miércoles, 5 de enero de 2011

2. Primer día

La noche era devastadora. Con pereza apagué el despertador y me levanté. Abrí lentamente el armario y  me puse una camiseta gris, una rebeca y unos pitillos. No es que tuviera muchas ganas de destacar mi primer día de instituto. No era una de esas chicas a las que les gustaba llamar la atención. Cuando era pequeña, esas tres palabras me resultaban extrañas, perdidas, casi insultantes. No podía creer que hubiera algo mejor que estar sepultado entre los demás, sin que nadie pudiera hacerte enrojecer ni ponerte en ridículo simplemente por ser algo más popular. Me miré en el espejo antes de terminar de vestirme. Tenía el pelo bien peinado, ondulado sobre mis hombros y con brillo. Tenía ese color castaño rojizo que tanto me irritaba y me esforzaba por esconder. Por una vez en mi vida, sonreí ante la perspectiva de que alguien pudiera fijarse en mi pelo. Me gustaba demasiado ser invisible. Miré la funda de mi raqueta, apoyada en la pared. Hoy empezaba de nuevo las clases de tenis. Era mi sexto año ya. El entrenador me tenía siempre en punto de mira. Estaba obsesionado con que participara en la competición de tenis de la provincia. Este año al fin tendría edad para entrar. Pero no podía admitir que en el fondo, deseaba que me tocase otro entrenador este año. Suspiré, y salí de mi cuarto. El desayuno me esperaba en la cocina, como cada día. Me senté en una silla y empecé a morder una galleta sin demasiado entusiasmo.
-¿Te has terminado ya el libro? Tengo otro para ti-me dijo mi madre poniéndome un plato lleno de tostadas en la mesa.
-Me quedan dos o tres páginas-dije-me lo llevaré al instituto y en la hora de descanso me lo acabaré.
-¿Qué te parece de título… “La luz que no se apaga”?-me preguntó mientras se sentaba y empezaba a untar de mermelada una tostada.
-No existe luz que no se apague-repliqué.-pero si es en sentido literario, por mí está bien.
Mi madre sonrió y le dio un mordisco a la tostada. Bebí un trago, mientras observaba la nada con la mente en blanco.
-¿No te resultó familiar algún personaje?-preguntó mi madre divertida.
-¿Me habrías llamado Carolina si no te hubiera gustado más Carla?
-Posiblemente.
Sonreí.
-No deberías utilizarme como inspiración en tus libros.-dije con un suspiro- aunque mi personalidad encaje con la del protagonista.
-Tú y estas rosas-murmuró mi madre-es por eso que aún continuamos aquí. Y ahora que empiezas el instituto será más interesante.
Sonreí de nuevo con malicia. Mi madre y su amado sentido literario. Mi madre y sus porvenires. Sí. Mi madre. Una escritora que había perdido la cabeza por sus libros.
 Me levanté dejando el vaso de leche vacío y un paquete de galletas por la mitad. Alcancé con una mano mi mochila y empecé a mirar los libros.
-¿Sabes? Que te cambien de entrenador no significa que no vayas a participar en la competición provincial de tenis.-me comentó de refilón.
Me giré y la miré con un brillo de irritación en los ojos.
-No me voy a librar pues-dije con suavidad.
-No-finalizó ella empezando a recoger el desayuno.
Cerré la cremallera de la mochila y me la puse en el hombro y salí de la cocina. No tenía nada más que decirle a mi madre. El tenis me gustaba, pero una competición solo conseguía ponerme nerviosa y con ello solo conseguía parecer una estúpida novata.
-Mamá, creo que me voy ya.-dije abriendo la puerta principal en la entrada.
Ya afuera, vi a Abril haciéndome señas desde la calle. La brisa fría de la noche me golpeó en la cara. Con malestar caminé por el frío jardín, que a la oscuridad de la noche se veía casi tenebroso. Se me hizo imposible no repetir uno de mis monótonos suspiros al andar. Abrí la puerta con la llave y salí a la calle. Abril me esperaba, con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba apoyada en la reja, vestida con una camiseta de manga corta azul y pantalones cortos. Sinceramente, lamentaba que Abril no pensara igual que yo en cuanto al tema de “llamar la atención”. Había decorado su pelo con varias pinzas azules y llevaba una mochila de color gris oscuro con flores de color rosa. Comparada con ella, yo parecía una cortina. Pero no era algo que me disgustara, claro.
-Veo que llevas tus mejores galas-dijo ella irónicamente.
-Abril, será mejor que no me provoques dolor de cabeza, que solo son las siete y media-amenacé con mal humor.
-Bueno, hija-se quejó ella.
Comenzamos a andar. Durante el camino empecé a recordar la tarde anterior. Cinco chicos y dos chicas. Su primo  Víctor y sus amigos. Ella y yo. Víctor no dejaba de tirarme los tejos. Y yo no dejaba de enviarle miradas amenazantes. Yo no era una chica fácil. Nunca lo había sido. Solo me fijé en un chico, no fue lo que se dice, un flechazo. Más bien, curiosidad, o quizás admiración. No había necesitado mucho tiempo para averiguar que ese chico jugaba al tenis.  Brazos musculosos y gran precisión. El solo observar como tiraba una piedra, me hizo consciente de que ese chico debía sacar de maravilla. Eso fue todo lo que observé esa tarde. Bueno, aparte de ver cómo Abril se ligaba a un tal Alberto y como Víctor se alejaba de mí tras escuchar mi rechazo, esta vez en palabras.
