi. Mirándome, apoyado en la puerta de la pista, con las manos en los bolsillos y gesto seductor. Sonreí, y me tragué las lágrimas. Eché a correr y me fundí entre sus brazos. Él se rió y me dio una palmada en la espalda. A penas me di cuenta de cómo Ismael miraba furtivamente la escena.
-¡Mark! ¿Cuándo has venido? ¿As acabado con tus exámenes?-le pregunté emocionada.
-Acabarlos, los he acabado, pero no muy bien-dijo con una sonrisa de oreja a oreja.-me han dicho que últimamente andas muy deprimida, ¿qué te pasa?
-¡Nada ahora que tú estás aquí!-exclamé apretándolo más.
-Esta niña loca…-suspiró  Abril acercándose- ¿cuándo dejará de comportarse como una cría cuando estás aquí?-añadió pícara.-cuando apareces tú es como si le cambiara la personalidad…
-Ja, ja,-se rió mi hermano-cuánto tiempo Abril. Cuando me viste y echaste a correr pensé que era porque te daba miedo encontrarte con un hombre tan apuesto como yo.
-O tan idiota-dije.
-Sólo iba a avisar a Carla-se excusó ella sin apartar ni un instante la sonrisa de sus labios.
-Bueno, entonces nos vamos-apremié sonriente.
Me despedí de los demás, que ya estaban recogiendo. Mark me echó un brazo por los hombros y salimos de las pistas. Iba jugando con el asa de la funda de la raqueta, cuando Mark me sorprendió con una achuchón.
-¡Cuántas ganas tenía de verte, enana!-exclamó riéndose.
-¡Y yo!-dije feliz.
Nos gustaba pelearnos y chincharnos, pero mi hermano era al chico que más quería en el mundo. “El chico” claro, porque mi madre iba por delante, obviamente.
-Te he echado de menos-admití.
Soltó una carcajada.
-Pues durante mi periodo de universitario me he echado novia-comentó.
-¿Ah, sí? ¿Cómo se llama?-pregunté interesada.
-Anabel. Es una persona muy simpática y agradable. Está haciendo la carrera de medicina.-dijo.
-Guau, pues un abogado y una doctora… ¡no vais a tener tiempo para cuidar de vuestros hijos!-le reproché.
-Eh, no vayas tan rápido-dijo-solo tengo diecinueve años.
-Ya eres mayorcito-observé.-podríais tenerlos.
-Creía que tú no creías en el amor.
Me reí con el juego de palabras, y luego fijé mi vista en el cielo mientras caminaba. Él me miró algo preocupado, como si sintiera que había metido la pata.
-Y no te equivocas-dije-pero eso no me quita de fantasear sobre ti…
Mi hermano me dio un codazo y yo me quejé exageradamente. Seguimos caminando, y pasamos al lado de la calle donde vivía Ismael. No pude evitar sentir algo de malestar al recordar cómo sus labios rozaron los míos.
-Mamá sigue estando loca por sus libros, ¿no?-preguntó él desviando la conversación.
-Cada día está peor-dije con un suspiro- hay días en los que se olvida de hacer la comida.
-Pues será mejor que mañana no se le olvide, porque como en casa.-dijo.
-¿De verdad?-pregunté.
-Sí, y traeré de visita a Anabel para que la conozcáis…
-Bien-dije yo dando una vuelta sobre mí misma emocionada.
Iba a entrar en casa entrando la llave, cuando Mark dijo algo que me dejó pensativa. Giré la cabeza y observé como un chico desaparecía corriendo hacia la otra calle.
-Cuando estás conmigo te vuelves amable, agradable y encantadora. Deberías darle la oportunidad de conocer tu yo interior a ese chico.
La puerta se abrió, y Mark entró en casa sin mirarme. Me quedé afuera, completamente perdida. Ése era Ismael. Me había seguido. ¿Celos? No lo sé. De repente pensé en lo que mi hermano me había dicho. “Amable, agradable y encantadora”. ¿Así era yo en realidad, cuando veía a mi hermano? Suspiré y cerré la puerta tras mí. Crucé el jardín mientras me sumergía en el profundo e hipnotizador olor de las rosas.