-La tarde de ayer se me hizo aburrida-comenté.
-Yo me lo pasé bien-me contradijo feliz- conocí a un chico súper especial…
-Tú conoces chicos “especiales” todos los días, Abril. Será como siempre. Saldrás con él, el te dejará, me vendrás llorando, y te quedarás a dormir en mi casa para que yo te consuele-dije inexpresivamente, como si estuviera diciendo de memoria la lista de la compra.
-¡Pero esta vez es diferente!-exclamó indignada.
-Todos son diferentes.-susurré sin prestar demasiada atención, y parándome en un paso de cebra.
-¿Qué vas a saber tú? Si tú no crees en el amor…
-¿As durado más de dos meses con alguno?
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Cuando lo hagas, hablamos-la corté irritada.
Cruzamos en silencio el paso de cebra. Miré la cara de duda de Abril, antes de girarme a mirar el instituto. Era grande, gigantesco. Parecía un edificio fuera de lugar. Un sitio en el que temería entrar. Encerré estos pensamientos bajo llave, y empecé a observar la gente  alrededor; lo que en verdad temía. Con quince años, podía aspirar a poco, y sin embargo… me sentía mayor. Iba a empezar tercero de la ESO en un instituto. Mayor… empecé a reflexionar. Qué estupidez. Aunque claro, antes de pensar en si yo era estúpida o no, había que ver la cara de Abril. La observé. Había abierto mucho los ojos, y tenía las manos juntas, como si estuviera rezando.
-El paraíso-murmuró extasiada.
-No-la corregí yo-esto es el infierno. El paraíso es mi casa.
Empecé a caminar ignorando a la estatua de mi amiga, que en seguida se apresuró a seguirme. Abril era como una niña y no me extrañaba de la posibilidad de que se echase a llorar al verse perdida en un lugar como el instituto, en el que era tan nueva como yo. Anduve por los pasillos. Había un montón de taquillas, de ésas rollo americano.
-Guau-murmuró Abril mientras caminaba, como si hubiera cumplido su sueño.
-Llegaré a odiar este lugar-respondí con desprecio, sin prestar apenas atención al aspecto de los pasillos y de la gente alrededor.
Me concentré en buscar mi clase. En las listas salía mi nombre y el de Abril en 3º B. Iba leyendo distraídamente cada placa al lado de cada puerta.
-Carla, te has pasado.-me avisó Abril cogiéndome del brazo.
Me giré hacia atrás. Tercero B estaba medio metro atrás. Suspiré, y retrocedí. En la clase había varias personas charlando. De todas ellas solo una me llamó la atención. Era una chica de piel clara y pelo pelirrojo zanahoria, recogido en una cola de caballo. Tenía los ojos saltones algunas pecas debajo de los ojos y una sonrisa plagada de dientes blancos. Dejé de mirarla y empecé a observar sin demasiado interés la clase. Cuatro ventanas, grandes, que ocupaban media pared que daba al exterior, persianas blancas, demasiado nuevas. Las paredes estaban limpias, pero había marcas y restos de pintura que las señoras de la limpieza no habían podido quitar. Los pupitres estaban algo gastados, pero no solo por el tiempo. Casi pude ver todo lo que habían pasado. Las marcas de tinta, tipet y permanente, dibujos rallados a lo bestia con el compás, chicles pegados en la cajonera. En la pared, justo al lado de la pizarra, había colgado un calendario con la imagen de un petirrojo sobre una fina rama. Sonreí. Se podían descubrir muchas cosas observando detenidamente cada detalle. 
-¡Hola!
Me giré molesta. No me gustaba nada la gente activa. Yo era más de tranquilidad. De repente me di cuenta de que Abril era así. Me fijé en la muchacha que me había saludado. Era en la que me había fijado antes.
-Hola-dije suavemente.
-Me llamo Samanta, pero puedes llamarme Sam-exclamó presentándose.
-Mi nombre es Carla.
Hice todo lo que pude para sonreír.  Abril se acercó a nosotras, y se apresuró a hablar por mí, lo cual me resultó casi un respiro.
-¡Hola! ¡Soy Abril! ¿Y tú?
Samanta volvió a presentarse. Tenía la sensación de que ellas se iban a llevar bien. Quizá así Abril dejaría de darme la lata todas las tardes para que saliera. Entonces maldecí. Se me había olvidado de que íbamos a tenis juntas.
-¡Este es mi primer año!-exclamó Sam-estoy súper emocionada.
-¡Toma, y yo!-dijo Abril con un hilo de voz.
 Las dos se fundieron en una conversación entusiasta propia de dos niñas pequeñas. No pude evitar sonreír. Me aparté un poco de ellas y me senté en el primer pupitre que vi. Empecé a fijarme en el resto de la gente que había en la clase; dos chicas rubias muy parecidas que hablaban animadamente y tres chicos. Empecé a observar los rasgos de los chicos. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que uno de ellos ya lo conocía. Bueno. A medias. Era el chico del otro día, del que había deducido que jugaba al tenis. Era toda una casualidad que lo encontrara de nuevo otra vez. Quizá debería acercarme, a decirle ola… o algo. No. Sonreí con ironía. Yo no era así. Carla Danubio Cádiz no era así.