*

La miré. Alta, delgada, piel blanca y gran sonrisa. La chica perfecta para mi hermano. Tenía el pelo pelirrojo y corto,  y los ojos azules. Era extraño ver a personas así. Lo más corriente es que las personas tengamos el pelo castaño, debido al clima y cosas de ésas. Como en Inglaterra, que está todo lleno de rubios. Realmente, mi hermano había encontrado una chica única. Le di dos besos, y me ofreció una sonrisa resplandeciente. Le devolví el gesto, aunque lo único que conseguía sentir era envidia. Era hermosa. ¿Y yo? Un cubo de basura comparándome con ella. Pero tampoco es que me importara mucho la belleza. De algún modo, era una característica relacionada con el amor.
Me pareció una chica muy agradable, tal y  como mi hermano me dijo. Lo único malo de la comida y el resto de la tarde, fue que mi madre la observaba maravillada, como si fuera un sujeto de experimentos o un descubrimiento de la NASA… Anabel sería seguramente, una gran inspiración para mi madre y sus diabólicos libros. Suspiré. Por lo menos no era la novia pija y asquerosa que siempre imaginé que tendría mi hermano. Ya lo sé; como en las películas americanas, donde la hermana pequeña trata de avergonzar a la novia de su hermano, para tenerlo más tiempo para él. Pero yo no era posesiva, y no quería a mi hermano solo para mí. De cierta manera y en algunos casos, en el pasado, lo echaba de mi habitación a patadas porque no lo quería cerca de mí…
Había sido una gran sorpresa su visita. Sentada en la cama de mi habitación empecé a reflexionar. Yo no tenía por qué estar triste. No tenía por qué estar llorando por culpa de un idiota como mi padre. E Ismael no tenía la culpa. Mañana me disculparía con él. Asentí y me cubrí con las sabanas. Había llegado el momento de ser feliz.

sábado, 8 de enero de 2011

5. Peor que nunca

No hablé ni con Abril ni con Sam en todo el camino. No habían cesado de hacerme preguntas, y yo las había sometido a un silencio sepulcral. Estaba hinchada de furia, rabia e indignación. ¿Qué se había pensado? ¿Qué yo era una chica fácil de esas que se tiran a los brazos de cualquiera? Me mordí el labio mientras cerraba los ojos irritada. Ellas me miraban con preocupación, y en el resto del camino, reinó el silencio entre las tres. Llegamos a clase, donde nos esperaban Fer e Ismael. Éste sonrió a Sam y a Abril, pero cuando me miró, su sonrisa se disipó, y miró hacia otro lado con gesto molesto. Yo también le evité. Encima se iba a enfadar conmigo, el muy caradura. Pobrecito, le había aplastado su gigantesco ego…
-Carla.-me llamó Sam.
-¿Qué?-exclamé molesta por la interrupción de mis insultos internos hacia Ismael.
-Nada, hija, sólo quería preguntarte el por qué has hecho el dibujo de la tierra de la esquina tan… cuadrado.
-No está cuadrado-dije molesta-si alguien no me hubiera molestado la tierra estaría redonda.
-¿Molestado?-exclamó Ismael irritado-si alguien no dibujara pésimamente da por seguro que sería redonda.
-¿Me estás diciendo que dibujo mal?-exclamé furiosa.
-¿Tanto miedo te da la realidad?-preguntó cortante.
En seguida capté el doble sentido de la frase. Los ojos casi se me llenaron de lágrimas, y él lo notó. Me limpié a tiempo y le miré con furia. Preví que iba a disculparse, así que me alejé de él.
-¡Carla!-me llamó, pero yo salí de la clase en dirección al baño.

*

-¿Qué le has hecho?-preguntó Abril preocupada.
-Yo… nada-dijo Ismael exhausto.
-Parecía bastante enfadada, de camino al colegio no ha abierto la boca-comentó Abril mirándole asesinamente- no le habrás hecho algo…
-Esperad ahora vuelvo.-dijo él dejando la clase.
-Uf, menos mal que hemos venido pronto-comentó Sam mirando el reloj- a menos que quieran saltarse la primera hora…
*

Entré en el baño de las chicas. No había nadie; una suerte. Abrí el grifo y comencé a limpiarme los ojos, con cuidado. No quería volver a la clase con los ojos rojos, como si hubiera llorado. O casi. Miré mi reflejo en el espejo. ¿Quién se había creído para hablarme así? Entonces oí como entraba alguien. Cerré el grifo y me sequé.
-Carla.
Me giré. ¿Qué hacía él aquí? Le miré con mirada seria. Y tirando el trozo de papel con el que me había secado a una papelera, le ignoré y caminé hacia la puerta para irme.
-Carla, espera-dije deteniéndome.
Levanté la mirada desafiante hacia él. Retrocedí un paso y esperé para escucharle.
-Perdona, no era mi intención que…
-¿Qué? ¿Burlarte de mí? ¿Humillarme?-pregunté con un hilo de voz.
-No ha sido para tanto-dijo él.
-Olvídate de mí-dije girando los ojos.-y vete, este es el baño de las chicas.
Pasé a su lado, y esta vez no me detuvo. Iba a salir, pero me paré al lado de la puerta, con un sentimiento de culpabilidad. Mi furia se había disipado al cruzar, y ver como bajaba la cabeza rendido.
-Yo… también lo siento-musité-pero busca a otra persona. Yo no soy a quién quieres.
Diciendo esto, dejé el baño de las chicas. Corriendo, logré salir del instituto. No me apetecía estar en él, me saltaría la  primera hora y llegaría a la segunda para la hora de Geología. No podía volver a casa. Mi madre no era la típica madre que echaba broncas, pero no quería arriesgarme por si le daba por cambiar de parecer. De repente me acordé de que me había dejado la mochila en el instituto. Estuve dando un paseo hasta la segunda hora. En ese aburrido y martirizante tiempo, estuve pensando con dolor en mi padre.

-¿Has dejado de querer a mamá?-pregunté mientras seguía llorando.
Mi padre no me respondió. Seguía mirando por la ventana, sin dignarse si quiera a mirar a su hija. Empecé a odiarme a mí misma. En todas las peleas era yo la causa. Yo era el regalo de los dos, pero empecé a sentirme como los restos de una comida. Inútil. Estúpida. Un estorbo. Miré hacia el suelo, mis pies pequeños, mi osito de peluche, algo viejo y con su precioso lazo rojo; junto a mí.
-¿Cuándo te vas, papá?-le pregunté abrazándome a él y entre lágrimas, deseando oír un “nunca”.
Seguía reinando el silencio, y yo ya creía que me volvería loca. Quizá me había quedado sorda. Más inútil aún. Una niña pequeña… sorda.
-Hija, las cosas han cambiado-respondió al fin, con firmeza- he empezado algo nuevo. Una vida nueva.
-En esa vida ya no estoy yo, ¿verdad?-musité tragándome los sollozos.
-Lo siento cariño-me respondió.-quédate con mamá. Ella te quiere y te necesita.
Giré la cabeza. Mi madre estaba sentada en el sillón, con la cabeza escondida en su regazo, sin emitir ningún sonido. Sufriendo. También vi a mi hermano. Él estaba escuchando música. Tenía la cara roja de llorar, y mirada hacia el techo sin decir nada. Ya había dicho bastante. Ya había gritado, chillado y discutido. Ya había dicho que le odiaba, que le detestaba y que le quería lejos. Ya le había dicho que él había dejado de ser su padre.
-Papá…-musité yo agarrando con fuerza la tela de sus pantalones.
Pero él me empujó levemente, abrió la puerta, y cargando con la maleta, lo vi caminar a través del jardín. Observé como un coche blanco, que parecía bastante lujoso, se paraba en la puerta. Vi como salía de él, una niña muy bonita, más pequeña que yo, con dos coletas rubias con tirabuzones. Ja. Su otra hija. Más bonita. Más útil. Más. A ella la quería. Ella era su nueva vida, junto con aquella espantosa mujer de la que se había enamorado. Y fuera, odiándole con toda mi alma, estaba yo. Sola e inútil.

De nada sirvió que volviera a lavarme la cara en el baño. Cuando llegué a clase, me dolían los ojos de llorar y estaba muy cansada. En cuanto me senté en mi silla, junto al pupitre, Abril y Sam se me acercaron preocupadas.
-¿Estás bien, Carla? ¿Qué te ha pasado?-me preguntó Abril.
-Nada-dije sonriendo y limpiándome un poco los ojos con disimulo-un mal día.
Las dos me miraron con cara de póker, pero yo cerré la boca, y me limité a sacar los libros.
-Perdonad chicas, lo de la tierra cuadrada fue culpa mía.-dije para distraerlas un poco.
Fernando se me acercó a preguntarme, pero mi respuesta fue la misma. Le sonreí y le pedí que no se preocupara. En realidad… no era nada. Solo los fantasmas del pasado, que de vez en cuando, regresan y me hacen recordar. Ismael también se acercó, pero no me dijo nada. En el fondo él no tenía la culpa. Había tenido la mala suerte de que alguien como yo la atrajese. Sólo eso.