martes, 4 de enero de 2011

1. Rosas

Entrañable recuerdo ahogado en espinas. Interesantes palabras que carecen de sentido. Por lo menos para mí… ahora.  Releo y releo esa frase, pero no logro encontrarle el sentido. ¿De qué sirve amar, si solo crea malos recuerdos? Que te atormentan… toda la vida. ¿De qué sirve sentir…? Si al final, todo es una vulgar mentira. El nítido recuerdo de un beso, que te rompe por dentro, al escuchar esas palabras, que rompen todo… como si nunca hubiera existido nada.
-¿Qué haces?-me preguntó Abril.
-Cortar una rosa.-respondí.
Con cuidado la cogí, procurando no cortarme con sus numerosas espinas. La siento húmeda, como si estuviera llena de rocío, tras una oscura tormenta. ¿Para qué corto una rosa? Para nada. O simplemente, para ver más de cerca, qué quiere decir la protagonista de mi libro.  Pero aunque la acerco, la huelo y la toco, soy incapaz de comprender sus palabras, que como jeroglíficos para mí, yacen escritas sobre las páginas del libro de mi madre.  Ella debía estar en casa, como hacía normalmente. Entraría por la puerta, y la vería tranquila, escribiendo en el ordenador, pulsando enérgicamente las teclas, como si las palabras brotaran en su mente como luz que se abre paso en la oscuridad. Seguramente se levantaría tras entrar yo, y me dejaría otro libro encima de la mesilla. Yo suspiraría, y dejaría el anterior en sus manos, mientras abría las tapas del siguiente, para sumergirme en la profundidad de sus palabras.
-Eres una chica extraña, Carla.
-Lo sé-dije acariciando la rosa y colocándola de nuevo en el rosal.
Seguimos caminando por la calle. Al fin iba a empezar el instituto, y no podía negar que estaba deseándolo. Habían empezado a aburrirme las tardes caminando junto a Abril y hablando sobre temas del colegio, lugar que no volveríamos a pisar, nunca más.                            Acabábamos de salir de las pistas de tenis, y llevábamos la raqueta con la funda colgada del hombro. Como era casual, había ganado los tres partidos que habíamos jugado. No me ponía orgullosa haber ganado, pues pocas cosas sentía yo más que soledad y enfado. Podía creer que formaba parte de esa etapa que se suponía que vivía ahora, o simplemente que mi carácter era así.
-¿Quieres salir esta tarde?
-Si es para hacer lo mismo de siempre…
-No, he llamado a mi primo, y dice que tiene una pandilla de chicos tan aburrida como nosotras.
-¿Qué quieres? ¿Ligar?-pregunté despectivamente.
-Acho, tía, salir, que estás de una guisa últimamente…
-Bueno, vale-respondí sin demasiado entusiasmo.
No tenía nada lo suficientemente interesante que hacer esta tarde, como para no hacer caso del plan de Abril. Ella era una chica enérgica y sin preocupaciones. Estar con una chica tan amargada y aburrida como yo debía producirle un shock. En realidad no sé por qué estaba conmigo. Sin embargo, aún me acuerdo de aquél día de otoño.
 Iba caminando en silencio por una amplia calle llena de hojas. Hacía algo de frío, pero no lo suficiente como para ahogarme en unos guantes y una bufanda. Iba tranquila, sumergida en la profundidad de la música, con los cascos puestos. Entonces vi a una chica de pelo castaño y muy corto, algo menuda, que estaba encarándose con unos chicos. Observé con curiosidad, sin acercarme a la escena.
-¿Qué hacéis, idiotas? ¡Devolvedme mi raqueta!-les gritó histérica.
-¿Para qué la necesitas? Seguro que ni le das a la pelota…
-¡Claro que le doy! ¡Devolvédmela!
No pude evitar molestarme. Me acerqué a ellos. De repente el corazón empezó a latirme muy rápido en el pecho, pero no impidió que saliera a defenderla.
-¿Qué le haces?-exclamé- Suelta la raqueta.
-Pero si viene otra tenista profesional-soltó el otro gamberro.
Bufé, y con furia le quité la raqueta de las manos. Éste me cogió de la camiseta, y me levantó a diez centímetros del suelo, sin darme oportunidad de resistencia. Me tenía atrapada. Contuve el aliento mientras me miraba de cerca. Se me ocurrió la idea de morderle, pero no era lo que se decía, una buena idea, pues hace poco que había ido al dentista.
-Bueno, por lo menos eres bonita…-suspiró el chico.
No debía de tener más de tres años que yo. Le miré a los ojos con furia. ¿Cómo se permitía el lujo de tocarme? Era algo… humillante para mí.
-¡Suéltala!-gritó la chica.
Los dos chicos se rieron como hienas, mientras sentía que cada vez me costaba más respirar. Entonces me soltó bruscamente en el suelo, como si le hubieran dado un calambre. Me gustaría saber qué era lo que lo había inducido a hacerlo, pero me apresuré a respirar con desahogo, una vez que vi sus manos lejos de mí.
-¿Qué haces tratando así a mi hermana?-dijo una voz grave y amenazadora.
Miré hacia un lado. Mi hermano, un apuesto chico de unos diecinueve años, estaba en frente de mí, clavándole la mirada al chico.
-Perdona, Mark, no sabía que era tu hermana.-exclamó él.
Sentí la sombra oscura de la cobardía en su voz, y no pude evitar sonreír de asco. El chico me miró un instante, y luego  a la chica, y se fueron maldiciendo en bajo. Me limpié con enojo. Había sido el momento más humillante de toda mi vida.
-Y entonces… tu hermano se apresuró a prestarnos su ayuda, como un príncipe de novela romántica…-fantaseó Abril.
-¿Cuántas veces te he dicho que no me leas los pensamientos?-repliqué.
-¡Pero si lo estabas diciendo en voz alta!-exclamó ella.
Nos reímos. Desde ese día éramos amigas íntimas. Ella se apegó a mí, y yo comencé a apreciarla. La miré un instante. Seguía siendo tan menuda como entonces, pero se había dejado crecer el pelo.
-Desde que has comenzado a leer estás filosófica. A lo mejor es malo.-comentó.
Me cogí un mechón y lo miré con detenimiento, como si no tuviera otra cosa mejor que hacer, y solté:
-¿Sabes qué? Mejor no salgo. Se me han quitado las ganas.
-Vamos, tía, no me plantes-me lloriqueó- que le dije a mi primo que le iba a presentar a una chica guapísima, y ahora no vas…
-O sea, que sí era para ligar-la acusé.
-Ump-se quejó ella.-como tú quieras, pero si en el insti te empiezan a decir ermitaña, no te quejes…
-Podré con ello-dije sonriendo.
Sin darme cuenta ya estaba en el portal de mi casa. Sí, mi casa, un chalet al que Abril le gustaba llamar “Paraíso”; rodeado de un jardín lleno de rosas. Era una gran inspiración para mi madre y un gran golpe de aromas para mí; sobre todo cuando sacaba la cabeza por la ventana, a primera hora de la mañana.
-¿Entonces te vengo a buscar a las cinco y media?
Antes de que pudiera quejarme la vi correr por la calle ignorando mi respuesta de enfado. Era una completa idiota. Y era mi amiga.