Seguía cansada. Había llevado la cara de muerto todo el día. Entonces le vi. Estaba cruzando el paso de peatones. Pensé en tirar por otro camino, pero no había otro. Con resignación lo saludé con un apagado “hola”. Él movió la mano un poco, como si diera a entender que me había escuchado y me respondía al saludo.
Me cambié de hombro la raqueta. A penas hablamos en todo el camino. Cuando llegamos, nos pusieron en distintos partidos, con distintas personas y en distintos campos. No volvimos a cruzar miradas. Ni palabras ni nada. Yo sabía que era lo mejor. El amor… que sentimiento más inútil y estúpido. El amor no existe. Solo existe la atracción y… eso. Y después… nada. Después, o tienes suerte, o sino acabas en un hospital con una barriga gigante. Suspiré y boté tres veces la pelota, antes de sacar en dirección al cuadro interior de Abril. Todo estaba mal. Había empezado a sentirme como antes. Aunque yo ya sabía que estoy sucedería algún día… las cosas volvían a ser como antes. Peor que nunca.



4. Ni en broma

Me dolía la cabeza. Estábamos en Matemáticas,  y era incapaz de atender al profesor. La noche anterior me había ido a duchar después de aquella paliza de tenis. Observé a Ismael, sentando a tres metros de mí, mirando al profesor con cara de aburrimiento. Me recordaba a mi hermano. Yo, patinando por el parqué, persiguiendo con un cojín al idiota de mi hermano, que después de estudiar, empezaba a meterse conmigo, como para relajarse del estrés que empollar le suponía. En ese entonces yo era muy pequeña… cuando se fue a un piso como estudiante de universidad sentí que lo iba a echar mucho de menos. Nuestras peleas, insultos amistosos… me di un pequeño masaje en las sienes. “Carla atiende”, me dije a mí misma. No era el momento para pensar estupideces, ni mucho menos. El timbre sonó, como un canto de ángeles, y no tardé nada, en ver a Abril sentada sobre mi pupitre con mirada interrogante.
-Ayer te fuiste muy tarde, y esta mañana ni me has esperado. Ya me vas contando que te pasó como Isma…
-No digas tonterías-espeté enfadada-sabes de sobra que no soy de ésas que se tiran al primer tío que ven o que se enamoran a primera vista…
-Pero volvisteis juntos-exclamó ella con los ojos brillantes.
-¿Es que acaso vas a negar la noche de pasión que compartimos?-gimió la voz de Ismael, que se había acercado a mi mesa con una sonrisa burlona.
A Abril se le encendieron los ojos y enrojeció levemente. La muy idiota ya estaría imaginando una secuencia completa de nuestra “supuesta noche de pasión”
-No digas idioteces-dije molesta.
-Te repites…
-Si lo vuelves a decir te ahogo-le amenacé.
-Sentaos todos, venga, ya-exclamó el profesor de Geología entrando en el aula con gesto cansado.
Ismael me guiñó ridículamente un ojo y se apresuró a sentarse en su pupitre. Me mordí el labio. Menudas confianzas.
-Bueno chicos-se quejó el profesor sentándose en la silla,  todo desparramado, como si llevara días caminando sin descanso por el desierto.
Se hizo al final, el silencio en la clase. Apenas se oían los cuchicheos de mis compañeros y el jaleo del tráfico en el exterior. Jugué sin pensar con el tapón del boli mientras atendía al profesor.
-Hoy quiero que hagáis un trabajo por grupos, si son de cinco mejor.
Empezó a armarse un gran alboroto, como cuando suena el timbre. Siempre pasaba cuando el profesor decía la palabra “grupo” y “trabajo” a la vez. La gente comenzó a levantarse para no quedarse fuera.
Capturé la mirada de Abril y ambas sonreímos. Buscamos con los ojos a Sam, que sonrió a la vez. La sentíamos ya parte del grupo. Pero sólo éramos tres. Paseé mi mirada por la clase, y observé como un grupo de chicos discutía algo. Dos se habían quedado fuera de un grupo. Ismael y Fernando. Vi con terror como se acercaban.
-¿Hay hueco aquí para nosotros?-preguntó Fernando  poniendo la mano en la mesa de Abril.
-Claro-exclamó ella.
-Entonces ya somos cinco-resumí acercándome a ellos y cruzándome de brazos.