Llamé al timbre y sin preguntar me abrieron. Suspiré, como era normal, y pasé. Caminé por el jardín. Las rosas estaban espléndidas. Brillaban con diversos colores en los rosales, como sueños rezagados deseando ser soñados. Sonreí y me tumbé en el césped. Como lo había dejado por la mañana temprano, tumbada en la manta mientras pasaba con impaciencia las páginas, estaba mi libro. “Rosas”

Agradecimientos

A Lune, que ha estado mucho tiempo apoyándome y comentándome, a Girl, a Maite... bueno, a todas:) Ahora empezaré con Loving Ignorance, espero que os guste:) (Lo pondré a continuación)

Baby

15. Final

-Ally, venga vámonos los tres aunque sea…
-Sí, claro, una pareja de novios y una tonta… amargada… y sola…
-No digas tonterías.
-Déjame, Sara, sabes que no me apetece salir.
-Ni… ¿ni por tu hermanita mayor?
-Un minuto mayor que yo-sentencié.
Sara tiraba de mi brazo insistiendo. Al final me rendí, y observé como Rubén me sonreía desde la entrada.
-Vamos, seguro que encuentras un novio-puntualizó Rubén dándome una colleja.
-Pero es que hay un problema, ¡y es que yo no quiero ninguno!
Los dos se rieron, y me sacaron de cabeza del portal. Empezamos a caminar, rumbo al cine, cuando vi a un chico sentado en un banco. Me pareció increíblemente familiar. Tenía el pelo rubio oscuro, y la mirada perdida. No me paré a observarle, porque en seguida miró en mi dirección, y él también se me quedó mirando.
-Vaya, no sabía que tenías esa marca también-exclamó Rubén.
-¿Qué marca?-pregunté desorientada.
-La de la mano.
Observé mi mano derecha. Una pequeña estrella con una especie de aureola encima. Sonreí. Sí que era extraño que la tuviéramos los tres.
-Nací con esta marca-dije sorprendida- a lo mejor es que tenemos poderes. ¡O pertenecemos a una secta de magia oscura!
-No flipes, Ally-dijo Sara riéndose.
Entramos en el cine, donde disfrutamos de una película. Era de miedo, así que Sara estuvo todo el tiempo pegado a Rubén, que pareció disfrutarlo bastante. Al final de la peli, estaba con el humor apagado y sin ganas de nada. Entonces lo vi, de nuevo. Aquél chico. Pero esta vez me acerqué a él. Me era tan familiar… ¿¿¿pero de qué le conocía???
-Hola-saludé.
-Hola-me respondió mirándome sorprendido.
-¿Te conozco de algo?-le pregunté.
-Tú también me resultas familiar-dijo sonriéndome.
Entonces me fijé en su mano.
-Vaya tienes la misma marca que yo-dije con una sonrisa.
Y así… fue como comenzamos a hablar, como si lleváramos una vida sin hablarnos, y sintiéramos esa necesidad.
-¿Es este tu novio?-exclamó acercándose y riéndose Sara.
-¡Pero qué dices!-grité yo roja.
Yo no sabía que después de esperar tanto tiempo… iba a encontrar lo que sin saberlo, buscaba. La persona a la que siempre quise. La única persona a la quería. Te quiero.

14. La gran decisión

Desperté. Estaba en una especia de celda, con rejas de hierro y aspecto hostil. Observé entre ellas. Había más celdas. Se oían gritos, gemidos y chillidos. Lentamente fui observando cómo ángeles de aspecto desaliñado sacaban sus brazos y sus manos hacia afuera y gritaban ayuda. Miré hacia los lados. Un ángel de pequeña estatura custodiaba mi celda.
-¿Dónde estoy?-le pregunté.
Éste se giró y me miró sorprendido.
-En la cárcel del Reino Celestial.-me dijo con desconfianza.
-Vaya…-susurré con tristeza-supongo que me lo merezco.
-Sí-asintió el pequeño vigilante.
-¿Cuándo saldré de aquí?-le pregunté sin demasiada esperanza.
-Aún no estás aquí con una sentencia. Esto es más bien provisional. El señor ha solicitado una audiencia contigo. Me pregunto cuán de grave fue tu pecado para someterte a algo así.
-¿Una audiencia?-pregunté.
-Sí, el señor nos lo pidió.
Resbalé mis manos por los barrotes y me senté en el suelo abrazándome las rodillas. Miré de reojo el resto de los encarcelados. Con dolor posé la mirada en una chica rubia, que sentada y apoyada en la pared, escondía su cara en sus piernas. Conocía a esa chica. Entonces un muchacho me llamó la atención. Caminaba cabizbajo, detrás de un ángel, que lo escoltaba con seriedad.  Le encerró en la misma celda que yo. Las lágrimas se me saltaron de los ojos cuando vi a Gabriel derrumbarse de tristeza. Empecé a llorar en silencio, mientras abrazaba y oprimía en mi regazo a mi amigo, que ni si quiera había pronunciado palabra.
-¿Por qué lo hiciste?-le pregunté con rabia.
Él se incorporó, y me abrazó por los hombros.
-Porque… te quiero.
Le abracé muy fuerte y no dejé que siguiera hablando. Empezamos a llorar, como si fuéramos a morir ahora mismo. Gabriel me sujetó con fuerza, y al separarnos, dejó en mis labios un breve beso. Había desconocido siempre de sus sentimientos. Lo volví a abrazar.
-Arya… tú debes estar con Jack. Vuestro futuro es estar juntos.-musitó él- es por eso que nunca te dije lo que sentía.
-También te quiero a ti… pero a él le amo-dije con dolor.
-Entonces, creo que ya sabes que hacer-me dijo él.
-Arya-dijo la voz profunda del otro ángel.
Asentí, y dejando la marca de un beso en su mejilla, me levanté y salí de la celda.  El ángel me condujo por pasillos oscuros hasta que salimos de aquél lugar.
-¿Era eso el infierno?-le pregunté al ángel.
-Una simulación-dijo con despecho- es como un perdón del señor para los ángeles que se vuelven demonios.
-Yo no soy un demonio.-espeté.
-Cuando un ángel comete un pecado se convierte en un demonio.-me respondió tajante.
Hipé con horror. ¿Yo? ¿Un demonio? Derramé unas cuantas lágrimas a espaldas de mi escolta, sí se le podía llamar así.
-Hemos llegado.
Levanté la vista hacia una puerta dorada muy grande. Ahí se acababa todo. Con los ojos cerrados,  la crucé. De nuevo estaba en presencia de Dios. También estaba allí la Diosa Adiana, y su Aritmi. Y Jack… ¿Jack? Quería correr y abrazarle, pero algo me dijo que no lo hiciera. Sin embargo él me dedicó una mirada de cariño, y me hizo sentir bien, entre tanto malestar.