-Podemos quedar esta tarde.-exclamó Sam sentándose en el pupitre con entusiasmo.
-Quedemos en mi casa-propuso Ismael sonriendo.
-Espera a que nos digan el tema del trabajo-le dije cortante.
Éste me miró inexpresivo y luego sonrió. Evité su mirada y no pude evitar sonrojarme. Oh, no. Mala señal. Respiré con tranquilidad, y con una mueca de fastidio, volví a mi sitio. El trabajo iba sobre el calentamiento global… prometía ser un coñazo de los grandes, pero aún así, me tragué mi mal humor y continué aguantando el resto de la mañana. A la salida me reuní con Abril y Sam, que me esperaban sonrientes.
-Que guay…-comentó Sam mientras caminábamos-vamos a hacer un trabajo con Ismael y Fer… son súper monos.
-Bueno, como yo sólo tengo ojos para mi Alberto-alardeó Abril.
-Esperemos que te dure-dije con un suspiro- no tengo ganas de consolarte una noche entera, lágrimas de cocodrilo.
Sam soltó una risotada. Hoy llevaba una bonita trenza a la derecha de la cabeza y un vestido azul claro con un cinturón marrón y unas botas al estilo cowboy. Tenía un bonito sentido del gusto. En cambio yo, seguía en mi faceta, con pitillos y una vulgar básica con una chaqueta. Abril vestía tan libre como siempre, como un arcoíris. Suspiré. Esta tarde se me avecinaba algo movida, seguro que ese idiota de Ismael, que conocía de apenas dos días, se iba a dedicar a chincharme toda la tarde. Sonreí al acordarme de nuevo de mi hermano. Seguramente estaría enfrascado en uno de sus exámenes de carrera. Había acabado hace nada el instituto y ya era un universitario en toda regla.
-¿En qué piensas, Carla?-me preguntó Abril-no será en Isma, ¿verdad?
-No digas idioteces-exclamé reaccionando- ya te he dicho que yo…
-Que no crees en el amor, lo sé-me cortó Abril con gesto cansino- pero sí en los rollos, ¿no?
-Es por eso precisamente por lo que no creo-dije aburrida.
-Estoy contigo, Carla-me animó Sam- los chicos son todos unos idiotas que solo miran lo que quieren mirar.
Sonreí. Esa chica cada día me caía mejor.
-Sí-asentí-unos completos idiotas… con ésos vamos a quedar esta tarde.
Hicimos un suspiro triple, y luego nos reímos. Desde que estaba en el instituto… las cosas eran muy distintas, y también más divertidas. Me despedí de las dos en un cruce, y seguí el resto del camino, sola. Entonces me acordé de que Ismael vivía en frente de mi casa. Lo más probable era, que nos encontráramos a menudo de camino a casa. Tenía suerte de no habérmele encontrado hoy. Entré en casa, cruzando como siempre, el enorme y florido jardín. Mi madre estaba sentada en la butaca, observando las nubes en el cielo.
-Mamá, no se te habrá olvidado hacer la comida de nuevo, ¿no?-pregunté cruzando los dedos detrás de la espalda.
-¡Ay, cariño!-exclamó sobresaltada-¡lo siento, ahora voy!
Se levantó atropelladamente y salió disparada hacia la cocina. Suspiré. Mi mirada se posó en la portada del libro que mi madre tenía encima.  “Como decirte que no”. El título contradictorio, me dio curiosidad, y abrí las tapas del libro. A mi madre le gustaba mucho releer sus libros. Éste lo había sacado hace poco, y había conseguido ser, éxito de ventas. Siempre lo veía, expuesto en los escaparates de las librerías. Empecé a leer una parte del libro, una página a ciegas.
-Como tengo que decirte, que no puede ser, que yo no creo en esta estupidez.
-Intentémoslo. No tienes nada que perder.-me susurró él.
-Suéltame-le exigí rompiendo el círculo de sus brazos a mi alrededor.
-¿Vas a negar que me quieres?-preguntó dolido.
Observé sus ojos brillantes y su gesto despechado. Sus brazos cayeron a ambos lados de sus costados y me liberé de él. En seguida noté como mis ojos se llenaban de lágrimas, pero no de debilidad, sino de resignación.
-Como decirte que no...
Dejé de leer. A mi madre le encantaba escribir novelas románticas, cosa que aborrecía. No sé cómo podía seguir creyendo en el amor después que mi padre la dejara por otra mujer. Esbocé una sonrisa, comprimiendo en ella toda la furia y la rabia que sentía por mi padre. No, el amor no existe.