-Arya, desobedeciste las reglas impuestas.-el señor realizó una larga pausa- Pero hemos llegado a un acuerdo.
-¿Qué acuerdo?-pregunté.
Entonces entró en la sala, mi hermana, con la cabeza cabizbaja y las lágrimas en los ojos. En cuanto la vi, me olvidé de mi pregunta, y dejando de lado todo lo que había pasado, la abracé. Ella empezó a llorar, y pasó los brazos por mi cintura con fuerza.
-Hemos decidido que Adiana será el nuevo Dios, quien me sustituirá. Y Jack y tú, seréis humanos.
Abrí los ojos de par en par y le miré soltando a mi hermana. ¿Dejar de lado mi vida en el cielo? Dejar de tener alas, no ser más… ¿un ángel? Jack me sonrió. Era la única manera de estar juntos.
-¿Aceptas la decisión, Arya?-me preguntó Dios.
Yo miré a Adiana. Ella no quería asumir el puesto de Jack. Lo estaba haciendo por su hermano. Por su felicidad. Sería completamente incapaz de rechazar la decisión. Empecé a llorar de nuevo y me lancé a los brazos de Jack.
-Claro, claro que sí…-musité entre lágrimas.
Jack sonrió y me abrazó.
-Puesto que Satya, tú, te has arrepentido de tus actos, no serás enviada al infierno, pero vivirás en la Tierra, como una humana.
Ella asintió y me miró con una media sonrisa triste.
-Satya, te quiero-le dije-nos volveremos a ver.
-Yo también te quiero-me respondió ella-y lo siento… siempre fui una egoísta. Te envidiaba.
-En el fondo siempre lo supe-dije sonriendo-pero nunca quise admitirlo.
Puse mi mano en el corazón, y entre mis dedos apareció un colgante con forma de luna y de estrella.
-En el momento que lo descubrí, guardé mi colgante dentro de mí, para que el día en el que nuestras diferencias  desaparecieran, volviéramos a estar juntas.
Satya apretó su colgante entre sus manos y asintió.
-Bueno, tú serás la primera en irte.-anunció el señor.
Con el corazón encogido, observé cómo Satya desaparecía en una brillante columna de luz, que desapareció tras las nubes blancas del suelo.
-Espero que en la tierra, podamos ser felices-le dije a Jack.
-Yo también lo espero-dije acariciándome la barbilla y besándome.
-Señor,-dije de repente- me gustaría saber… que va a pasar con Gabriel.
-¿Gabriel? También estará en la Tierra. Podréis reconoceros mediante un tatuaje que tendréis en vuestras manos. Seréis humanos, pero siempre quedará en vosotros, la huella de vuestra procedencia.
Sonreí feliz. Una columna de luz empezó a rodearnos, y yo agarré fuerte, la mano de Jack.
-Padre, ¿planeaste esto?-preguntó él de repente.
Como respuesta, solo pudimos obtener una risa divertida y angelical, como la de un niño de cinco años. Empecé a sentir algo de sueño, pero logré mantenerme firme. Entonces dejé de sentir mis alas, y lentamente, la mano de Jack sobre la mía.
-Espero que seáis felices-dijo una voz femenina.
Sonreí. ¿De quién era esa voz? Empecé a olvidarlo todo, poco a poco… y así, dejé de sentir su presencia a mi lado, y sola, dejé el cielo; lugar que no volvería a ver en mucho tiempo.