*

-¿Lo tienes todo?-me preguntó Sam sonriente.
La casa de Ismael era grande, pero no como la mía. Era espaciosa y acogedora. La luz entraba por las ventanas y se filtraba por las cortinas amarillas, dando una tonalidad hermosa al salón. Sus padres habían ido a visitar a una señora, y estábamos solos en casa. Abril no había dejado de darme codazos, incluso después de la aclaración de esta mañana. Además, hoy estaba de mal humor. Pensar en mi padre siempre me ponía así.
-Tengo la impresora lista-anunció Ismael- has traído información, ¿no, Carla?
-Sí, aquí está-le dije sacando de mi mochila una carpeta de color lila.
-Vámonos a mi cuarto, allí estaremos mejor.-propuso Ismael cogiendo las cosas.
Los cuatro asentimos a la vez. Su habitación era como la mitad de su salón, amplia y ordenada. No tenía ningún poster colgado en la pared, sino calendarios y un tablón de corcho con cosas apuntadas, número de móviles, direcciones… Fijé mi mirada en unos ganchos al lado de la ventana. Medallas. Medallas de campeonatos de tenis. No fijé la vista en una vitrina que tenía al lado del armario. No quería ver los flamantes y brillantes trofeos que tenía allí expuestos.
-Guau, tío, ¿juegas al tenis?-preguntó Fernando observando con admiración sus trofeos y medallas- debes ser un hacha.
-El mejor-dijo riéndose y mirándome de reojo.
-Eso está por ver-susurré muy bajo.
Tosí un poco para disimular, cuando Abril me miró divertida, y empecé a observar los libros que tenía en una estantería, encima de la mesa de estudio. Ismael encendió el ordenador y nos ofreció asiento. Sam y Fernando se sentaron en dos sillas, pero Abril y yo nos sentamos en la cama, el único sitio que teníamos. Estuvimos largo rato preparando el trabajo. A Fer se le daba genial pintar, así que él hizo las letras de la portada, y algunos dibujos de la tierra.  El tiempo se nos pasó rapidísimo. Sin darnos cuenta, ya eran las ocho. Fernando tenía que irse, así que dejamos a medias, el tema de los dibujos. Más tarde se fue Samanta. Sólo quedábamos Abril, Ismael y yo.
-Creo que mañana en clase, podremos terminarlo-dijo Ismael sin quitar la vista del folio de la información.
-Sí-dije distraída, mirando los colores y las formas de las letras.
-Vaya, qué tarde es-dijo de repente Abril mirándome con otra de “sus caras divertidas”-creo que debería irme ya, he quedado con ir a recoger a mi hermana pequeña a un cumpleaños.
Abrí la boca de par en par. No podía creer que me estuviera haciendo esto. A mí. A su amiga. Observé con indignación y ojos amenazantes, como torpemente, recogía sus cosas. Con un saludo de despedida efusivo, cerró la puerta tras sí y me dejó sola. Esto era un asesinato a sangre fría. Me sentía como si estuviera encerrada en un cuarto con un león dormido dentro. Bueno, no tenía por qué preocuparme. Ismael solo era un estúpido idiota.
-Vaya, nos hemos quedado solos-comentó con una de sus sonrisas.
-Ya ves-dije intentando ocultar mis nervios y sentándome en una silla.- creo que debería intentar terminar el trabajo de Fer…
-¿Pintas bien?-me preguntó pasándome un lápiz.
-Cabe la posibilidad de que el trabajo quede aceptable-dije con resignación.
Él se rió. Pero a mí no me hacía ninguna gracia. No sé que era peor; yo con un lápiz en la mano, o Ismael y yo encerrados en su habitación.
-Sí, pintas la tierra girando, que por lo menos parezca redonda-dijo poniendo su mano encima de la mía y redondeándola con el lápiz.
Respiré y aparté su mano con sequedad.
-Así está bien.-murmuré.
Se hizo el silencio entre los dos, y apenas tuve la valentía de mirarle.
-¿Por qué te caigo mal?-me preguntó de repente-no te he hecho nada.
-No me caes mal.-dije contradictoria.
-Entonces no sé porqué me tratas así.
-Eres mi rival. Cuando te venza, quizá te trate mejor.
-¿Competitividad?
-Algo así.
-Estás haciendo la tierra cuadrada…-me dijo perdiendo los nervios y saliendo de la discusión en la que estábamos.
Remarcó con el lápiz la línea redonda de la tierra. Le observé de cerca. Se había inclinado sobre mí, y parecía no darse cuenta de cómo su pecho oprimía mi hombro. Sin poder evitarlo me puse las manos delante de la boca y tosí. Él me miró y sonrió con dulzura. Esto no es lo que yo quería. Me mordí el labio y observé cómo se acercaba, poco a poco a mí.
-Ismael, yo…
-Tú no me caes mal. Me atraes.-susurró.
No reaccioné. Estaba como en estado de trance. ¿Qué quería decir con eso? Reaccioné cuando sus labios rozaron los míos. Giré la cara y le empujé levemente, sin mucha fuerza.
-Ni en broma-dije con la voz quebrada y levantándome de la silla.
Recogí mis cosas y salí rápidamente de su casa, sin ni si quiera mirarle. Ya en la calle, no pude evitar derramar unas cuantas  lágrimas ¿Qué diablos estaba haciendo? Crucé hacia mi portal, y entrando la llave en la cerradura desaparecí entre las apagadas rosas.

viernes, 7 de enero de 2011

3. Otra vez

Caminé por la acera distraída. Hoy había sido un día asquerosamente aburrido. A penas había tenido tiempo para terminar de leer el libro de mi madre. Aunque tenía que admitir que no me importaba mucho que pudiera pasarle a Carolina. Era inquietante saber que ella estaba basada en mí. Me dieron ganas de reír cuando leí las líneas en las que Carolina lloraba por Roberto. Yo jamás cometería los errores que ella cometía continuamente. Antes de nada, jamás habría salido con el tal Roberto, por muy enamorada que estuviera. Sonreí. El amor, el amor, el amor… era una estúpida condena que nos acompañaba toda la vida. Era un castigo, algo invisible que solo sabe herir. Pues, aunque creas en él, siempre te acaba traicionando; al final, cuando menos te lo esperas. La muerte se lleva a la otra persona, y entonces, ¿qué? El amor te juega una mala pasada. La muerte y el amor se vinculan sin remedio. Aunque la muerte, es la sentencia que le espera siempre a cada uno. La muerte, o el abandono... claro.
Apenas me di cuenta de que había llegado ya a la ciudad deportiva. Subí la rampa y pasé por el pabellón. Podía oír los gritos desesperados del portero a los jugadores, y el silbato del árbitro en el pabellón. Seguí caminando, esta vez dándome más prisa. Iba a llegar tarde, y eso que solo era el primer día.
-Bueno, ahora decidme vuestros nombres…
La clase ya había empezado. Desde lejos vi a una mujer junto con los demás chicos. Abrí la puerta con brusquedad, hecho que consiguió que fuera el objetivo de todas las miradas. Con la cara roja como un tomate, entré en la pista y me apresuré a dejar la funda de la raqueta junto con las demás.
-Perdonad-dije.
En un instante tuve a mi lado a Abril que en vez de mirarme con reproche, me sonrió de oreja a oreja. Suspiré y miré hacia la entrenadora. Ésta había fijado la vista en mí con curiosidad, como si fuera un valioso y brillante trofeo.
-¿Eres la famosa Carla?-dijo.
No sabía si era una pregunta o una afirmación, pero asentí con la cabeza. Ella sonrió. Por un momento temí que me pusiera a prueba, pero se giró hacia los demás y prosiguió con la clase.
-Bueno, sigamos. Estaba preguntando los nombres, venga, decidme.
Empezaron a decirlos. Había varia gente nueva. Entre ellas distinguí una chica de pelo rizado y morenita, y otra de pelo rubio oscuro. Había dos chicos nuevos. Abrí muchos los ojos. No podía creerlo. ¿Él otra vez? Esto ya se pasaba de coincidencia. Ahí estaba de nuevo, aquél chico. No me había equivocado en cuanto a lo del tenis. Escuché atentamente cuando dijo su nombre. Ismael.
-Bueno, chicos, ¿cuántos años de experiencia tenéis?-preguntó la entrenadora.
La mayoría de años no superaba los cinco. Todos tenían más o menos cuatro años de experiencia. Entonces él resaltó.
-Siete, siete años.
Mi mirada se fijó en él. No pude describir lo que sentí. ¿Envidia, furia, enfado…? El caso es que sentí como si esa cifra se me clavara en el corazón. Era la situación que más me incomodaba. Como si alguien estuviera superándome.
-Vaya, Ismael, entonces tú sí que tienes experiencia.-lo alabó la entrenadora-Vamos a empezar el primer día con partidos, para que vea vuestros fallos.
Empezó a colocarnos por parejas. Abril me miró con ojos de cordero, pero de mí no dependía la decisión. Además, sentía como una extraña sensación por dentro, como de furor. No podía evitar fijarme en aquél chico; quería medirme con él para saber quien era mejor de los dos.
-Ismael y Carla, poneos juntos.
Observé a Abril. Esperé una mueca de fastidio por su parte, pero sólo me miró un instante con curiosidad, y luego puso una sonrisa pícara. Al principio dudé, pero después entendí. Había reconocido al chico de la otra tarde, y me había visto fijarme en él. Solo había conseguido darle un motivo para burlarse de mi opinión sobre el amor. Chasqueé la lengua y miré con desprecio hacia al suelo. Yo tenía un tenis duro y despiadado. Cuando se me presentaba un desafío como éste lo único que conseguía era ponerme nerviosa, pero a la vez no me sentía tranquila hasta haberlo afrontado.
-Estás en mi clase, ¿no?-preguntó él al pasar a mi lado.
-Como si no me hubieras visto-dije molesta.
-Demasiadas veces -murmuró él ignorando el tono despectivo de mi voz y poniéndole uno burlón al suyo.
Sacó una pelota del carro y la botó varias veces. Con las rodillas flexionadas, y detrás de la línea, esperé firmemente su saque. No me dio tiempo ni a moverme. La pelota botó en mi campo y se salió fuera. Punto. 15-0. Me mordí el labio.



-Qué paliza-murmuré quitándole el tapón a la botella.
-Lo has hecho bien-me dijo a mi lado.
Nos habíamos pasado toda la hora jugando. Eran las nueve y media, y las pistas solo estaba iluminadas con la luz de algunos focos. Ambos estábamos sentados en el banquillo, bañados en sudor.
-No es algo que yo le diría a un oponente-dije.
-Pues yo sí-me contradijo.
Lo ignoré y di un largo trago de agua. Estaba agotada. Había perdido por un punto. Por lo menos no había sido una derrota de esas vergonzosas que te recuerdas hasta el final de tus días. Había sido un buen partido. Pero seguía sintiendo esa sensación; más débil, pero la seguía sintiendo.
-Solo ha sido por un punto-puntualicé-la próxima vez ganaré.
-Lo dudo-murmuró él.
-¿Y tú qué sabes?-murmuré molesta.
-Podría haberte ganado sin que me marcaras un mísero punto-alardeó guardando su raqueta en su funda.
-Pero no lo has hecho-murmuré con tono burlón.- ¿Por qué será?
No dejé que me respondiera. Me levanté, guardé la raqueta y dejé la pista. Lo había visto de lejos, pero no había sacado ninguna conclusión sobre él. Y ahora que había hablado con él podía entender y conocer su carácter. Burlón. Competitivo. Audaz. Le di una patada a una lata. Debía adivinar las conclusiones que él había sacado sobre mí. Me había limitado a mirarle despectivamente y defenderme.
Seguí caminando algo confusa. Ya era casi de noche. Entonces oí como alguien me seguía. Intuí quién era, pero miré hacia atrás por si acaso. Como un idiota se había apresurado a seguirme, con la raqueta en su funda, colgando del hombro.
-¿Tienes miedo de volver a casa solo?-pregunté con malicia.
-No digas tonterías-exclamó.
No pude evitar sonreír.
-Idiota.
-Imbécil.
-Prepotente.
-Listilla.
-Capullo.
-Idiota.
-Eso ya lo he dicho yo-protesté.
-Que yo lo sea no quita que tú no puedas serlo.-espetó él.
-Idiota.
-Te repites mucho.-comentó con una sonrisa burlona.
Suspiré. Era un as chinchando; una característica más que añadirle a su perfil. Y tenía buenas respuestas en la manga. Otra más.
-¿Tu casa está cerca?
-En la calle Pintores.
-Esa es la calle paralela a la mía-observé.
-¿Somos vecinos?-añadí con exclamación.
Él sonrió con picardía.
-Vecinos paralelos-comentó con una sonrisa.
-Idi…
-Te repites mucho…
-Tú también.
Se cayó y me sonrió. Yo esquivé su mirada. Lo que me faltaba. Me había quedado sin hermano para discutir y me había salido ahora un sustituto.
-Bueno, ya hemos llegado-exclamó.- sueña conmigo esta noche.
-Sonaré que te doy una paliza.
-Somos rivales, ¿no?-preguntó abriendo la puerta con la llave.
Respiré detrás suya. Me había quedado hablando con él mediante insultos en la puerta de su casa sin darme cuenta. ¿Qué hacía aún ahí parada? Tosí, y me di la vuelta para irme con el ceño fruncido.
-Idiota.
-Te repites mucho…
-¡Ya, cállate!

miércoles, 5 de enero de 2011

Reto 50 Libros

Este es uno de mis retos; dad en la imagen para saber más:




1.Los Juegos del Hambre
2.En llamas
3.Sinsajo
4.Canciones para paula
5.La novena Noche
6.Los cuatro tronos